Amelia
Amelia asegura que tiene dieciséis pero si te asomas a sus ojos sabes que miente, que no es posible que con esa mirada pase de los ocho. Lo estudia todo con el asombro de los turistas y los nuevos viajeros, de aquellos que para no perderse un solo detalle evitan pestañear y pegan la nariz al cristal de la ventanilla para ver los kilómetros pasar desde su confortable asiento en el autocar.
En clase, de entre todos los rotuladores elige siempre el rojo, y mientras rodea las siete diferencias de la ficha de trabajo que tiene delante, mordisquea como un roedor la tapa de plástico. Cuando termine, dibujará una flor de trazo tembloroso al pie de la hoja a modo de firma y se quedará esperando, con sus manitas entrelazadas y los pies balanceándose sin llegar a rozar el suelo.
Trémendamente coqueta, cuando no la vigilo lo suficiente se escapa por un lateral de la sala para ir al lavabo, y allí se atusa el pelo humedeciendo mechón a mechón el flequillo rebelde. Después reaparece canturreando alguna coplilla infantil y vuelve a su lugar como si nada pasase.
Esta tarde no habrá deberes ni clases. En su lugar, un pastel de cumpleaños lleno de nata y guindas verdes. Trae un vestidito azul cielo y la cadena con la Virgen Peregrina al cuello. Incluso le han dado un poco de pintalabios, aunque por como se relame sé que le durará poco. Esta preciosa. Se acerca a mí y, tirándome de una manga, me dice bajito:
- ¿A que parezco una princesa?
- Por supuesto, una princesita mora, como las de los cuentos.
Se sonríe con falsa vergüenza de niña pequeña y corre a sentarse ante aquella tarta llena de velas. Aunque están todas encendidas se detiene un momento, concentrada en formular bien el deseo. Coge impulso, le aletea la nariz y se le inflan los mofletes hasta temer que los ojos le salten de sus cuencas. Sopla entonces con todas sus fuerzas, a ráfagas de diferente intensidad y en atropelladas direcciones. El final se rubrica con una sonora pedorreta escapada de su carita toda púrpura y arrugada por el esfuerzo.
Abre los ojos con incredulidad creciente, buscando en los demás una explicación a lo que ha ocurrido. Varias velas siguen consumiéndose ajenas a todas sus ilusiones. Una solitaria lágrima rueda por sus mejillas. El resto del día lo pasa acurrucada en su sillón preferido, en silencio y mirando al infinito mientras los demás disfrutan de la fiesta.
Son ya cerca de las nueve cuando comiezan a recoger todo. Alguien, puede que yo, se acerca al sofá y coge su mano. Parece reaccionar levemente al contacto, como si abandonase un letargo de siglos por un instante:
- ¿sabes que había pedido? Ser más bonita que un "caravel" para que me saliese un novio guapo; ¡qué tonta! cuando abrí los ojos y vi tantas velas encendidas me di cuenta de lo que pasaba.
Un celador nos interrumpe, viene a buscarla para cenar. La guía a su cuarto para asearla un poco y, al rato, a lo lejos, la escucho de nuevo cantar una copla de amoríos; otra vez con esa alegría de los dieciseis años, aunque en la voz quebradiza de una anciana senil de más de ochenta.






sansar dijo
me has emocionado, lerda.
Cuando te pones, joder!, escribes como pocos.
Que no sea la última vez.
bicos.
12 Octubre 2008 | 09:55 AM