Un trabajador de la voz muy cercano a mí afirma que las voces delatan la personalidad de las personas. Un timbre, una modulación, un ritmo de voz, una hola qué tal, y tu personalidad, queda al descubierto. O no. Hay algunas que no salen del estómago. Se quedan agazapadas en algún rincón entre el páncreas y la laringe, y se asoman débilmente, tímidamente, si es que consiguen salir.

Escondida. De ahí el uso de la tercera persona.

30 es una cifra como otra cualquiera, aunque entra dentro del grupo de los vocablos con sufijos terminados en -ta, igual que las decenas posteriores. Supuestamente, madurar significa evolucionar, aunque también puede significar volverse pocho. Madurar consiste en asumir que en la vida estamos solos, y que cada uno va buscando las muletas por donde y como puede. Volverse pocho consiste en sentirse desamparado.

Los familiares, los amigos, van haciendo sus vidas y los devenires van fijando unas relaciones fluctuantes que se acercan y se alejan como la marea. El mar no se ausenta nunca, pero a veces baja tanto que sólo deja al descubiero un inmenso desierto de arena. Otras sube de sopetón y te golpea con una ola. Y así vamos cumpliendo años, a base de ausencias y bofetones. Velas henchidas, tsunamis y mares en calma. Siempre agarrados al timón.

Lo pocho viene cuando entra esa madurez de golpe, que no puede asimilarse de un solo trago, como un golpe de absenta. Ese trago que te obligan a tomarte, esa copa que no has pedido y que no sabes quién te ha invitado. Un mareo súbito, la garganta rajada, el pecho inflamado, ni un hombre al que agarrate, una mala resaca... Pero la mano agarrada como buen timonel.

30, o la eclosión de una larva llamada nostalgia.

30, y tú, y tú, y tú, no estáis.

30, y un deseo de amor compartido. Como un mollete de pan recién hecho, y sin migajas sobre el mantel