Hace tiempo que Kementari me recomendó ver esta película. Y, por fin, lo he hecho. Es una lástima (para mí) que haya tardado tanto en verla.
[Capt. Haro]«Today, I am Father Christmas»
En 1.983 se estrenó en el cine una coproducción entre Japón y Reino Unido, rodada mitad en inglés, mitad en japonés, titulada en japonés Senjo no Merry Christmas (que, según he podido leer por ahí, significa algo así como Feliz Navidad en el campo de batalla). Sin embargo, el título británico fue Merry Christmas Mr. Lawrence, y supongo que de ahí se tradujo el título en español. Eso sí, hay que destacar que la película está inspirada en varias novelas de Laurens Van der Post, en las cuales narró su experiencia como prisionero durante la Segunda Guerra Mundial.
La coproducción aprovechaba la popularidad de dos de sus actores principales, ambos músicos en sus respectivos países: por el lado británico, David Bowie que interpreta a un oficial británico llamado Jack Celliers (apodado El Feroz), y por el lado japonés, Ryuichi Sakamoto que interpreta al comandante de un campo de prisioneros de Java, el Comandante Yonoi. Ambos actores, por supuesto, aún jóvenes en el momento de estrenar la película, francamente guapos, y con una carrera musical muy prometedora. Sin embargo, aunque sin desmerecer el trabajo realizado por dos tipos que, en realidad, no son actores (por lo cual su interpretación es bastante meritoria), los dos grandes motores de la película son, a mi juicio, Takeshi Kitano en el papel del Capitán Haro y Tom Conti en el papel de John Lawrence.
Pero vayamos a la historia. El marco es la Segunda Guerra Mundial, concretamente Java, 1.942. El Comandante Yonoi dirige con mano de acero un campo de prisioneros, en su mayoría británicos y holandeses. El Comandante es un hombre regido por el honor y la gloria, y sobre todo, por los principios básicos de la cultura japonesa. Por ello, desprecia profundamente a los occidentales: no entiende cómo pueden dejarse capturar, en lugar de suicidarse. Y en el caso de que hayan sido capturados antes de poder hacerse el seppuku, no entienden cómo es posible que los oficiales den su auténtico nombre, en lugar de uno falso que confunda al enemigo. Su mano derecha al mando es el Capitán Haro, un hombre que, probablemente, fuera de la guerra hubiera sido un tipo razonable y simpático. Sin embargo, a la hora de lidiar con los prisioneros, se ciñe estrictamente a la cultura japonesa. Por ello, a pesar de su extrema crueldad, él no considera que sea un hombre cruel o malo. Simplemente, está al cargo de gente que es moralmente inferior a cualquier japonés.
En medio de toda esta crueldad se encuentra un prisionero británico, John Lawrence, que es bilingüe (esto en la realidad es falso, ya que el pobre Tom Conti tuvo que aprenderse fonéticamente todas las frases que dice en japonés) y además es un gran amante y entendedor de la cultura japonesa. Probablemente Lawrence es el único en todo el campo que comprende ambas culturas, y trata de conciliarlas en su papel de mediador entre las autoridades del campo y los prisioneros. Sin embargo, esto le deja en una posición muy vulnerable, ya que es despreciado por los japoneses debido a su condición de occidental, y también es dado de lado por los prisioneros, pues su postura conciliadora le hace parecer simpatizante con el enemigo. Al final nadie, salvo el Capitán Haro, escucha al pobre Lawrence. Sin embargo, hay que destacar la curiosa relación que se establece entre Haro y Lawrence, casi de amistad y respeto mutuo (dentro de las circunstancias). De hecho, en otro contexto, probablemente ambos hubieran sido grandes amigos.
Un día, el Comandante Yonoi acude a un juicio en el que se va a juzgar a un prisionero británico llamado Jack Celliers, conocido por el apodo de "El Feroz". Se trata de un tipo altivo, valiente y lleno de espíritu rebelde, que inmediatamente llama la antención de Yonoi. Por ello, éste consigue que se le conmute la pena de muerte a la que en otras circunstancias estaría sujeto, y lo lleva a su campo de prisioneros. La atracción de Yonoi por Celliers se hace evidente enseguida para todo el campo. Lo más obvio es pensar en homosexualidad reprimida por parte de Yonoi, que se desborda al encontrar a Celliers; sin embargo, durante toda la película, no se da ninguna señal de la existencia de fuerte atracción física por parte de Yonoi hacia Celliers. Desde mi punto de vista, al menos, la atracción que siente Yonoi es espiritual, casi como si hubiera creído encontrar en Celliers un alma afín. Sin embargo, Celliers desprecia profundamente a los japoneses, empezando por Yonoi, y aprovechando su conocimiento de la extraña debilidad que éste siente por él, se comporta de manera rebelde e incluso algo desquiciada. Y como es un rebelde sin causa que ha encontrado una causa que defender (y en el fondo también es un amargado), revolucionará todo el campo de prisioneros hasta llevar la ya de por sí precaria situación del campo a un extremo donde cualquier cosa puede suceder...
Un apunte curioso: David Bowie no hace ninguna interpretación musical. De hecho, las pocas veces que canta lo hace desafinadamente, y llega incluso a decir una frase chocante en un músico como él: Ojalá supiera cantar. Esto refleja el ánimo de alejar al Bowie músico todo lo posible de su interpretación, y lo cierto es que se consigue. Por otra parte, para mí la película es buena aunque, a veces, un tanto irregular. Sobre todo, para mi gusto, en la parte en la que Celliers recuerda su pasado y revela por qué está tan amargado con la vida y con el mundo. Sin embargo, técnicamente es preciosa, con una fotografía magnífica y una banda sonora compuesta íntegramente por Ryuichi Sakamoto que se pega a la cabeza y ya no sale. Para muestra, un botón que he encontrado en Goear.
Las actuaciones de Sakamoto y Bowie son correctas, aunque para mí, lo mejor es el dúo Kitano-Conti. Sencillamente soberbio. Kitano demostró aquí por primera vez que no sólo es un actor cómico, y que cuando se trata de ser cruel y violento, él sabe serlo como nadie. Y aun así, su personaje cae francamente simpático. Te hace pensar en alguien que te hubiera gustado conocer (en otras circunstancias, claro).
¿Y con qué me quedo de todo esto? Con el hecho de que, como muy bien dice el personaje de John Lawrence, en una guerra todos están equivocados. Porque siempre se lleva todo al extremo, y porque llega un momento en el que la violencia y el odio eclipsan la razón. Y porque en una guerra no se busca una solución a las diferencias o a los choques culturales; en una guerra, se aplasta al que es distinto. Y nadie quiere preocuparse de sorprenderse por ello hasta después, cuando el daño ya está hecho y es irreparable.
Considero que esta película es muy recomendable. Y la verdad es que le agradezco mucho a Kem que me la mencionara... aunque me la he perdido por mucho tiempo.
No sé el manga, pero el anime es magnífico. Aunque el final... ufff, no sé.
«Hay que sacrificar algo para conseguir aquello que se desea. Y para lograrlo, se debe pagar con algo del mismo valor. Ese es el principio básico que rige la alquimia: el Intercambio Equivalente. En aquellos días, creíamos que ésa era la verdad que gobernaba el mundo.»
Pues eso. Que a partir de mañana, y hasta nuevo aviso, estoy de vacaciones por ahí haciendo el gamberro. Ya le he puesto banda sonora a las vacaciones en mi cabeza y todo.
¡Nos vemos a la vuelta!
(Por cierto, la manita original la he sacado de aquí)
«—¡No es justo!
—Dices eso demasiado a menudo... no sé de dónde has sacado tu idea de la justicia»
(Sí, ya sé que hay dos frases mucho más célebres e ilustrativas al final de la película que irían mucho mejor en la reseña... pero es que esas frases son spoilers de cuidado, casi tanto como el que he etiquetado al final de esta reseña y que espero que Ki no lea xD).
Adoro a David Bowie, no puedo evitarlo. Y la culpa la tiene una peliculita fantástica, orientada al público juvenil, que vi siendo una niña: Dentro del laberinto. Esa peliculita, junto con Alien, el octavo pasajero y la trilogía clásica de Star Wars, han sido las culpables de mi afición a la fantasía y a la ciencia ficción.
Este tipo de películas hay que hacerlas con amor, o si no, no salen bien. En una película como ésta, en la cual los efectos especiales están hechos a mano (salvo el búho digital que abre y cierra la película), una podría esperar cierto grado de cutrez en las imágenes. Y aunque a día de hoy se ven muy distintas a lo acostumbrado (que es totalmente digital y depurado y tal y pascual), tienen un encanto especial, porque se nota que cada efecto, cada ilusión óptica (para los que no lo sepan, la influencia de Escher en los escenarios es muy notable), en definitiva, cada detalle está hecho con mucho mimo. En cuanto a la banda sonora, es del propio Bowie, quien incluso en varias escenas interpreta y baila las canciones... qué más se puede pedir :-) Para muestra, un botón:
Y podríamos pasarnos toda la noche hablando de los detalles técnicos, pero en fin, sería perder el tiempo. Porque el gran mérito de esta película reside en que, a pesar de un argumento no demasiado elaborado y de un guión más bien normalito, su director, Jim Henson, consigue que el espectador se enganche a la historia. Que es la siguiente:
La fantasiosa y adolescente Sarah (interpretada por una jovencita Jennifer Connelly que, si bien se ha convertido en una magnífica actriz con los años, en su adolescencia era más bien normalita) perdió a su madre durante la infancia, y ahora vive con su padre y su madrastra, así como con su hermanito Tobey (que es sólo un bebé y al cual se ve obligada a cuidar como niñera todos los fines de semana por la tarde). Sarah se niega a crecer, y está en esa edad insoportable en la que el pavo que tienes encima te hace caprichoso y egoísta. Se pasa el día jugando y disfrazándose para interpretar la historia de un libro llamado Laberinto que le gusta mucho, tal vez porque se identifica con la protagonista: una jovencita que cuida de su hermanito bebé porque su padre y su madrastra se van de juerga por ahí.
El caso es que uno de esos días de niñera, Sarah se entretiene jugando a ser la protagonista de la historia y llega tarde a casa, por lo que discute con su madrastra y con su padre. Y además su hermanito no para de llorar. Así que Sarah empieza a contarle la historia del Laberinto, pero harta de los llantos, hace lo mismo que la protagonista de la historia: desear que Jareth, el Rey de los Goblins (quien no es otro que el señor David Bowie, por supuesto), se lleve al niño y así poder quedarse libre de sus llantos y de sus cuidados para siempre.
El problema de los deseos es que pueden hacerse realidad. Así, Sarah saldrá del cuarto del niño y enseguida éste dejará de llorar. Arrepentida y un poco aprensiva, Sarah volverá a entrar por si le ha pasado algo al niño... para encontrarse a Tobey ausente, el cuarto lleno de goblins, y al mismísimo Jareth en carne y hueso en la ventana, quien por supuesto ha cumplido al pie de la letra la petición de Sarah y ya se ha llevado al niño a su castillo. Por supuesto, Sarah ya se ha arrepentido de su petición y le pide a Jareth que le devuelva a su hermanito; pero éste se niega a devolverlo... a menos que Sarah sea capaz de cruzar el Laberinto y llegar hasta el castillo de Jareth en menos de 13 horas. Si no lo consigue, el niño se convertirá en un goblin para siempre. A Sarah esto no le parecerá demasiado difícil; pero el Laberinto no es un lugar cualquiera, ya que Jareth puede modificarlo a voluntad, y además está plagado de trampas mortales, acertijos lógicos, y criaturas más o menos fieles a su rey...
El caso es que esta historia es en realidad una preciosa fábula acerca de la amistad, del valor, y sobre todo, de las responsabilidades de hacerse adulto y madurar, y lo triste que es perder la ilusión de la infancia. Y también es una historia que hace pensar... porque a veces no sabes quién es el villano de la película, si el Rey de los goblins o esa jovencita que cruza el Laberinto con la temeridad propia de los niños.
Y aunque David Bowie no es ni de lejos tan buen actor como músico, en esta película se nota que está en su salsa. Porque su personaje no es un aterrador brujo malvado que somete sólo por la violencia (aunque hay ciertas amenazas veladas a algunos de los compañeros de equipo que la joven Sarah irá haciendo por su camino); sus artes son más sutiles, y combinan la brujería con el engaño y, sobre todo, con la seducción. Desde luego, tiene bastante clase (para ser un rey que vive en un castillo lleno de goblins guarrosos, claro; tampoco esperemos al Rey del Glamour en esas circunstancias). Seamos sinceros: en esta película hay mucho más sexo del que parece a simple vista. Y no porque haya escenas o referencias explícitas... sino porque Bowie exuda sensualidad por cada poro de la piel. Eso hace que cuando eres niña y ves la peli quedes inocentemente fascinada por su personaje, pero ay de la adulta que la vuelve a ver pasados los años y con los ojos sucios de la madurez...
SPOILER
Desde luego, si yo hubiera sido Sarah y Jareth se me hubiera ofrecido en cuerpo y alma tal y como se le ofreció a ella... otro gallo hubiera cantado al final de la peli xDDD (Ki, esto no lo leas xD)
Me habían advertido de la exquisita dureza de Johnny cogió su fusil, todo un dramón del año 1.971. Porque, para ser sincera, esta película no es bélica en el sentido estricto de la palabra (las escenas de guerra aparecen en contadísimas ocasiones, y tampoco se narra nada específico de la Primera Guerra Mundial). Yo diría que es un drama antibélico, una cierta crítica a la religión, y algo que me ha llamado poderosamente la atención: su director, el novelista y guionista norteamericano Dalton Trumbo, no esconde en absoluto su favorable visión de la eutanasia. Lo cual es todo un logro, teniendo en cuenta de qué año es esta película. Y sobre todo, teniendo en cuenta que es una adaptación de su propia novela también llamada Johnny got his gun, ganadora del premio americano American Book Sellers Award (premio precursor del actual National Book Award), que fue escrita mucho antes: en 1.939.
Ya sólo el título compone su propio pequeño drama. Porque el protagonista de esta novela no se llama Johnny, sino Joe (diminutivo de Joseph, no de John); supongo que el Johnny del título viene por John Doe, el nombre estándar que se da en Estados Unidos a los varones sin identificar. Joe es un joven norteamericano, que trabaja en una panadería para llevar dinero a su casa, donde le esperan su madre viuda y sus dos hermanitas pequeñas. Tiene una novia a la que quiere mucho, una muchacha jovencita y muy guapa, de familia también humilde, llamada Kareen. Pero sobre todo, Joe es un muchacho de gran sentido patriótico y con la ignorancia propia de su juventud, que se cree inmortal y con toda la vida por delante: así que, cuando estalla la Primera Guerra Mundial y se piden voluntarios para el frente, Joe se alista sin pensarlo. Lástima que al poco tiempo, una bomba caiga justo en la zanja donde Joe trata de esconderse, acurrucado en posición fetal.
Cuando Joe recobra la consciencia, se encuentra en lo que supone que es un hospital. Digo "supone" porque tiene toda la cara vendada y no puede ver. Tampoco puede moverse, y siente vagamente las vendas sobre diversas partes de su cuerpo. Y lo primero que percibe es el silencio: no puede oír. Pero Joe, de momento, no está en condiciones de evaluar la gravedad de sus lesiones; aunque, sin saberlo, ya lo han hecho los médicos por él: su estado es tal, que los médicos creen que su cerebro está irremediablemente dañado, por lo que no puede sentir nada. Y como, dado su lamentable estado, nadie ha sido capaz de identificarlo, nadie puede reclamarlo tampoco, así que lo mantienen con vida de manera clandestina, con la esperanza de que su caso sirva para ayudar a gente lesionada en el futuro. Porque, dado el actual estado de Joe (que no describo aquí porque creo que es mejor descubrir lo que le sucede poco a poco, al mismo ritmo en el que Joe lo va descubriendo horrorizado), nadie mantendría así a una persona capaz de sentir, igual que Joe. ¿O acaso alguien sí lo haría?
El caso es que esta película es un feroz alegato antibelicista: porque las guerras son creadas por el hombre y para el hombre, y la carne de cañón, es decir, la gente de a pie, es quien más sufre sus consecuencias. También se puede tomar como un alegato pro eutanasia, porque la situación de Joe es clara: es mil veces mejor estar muerto que estar así, como él. Y la religión no se queda atrás, porque Joe es católico, y al principio decide volcarse en la religión y en su fe para superar su estado: pero ninguna religión en el mundo puede justificar lo que le ha pasado. Eso no es una prueba mandada por ningún dios, ni es un acto de amor destinado a hacerle descubrir un estadio superior de conciencia, o tal vez a hacerle ahondar en nuevos aspectos de la vida que podrá apreciar con mayor intensidad ahora que ha perdido mucho.
Eso que le ha pasado a Joe es una putada bien gorda que le ha jodido la vida, o mejor dicho, la pseudoexistencia que le espera. Porque Joe tiene su cerebro en perfectas condiciones, y puede sentir, y pensar, y recordar, y con el tiempo aprende a percibir su entorno y a analizar su situación, y a tener sueños horribles en los que su conciencia le indica cómo está, por mucho que él intente ver el lado positivo de su vida. Y sobre todo, es consciente de lo que le pasa cada segundo de su existencia.
Aunque para mí, lo más notable, es cómo se destaca la naturaleza humana: por un lado, tenemos la falta de escrúpulos del ser humano cuando trata de demostrar algo. Como por ejemplo los médicos de Joe, tan empeñados en emprender su propia investigación gloriosa, que son capaces de hacer auténticas barbaridades, tales como mantener a un ser humano con vida de forma clandestina y en unas condiciones que, siendo extremadamente benévolos, podríamos calificar de inhumanas. Aunque también vemos cómo, ante la desgracia ajena, el ser humano es capaz de dar lo mejor de sí mismo...
A mí esta película me ha angustiado muchísimo, y me ha hecho pensar también. Y creo que es una de las mejores películas que he visto en mucho tiempo. Eso sí, vedla con un paquete de kleenex al lado, porque dan muchas ganas de llorar...
Para terminar, dejo la frase inmediatamente anterior a los títulos de crédito, cuya ironía no puedo dejar pasar por alto, pues dicha ironía resume lo que trata de narrar esta película:
Tenía la sospecha de que un film como el que se vendía (es decir, como una película sangrienta, llena de tensión y sustos) en el que Quentin Tarantino simplemente se había limitado a poner dinero, no podía ser muy bueno. Si el sr. Tarantino no quería implicarse en una película supuestamente de las características de sus primeros guiones, ¿por qué sería?
Al principio pensé que se debía a la falta de humor del guión. Tarantino es sangriento, sí; violento, también; pero sobre todo, es divertido. Esta película no es divertida (ni en el sentido cómico de la palabra*, ni en cualquier otro sentido) en absoluto.
Hostel cuenta la historia de dos amiguetes presuntamente universitarios, llamados Josh y Paxton, salidos de Estados Unidos. Han venido a Europa, concretamente a Amsterdam, a ponerse ciegos de drogas y a ver prostitutas en el Barrio Rojo. Lo que se dice a correrse una juerga a la americana. También tienen previsto recorrer Europa en tren a donde les lleve el viento (de hecho, están pensando en ir a Barcelona a visitar a un amigo de Paxton), acompañados por un islandés al que han conocido en Amsterdam, un tío juerguista y carismático a más no poder (o al menos esto último es lo que, desde mi punto de vista, infructuosamente intentan hacer ver tanto los guionistas como el director, Eli Roth), llamado Oli.
A los dos minutos de película, estás deseando que a esos tres niñatos de mierda descerebrados inconscientes les sucedan las cosas más horribles del mundo.
En una de sus juergas nocturnas por Amsterdam, conocen a un tipo que les habla de un albergue en Eslovaquia lleno de hermosísimas mujeres europeas. Todas con unas ganas enormes de follarse beneficiarse a los turistas que llegan, especialmente si son estadounidenses. Y el tío tiene fotos y todo de hermosas chicas en pelotas montándoselo con él. Los tres amigos, por supuesto, se lo creerán a pies juntillas y, locos por pillar cacho, se irán derechitos a Eslovaquia a buscar a esas zorronas jovencitas alegres.
A partir de aquí, te preguntas si Eli Roth ha estado alguna vez en Eslovaquia. Porque lo de las bandas callejeras de críos ninjas asesinos...
El caso es que los tres colegas llegan al albergue y oh, sorpresa: está lleno de jovencitas europeas que parecen recién salidas de Supermodelo 2007, y que desde el primer momento intentan meterse en la cama de los en estos momentos más que felices protagonistas. Hasta la recepcionista parece hambrienta. Pero mientras se lo montan con las chicas, resulta que, una noche, Oli desaparece. Así, sin más. Y aunque las chicas les dicen que no se preocupen, que ese tío es un vivalavida, que se ha vuelto a Islandia, Josh no está tan convencido. Paxton le dice que no se preocupe, pero cuando Josh también desaparece, junto con una turista japonesa que también se alojaba en el albergue, empieza a sospechar que sucede algo raro...
Y a partir de aquí, y hasta el final, te haces una serie de consideraciones personales. Por ejemplo, empiezas a pensar que sí, que los niñatos pijos se merecían algo malo, pero quizás no tan sangriento**.
También te planteas cuánto tiempo tarda un hombre en morir desangrado por lesiones realizadas con herramientas poco amables. Personalmente creo que en eso, y en muchas otras cosas más, Eli Roth peca de entusiasta y se le va la pinza por completo.
En fin: se trata de una película que no cuenta nada nuevo (lo de los turistas en apuros está más que visto ya en el cine), no lo cuenta desde ningún punto de vista nuevo (el gore también está ya muy trillado y hay que ser más listo que Roth para sacarle partido), se prolonga demasiado en escenas violentas probablemente para ocultar que no tiene nada que aportar (si no lo hiciera, la película no duraría ni una hora)... Ni siquiera tiene un maquillaje currado, se notan enseguida el plasticucho y la tomatina. Y tampoco da miedo, ni asco; simplemente te deja con un sabor de boca malísimo y algo de mal cuerpo.
Un timo, vaya.
Besotes
*Con divertida en el sentido cómico, me refiero a que yo, personalmente, le doy varios significados a la palabra "divertido". Uno es el clásico, es decir, el sentido cómico de la diversión. El otro es el del puro entretenimiento, que no es necesariamente cómico.
**No por ellos, ojo; sino por ti, que lo estás viendo en primer plano. Sobre todo si, como fue el caso de los espectadores que cometimos el craso error de ver esa peli, lo haces justo después de cenar cosas de colores alegres y brillantes.
Algún día, mis pajaritas y yo dominaremos el mundo.
Cthulhu demands...
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