Débil
Débil. Por dentro. Por fuera. Con una sonrisa fingida que sólo él presiente pero nadie más ve. Porque a él no puede mentirle. Es sólo mirarse y saber los pensamientos. El uno del otro. El otro del uno. Es una sensación que nunca antes sintió. De la que se sabe orgullosa. Y temerosa. Nunca le ha gustado que sepan demasiado de ella. De su interior. De lo que verdaderamente siente. Porque teme que la vuelvan a hacer daño. Y se ha hecho fuerte. A serretazos.
Un buen día se propuso apartar los malos humores. Permitir que ese orgullo del que siempre presumía se hospedara en la buhardilla de su cerebro. En un encierro deseado. Pero con el pelo rubio rapado para que no existiera la posibilidad de poder lanzar sus trenzas, a través de la ventana, en busca de la salvación.
Aprendió a tener la simpatía como aliada. A aprovechar su sonrisa y el poder de su mirada. A olvidar los rencores. A poner la otra mejilla. Y a disfrutar de los buenos y malos momentos como si fueran los últimos segundos de su vida.
Y así… con su orgullo encerrado. Con su sonrisa muchas veces fingida que nadie nota. Con una simpatía aprendida… volvió a verlo un buen día. Y no hizo falta decir nada. Él lo sabía todo.
Durante una conversación, aun a pesar de estar rodeados de gente, no existía nadie. No sabría cuantificar cuantos segundos permaneció esa mirada en el aire. Quizá tres. Cuatro. Cinco a lo sumo. Con sus ojos inmensos brillantes y la sonrisa de ella tan sincera como él estaba acostumbrado a verla. Cuando antes era antes. Y ayer era ayer.
Una palabra volvió a interrumpir ese silencio eterno en el cual ella habría permanecido por siempre. Siendo ella misma. Mirando al que siempre será el mismo.
Y sí. Está débil. Y cansada. De haber creado un personaje que muchas veces se le viene grande. Pero siempre podrá volver a aquellos segundos. A aquel momento con unos ojos penetrados en su mirada. Cuando ella era ella. Cuando él era él, y durante unos instantes, volaron juntos. Con la sinceridad, el agradecimiento y el amor más puro viajando en libertad a través de los tiempos.
Después volvieron a sus rincones. A sus vidas hechas. A sus trabajos elegidos. Y a escuchar el timbre del teléfono que escondía la voz de la persona que ahora comparte sus vidas. El piensa en ella. Lo sabe. Ella en él. Lo sabe. Y no hace falta más. Simplemente que ella, a veces, de vez en cuando, se mete en la antesala de su fachada y se siente... débil.

Marta dijo
Muy bonito...
11 Mayo 2008 | 03:33 PM