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Categoría: vivencias y experiencias

O, al menos, tal parece. Cualquiera que en estos días pasados haya acudido a algún mercado, supermercado o gasolinera en España habrá presenciado escenas dignas de una película norteamericana. Colas de ciudadanos histéricos acaparando alimentos, bebidas, combustible, pilas y cualquier cosa remotamente útil no se sabe bien para qué catástrofe inminente, acumulando productos perecederos que dudo mucho que tengan suficiente espacio en sus frigoríficos para conservar adecuadamente, poseídos todos de una contagiosa paranoia, de una extraño pánico colectivo y compulsivo.

Stigia y yo no nos hemos dejado arrastrar por la marea apocalíptica. Sobre todo, la verdad sea dicha, porque los problemas presentes se imponían a las etéreas cavilaciones sobre el incierto futuro. El lunes por la mañana se cumplió una vez más el viejo aforismo shaolin de que hay que esperar siempre lo inesperado. Alisándose el flequillo ya vestida para ir a trabajar, actividad en principio poco peligrosa, un segundo de descuido bastó para que Stigia se golpeara con todas las ganas en el ojo izquierdo con el cepillo. No dándole importancia, fue al trabajo, pero cuando llegó ya no podía ni abrir el párpado, y el ojo sangrante pintaba mal. Su jefe, la verdad sea dicha, se portó muy bien, la envió a la mutua haciéndole el parte como si el golpe se lo hubieran dado en el metro, para que así, al ser camino del trabajo, se lo cubrieran como accidente laboral. El oftalmólogo le dijo que tenía una herida en la córnea y otra en la conjuntiva, la curó y la tapó el ojo, pendiente de ver cómo evolucionaba en 24 horas. La noche del lunes la pasó muy mal, el ojo dolía y escocía, pero sobre todo, aunque le costara reconocerlo, tenía pánico a perder la visión o incluso el ojo así de tontamente. Yo trataba de confortarla, y sé que ella apreciaba mi presencia a su lado, pero estaba para pocos romances, y yo también muy inquieto. Una de esas noches para olvidar que todos pasamos de vez en cuando. Ayer por la tarde, al destaparle el ojo, las heridas habían cicatrizado bien, y tras una nueva cura, y nuevos exámenes, el oftalmólogo le dio el alta para hoy mismo. Ayer noche Stigia tenía aún el ojo algo hinchado y enrojecido, pero ya sin dolor, escozor ni molestias, y veía perfectamente.

De todo esto nos quedamos con lo positivo, con que el accidente nos ha dado la oportunidad de tener una jornada extra, un día entero para nosotros, un día de preocupación, sí, pero de todo debe haber en la vida, y al menos lo hemos pasado juntos. Esta mañana la he acompañado al trabajo, y como íbamos sobrados de tiempo, hemos pasado por el mercado de Sagrada Familia. Era primerísima hora, las paradas estaban recién abiertas, los clientes eran escasos, y había surtido de todo. Todos comentaban la locura de los días anteriores, gente cargando bandejas de quince kilos de carne, madres peleando (¡y llegando a las manos!) por la última botella de leche, jubilados profetizando el fin del mundo con pasmosa seguridad... También de esto saco una lectura positiva del accidente de Stigia. Gracias a él, he visto esa histeria colectiva en la distancia del televisor, sin vivirla en primera persona, sin dejarme contagiar por la masa enfebrecida de compradores compulsivos. Mejor, sí, mucho mejor.

Cuanto falso profeta, cuanto interés en tenernos a todos acojonados, sumisos, preocupados con vete a saber tú qué probables desgracias, cuantas ganas de que pensemos en tonterías mientras ellos arruinan nuestra economía, dilapidan nuestros recursos, hunden nuestro poder adquisitivo, planean que trabajemos quince horas semanales más (Ahora sí que definitivamente el sueño de una noche de verano llamado “conciliación de la vida familiar y laboral” se tornará pesadilla), y presentan proyectos tan inútiles y alucinantes como ese teléfono de atención a los maltratadotes, que rápidamente han matizado que es para hombres que tengan “dudas” (¿Dudas sobre qué, sobre si deben o no zumbarle dos hostias a su mujer?), con el que, como con todo lo intentando hasta ahora, no se logrará reducir el maltrato, pero se hace ver que se hace algo, que es lo importante. ¿Serán todos estos signos de un inminente Apocalipsis? Oye, pues tal vez sí, tal vez el mundo se acabe… Como soy un clasicote que abomina del arte moderno, efecto secundario y pernicioso de haber estudiado Historia del Arte a destiempo, me dejaré de chorros multicolores presuntamente expresionistas e ilustraré el artículo con los Cuatro Jinetes de Dührer (Alberto Durero para el que lo prefiera españolizar), que estos sí que dan miedo…

Lo que es para la mayoría el inicio de una nueva jornada, para nosotros son los últimos minutos de otra interminable noche. Así vamos, siempre al revés del resto del mundo, acabando cuando los demás empiezan y empezando cuando todos se retiran. De los 1.440 minutos de que se compone cada uno de nuestros días, siempre son los 10 o 15 últimos antes de acabar el turno los más lentos de pasar, como si todos los relojes del mundo se ralentizaran a la vez. Ayer, ese rato que ya de por sí suele ser odioso nos lo fastidiaron con ganas. Nada más entrar, una de las jefas vino a comunicarnos, con la inflexibilidad y rigidez que caracteriza desde hace tiempo las decisiones de la empresa, la obligatoriedad de nuestra asistencia a unas sesiones formativas que además de sernos totalmente inútiles han sido programadas en el peor horario posible para nosotros. Ella recién levantada, oliendo aún a champú a la camomila, y nosotros llevando a cuestas 12 horas de servicio y aguantando encima su sonrisa bobalicona. Bonita manera de empezar el día.

El miércoles es para mí el peor día de la semana, el día que robo horas al sueño, me levanto antes, como cualquier cosa rápida y salgo disparado a la sesión semanal con el grupo de preparación de oposiciones. Los temas a explicar y los que habíamos preparado para control eran especialmente duros, y para añadir más tensión (Como si hiciera falta), los compañeros que ya trabajan como interinos estaban histéricos por una Resolución de la Consejería publicada el lunes que reordena sus puestos en el escalafón. Añádase a eso el triste espectáculo, en el pequeño descanso que nos tomamos a media sesión, de ver a un hombre hecho y derecho llorando como un niño porque un impresentable que lleva solo tres semanas en su oficina (¡Tres semanas!) y que al fin y al cabo es un interino como él, aunque tenga un rango superior, le ha abierto un expediente disciplinario con una excusa banal (En realidad por pura animadversión personal), y tendréis el panorama completo de una tarde totalmente agotadora.

De buena gana hubiera dado por finiquitado aquí el día y me hubiera ido a casa a tumbarme a la pamparrana, pero había quedado con Ric y Lluc, y quería verles por el tema de la amiga de quien os hablé en “Del amor al odio”. Ambos son funcionarios veteranos de Justicia, y tal como pensaba me dieron buenos consejos al respecto. Además, la conversación con ellos siempre me resulta balsámica. Faltó una buena caminata por la zona portuaria, con ese olor a sal y podredumbre impregnándome la pituitaria, pero andábamos cortos de tiempo, de fuerzas y de voluntad. Unos güisquis, unas risas y una hora larga de charla, sentados entorno a la mesa del bar de policías que se ha convertido en sede social de nuestros encuentros, debió ser suficiente, y, de hecho, lo fue para levantar mi ánimo decaído.

Y después, recién pasada la medianoche, por fin Stigia. A veces nos invade la odiosa sensación de que nos vemos cuando no tenemos otra cosa que hacer. No es así, lo sabemos, pero a veces lo parece. Ambos tenemos historias complejas a cuestas, y no podemos sin más librarnos de ellas, así que solo queda asumir tanto las propias como las del otro y tirar hacia adelante. No hay más alternativa que rendirnos y dejarlo, y eso no es aceptable. No al menos mientras el tiempo compartido con ella sea lo mejor de cada uno de mis días, y sentirla a mi lado lo único que me provoca un estado entre la ternura y la euforia levemente parecido a la felicidad.

Se equivocó de hombre. ¿Quién puede culparla? Los que hemos ido cuesta abajo y sin frenos por la carretera de la autodestrucción la entendemos. Los que hemos vivido el fuego abrasador de una pasión desbordante, y hemos acabado con graves quemaduras de primer grado en el alma, sabemos por lo que está pasando. Es una luchadora nata que ha superado todos los obstáculos que la vida le ha puesto en el camino, que han sido muchos y difíciles. Su familia se fue al traste cuando su padre abandonó todo, trabajo, esposa e hijas, para lanzarse a una alocada aventura con una de sus amigas, aún adolescente como ella. Perdida toda referencia moral, con una madre ausente, ensimismada en su propio dolor, y unas hermanas demasiado pequeñas para entender nada de lo que estaba pasando, perdió la senda correcta, y se introdujo en el atractivo pero fatuo camino que conduce a la nada, ese que conozco tan bien. A partir de ahí, cualquier tópico manido sirve para explicar su vida. Sexo, drogas, conciertos, peleas, detenciones, casas ocupadas, más sexo, más drogas, más peleas… Su propia y personal versión de Sex, Drugs and Rock’n’Roll. Y después, de pronto, inesperadamente, como suele suceder todo lo importante, un embarazo no deseado, que lejos de hundirla en la oscuridad como algunos envidiosos profetas de desgracias ajenas esperaban, la ha ganado para la causa de la luz. Se acabaron el alcohol y las drogas. Tuvo las narices, por no decir otra cosa, de pasar la desintoxicación y superar el mono estando embarazada. Y se sobrepuso. Y tuvo a su hijo, y aprendió a cuidarlo, y dejó su vida anterior sin mirar atrás, sin arrepentirse pero sin añorar nada de lo que abandonaba, aunque no sin dejarse jirones de piel en las agudas aristas del camino por el que transitaba. Y se volvió responsable y trabajadora, y todo parecía sonreírle.

Este mundo, sin embargo, es incompatible con la perfección y mucho más con la felicidad. Una nube tapó el nuevo sol de su vida. Una nube de tormenta, grande y oscura. El padre del niño. El último vestigio de su vida anterior, sí, pero vaya vestigio… Delincuente peligroso y multirreincidente, ultra violento, tramposo y traidor, el tipo al que nadie le gustaría encontrarte en un callejón solitario. Intentó convivir con él, al principio. Por el niño. La cosa acabó con ella en urgencias y él con un nuevo arresto en su historial y una orden de alejamiento que, al menos, ha cumplido hasta ahora, lo que ya es mucho tal como está el patio. Pero no nos engañemos, un hombre que se ha pasado media vida en juzgados y comisarías conoce tantas tretas legales como un abogado experto, todos los trucos del sistema. Ha interpuesto una demanda de paternidad que obviamente es solo un primer paso para pedir luego visitas. Ni le importa un bledo su hijo, ni piensa pagar nada de su manutención, solo quiere fastidiarla, hacerla daño, verla sufrir. Sabe que ella ha rehecho su vida al lado de un hombre totalmente opuesto a él, uno honrado y trabajador, que la quiere y cuida de ella y su hijo, y se muere de celos, de rabia y de envidia, porque él está solo y amargado en el mismo nido de alacranes de donde solo saldrá para ir al cementerio.

Hasta ahora, la propensión de él a estar siempre metido en líos la ayudaba, y a las dos vistas celebradas hasta ahora se presentó mal vestido y con cicatrices recientes, lo que ha jugado a favor de ella. Pero al saberse perdedor, él ha empezado a jugar sucio, y este lunes ella ha sufrido un duro golpe. Los antecedentes penales y policiales solicitados por su abogada como prueba del historial delictivo del sujeto han sido hábilmente alterados. Hace unos meses, el comisario jefe de cierta localidad del cinturón industrial de Barcelona la llamó a su despacho. Quería que ella testificara en su contra, llevaba tiempo detrás de él, se moría de ganas de encerrarle, y pensaba que lo que ella sabía sería la clave para conseguirlo, pero ella se negó. Una cosa es dejar atrás su vida anterior, y otra ser una chivata. Aquel día, el comisario le enseñó los antecedentes policiales, varias páginas de detenciones y prisiones preventivas. Ahora, a los Mossos parece que solo les consta una detención por la Policía Nacional, nada más. Lo que significa que él tiene amigos dentro del sistema, que ha empezado a jugar sucio y hacer trampas, y que por tanto está más cerca que nunca de ganar la partida. Me lo ha dicho llorando. Nunca la había visto llorar, ni siquiera pensaba que supiera hacerlo. He puesto mi mano sobre su brazo enteramente tatuado, y he intentado tranquilizarla, pidiéndole que sacara fuerzas de flaqueza, que no tuviera miedo. “Así he vivido toda mi vida” – me ha respondido – “Nunca he tenido miedo de nada ni de nadie. Pero ahora me muero, si me quita a mi hijo, me muero”. Y entre hipos histéricos ha dejado ir quedamente “Si él desapareciera, todo estaría bien…”

Hace tiempo, poco después de la reaparición del padre de su hijo y el inicio de sus problemas, una amiga común le preguntó cómo se le había ocurrido tener un hijo con ese tipejo tan poco adecuado, y ella con su habitual sinceridad carente de convencionalismos respondió que llevando dos gramos de cocaína en el cuerpo cualquier tipo que sonriera parecía adecuado. Yo callé, porque la frase me trajo a la cabeza cosas que no me apetecía recordar, pero es cierto. Cuando el deseo, la obsesión, y no digamos la química, anulan la mente, tomamos decisiones siempre incorrectas a la luz de la razón. Luego, pasada la obnubilación que nos nubló el entendimiento, la misma hoguera en que ardió la pasión aviva sobre sus oscuras cenizas el fuego del odio más absoluto. Yo mismo he pasado por eso. Yo he sentido los mismos deseos que ella de que alguien desapareciera de la faz de la tierra. Alguien a quien quise muchísimo y a quien luego odié con la misma intensidad arrebatadora. En mi caso, finalmente, se impuso la razón. Stigia tuve mucho que ver en ello. En su caso, sin embargo, con esa guerra abierta y declarada entre ellos, con esa batalla judicial que cada día que pasa no solo recuerda las viejas heridas del pasado, sino que las abre y echa sal en ellas… Me temo lo peor.

Cuatro días llevo sin publicar. Cuatro largas jornadas incluyendo un terrible, inacabable y extenuante fin de semana con tres guardias consecutivas, y un lunes que ha vuelto a demostrarme, como si no lo tuviera ya bien sabido, que voy al revés del resto del mundo. ¿El trabajo? Bien, gracias, tan jodido como esperaba, pero no peor. Me gustaría que quien se encarga de Turnos y Horarios confeccionara el planning con la cabeza en vez de con otras partes de su anatomía, de ese modo no dejaría solo dos coordinadores para repartirnos todo el fin de semana, apañándonos a base de horas extras robadas al sueño y a esa vida privada que deberíamos poder tener (¿Alguien cree en la aplicación práctica de la Ley de Conciliación de la Vida Laboral y Familiar más allá del estrecho campo de la Función Pública?) para dirigir entre los dos seis equipos distintos de tres turnos diferentes. Si todos fuéramos iguales, si la concesión de permisos y vacaciones fuera equitativa, no pasarían estas cosas, pero como solo a los pringados entre los que me incluyo se nos deniegan días por “necesidades del servicio”, mientras que a según quien nada se le puede negar, no importando dejar el servicio patas arriba con tal de que el sujeto en cuestión esté feliz y contento, pues así vamos.

A la dificultad de adaptarse a horarios distintos de los habituales, trabajar con gente que no conoces bien y no sabes de qué pie cojea, y en general ir más cansado y mucho más cabreado de lo habitual, se ha sumado el desgaste provocado por reclamaciones continuas. Una reclamación “quema” más que diez servicios sin problemas. Necesitas más tiempo, más energía y mayor concentración, y nunca hay garantía alguna de que ni esforzándote al máximo salga bien. Este fin de semana una especie de ola de histeria atravesó el país de este a oeste, no sé si por la luna, las lluvias, o vete tú a saber qué causa esotérica. Sea como fuere, las reclamaciones, broncas y marrones fueron continuos, con el cansancio físico y mental que eso conlleva. Y para acabarlo de arreglar, tenía mi equipo incompleto. Bajas un tanto sospechosas nos habían dejado en cuadro en el peor momento posible (Ese Murphy siempre haciendo de las suyas…) Tengo mi opinión personal al respecto, pero me permitiréis que me la reserve. Que cuando una trabajadora, en vez de llamar al centro a decir que no puede venir, llama directamente al teléfono particular de la Supervisora, para que sea ella quien dé las órdenes oportunas, es que hay más, mucho más, de lo que puedo y quiero saber. Prefiero guardarme la opinión y la rabia en el cajón de la mesa, y tirar p’alante con la gente que tengo, que si son pocos, al menos son los mejores. Olé vuestros huevos (y ovarios), compis, por sacar adelante un trabajo que otros no habrían sacado con el doble de personal, os felicito, desde aquí os lo quería decir.

Y llega el lunes, y ahí viene lo de ir al revés del resto del mundo. Ayer a primerísima hora de la mañana, de regreso a mi casa después de la última **** guardia, miraba las caras de mis compañeros de viaje en la línea 7 del metro, y todos parecían estreñidos, agobiados sin duda ante el inicio de una ardua semana, mientras que yo sonreía estúpidamente pensando en la fiesta que tenía por delante. Algunos parecieron indignarse con mi expresión de felicidad, y me lanzaron miradas de odio, que me pasé alegremente por la entrepierna. ¡A cagar a la vía, que yo estaba con el agua al cuello mientras vosotros comíais paella en casa de la suegra! Una intempestiva llamada de mi madre, ardiendo en santa indignación, logró sacarme de la cama, pero no del éxtasis, que ni siquiera mi madre es capaz de arruinarme un día como ayer. Por una vez tiene razón, y la nueva guerra que ha empezado (Mi madre, como los Estados Unidos, siempre tiene que tener al menos un conflicto activo) está más que justificada, aunque eso es lo de menos para ella, no es tener razón, sino luchar y vencer, lo que le hace sentir viva, el último placer mundano que se permite.

Luego llegó la noche, y de nuevo el reloj fue el enemigo a batir, como decía en un artículo anterior. Porque de nuevo pude disfrutar de su compañía, sentirla a mi lado, acariciarla y quererla, sabiendo que las horas que pasamos juntos son por desgracia la excepción y no la regla. Hemos aprendido a aprovechar el tiempo al máximo, conscientes ambos de nuestra situación, que asumimos aunque no nos guste. Pero, si tuviera más tiempo, todo se lo daría, y si hubiera un Banco de Tiempo pediría el mayor crédito que quisieran darme. Porque solo a su lado, oyendo su respiración acompasada, aspirando su aroma envolvente y tibio, sintiendo bajo mi mano la calidez de su piel suave y viendo sus rizos pelirrojos desparramados sobre la almohada, solo en esas madrugadas en nuestro lecho conyugal, alcanzo un estado levemente parecido a la felicidad.

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Tal y como tenemos nuestras agendas personales y profesionales (No, no somos altos ejecutivos, por lo visto no es necesario serlo para morir igual de estresados que ellos…), es casi un lujo asiático seguir viéndonos de vez en cuando, menos de lo que quisiéramos, pero con cierta regularidad. La final de la Copa de Europa de Fútbol y la aversión de nuestras mujeres, novias, compañeras, amantes y asimiladas a verla en televisión nos dio la excusa perfecta para reunirnos los cuatro (Nuevo lujo éste, rara vez podemos coincidir todos). El destino se alió con nosotros, ofreciéndonos un bono extra de tiempo en forma de prórroga, tanda de penaltis y segunda tanta de penaltis, dándonos ocasión de hablar largo y tendido, mucho más en esas dos horas largas que en los dos meses anteriores. Durante la pausa dramática que se produjo tras fallar clamorosamente su lanzamiento de penalti Cristiano Ronaldo, Jesse James soltó la propuesta. Todos cumpliremos los cuarenta a lo largo de este 2.008, pero de los cuatro él será el primero, a finales de Julio. Como resulta evidente que no podremos celebrar adecuadamente los cumpleaños de todos, Jesse quiere que el suyo, por ser el primero y ser en verano, se convierta en una especie de fiesta generacional común, la fiesta de nuestra entrada en la cuarentena, una fiesta solo para hombres, homenaje a nosotros mismos (Que nosotros también lo valemos, oigan ustedes) y a nuestras aventuras de hace veinte años. Su santa esposa (Literalmente santa, hay que serlo y poder hacer milagros para haber convertido al bien a un pecador de su calibre) ya le ha dado consentimiento, permiso y bendición, es más, le deja campo libre largándose con los niños a casa de sus padres. Stigia tuvo cuando se lo conté la misma reacción: Sí, sí, adelante, sal con ellos, pero yo ese día me quedo en mi casa, ya te apañarás… Habrá que ver como se lo toman la mujer de Lluc y la novia de Ric, pero imagino que sus reacciones serán por el estilo.

¡A ver, señoras, no hemos entrado aún en la crisis de los cuarenta! Yo, por demás, espero no entrar ni teniéndolos ya cumplidos, que aunque no se puede decir nunca “de esta agua no beberé” creo tener lo bastante asumida mi edad y condición como para no caer en esos patéticos revivals de la adolescencia en que caen algunos hombres que ya peinan canas. No van por ahí los tiros, no. Lo que pretendemos no es tener una juerga “de solteros” al más puro estilo recién-divorciado-hambriento, sino volver a tener, por una sola vez, una de aquellas noches para nosotros, para nuestra pura diversión, sin aditivos ni colorantes, sin trabajos ni hipotecas, sin hijos ni suegras, sin preocupaciones ni problemas. Solo nosotros, una noche por delante, y un mundo artificial de perpetua primavera emocional que se acabará indefectiblemente al siguiente amanecer, cuando despertemos, queramos o no queramos, en ese mundo real plagado de problemas, mezquindades, ansiedades y frustraciones que tan bien hemos llegado a conocer en los últimos veinte años. Eso y también, naturalmente, la posibilidad de aprovechar el evento para reunirnos con los muchos miembros de antiguo grupo diseminados por la geografía nacional e incluso por el globo terráqueo, algunos de los cuales llevamos años sin ver en persona aunque sigamos en contacto virtual.

Resulta curiosamente inexplicable, pero exacto como el mecanismo de un reloj suizo, o al menos así ha sido siempre en mi experiencia, que cuando un hecho me hace pensar con cierta intensidad sobre un determinado tema, más temprano que tarde se producen una serie de hechos casuales todos relacionados con el primero. Sumido tras la reunión con mis amigos en una leve melancolía que inundaba mi mente de imágenes de aquellos años de nuestra post-adolescencia universitaria, me subo ayer a mediodía a un autobús urbano, y me encuentro al volante del mismo a… Berruezo! Nos reconocimos inmediatamente ambos, yo con el abono en la mano y él con el dedo en el botón presto a cerrar las puertas del vehículo, los dos con cara de sorpresa. Berruezo, compañero de camareta en la Compañía de Plana Mayor del Regimiento de Infantería Ligera “Arapiles” nº 62, en la destartalada Base de San Clemente, en la frontera francesa, hace ya tantos años… Nos dimos la mano en silencio, compartiendo una sonrisa y mil recuerdos agradables (Con lo mal que lo pasamos allí, resulta extraño que al cabo del tiempo los recuerdos militares se vuelvan siempre agradables, pero así suele suceder) Después de saludarnos, empezamos a hablar y ya no hubo quien nos parara en todo el trayecto, recordándonos mutuamente nombres, casos y anécdotas ya casi olvidados. Y luego, habiéndome bajado ya del autobús, con su móvil apuntado en mi agenda y esas promesas tan sentidas como falsas de llamarnos algún día resonando en mis oídos, me dejé invadir, ahora ya sin reservas, por la nostalgia más pura, dura y absoluta. Aquel tiempo en que aún podía soñar, aún todo estaba por hacer, todas las sendas por recorrer…

El tiempo no perdona, y la edad pesa tanto o más que los kilos, diga lo que diga el creativo publicitario de Font Vella. Lo tengo claro cuando echo la vista atrás y me veo más delgado, más inocente, más animoso y muchísimo menos frustrado. Solo me consuela pensar que, a diferencia de otros hombres que abominan de las cargas que han ido asumiendo y añoran volverse irresponsables como en su juventud, en mi caso, después de tantas batallas sentimentales perdidas, he tenido al fin una victoria a la que no quiero ni puedo renunciar. Como siempre he preferido calidad a cantidad, me quedo sin dudar con mi estabilidad actual antes que con las mil aventuras rocambolescas que otros sueñan en secreto. Será que me estoy haciendo mayor. Serán cosas de la edad…

Como ya expliqué en el artículo anterior, de todos los asistentes a la cena-encuentro-revival del pasado sábado, nadie me impresionó tanto como F., la perfecta casada. Recuerdo nítidamente, con todo lujo de detalles a pesar de los años transcurridos, su despedida de soltera. No, no su despedida oficial, ese culto a Eros y Baco oficiado en un local de “boys” en que se recreó junto a sus amigas en los placeres del alcohol y la carne. Mucho más modestamente, aunque a buen seguro con mayor sentimiento y mejor intención, le hicimos en el mismo recinto de la Facultad un amago de despedida. Era una soleada tarde de primavera, una de esas tardes calurosas que incitan al pecado. Nos sentamos sobre la hierba húmeda, en el pequeño parquecito en forma de pradera que había entre el edificio viejo y La Ilerdense, justo donde ahora se levanta el Aulario Tomás y Valiente, aún no edificado. Bebimos hasta agotar las existencias alcohólicas de los dos bares con que contaba la Facultad, logramos que el encargado del bar viejo nos regalara (regalar algo ese tío, con lo rata que era!) la última botella, un Cordón Negro de Freixenet, cantamos a voz en grito, reímos con ganas, y nos convertimos en espectáculo para los compañeros que se asomaban asombrados a la terraza del Aula 11, la famosa “pecera” con tres paredes acristaladas, para ver mejor la que estábamos liando en el césped. Madre mía, que recuerdos de aquella tarde, fin de toda una época. C. estaba embarazada, B. aún no había vivido su debut esquizofrénico, y J. aún no había iniciado su tormentosa relación prohibida con F. Aquella tarde, todo era aún alegría.

Poco después de la boda y el fabuloso viaje por Estados Unidos (Póngase aquí de fondo la magnífica versión del “Back to the USA” de Linda Ronstadt), ya se vio que todo aquello era solo imagen, una de tantas máscaras, que la realidad no era tan bonita ni tan ideal como querían pintárnosla. No llevaba F. ni un año casada cuando supimos de su relación con J., de sus encuentros secretos (Un secreto a voces en aquel micro universo universitario donde todos nos conocíamos) en cierto meublé del Paseo Manel Girona, próximo a la Facultad, y en suma del complicado mundo de mentiras y engaños en que vivía. Ella, no obstante, lo negó siempre con énfasis, incluso aquella otra tarde primaveral y también soleada en que sentados en cierta terraza del Paseo Manel Girona para uno de nuestros cambalaches de apuntes les vimos salir del dichoso meublé cogiditos de la mano, tan amantes y enamorados como cabía esperar. Para ella, sin embargo, lo estábamos malinterpretando, no había nada inapropiado entre ellos, su matrimonio era perfecto y ella era muy feliz con su marido. Punto pelota. Repetía tan machaconamente esta versión oficial incluso a los que teníamos pruebas palpables de la verdad, que sin creernos nada, callamos. Simplemente, no valía la pena discutir. Incluso su mejor amiga, con la que unos cuantos años después viví yo una Semana Santa muy poco edificante (Aunque sumamente placentera…), me reconoció con esa sinceridad que a veces otorgan las sábanas sudadas compartidas que estaba hasta el moño (con m., aunque valdría también con c.) de F. y sus “True Lies” al respecto de J.

Porque esa relación, de manera increíble, se ha alargado durante años y años, sin llegar nunca ninguno de los dos a dar un paso adelante y salir del armario, pero sin cesar nunca definitivamente. Casada ella, viviendo en pareja él, y viéndose regularmente los dos. Yo, sinceramente, no lo comprendo. No asumo que algo tan obvio, que se quieren, sea negado y silenciado por ambos, manteniendo esa imagen pretendidamente impoluta de esposa perfecta con amigo inocente, chevalier servant que la acompaña sin ánimo lúbrico, como si pudiera disimular sus miradas de deseo cada vez que ella viste falda corta o escote un punto demasiado sugerente… Por eso, por ese empecinamiento en negar lo evidente, quedé sorprendido de verla el sábado en un sugerente nuevo look, hablando sin pelos en la lengua de las veces que había facturado a su marido para disfrutar de fines de semana en soledad (Y obviaré aquí detalles que no nos ahorró de cómo mitigaba esa soledad cubierta de agua y espuma, tendida en la bañera y utilizando un cierto modelo de consolador subacuático recientemente adquirido…) y de cómo, en general, quería dejar de ser quien aparentaba y pasar a ser quien en teoría era y había sido siempre.

Y yo, una vez más, no la creo. Será porque estoy acostumbrado a sospechar de sus palabras, y las costumbres son difíciles de vencer, pero no la creo, me parece todo pose, una pose de cuarentona vivida y liberada, distinta de la anterior de esposa perfecta, pero falsa también. No muestra ahora su verdadero rostro tras la máscara, simplemente ha cambiado de máscara. El peinado a lo Vicky Beckham, los nuevos y recientes tatuajes que decoran su pálida epidermis, el pasar de vodka con lima a Bourbon con hielo, y sobre todo la soltura de su lengua y la aparente sinceridad de sus anécdotas sexuales, todo eso configura su nuevo personaje. Reconozco, sí, que es mucho más atractivo y sugerente que el personaje anterior que llevaba tantos años representando. Pero sigo sin creérmela. Será que como buen mentiroso profesional, soy un público exigente a la hora de juzgar mentiras ajenas...

Me ha pedido la involuntaria protagonista del vergonzoso episodio narrado en este artículo que borre del mismo los detalles que pudieran identificarla, Me veo, sin embargo, incapaz de hacerlo. Allegados, conocidos, vecinos y compañeros de diverso pelaje conocen la existencia de este blog, así como mi filiación y circunstancias. A partir de mi identidad, sería juego de niños llegar a ella, que no hay tantas posibilidades. Por ello, para su tranquilidad y seguridad, prefiero borrar el artículo entero. Ya escribiré sobre el tema más adelante, que hay para hablar sobre ello largo y tendido.

Si no lo borro sin más es porque no quiero borrar los comentarios. Pero, en lo que a mí y a los demás testigos del hecho se refiere, el incidente queda enterrado en un cajón cerrado de nuestra memoria. Esperemos que sea sólo el violento epílogo de una violenta historia que jamás debió iniciarse...