Con esta frase lapidaria (¡Oh tiempos, oh costumbres!) criticaba y reflexionaba a un tiempo el sabio pensador, escritor y político Marco Tulio Cicero (ese a quien conocemos como Cicerón) sobre lo que él consideraba la relajación de la moral y la degeneración de las ancestrales y severísimas costumbres romanas que se estaba produciendo en su época, en esa fase agónica y un tanto caótica de la República que acabaría alumbrando ese curioso imperio sin emperador que fue el largo gobierno de Octavio Augusto César. Pero no, ni os quiero dar una lección de historia que no estoy cualificado para exponer, ni me he vuelto de pronto un moralista a la vieja usanza. Es simplemente que la sentencia latina me viene al pelo para una pequeña reflexión sobre la cena de antiguos compañeros de la Facultad de Derecho a la que asistí el sábado.

Ya en mi artículo anterior reflexionaba sobre lo que queremos ser y lo que acabamos finalmente siendo, sobre ese en general traumático paso de sueños a proyectos, de ideas a trabajos. A medida que nos acercamos a los cuarenta (Y qué poquito falta ya!), constato a mi alrededor, en mi universo más cercano poblado de treintañeros a punto de dejar de serlo, que lo dicho en aquel texto para el campo laboral y profesional es también perfectamente válido para el terreno personal y familiar. Ahora que los que se casaron “cuando tocaba” llevan ya casi quince años de convivencia, asistimos perplejos al derrumbe de unos cuantos matrimonios aparentemente sólidos, y a la separación de facto de las vidas personales de los demás, aunque no pasen por el Juzgado a certificar lo obvio.

El sábado comprobé de nuevo sobre el terreno, y conste que no me gusta tener razón en esto, que mi teoría sobre la hipocresía social es acertada. Quien ha pasado más de un lustro preparándose para ser juez se queda en funcionario de prisiones y resulta que era lo que siempre había querido ser, mire ud. por dónde. Quien ha abierto varios negocios en los más diversos sectores, y todos ha tenido que cerrarlos al borde de la quiebra, hace gala de su condición de emprendedor triunfador, aunque mire con ojos de envidia a los muchos funcionarios presentes… En fin, nada nuevo. Sí me resultó novedosa en cambio la aplicación de mi teoría a lo personal. Alérgicos al compromiso que huían de cama en cama de cualquier relación estable lamentan ahora su mala suerte al no tener nadie a su lado. Solteras vocacionales que defendían con ahínco su rol de mujer moderna y liberada, su total independencia personal y económica, se han dejado encadenar con doradas cadenas, eso sí, encerradas en jaulas de oro, encantadas en su papel de objeto decorativo. Y la que más llamó mi atención, la perfecta casada, hacendosa y amorosa, la que en su época considerábamos un tanto anticuada, de pronto modernizada hasta el extremo, disfrazada de Vicky Beckham, y reconvertida en devora hombres de primera clase, aún casada, sí, pero más que dispuesta a facturar marido e hijos a la urbanización y quedarse sola el fin de semana a disfrutar de cuantos placeres prohibidos se le ofrezcan. Lo dicho, oh tempos, oh mores…