A los del 78 nos toca cumplir 30 este año. Algunos antes, otros después, los hijos de la Constitución, los hijos de la Democracia, dejamos los pares y los nones, y nos metemos en los

impares y los trienios. Para algunos, la mejor época. Para otros, supone dejar atrás, y ya, definitivamente, la juventud.

Hijos de una democracia, y una Constitución que, se hacen con nosotros, a la par nuestra, y nosotros con ellas. Pero que nos fueron dadas. No regaladas. Pero sí fruto de un esfuerzo colectivo anterior y consecuencia de muchas, muchas bocas calladas a tiros limpios. Un testigo, un legado que nacía con nosotros y que nos amamantaba desde la cuna. Nuestro pan debajo del brazo. Nuestra harina para amasar.

Nosotros, los del 78, asumimos como algo natural unas garantías constitucionales que no siempre estuvieron ahí. Sin embargo, nos vamos dando cuenta de la debilidad de los preceptos escritos sobre el papel. Empezamos, sólo empezamos, a darnos cuenta, de lo difícil que resulta adquirir una vivienda, aunque la Constitución nos la prometa. De la debilidad de encontrar un trabajo, aunque la Constitución lo garantice. De que el matrimonio no llegó para todos en el 78. De que, ciertamente, democracia y mercado caminan juntos de la mano.

Somos la generación de Espinete. Nos criamos en Barrio Sésamo. Y así nos lo recuerda la publicidad constantemente. Por lo visto, somos el target preferido: consumistas, vitalistas, optimistas, cultos, preparados... aunque también somos la generación de los títulos universitarios devaluados. El FP estaba mal visto por la generación de nuestros padre, ése que ahora hacen nuestros hermanos. Ese título en fontanería que, cuando nos van mal las cosas, echamos tanto de menos.

Porque la añoranza es algo que nos inoculan en ocasiones nuestros mayores, no va con nosotros. Nos sentimos afortunados, sí, y no nos regodeamos en la melancolía: David el Gnomo, Don Pimpón, los Diminutos, Lulú y los Snorkels nos acompañaron, pero ya no están entre nosotros. Causaron bajas en filas, y no pasa nada. No somos muy temerosos, aunque a veces nos achacan conformismo. Poco soñadores, dicen. Claro, no somos del 68. No tenemos himno generacional, ... ¿o sí?.

Nuestros hermanos, los que nos empujan, sí nos inyectan, ciertamente una dosis de rebeldía e inconformismo que no va en nuestro costal... la euforia por la muerte de un dictador circula con alegría en las venas, y nos creemos, a veces, que está todo hecho. Las siglas ONG están escritas con fuego en la frente de ellos, y sólo en ocasiones, en nuestras mensualidades de la nómina.

Yo, también, nací en el 78, aunque a veces no sé si sueño lo mismo que sueñas