El partido de la jornada de ayer, Osasuna - Real Madrid - al que muchos cronistas calificaron como "épico", me dejó una lectura que es ya una filosofía en el club madrileño: "A este equipo nunca debes darlo por muerto", aunque se encuentre en inferioridad numérica, a pesar de que veas a Heinze ensangrentado y te adelantes en el marcador por un penalty absurdo. No, no le has tumbado. Y se demostró precisamente, una vez más, en ese partido, con el tiempo casi cumplido y Osasuna mordiendo. Entonces se acentúan los niveles de casta y todos a una tiran del carro. Cuando te das cuenta le han dado la vuelta al partido y se te queda cara de tonto, incrédulo ante lo ocurrido. Mucho Madrid, plagado de jóvenes rebeldes que no se abandonan a su suerte sino que la buscan con ahínco y la encuentran por calidad, empuje y convencimiento.

El Madrid nunca le pierde la cara a un partido y hasta el pitido final (suele decirse que hasta el rabo todo es toro), el balón sigue en juego y cualquiera de sus jugadores te puede hacer un roto en un satiamén. Esa es la grandeza de este club; nunca se da por vencido. Su espíritu irreductible le ha hecho grande entre los grandes, desde Diestéfano, Puskas y Gento, hasta Pirri, Benito, Camacho, Stilike o Beckam, Van Nistelroy, Raúl e Higuaín. Eso es lo que no tienen otros y le hace, por tanto, diferente, admirado y temido. Ocurrió la temporada pasada y se ha vuelto a repetir esta, aunque con mucho menos sufrimiento. Luchar por el objetivo final hasta conseguirlo es una máxima aplicada milimétricamente que les ha dado resultados inmejorables.

Cuando crees en tí mismo el camino del triunfo se allana y todo es posible. Dos títulos de liga consecutivos no están al alcance de cualquiera, sólo de los elegidos. Chapeau.

FOTO: DIARIO AS