Albert Fish, tercera parte

Por fin llegamos a la tercera y última parte dedicada a Albert Fish, uno de los asesinos en serie más terribles que han hoyado este planeta.
Y, para ser sincero, me está dejando agotado. En el primer "post" (odio el palabro, siempre lo escribiré), tratamos la vida de la bestia y, en el segundo, el tremendo asesinato de Grace Budd. En esta tercera parte nos vamos a dedicar al juicio y muerte de Fish y algunos de sus abyectos crímenes.
Cuando es detenido, Albert Fish suelta la lengua y se hace responsable de cientos de crímenes. Es otra característica común de esta clase de asesinos: una vez detenidos, cantan la Traviata, y cuentan lo que han hecho y lo que no. Mienten para alardear. Relató la historia de un joven vagabundo al que obligó a realizar toda clase de actos sádicos, masoquistas y coprófagos durante un par de semanas. Le rajó las nalgas varias veces para beber su sangre. Intentó cortale el pene, pero el chico le dio pena (un psicópata no tiene empatía). Le dio diez dólares y le dejó marchar.

Durante el juicio, que duró 10 días, se demostró que realizó todo tipo de perversiones con más de cien niños, matando a, por lo menos, a 15. Al psiquiatra le explicó que torturaba por orden divina y se comía a los niños. Esto le provocaba un éxtasis sexual prolongado. Lo mismo le producía comerse su excrementos e introducirse trozos de algodón empapados en alcohol dentro del ano y prenderles fuego. Uno de sus pasatiempos era clavarse ajugas alrededor de los genitales. Una radiografía descubrió 29 agujas en el interior de su cuerpo (algunas oxidadas).
Estas declaraciones le cuestan la sentencia de culpable por crímenes con premeditación tras diagnosticarlo como psicótico, pero cuerdo (lo que es una contradicción). Existió desacuerdo en los psiquiatras sobre cual de las parafilias de Fish le causaba la locura.
Se le condena a la silla electríca y es ejecutado en la mítica cárcel de Sing-Sing el 16 de enero de 1936. Ayudó a los guardianes a colocarse los electrodos y se mostró entusiamdado, ya que la silla eléctrica casaba a las mil maravillas con su sadomasoquismo. Se necesitaron dos descargas para matarlo, puesto que las agujas que tenía en su cuerpo hicieron cortocircuito. Para él la ejecución fue, según sus palabras: "la experiencia suprema". "Qué alegría morir en la silla eléctrica. Será el único escalofrío que todavía no he experimentado en mi vida". Fue enterrado en el cementerio de la prisión.
¿A cuántas personas mató Albert Fish? No se sabe con exactitud. Hay varias cifras. En prisión él mismo confesó haber matado a muchos, a casi 100. El juez instructor estimó la cifra entre 16 y 100. El doctor que le atendía en la cárcel aumentó la cifra hasta 400, lo que le convertiría en el número uno del ranking de criminales en serie. Los psicólogos barajan entre 40 y centenares. Nadie se ha puesto de acuerdo nunca.

Para terminar con Albert Fish, agárrense los machos que vienen curvas: El asesinato del niño Bill Gaffney. Mientras jugaba con un amigo en Brooklyn, en 1927, desparecieron ambos. El otro chico fue encontrado vivo. Un motorista identificó a Fish por una foto en los diarios. El anciano trataba de calmar a un niño sentado junto a él en el tranvía, no llevaba chaqueta y lloraba llamando a su madre. Le arrastró fuera del tranvía. El cuerpo nunca fue encontrado. Su madre visitó a Fuish en Sing-Sing, para conocer detalles. Fish le hizo una tremebunda confesión:
"Lo llevé a Riker Avenue. Hay una casa solitaria. Le desnude y ate de pies y manos. Le amordazé. Quemé sus ropas. Arrojé sus zapatos a la basura. Me fui a casa y regresé al día siguiente. Azoté su trasero hasta que la sangre recorrió sus piernas. Le corte las orejas, la nariz, la boca de oreja a oreja. Le saqué los ojos. Ya estaba muerto. Enterré el cuchillo en su vientre y acerqué mi boca a su cuerpo, bebí su sangre. Cogí cuatro sacos viejos y unas cuantas piedras. Lo corté en pedazos. Lo corté por el centro del cuerpo, por debajo del ombligo. Le corte luego a través de sus piernas, dos pulgadas por debajo de su trasero. (...) Le corté la cabeza, pies, brazos, manos y las piernas debajo de la rodilla. Coloqué lo que no me valía en sacos pesados con piedras y los arrojé en las fosas de aguas fangosas que usted verá a lo largo del camino que va a North Beach. Regresé a mi casa con la carne. Su pene y sus testículos y un agradable y gordo trasero, para asar en el horno y comer. Hice un estofado con sus orejas y nariz, pedazos de su cara y el vientre. Le puse cebollas, zanahorias, nabos, apio, sal y pimienta. Estaban buenos. Entonces partí su traseo, corté su pené y los testículos, y los lavé. Puse tiras de tocino en cada nalga y las deposité en el horno. Escogí cuatro cebollas y cuando la carne llevaba 15 minutos en el horno, le eché un poco de agua para la salsa de la carne y las cebollas. A veces rociaba su trasero con una cuchara de madera. Así la carne sería agradable y jugosa. En cerca de dos horas, estaba preparado. Nunca comi pavo asado que tuviera la mitad del sabor de este, dulce, gordo y pequeño trasero.Me lo comí en cuatro días. Su pequeño "mono" (pene) era dulce como la nuez, pero sus "pee wee" (testículos) no pude masticarlos. Los arrojé al inodoro".
Si de verdad le comentó esto a la madre del niño asesinado, ¿cómo sequedaría ella tras escucharlo?
Hasta la vista Albert Fish.



notaroja dijo
La historia de este viejillo siempre me ha sorprendido, nunca nadie se hubiera imaginado que este abuelito fuera un rapaz infanticida y antropófago. Yo lo pongo en el top ten de los serial killer universales, sí señor. Saludos
17 Abril 2008 | 06:27 AM