Supe que algo iba mal nada más descolgar el teléfono. Solo dijo “¿Sí?”, solo dos letras para formar un monosílabo interrogativo. Y sin embargo su tono al pronunciar esas dos míseras letras… Intenté compensar la tensión que intuía al otro lado del teléfono receptor con un tono de falsa alegría. No, un momento, falsa no, exagerada. Acababa una jornada agotadora, las cosas no me habían ido mal del todo, y me dirigía a su casa para recogerla y pasar la noche juntos… La alegría era auténtica, pero su tono de voz me hizo aumentar algo el énfasis. “¡Oye, que ya estoy bajando las escaleras del metro, que en nada estoy ahí!” Pausa dramática. Se está recomponiendo, pensé, o aguantándose para no llorar. “Vale” dijo al fin, apagadamente. No tuve presencia de ánimo para más fingimientos. Le mandé un beso virtual y colgué tras un lacónico “Hasta ahora”.

Las circunstancias, para no variar, todas en contra. Un trayecto de nueve estaciones que normalmente no dura veinte minutos, eternizándose por etéreas e inexplicadas causas técnicas. El convoy, como regodeándose en mis crecientes nervios, paraba sin prisa mucho más rato del habitual en todas y cada una de las estaciones, desafiando la paciencia de los pasajeros en general, mientras a mí se me llevaban los demonios. Tres cuartos de hora después de cuando debería haber llegado, recorrí el camino hasta su casa al paso ligero, y aporreé literalmente su puerta. Cuando por fin ésta se abrió, mis temores se confirmaron al verla con ojos enrojecidos y expresión de profunda tristeza. La abracé sin más, y solo cuando tuve su cabeza contra mi pecho y su pelo entre los dedos de mi mano pregunté qué había pasado, aunque ya conocía la respuesta. “Me ha llamado mi cuñada” dijo con un hilo de voz. “¿Tu padre?” pregunté de nuevo, y antes de darle tiempo a contestar, de nuevo interrogué “¿Ya tienen el resultado de las pruebas?” Ella elevó su mirada hasta cruzarla con la mía, y solo dijo una palabra, esa maldita expresión griega: “Metástasis”.

Los pormenores del resto de la noche son, os lo aseguro, totalmente irrelevantes. Cumplí mi papel de paño de lágrimas, clavo ardiendo al que aferrarse y acompañante solícito que la cuidara y mimara lo mejor que pude y supe, aunque es éste un trance del que nadie sale enteramente victorioso. Sobre todo porque resulta tarea imposible insuflar esperanza como venía haciendo hasta ahora con mejor o peor suerte cuando la realidad, esa tozuda y cruel realidad que ahoga en lágrimas nuestros sueños y esperanzas, se muestra ahora clara y nítida cual cielo sin nubes. Una sola palabra lo ha cambiado todo, una puñetera expresión griega que condena a muerte lenta y dolorosa a un hombre bueno. Pero no hay más, y ambos lo sabemos. Si ya no quedó limpio del primer tumor, si éste no solo persiste, sino que además el mal se ha extendido, es que ninguno de los tratamientos intentados funciona. Llegados a este punto, por duro que sea decirlo así, solo queda desear que el fin no sea demasiado lento, para que sufra lo menos posible. Feng Wei, uno de los generales de Chi Sichuan, primer Emperador de China y constructor de la Gran Muralla, dejó escrito hace dos mil doscientos años que los guerreros en el campo de batalla son muertos que aún no saben que lo están, y eso es hoy, desgraciadamente pero con toda certeza, el padre de Stigia, un muerto que aún no sabe que lo está.

Stigia ha marchado esta misma tarde a su pueblo en tren, en ese casi legendario Estrella de Galicia que cada tantos meses la aleja de mí, y luego me la devuelve algo más delgada y mucho más triste. El próximo lunes, pascua de Pentecostés, es festivo aquí, y pidiendo un solo día, mañana viernes, ha podido juntar cuatro de fiesta. Suficiente para ir, ver y volver. Me hubiera gustado acompañarla como en Semana Santa, pero este fin de semana me toca trabajar, y me resulta imposible cambiar tres guardias de un día para otro. Así pues, la he acompañado una vez más a la estación de Sants, a ese inmenso vestíbulo de paredes blanquecinas de las que cuelgan toda clase de letreros multicolores, y en las que reverberan abigarradas voces en todos los idiomas del mundo, esa confusa maraña de viajeros, acompañantes y descuideros entre la que nos movemos con demasiada frecuencia, hasta haberlo convertido en una especie de rito sagrado propio de nuestra relación. Allí, en ese espacio pobremente iluminado por lámparas indirectas de luces inciertas que parecen favorecer la nostalgia, y que ya me resultan extrañamente familiares, la he despedido una vez más, solo calmada mi pena por la esperanza de ir a buscarla allí mismo el martes si no hay peores novedades. Y pensar que todo esto, toda esta prisa y toda esta pena, es por esa maldita expresión griega…