Eres culpable, no lo niegues. De hecho, no digas nada, no hace falta. No intentes explicarlo ni quieras justificarlo, me importan un carajo tus motivos y no cabe ninguna atenuante para la que has montado. Nosotros vivíamos muy tranquilos antes que llegaras, éramos pocos, bien avenidos, y reinaban la calma y la concordia. Que sí, que vale, que nos comíamos más mierda de la que nos tocaba, pero ya me dirás tú si no salíamos ganando, cuando a cambio nos daban cuartelillo para pasarnos por la entrepierna toda esa inútil disciplina prusiana que reina en otros turnos, todas esas normas trasnochadas, toda esa parafernalia de protocolo empresarial, que con nuestros jefes directos nunca hicieron falta los formulismos, los buenos días dados con forzada sonrisa, los ay cuanto tiempo, Doctor, el interés aparente y falso por sus circunstancias, óigame, que tal le va en esa consulta de atención primaria que ha conseguido ud. en el CAP de Sant Ferum de Merdalvent, y aún menos el comadreo, el marujeo, el pasteleo, la confusión entre lo personal y lo público, la adulación elevada a la categoría de arte, un verdadero placer saludarle, Doctor, espero que siga bien su bellísima esposa, póngame ud. a sus lindos pies…
Y llegas tú y lo pones todo patas arriba, será que no puede haber paraíso sin serpiente, y no se puede decir que no avisaras desde el principio que lo tuyo era la guerra. La primera vez que mis ojos se posaron en tu persona, vestías una blusa amarilla de un escote tan pronunciado, un color tan llamativo, y una finura tan transparente, que más parecías Scherezade iniciando la primera de sus mil y una noches con el Califa que la chica nueva de la noche presentándose a sus compañeros. Aquel día, viéndote tan lozana y desahogada, lo primero que pensé, lo reconozco, fue que tenías un polvazo. También, que serías problemática. Y que si se mezclaba lo uno con lo otro, las íbamos a pasar putas. Hubiera debido valorar más mi talento profético, porque no tardaste un mes en incendiar la empresa. Y sí, es cierto, lo acepto, todos y cada uno de nosotros ayudamos a propagar el incendio, a hacerlo grande e incontrolable, todos prendimos nuestros propios rastrojos, pero tuya fue la mecha que inició el fuego. El autismo de Potenza, envuelta en la maraña de sus problemas personales, impidiéndole ver los dardos envenenados que tú le lanzabas. La rebeldía de Isa azuzando el fuego sin control, por el puro placer de destruir. Las neuras de Luna, pensando mal de todos, desconfiando hasta de su propia hermana, fomentando un ambiente de sospechas y juego sucio. La terquedad de Alazana, que no acepta ser guiada ni dirigida ni aunque sea para entrar en la cueva del tesoro de Alí Babá. Y mi propia indiferencia, mi postura vital como mero espectador de este patético teatro, que veía derivar de comedia costumbrista a psicothriller con toques de melodrama, y que como nos descuidemos acabará en tragedia griega. Todo ha contribuido, todo esto y mucho más.
Hubo quizás un punto de inflexión claro. La noche en que me contaste los secretos conyugales de Alazana. La imagen de esa noche viene asociada en mi mente a otra de tus llamativas blusas. Roja en aquella ocasión, bien que lo recuerdo. Roja como el fulgor lúbrico de tu sonrisa. Aquel día me equivoqué mucho contigo. Aquel día te creí. Tal vez me hechizaras con tu negra mirada hipnótica y tu voz dulce y empalagosa de bruja que conoce bien su oscuro arte. Tal vez preferí creerte, enfadado yo también con la dejación de autoridad de nuestra superiora. Sea como fuere, en mi inconsciencia te di alas e incluso te facilité algún arma arrojadiza para iniciar un devastador ataque frontal contra el poder de Potenza. Has demostrado ser una temible enemiga, cruel, fría, implacable e inmisericorde. La hija de quien Atila o Gengis Khan estarían orgullosos. Mentirosa compulsiva, aduladora insuperable, terrorista emocional, maestra de la manipulación, experta en todas las artes arcanas de la anulación y la aniquilación del otro. No tienes ningún escrúpulo, no hay nada que no hicieras por conseguir lo que deseas. Tampoco otras se han parado en barras, y eso es lo terrible, ver como todos nos hemos vuelto peores, como la guerra, cual virus incurable, se ha ido extendiendo, infectándolo todo. Por ejemplo, Potenza no ha tenido ningún reparo en utilizar vergonzosamente a Isa en tu contra, azuzándola para que te pasara por encima como un buldózer. Yo intento mantenerme al margen, pero cuesta, cada día que pasa cuesta más, y no sé si lograré sostener mi neutralidad. Ya he vivido situaciones parecidas antes, y sé que la lucha no acabará hasta que una de vosotras dos caiga muerta.
Y anoche, de nuevo, una imagen marcada por un color, el verde brillante intensísimo de tu camiseta sin mangas, que de inmediato me recordó al conocido cuadro de Egon Schiele que ilustra este artículo. Te haces la encontradiza. Sé que no es casual, sé que quieres algo, y sé que sea lo que sea no te lo voy a dar. Así que bebo tranquilamente mi café express mientras tú subes sensualmente los brazos, retiras el prendedor de madera que aguantaba el recogido de tu pelo, y dejas que tu lacia melena castaño oscuro caiga en cascada sobre tus hombros blanquísimos. Sonríes coqueta mientras cuentas banalidades de un lejano viaje a Rumania con tu padre, y yo espero ansioso que centres la cuestión y vayas al grano. Pero antes, aún te permites un extraño y solo aparentemente involuntario movimiento de hombro que hace que la camiseta caiga a un lado con estudiado descuido, mostrando la totalidad del seno izquierdo, realzado y apenas cubierto por un breve sujetador negro historiado en rosa. ¿Esto es todo? ¿No hay más? ¿Esta es tu baza, esta tu promesa? ¿Es por este brevísimo momento de anuncio de bronceador Dove que me he de poner de tu lado y convertirme en tu paladín? No, querida, va a ser que no. Primero, porque no quiero luchar batallas ajenas, que bastante tengo con las mías propias. Segundo, porque no creo que tengas razón, aunque tampoco la tenga Potenza, solo que con ella llevo más tiempo, la conozco mejor y me fío más. Y tercero y último, porque si consideras que la visión de uno de tus senos, por otra parte bellísimo, es suficiente y justa paga de mercenario, mal motivado ejército vas a reunir. No, ni hablar, no me uno a tu causa. Como mucho, te dedicaré un artículo en mi blog…