Como hoy es un día muy especial para mí.... me voy a hacer un gran regalo.
En primer lugar, el final de uno de mis libros de cabecera: El amante, de Marguerite Duras....
"... Años después de la guerra, después de las bodas, de los hijos, de los divorcios, de los libros, llegó a París con su mujer. El le telefoneó. Soy yo. Ella le reconoció por la voz. El dijo: sólo quería oír tu voz. Ella dijo: soy yo, buenos días. Estaba intimidado, tenía miedo, como antes. Su voz, de repente, temblaba. Y con el temblor, de repente, ella reconoció el acento de China. Sabía que había empezado a escribir libros. Lo supo por la madre a quien volvió a ver en Saigón. Y también por el hermano menor, que había estado triste por ella. Y después ya no supo qué decirle. Y después se lo dijo. Le dijo que era como antes, que todavía la amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría hasta la muerte."
Y después... la música. La que siempre me persigue. La voz de Luis Miguel.
Se miró por dentro y se vio agotado. Frío. Casi yerto. Intentó escudriñar entre las vísceras de su angustia. Y no logró encontrar causas. Ni consuelo.
Se quitó la careta. Se bajó al infierno de su pensamiento.
Y allí estaba ella. Cocinando a fuego lento, en una olla a presión, el alma que antes era suya. Su alma masculina de amante fiel y traicionado. Y mientras hervía su corazón aun latiente, esos hermosos ojos verdes que antes lo habían amado, lo miraron. Y esos labios carnosos que tantas veces él había besado... sonrieron.
Ahora él camina detrás de su propia sombra. Mirando hacia todos los lados. Por si la ve de nuevo. Por si descubre a escondidas esa sonrisa malvada que destrozó sus sueños. Y envenenó sus ilusiones.
Y ella... Ella que no sabe nada, que ni siquiera intuye el daño realizado... camina altiva. Y alardea del pasado. Disfruta su presente. Y maquina su futuro. Sin remordimientos. Con astucia. Y lo más triste. Sin recuerdos. Ni uno solo. Ella continúa su vida. Porque él tan sólo significó una pequeñísima mota de polvo en su camino.
Soy como esa isla que ignorada
Late acunada por árboles jugosos
-en el centro de un mar
que no me entiende,
rodeada de NADA,
sola solo-.
Hay aves en mi isla relucientes
Y pintadas por ángeles pintores,
Hay fieras que me miran dulcemente,
Y venenosas flores.
Hay arroyos poetas
Y voces interiores
De volcanes dormidos.
Quizá haya algún tesoro
Muy dentro de mi entraña.
¡Quién sabe si yo tengo
diamante en mi montaña,
o tan sólo un pequeño pedazo de carbón!
Los árboles del bosque de mi isla
Sois vosotros, mis versos.
¡Qué bien sonáis a veces
si el gran músico viento
os toca cuando viene del mar que me rodea
A esta isla que soy, si alguien llega,
Que se encuentre con algo es mi deseo
-manantiales de versos encendidos
y cascadas de paz es lo que tengo-.
Un nombre que me sube por el alma
Y no quiere que llore mis secretos;
Y soy tierra feliz -que tengo el arte
De ser dichosa y pobre al mismo tiempo-.
Para mí es un placer ser ignorada,
Isla ignorada del océano eterno.
En el centro del mundo sin un libro,
SÉ TODO, porque vino un misionero
Y me dejó una Cruz para la vida
-para la muerte me dejó un misterio-.
"La mujer fue creada de la costilla del hombre; no de su cabeza para superarlo, ni de sus pies para pisotearlo. Fue hecha de su costado para ser igual, debajo de su brazo para ser protegida, y, muy cerca de su corazón para ser amada"
"¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo..."
Ayer escapé del mundanal ruido. Conduje (que no conducí) hasta La Alberca donde me esperaban unos ojos morenos y una ilusión renovada. Caminé las calles empedradas. Y buceé en su pecho.
Ayer escuché el alma viva del río Batuecas. Me miré en el espejo de sus aguas. "Asalmoné" su corriente y alcancé su silencio. Me dejé llevar por la soledad de su monasterio. Escuché su respiración. Y me sentí libre.
Amigos mios que estais en la blogosfera, santificados sean vuestros nombres.
Vengan a mí vuestros reinos. Hágase, o no, vuestra voluntad, en la tierra, como en el suelo. Que siempre tengamos el pan de cada día. Perdonad mis ofensas como quizá yo perdone a los que me ofenden. Y ¡dejadme caer en la tentación! Porque del mal.... no nos va a librar ni Dios.