Maradona ♦ Galeano
Ningún futbolista consagrado había denunciado sin pelo en la lengua a los amos del negocio del fútbol. Fue el deportista más famoso y más popular de todos los tiempos quien rompió lanzas en defensa de los jugadores que no eran famosos ni populares.
Este ídolo generoso, solidario habìa sido capaz de cometer en apenas cinco minutos, los dos goles más contradictorios de toda la historia del fútbol. Sus devotos lo veneraban por los dos: no sólo era digno de admiración el gol del artista, bordado por las diabluras de sus piernas, sino también, y quizás más, el gol del ladrón, que su mano robó. Diego Armando Maradona fue adorado no sólo por sus prodigiosos malabarismo sino también porque era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses. Cualquiera podía reconocer en él una síntesis ambulante de las debilidades humanas, o al menos masculinas: mujeriego, tragón, borrachín, tramposo, mentiroso, fanfarrón, irresponsable.
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Pero los dioses no se jubilan, por humano que sean.
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El nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía.
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La fama, que lo habìa salvado de la miseria, lo hizo prisionero.
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Maradona fue condenado a creerse Maradona y obligado a ser la estrella de cada fiesta, el bebé de cada bautismo, el muerto de cada velorio.
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Más devastadora que la cocaína es la exitoína.
Los análisis de sangre, no detectan esa droga.
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Eduardo Galeano
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De “Espejos”
Los sueños son la meta y la imaginación el transporte... la realidad, el punto de partida...












. dijo
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27 Julio 2008 | 06:30 AM