O, al menos, tal parece. Cualquiera que en estos días pasados haya acudido a algún mercado, supermercado o gasolinera en España habrá presenciado escenas dignas de una película norteamericana. Colas de ciudadanos histéricos acaparando alimentos, bebidas, combustible, pilas y cualquier cosa remotamente útil no se sabe bien para qué catástrofe inminente, acumulando productos perecederos que dudo mucho que tengan suficiente espacio en sus frigoríficos para conservar adecuadamente, poseídos todos de una contagiosa paranoia, de una extraño pánico colectivo y compulsivo.
Stigia y yo no nos hemos dejado arrastrar por la marea apocalíptica. Sobre todo, la verdad sea dicha, porque los problemas presentes se imponían a las etéreas cavilaciones sobre el incierto futuro. El lunes por la mañana se cumplió una vez más el viejo aforismo shaolin de que hay que esperar siempre lo inesperado. Alisándose el flequillo ya vestida para ir a trabajar, actividad en principio poco peligrosa, un segundo de descuido bastó para que Stigia se golpeara con todas las ganas en el ojo izquierdo con el cepillo. No dándole importancia, fue al trabajo, pero cuando llegó ya no podía ni abrir el párpado, y el ojo sangrante pintaba mal. Su jefe, la verdad sea dicha, se portó muy bien, la envió a la mutua haciéndole el parte como si el golpe se lo hubieran dado en el metro, para que así, al ser camino del trabajo, se lo cubrieran como accidente laboral. El oftalmólogo le dijo que tenía una herida en la córnea y otra en la conjuntiva, la curó y la tapó el ojo, pendiente de ver cómo evolucionaba en 24 horas. La noche del lunes la pasó muy mal, el ojo dolía y escocía, pero sobre todo, aunque le costara reconocerlo, tenía pánico a perder la visión o incluso el ojo así de tontamente. Yo trataba de confortarla, y sé que ella apreciaba mi presencia a su lado, pero estaba para pocos romances, y yo también muy inquieto. Una de esas noches para olvidar que todos pasamos de vez en cuando. Ayer por la tarde, al destaparle el ojo, las heridas habían cicatrizado bien, y tras una nueva cura, y nuevos exámenes, el oftalmólogo le dio el alta para hoy mismo. Ayer noche Stigia tenía aún el ojo algo hinchado y enrojecido, pero ya sin dolor, escozor ni molestias, y veía perfectamente.
De todo esto nos quedamos con lo positivo, con que el accidente nos ha dado la oportunidad de tener una jornada extra, un día entero para nosotros, un día de preocupación, sí, pero de todo debe haber en la vida, y al menos lo hemos pasado juntos. Esta mañana la he acompañado al trabajo, y como íbamos sobrados de tiempo, hemos pasado por el mercado de Sagrada Familia. Era primerísima hora, las paradas estaban recién abiertas, los clientes eran escasos, y había surtido de todo. Todos comentaban la locura de los días anteriores, gente cargando bandejas de quince kilos de carne, madres peleando (¡y llegando a las manos!) por la última botella de leche, jubilados profetizando el fin del mundo con pasmosa seguridad... También de esto saco una lectura positiva del accidente de Stigia. Gracias a él, he visto esa histeria colectiva en la distancia del televisor, sin vivirla en primera persona, sin dejarme contagiar por la masa enfebrecida de compradores compulsivos. Mejor, sí, mucho mejor.
Cuanto falso profeta, cuanto interés en tenernos a todos acojonados, sumisos, preocupados con vete a saber tú qué probables desgracias, cuantas ganas de que pensemos en tonterías mientras ellos arruinan nuestra economía, dilapidan nuestros recursos, hunden nuestro poder adquisitivo, planean que trabajemos quince horas semanales más (Ahora sí que definitivamente el sueño de una noche de verano llamado “conciliación de la vida familiar y laboral” se tornará pesadilla), y presentan proyectos tan inútiles y alucinantes como ese teléfono de atención a los maltratadotes, que rápidamente han matizado que es para hombres que tengan “dudas” (¿Dudas sobre qué, sobre si deben o no zumbarle dos hostias a su mujer?), con el que, como con todo lo intentando hasta ahora, no se logrará reducir el maltrato, pero se hace ver que se hace algo, que es lo importante. ¿Serán todos estos signos de un inminente Apocalipsis? Oye, pues tal vez sí, tal vez el mundo se acabe… Como soy un clasicote que abomina del arte moderno, efecto secundario y pernicioso de haber estudiado Historia del Arte a destiempo, me dejaré de chorros multicolores presuntamente expresionistas e ilustraré el artículo con los Cuatro Jinetes de Dührer (Alberto Durero para el que lo prefiera españolizar), que estos sí que dan miedo…

