(¡Marchando un poquito de ciencia ficción sazonada de sabrosas sepias!)
«Believe me, these little fellows aren‘t mindless. An individual orphid is roughly as smart as a talking dog. He has a petabyte of memory and he crunches at a petaflop rate. One can converse with him quite well»
Hace ya algún tiempo que leo a Marc Laidlaw. Probablemente no sea un escritor al uso, pero tiene sus puntillos simpáticos. Por ejemplo, su relato breve Hilo musical para descuartizadores merece un ratito de lectura. Por no hablar de los juegos en los que ha participado, ¿verdad que sí, vaquitófilo?
Bueno, al grano. El tema es que hace ya bastante que descubrí a través del blog de este novelista, Not so few monstrosities, a otro escritor pintoresco de ciencia ficción, concretamente el señor Rudy Rucker (padre). Este caballero es un matemático estadounidense que tiene la curiosa costumbre de incluir conceptos matemáticos y físicos avanzados en sus novelas, no sólo como ambientación, sino como hilo conductor de las mismas. Es el caso de su última novela, Postsingular (que, por cierto, está disponible tanto en versión impresa como en descarga gratuita a través de licencia CC).
Supongo que el título ya da cierta idea de la ambientación de la novela, ¿no? Pues efectivamente. La mayor parte de la historia se cuenta a través de las consecuencias de una singularidad tecnológica acaecida en la Tierra. Pero vayamos por partes.
Jeff Luty siempre se sintió atraído por la tecnología y las nanomáquinas, incluso durante su adolescencia. A los 17 años ya tenía intención de fundar, junto con su gran amigo Carlos Tucay (por el cual Jeff siente algo mucho más profundo que una gran amistad... casi podría hablarse de amor platónico), una compañía de alta tecnología. Sin embargo, la repentina y brusca muerte de Carlos cuando ambos trataban de lanzar su primer experimento al espacio, deja en Jeff una huella muy profunda que no podrá borrar.
Sin embargo, Jeff no abandonará, en absoluto, su idea de crear su propia compañía. Y ya de adulto, consigue el apoyo del mismísimo presidente de los Estados Unidos para desarrollar y liberar en la atmósfera una serie de nanomáquinas conscientes de sí mismas, llamadas nants (supongo que una traducción aproximada sería nanormigas o algo similar), cuyo objetivo es escanear la Tierra y todos sus habitantes, asimilarlos hasta reducirlos a la nada, y trasladar los escaneos a la memoria de los nants para crear una Tierra virtual llamada Vearth. En realidad, y según parece traslucir la historia, Jeff Luty pretende crear un mundo virtual en el que su añorado Carlos pueda existir de nuevo. Sin embargo, uno de los ingenieros que trabaja para él, llamado Ond Lundquist, consigue desarrollar un código capaz de revertir los efectos de las nanomáquinas y devolver a la Tierra a su estado original. Aunque lo consigue de una forma poco ortodoxa, que hace enfurecer a su esposa: hace memorizar el código a su hijo autista, Chu, antes de dejar que las nanomáquinas lo devoren.
Gracias a la actuación de Ond y de Chu, no obstante, la Tierra se salva de ser devorada y duplicada virtualmente. Pero Ond sabe que Jeff Luty no va a parar aquí, y que volverá a intentarlo de nuevo. Así que decide tomar el toro por los cuernos y crear sus propias nanomáquinas, esta vez una serie de elementos autorreplicantes llamados orphids, capaces de luchar contra cualquier nanomáquina hasta destruirla. Los orphids no son agresivos a pesar de ser conscientes de sí mismos; es más, encuentran a los humanos fascinantes y divertidos. Y son capaces de crear redes similares a Internet, pero en las cuales la interfaz de conexión es la propia mente humana. O mejor dicho, los orphids pegados a las conexiones neuronales de los cerebros humanos. La Orphidnet se hace popular e increíblemente vasta, con una enorme aglomeración de conocimientos gracias a las inteligencias artificiales que empiezan a poblarla. Sin embargo, no todo es maravilloso, ya que la mera presencia de los orphids y el poder conectarse a cada uno de ellos hace que se pierda por completo la privacidad. Cualquier persona puede conectarse en cualquier momento a los orphids que rodean a cualquier otra, y ver lo que está haciendo esa persona, o saber qué aspecto tiene sin ropa, o incluso leer los pensamientos que dicha persona está emitiendo a la Orphidnet. Y por supuesto, tampoco tarda nada en llenarse de anuncios, spam y todo tipo de malware.
Aunque el pequeño Chu es el primero en darse cuenta de que hay algo más que los orphids han conseguido detectar y trazar. Y lo hace dándose cuenta de que el tanque de un amigo de sus padres, que se gana la vida pescando sepias, de vez en cuando se queda sin alguno de sus trofeos de forma un tanto misteriosa. Y fijándose mucho, y trazando los movimientos de las sepias gracias a los orphids, descubre que de vez en cuando recibimos visitas furtivas de seres procedentes de otras branas, que se llevan las sepias a su mundo por motivos que... bueno, es más divertido leerlo. Seres que, por cierto, ahora que se saben descubiertos, quieren proteger su mundo de nuestra tecnología a toda costa...
El caso es que la historia, sin ser una narración para tirar cohetes, es francamente entretenida. Rudy Rucker va al grano y se centra en contarnos la historia, sin florituras, y disfrutando en aquellos pasajes matemáticos y físicos que mejor controla y que usa para narrar su historia. E incluso hay algunos toques de humor, a veces muy negro, que animan mucho la narración. Aunque aquellos que tenemos un conocimiento un tanto limitado de la teoría de cuerdas no sabemos distinguir muy bien dónde acaba la teoría y dónde comienza la ficción. Si bien mi detalle favorito está precisamente en las sepias y su valor para nuestros vecinos de brana. ¿Es mi imaginación, o es un delicioso detalle, digamos, lovecraftiano?
Pues eso. Que me parece una lectura muy recomendable para aquellos que quieran pasar un ratito entretenidos, leyendo ciencia ficción en inglés. Y recordad que las sepias mandan...
Besos





adastra
18 ago 2008 | 10:31 AM
Correcto :D
Por cierto, me han entrado unas ganas locas de leer Postsingular :)