DE LOS INSTANTES
Hay instantes que permanecen grabados en nuestra memoria como una foto fija que el cerebro guarda y recuerda. Hasta tal punto esto es así que podríamos recorrer nuestra historia mirando por dentro esos instantes que conservamos, momentos quietos, fijos y sin movimiento. El movimiento no se recuerda, no se mantiene vivo en el reducto de la memoria, pues, en caso contrario, podríamos pasarnos la vida recordando las cosas en movimiento y, entonces, recordar se convertiría en una corriente que no podría pararse. Viviríamos para recordar si recordáramos la vida como un río en movimiento. Por eso la naturaleza sabia ha preferido retener instantes, momentos de especial intensidad. Cada uno tenemos los nuestros. Los instantes más marcados suelen relacionarse con experiencias primerizas. El primer día de colegio, el primer beso, la primera torta, la primera vez que vimos a alguien muerto, el primer cuaderno, el primer contacto con un amigo, el primer viaje en tren, qué sé yo...cualquiera está lleno de recuerdos de ese calibre. La virginidad consiste en no atravesar la barrera que hace de un momento presente la primera ruptura con un pasado que nunca había satisfecho cualquier aventura nueva, pero nadie que viva puede permitirse el lujo de mantener incólume la virginidad en todos los aspectos de su vida. La vida requiere valentía, cierta osadía que nos impulse a romper el circuito de la prudencia. Algunas veces cometeremos errores y otras nos impregnaremos de un flujo benéfico de acierto, pero todo nos conducirá inevitablemente a la sabiduría. Al contrario que el recuerdo aquietado que conservamos en nuestro interior, la vida se resuelve andando y, del andar, queda la huella. La memoria de los instantes amargos, esto es, la conservación de nuestros errores, refleja nuestra humildad del mismo modo inverso que su olvido construye nuestra soberbia. Nuestra naturaleza se delimita por la experiencia, nacemos vacíos, respondemos de un hueco de tiempo enorme que hay que rellenar, y ese pasado que crece inexorable se hace poco a poco espíritu, nos desmaterializa. Si al principio éramos cuerpo, vamos caminando hacia la luz intangible de lo espiritual y, entonces, poco importa que se degrade este continente que disponemos para la despensa de los buenos y los malos recuerdos. Cuanto más tiempo vivimos más llena parece la despensa, vivir es una carrera que no se puede detener en modo alguno y nuestra actividad va languideciendo a medida que los años pasan. Si el niño crece actuando, el hombre viejo detiene su acción para instalarse en el recuerdo, pero, ese momento sublime en que la memoria preserva instantes para la reflexión sabia y la consecuente extracción de las conclusiones finales, solamente es posible si previamente hemos vivido actuando, construyendo sucesos, respirando la atmósfera de la vida. El movimiento raudo de la corriente tiende a detenerse, pues así lo marcan las leyes físicas. La bola que arrojamos parecerá marcada por un ritmo inevitable, pero no es cierta tal conclusión si seguimos su curso y observamos que, al final, siempre de detiene. Un día tuve de frente el cuerpo yerto de mi padre, ya sin movimiento, y esa impresión se me quedó grabada con fuego. Su fin era un poco el de todos, pero pocos años después nacieron mis hijas atravesando el umbral de su primera puerta, una puerta natural llena de sangre y, entonces, mi memoria registró su cuerpo alzado en brazos por la comadrona, observé el nacimiento de un río del mismo modo que antes asistí a la desembocadura del río paterno. A medio curso de mi propia vida soy consciente de la importancia de los instantes, si bien, aún no me recreo en ellos más que el tiempo justo que el caminante tiene para descansar. Tal es la inercia.




almadeguerrero dijo
Ambas cosas las he presenciado yo, nacimiento y muerte... pero todos esos recuerdos intento que sean liberadores... hay un algo extraño más allá de la melancolía que resume el paso de un ser humano por la vida y no son los recuerdos. Tras de eso camino.
Un abrazo, maestro.
25 Abril 2008 | 01:07 PM