En la estrellas...
Sí, toda nuestra vida deseamos que se cumplan nuestros pensamientos cuando vemos una estrella en el cielo que se mueve, y nos da, según nos han enseñado, la oportunidad de pedirle un deseo.
Pero nunca se cumple...o eso creemos.
Sin embargo a mi se me cumplió, un deseo que pensaba inofensivo, y que nunca se cumpliría, pero si lo hizo, y me trajo el amor de una persona maravillosa, pero para una vez que me cumplió esa estrella el deseo que pedí, fue en un momento que no debería haberlo hecho, porque con él, sin querer me he hecho daño y lo peor, ha hecho daño a otra persona.
Nunca somos conscientes de lo que se nos puede dar, porque no lo valoramos lo suficiente, ni nos paramos a pensar las consecuencias de nuestros deseos, porque pensamos que son lo que queremos y nada más.
Nunca en mi vida, nunca, nunca, podré olvidar el maravilloso deseo que me trajeron las estrellas y que por no ser el momento adecuado he tenido que dejar pasar.
En mi corazón esa estela que dejó la estrella, ha dejado una herida, que aunque se oculte y pretenda ser cerrada no podrá hacerlo nunca.
Solo espero que ese deseo no olvide nunca el amor que puse al pedirlo.

STM dijo
Nunca fui de los que creen en la media naranja. Demasiado racional como para pensar que en un planeta poblado por 6000 millones de personas hubiera tiempo para cruzarse, en esta vida, con esa persona ideal.
Pero entonces te encontré y cuando lo hice recordé una historia que ha rondado por el mundo, de boca en boca, durante miles de años. No es una historia mía, la he leído y escuchado en infinidad de lugares, pero desde ese momento creo sinceramente que esa historia también me pertenece a mi. Y así como la he sentido quiero contarla aquí.
"El relato nos aleja en el tiempo, tanto que de aquella época solo quedan suposiciones y cabilaciones de poetas y juglares que nos hablan de un mundo frondoso, fértil y exuberante. La tierra respiraba el rocio de la mañana, cubierta de bosques y vegetación que se extendía por los cuatro puntos cardinales. La vida amanecía en un lugar en el que no había sitio para el dolor, la desesperanza y la apatía. La vida se extendía y de norte a sur y una ardilla cruzaba el planeta sin tener que posar sus pies en el suelo.
Abajo, bajo la sombra de los vastos bosques, suaves extensiones de algodonosa hierba amortiguaban los pies descalzos de los primeros pobladores, nuestros antepasados. Pasos distendidos, alegres y desenfadados. Pasos de personas sin miedos, felices y que disfrutaban de la vida de una forma plena y jubilosa.
Sólo una cosa nos distingue de aquellos primeros habitantes, por lo demás completamente iguales a nosotros. Aquellas personas, en lugar de una tenían dos cabezas. Eso y la plenitud con la que vivían sus vidas.
Pero tanta felicidad levantó envidias. Y no sobre otros pobladores, no. Levantó envidias sobre los dioses, que no pudieron asumir la felicidad de sus creaciones. No pudieron aceptar que unos seres que ellos habían creado fueran más alegres y dichosos que ellos. Tal fue la envídia que les produjo que sumieron a nuestros antepasados en las mayores catástrofes que hayan asolado este planeta.
Sin embargo, para turbación del olimpo, esto no hizo sino unir más y más a aquellos habitantes del planeta. Una unión y una complicidad que ninguna divinidad pudo jamás comprender. Finalmente los dioses descargaron sobre ellos todo el odio y la crueldad de sus rayos. Uno tras otro, los rayos, fueron cayendo sobre ellos, dividiéndolos y separando sus dos cabezas.
Dicen que desde entonces, cada vez que un ser humano nace busca, por todos los medios, encontrar la otra cabeza que le devuelva, en un mundo ya non tan frondoso, a aquellos momentos de dicha y felicidad."
¿Sabes? Yo he sido más feliz que los dioses, por eso ellos me han enviado sus rayos. Y todo porque he tenido algo que ellos nunca podrán tener. Te he tenido a ti.
4 Junio 2006 | 09:46 PM