Buenos días.
Ayer leyendo un articulo del periódico. Acerca de las playas recordaba... pues eso los días de playa de hace un montón de años...
El día empezaba temprano, los preparativos, las carreras, la comida, no aparecían las gafas de bucear, el tubo la ultima vez lo deje en....
Luego tocaba meternos en el coche. Eso era una labor de ingeniería. Entre los bolsos, la sombrilla, la mesa de playa, las sillas de playa, las aletas, los cubos y palas, los rastrillos, la colchoneta...pues parecía que nos marchábamos en labores humanitarias a cualquier país victima de una catástrofe. Mi padre con un mosqueo de esos que los padres agarraban antes, de esos que siempre decían lo mismo “es la ultima vez que llevamos las sillas”, “la próxima vez la mesa se queda en casa, comemos en las toallas”, “no se para que queréis tantas cosas”... pero al fin de semana siguiente cargábamos con lo mismo.
Luego sucedía algo inexplicable, algo que con el paso de los años aun no he conseguido resolver. “El dilema del aparcamiento”. Uno se levanta temprano. Prepara todas las cosas. Piensa que hay que llegar pronto para no tener problemas a la hora de aparcar. Llega al lugar planeado.... ¡coño!”, siempre hay gente y siempre los sitios están ocupados. Parecen que duermen en el coche para guardar el sitio. Así que toca aparcar lejos y cuando te has cargado con todo, has cerrado el coche, has empezado a caminar y se te han caído varias cosas.... entonces... ves a alguien que mueve el coche y deja el sitio libre, entonces se creaba el dilema de.... dejo el coche donde esta o voy lo quito, doy la vuelta y lo aparco aquí, con el riesgo de perder los dos sitios. ¿Solución?. Pues... la de mi padre era... Mari (nombre de mi madre), ponte aquí y que no aparque nadie. Así que ya nos podíais ver a mi madre, mi hermana, mi hermano y yo, con todos los trastos de la playa (nevera, sombrilla, mesa, sillas, gafas de bucear, aletas, toallas...), en el hueco que había dejado el coche, mientras que mi padre corría a buscar el nuestro que estaba en el quinto carajo. Mientras mi padre corría con el corazón en un puño... mas que nada porque ese era el único ejercicio semanal que hacia, siempre solía pasar algún coche buscando sitio para aparcar, entonces el dialogo era digno de chiste. Miradita interrogativa y gesto con la cabeza... como preguntando ¿esta libre?. La respuesta era un movimiento del dedo indice de derecha a izquierda. El conductor sonreía y hacia un gesto con la cara como diciendo “ahhhhhhhh”, y proseguía su búsqueda. A esto oías un coche a toda pastilla por el aparcamiento, ese era mi padre, parecía Carlos Sainz haciendo un tramo del mundial de rallys... nos teníamos que quitar porque corríamos el riesgo de ser atropellados, aparcaba y preguntaba ¿algún problema?, respuesta “ninguno”.
Ahora venia el tema de la instalación. Había que marcar terreno. Ponían la sombrilla en un sitio, la nevera en otro, las toallas todas en el suelo, las sillas y la mesa en aquel lado. La cuestión era ocupar el máximo espacio posible, esa era la misión del primero en llegar, pillar sitio para el resto de miembros del grupo y que ninguna familia rival se acercara a nuestros dominios.
Poco a poco iban llegando, mientras los padres terminaban de ponerlo todo a punto.... nosotros ya estábamos en el agua... joder no salíamos del agua... era tremendo, eran horas de tiritera, de dedos arrugados.... pero el que se salia del agua era un miedica... y que te llamaran miedica.... eso no, no se podía permitir.
Cuando nos llamaban a comer ya todo estaba organizado, mesas con las tortillas, las ensaladas, patatas fritas y agua fresquita. Los padres ya le pegaban hacia un buen rato a la litrona o al vino (entonces no era rioja, rivera, priorato...) el vino era de los peleones, de los de antes, vino “chon”, botella de cristal y tapón de plástico, pero era lo que había y tenia que saber a gloria porque se lo bebían con unas ganas que daba gusto verlo... eso si, rebajado con un poquito de gaseosa. El aguantar el “chon” en estado puro estaba solo al alcance de unos pocos elegidos.
Luego venia la parte mas dura del día. Me explico, eran las dos y media o tres de la tarde. Terminamos de comer. Cuarenta grados. Gente en el agua. Y nosotros teníamos que aguantar la digestión... pero es que mi madre decía que una buena digestión eran “tres horas”, joder, y tan buena... con tres horas era imposible que se nos cortara... pero ni un corte chiquitito chiquitito... joder que pedazo de digestión. Cuando los que guardaban hora y media se bañaban a nosotros nos quedaba hora y media... pero cuando los que guardaban dos horas se bañaban a nosotros nos quedaba ¡una hora!. Así que imaginaros eramos una bomba, quejas, peleas, broncas....
Pero... un día dijimos “vamos a dar una vuelta” y nos fuimos playa adelante. Es un paseo de aproximadamente unos cuarenta minutos. Al final hay un rio. Pues.... ese se convirtió en nuestro lugar donde guardábamos las tres horas de digestión.
Llegábamos y lo primero que hacíamos era bañarnos, ¡toma la primera en la frente!. Organizábamos campeonatos de saltos desde la orilla, en todas sus modalidades, caída de cabeza, a la bomba, aunque la mas celebrada era el modo “plancha”, celebrada por los demás porque a ti el pecho se te ponía de un “colorao” que te duraba un buen rato. Eso si no ponías cara de nada, disimulabas como si nada hubiese pasado, aunque por dentro estabas rabiando... como picaba...
Luego, un poco mas arriba de la desembocadura del rió, se formaba una zona pantanosa. Pues nos poníamos a cogen almejas, eran grandes y oscuras... y estaban buenísimas al ajillo.... estaban buenísimas hasta el día que me puse ciego de ellas... no se cuantas me pude comer... estaban buenísimas y no paraba.... estaban buenísimas y.... me pase la noche vomitando. Yo no sabia que el cuerpo humano era capaz de expulsar tantos líquidos a la vez y durante tanto tiempo... joder que noche mas mala... pues desde ese día cada vez que huelo algo parecido al olor de esas almejas.... me pongo malisimo.
Bueno prosigo.
Cuando ya nos faltaba unos cuarenta y cinco minutos para finalizar la digestión (la oficial), pues emprendíamos el camino de vuelta, en esos casi tres cuartos de hora de paseo por la orilla se nos secaban los bañadores, el pelo (entonces tenia pelo)... y llegábamos como si nada. Lo primero que hacíamos al llegar era bañarnos... había que disimular, no se podía notar que llegábamos cansados de agua, no se podía notar que hacia dos horas que estábamos en el agua... y no se notaba lo mas mínimo.
El final del día era una pelea para nuestros padres. Nos tenían que sacar del agua... y eso era... duro, muy duro. Mi hermano y yo salíamos pronto del agua, pero mi hermana.... sacar a mi hermana del agua era una tarea de una.... media hora. Veías a mis padres en la orilla llamando a voces y ella nadando paralela a la playa con la cabeza debajo del agua, la sacaba respiraba y otra vez bajo agua... pues así una media hora... era un espectáculo.
Luego era las mismas operaciones que por la mañana con la diferencia que ahora todo venia lleno de arena, las gafas, las aletas, las sillas, la mesa, todo estaba lleno de arena húmeda.
Al finalizar el verano en el maletero del coche había casi tanta arena como en la playa... se habría podido utilizar para alguna obra si la vivienda no era muy grande, la sacábamos a puñados, mi padre no paraba de protestar... que si como tengo el coche... que si es una vergüenza... que si es la ultima vez.... lo normal de todos los padres.
Y la ultima parte del día era la ducha para quitar el salitre y la cena. Caíamos en la cama rotos y en unos minutos estábamos dormidos. Ya quedaba menos para el próximo fin de semana... ya quedaba menos para el próximo día de playa... ya quedaba menos para la próxima digestión...
pd.- la foto pertenece al rio del que os he hablado, es un atardecer precioso. En esa orilla es donde hace tropecientos años haciamos los campenatos de los que he hablado.