Enajenado
Todos contaron su experienca en primera persona... menos él
La montaña:
Después de tantos siglos condenado a vagar sin rumbo por las servidumbres de la inmortalidad, me encuentro de bruces con mi futuro enmarcado en una foto rebozada en bronce y plata, la imagen de una ninfa atrapada en el tiempo cuyos designios -me dice, incauto- le pertenecen en exclusiva... Le costará salir de los míos, eso puedo jurarlo.
La Guerra:
Acopio enseres: ropajes, sombreros, tierra de mi tierra, un baúl plagado de recuerdos..., y me embarco rumbo a lo desconocido esperando recuperar en mi destino el vestigio de un amor proscrito; un recuerdo hermoso arrebatado por una guerra proterva financiada por mercenarios al servicio del Dios que hoy me repudia.
La Tempestad:
Llueve. No puedo eludir la zozobra que me provoca la necesidad de alimento y tengo que salir fuera para satisfacer el instinto que define mi condición animal. Vomito sangre entre la tormenta, embriagado por las almas que he de absorber para seguir manteniendo a buen recaudo la mía. Pero cada vez estoy más cerca de ella. Podría detener la tempestad si quisiera.
La linterna mágica:
Rejuvenecido, paseo por las calles de una ciudad mestiza donde los viandantes se confunden con bellas damas y los lobos blancos campan a sus anchas en salones de té tumultuosos junto a una linterna mágica que estrella contra una pared... fragmentos de las vidas de otros. Ahora sé que todo es posible estando ella tan cerca de mí.
La Princesa:
No sabe que ya es mía. Disimula su condición de hembra enamorada hablándome de los suyos, de dudas y recelos que dice tener, de esperanzas forjadas sobre el trabajo de un gris empleado de inmobiliaria. Me considera un desliz furtivo, un hombre exótico y aventurero, un príncipe de cuento enajenado, mientras bebe otro trago de absentha al compás de la música prohibida. Sus ojos reflejan los restos de la hermosa princesa que un día fue.
La niebla:
Convertido en niebla, atravieso la puerta esperando un encuentro con su presencia, compartir mi carne con ella, hacerla partícipe de un juego donde siempre pierde el inmortal. Ellos no lo comprenden e interrumpen el momento de éxtasis donde una vez compartirmos la esencia hemoglobínica que una vez nos concretó. Atraviesan la puerta con brusquedad: tratan de salvarla, ¡arrebatándomela! Pero en la noche yo soy más que una bestia. Su cruz, un vestigio pretérito en vías de extinción.
Recuerdo:
La llamo. Arrinconaron mi presencia en la ciudad mestiza, robaron mi tierra, mataron a los míos... No quiero venganza pero sí a ella. Vuelvo al hogar herido en una batalla en la que hace tiempo debí haber participado y sé, a fe ciega, que vendrá tras de mí. La noto. No moriré sin verla otra vez.
El Sol:
El último estertor de un día maldito se asoma sobre mi cabeza segundos antes del anochecer. Me defiendo como puedo rodeado de unos tipos que no saben por lo que luchan, lo que tratan de evitar. La última punzada sobre mi corazón me arroja contra sus pies en una capilla feérica que rebela mi verdadera condición.
Redención:
Regados en lágrimas contemplamos el techo que una vez sirviera para proteger nuestra lealtad. Tengo frío. Mi cabeza yace muerta sobre los muslos de ella. Pero no muero. Y no lo haré mientras alguien que pueda sentir mi muerte. Pero no muero. Porque el amor, simplemente, nunca muere.



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8 Enero 2006 | 03:27 PM