La ley casi siempre es contraria a la justicia.
Cogí la bolsa de deporte del coche y me dirigí al portal. Logré que me abriera un vecino, y subí las escaleras de dos en dos. Llegué hasta la puerta del piso, y escuché. Se oían aún gritos y llantos. Saqué de la bolsa unas fundas para los pies de esas de plástico, como las de los hospitales. Luego me puse unos guantes de látex. Llamé al timbre. Me abrió desnudo y empalmado. Oí el llanto de Susana.
-¿Qué haces aquí, cabrón?- gritó al verme, y se abalanzó hacia mí. Mi patada en los cojones le hizo caer de rodillas, sujetándose sus partes y gritando. Le agarré por el cuello y lo arrastré hasta la cocina. Cogí su cabeza, le levanté un poco, y la estampé contra el frío granito de la encimera. Quedó inmóvil, boca abajo, mientras un incipiente hilillo de sangre surgía de entre su maraña de pelos.
Susana apareció, envuelta en una bata, y con los ojos desorbitados
-¿Lo has matado?
Negué con la cabeza, mientras me dirigía hacia ella para abrazarla intensamente. Acaricié en silencio su pelo moreno.
-Coge algo de ropa. Abajo está mi coche. Espérame dentro.
-No, ésta es mi casa- respondió.
-Ya no. Se acabó.
-¿Qué, qué vas a hacer?- En su pregunta latía un miedo incomprensible.
-Vete
Volví a la cocina. El hijoputa seguía en la misma postura. Un pegote de sangre manchaba su frente. De su boca abierta surgía una baba, colgándole. Llené una jarra de agua, y se la tiré a la cara. Abrió los ojos, movió los brazos e incorporó la cabeza.
-¿Me ves?–le dije.
Intentó moverse. Le sujeté contra el suelo, sentándome encima de él. Movía los miembros sin parar. Le di varios puñetazos en el estomago, mientras me levantaba. Boqueó como un pez, y se puso en posición fetal. Tras un minuto, repetí la ración de ostias. Gemía como un bebé. Me levanté de nuevo, dándole dos buenas patadas con mis Panama Jack en el estómago. Se desmayó. Bebí un vaso de agua, tal vez por el calor, tal vez por el esfuerzo, tal vez simplemente porque pasase el tiempo. Me acerqué al imbécil. Saqué de la bolsa un trozo de cuerda. Le puse los brazos a la espalda, le doblé las rodillas y le subí los pies por detrás. Até los brazos a los pies. Bajo la cuerda, para eliminar huellas, puse unas tobilleras y muñequeras compradas a tal efecto. Le contemplé. Grande, aún bien parecido, pese a los golpes recibidos. No me extraña que Susana se hubiera enamorado de él. Volví a echarle otra jarra de agua en la cara. Regresó a la conciencia. Se puso a vomitar. Intentó soltarse, tensó sus músculos, pero no aflojó las ligaduras. Se aquietó y me miró con odio.
-Te vas a cagar cuando esté suelto- dijo, escupiendo baba.
Corté un trozo de cinta americana y se lo pegué en la boca. De la bolsa saqué la Dremel. Puse una hoja de sierra circular sobre el eje. Lo enchufé y lo probé. La sierra giró a 2.400 vueltas por minuto. Le miré y descubrí sus ojos aterrorizados. De la bolsa saqué un alicate y le cogí la polla, sin contemplaciones, estirándosela. Gritó mudamente, moviéndose con violencia. Le pisé en el pecho y, sin soltar su pene, acerqué la radial.
-Si te mueves, adiós-advertí.
Quedó quieto, con los ojos descolocados. La girante sierra se detuvo a cinco centímetros de su sexo, del que manaba sangre por donde lo sujetaba el alicate. Horrorizado negaba <<¡¡Huooooo, huoooooo>>. Retiré y aproximé la Dremel varias veces, hasta que ya no aguantó más, y volvió a desmayarse. Apagué la máquina y solté su miembro. Nuevo jarro de agua. Tosiendo, volvió a su cruda realidad. Quité la sierra, y en su lugar puse una broca de widia. Lloraba, pero aún tenía fiereza en sus ojos. Puse mi pie sobre su cara y encendí de nuevo la máquina. La broca giraba a una velocidad acojonante mientras la acercaba a su ojo derecho. Repetí la función de antes, acercando y alejando la broca a su ojo. Daba la sensación de que tenía un grifo en sus ojos, pues las lágrimas tenían un caudal nunca antes visto. Pagué la máquina, quité la broca, y lo guardé todo en la bolsa. Le desaté y guardé la cuerda, muñequeras y tobilleras. Se había enroscado como un erizo al ser atacado. Le obligué a estirarse. De un bolsillo saqué una bolsa de plástico transparente y rápidamente metí su cabeza dentro, pese a sus manotazos y patadas. Tres rodillazos en el estómago fueron suficientes para vender su resistencia. Cerré la bolsa en su cuello. Intentó quitársela, tirando de mis brazos primero y rasgándola después, pero el plástico resistió sus envites. Sus ojos caían de un modo penoso mientras mis manos apretaban su cuello y caía al suelo, con mis 92 kilos aplastándolo indefectiblemente. La bolsa se llenó de niebla, y sus brazos se relajaron. Quité la bolsa y vi que aspiraba el aire. Se acurrucó y lloró en voz alta. Llené una vez más la jarra de agua y se la eché por encima. Se sacudió y reptó hacia atrás, hasta chocar contra la fría pared de azulejos, dejando un rastro de orín y heces. No había ya odio en su mirada, si no miedo. Verdadero terror hacia mi persona. Cogí una banqueta y me senté frente a él.
-Escucha. Nunca más volverás a tocarle un solo pelo a Susana. Quizá la veas algún día. Si eso ocurre, pon tierra de por medio. ¿Me he explicado?
Me incliné hacia él, cogiéndole del cuello.
-No te oigo. Quiero saber si has entendido lo que te he dicho.-Volví a golpearle, esta vez en los testículos. Se quedó quieto, con la cabeza caída sobre su castigada barriga.
-Sí, síííí
-Bien. Mírame. Con la bolsa has sabido lo que es el miedo y la soledad de la víctima. Has visto llegar la muerte. Pero en realidad no pienso matarte.
En sus ojos brilló un rayito de luz.
-Veo que no me has entendido. Te lo explicaré mejor para tu corto entendimiento.-Hice una pausa.-Los maltratadores sabéis que no recibís castigo. Dais palizas a indefensas mujeres sin que os cueste nada a cambio. Y si se os va la mano y matáis, unos pocos años en la cárcel, y otra vez en la calle, a seguir haciendo lo mismo. Las leyes os protegen. Pero yo tengo las mías.
Siguió mirándome, mientras alrededor de sus ojos empezaban a insinuarse los primeros moratones.
-Si le haces algo a Susana, si la amenazas, si la llamas siquiera, te cortaré la polla y te taladraré los ojos. Estarás vivo, pero ciego y sin paquete. Un eunuco, vaya. Y encima, ciego.
Guardé silencio. Él permanecía desmadejado y respirando entrecortadamente. Su arrogancia había desaparecido del todo.
-Quizás desees ponerme una denuncia. No te lo aconsejo. No tienes pruebas ni huellas de mi actuación. No he estado aquí. No te he visto. Y si el rencor te ciega y caes en tentaciones absurdas, como la de enviarme algunos matones, olvídalo. Un castrado ciego no es algo a envidiar.
La sirena de una ambulancia puso un breve descanso en mi sentencia. Continué:
-Esta casa ya no es tuya. Ni de Susana. No quiero saber más nada de éste lugar. Hablaremos con la financiera, resolveremos el crédito. Te llevarás la parte que has pagado más la parte proporcional si se vende con beneficios. Ni un duro más, ni una peseta menos. No quiero deberte nada. Te informaré cuando llegue el momento. Mientras, no vas a vivir aquí. Coge tus cosas y lárgate. Te doy hasta ésta tarde a las cinco. Si no te has ido, te mandaré escaleras abajo. ¿Entendido?
Asintió con la cabeza. Se le estaba hinchando la frente. Dejé que viera en mis ojos la furia inhumana que su presencia me producía. Cogí la bolsa y me acerqué a la puerta. Busqué por la mirilla a ver si había alguien en el pasillo. Nadie. Antes de salir, escuché su respiración, aún entrecortada. Me quité los plásticos de los pies y los guantes. Bajé al coche. Allí estaba Susana, con una bufanda alrededor de su cara. Los moratones jodían toda la belleza de sus ojos verdes. Lloraba. No intenté consolarla. Arranqué, y me perdí hacia la autopista, aprovechando la increíble aceleración del Lancer Evo.


española dijo
Si eso pasó realmente, la verdad, es que me alegro por Susana. Y pasó despues con ella? Ese hijo de puta se acercó a ella?
Ahora que si no paso realmente, tengo que decirte que es un buen texto (a mi me ha gustado y espero que sea real) y que casi puedes empezar a escribir un libro.
28 Febrero 2007 | 08:37 PM