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LO QUE SE TERCIE (el blog de betialai)

Libertad no es sólo una palabra.Es una forma de entender la vida.

Categoría: Cocinillas

15 Abril 2007

MIS BARES DE PINCHOS ( III )

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Para alegrar el domingo, que además amanece climatologícamente tristón por estas latitudes, retomamos ese recorrido que iniciamos hace un par de semanas por los bares de pinchos del barrio de Gros de San Sebastián. Esta vez la primera estación la hacemos en el Restaurante Ama-Lur, en la calle Carquizano, nº 7. Un lugar a la antigua usanza, donde además de encontrar un comedor donde se sirven menús del día (8,50 € días laborables y 12 € fines de semana) se puede comer a la carta a precios muy razonables, amen de toparte con una barra amplísma de tapas frías y calientes. Todo es exhuberancia en este local; desde la amplia oferta del menú, ocho primeros platos y otros tantos segundos para elegir, como la contundencia de sus raciones, generosas donde las haya. En el capítulo de pinchos destacar el de calabacín, con dos rodajas de esta hortaliza rebozadas que cubre un interior compuesto de bacon, queso fundido y pimiento verde (1,40 €), o el mismo de pimiento verde que, una vez vaciado, se rellena de jamón y queso elaborándose el conjunto a la plancha (1,40 €). La brocheta de riñón y panceta (1,30 €), que te la sacan al gusto de cocción que tú prefieras, es de agradecer en una ciudad como Donostia que hace mucho tiempo ha desterrado los suculentos productos de casquería de sus mesas y en donde cada vez se hace más difícil adquirirlos en los establecimientos. Los sesos a la romana están francamente ricos (1,30 €) y los fritos variados (gambas con gabardina, croquetas, pimientos rellenos, mejillones y calamares a 1,30 € la pieza) son otra opción nada desdeñable. Ensaladillas con distintos ingredientes, las típicas gildas y otra serie de tentaciones frías (1,30 €) completan una variadísima barra para todos los gustos. Además, asan pollos, codornices, codillo de cerdo y cabezas de cordero, que puedes degustar en el propio establecimiento o llevar a casa como improvisado catering si un día andas mal de tiempo o te aparecen invitados por sorpresa. Grifo de Cruzcampo y vino correcto. Cierra los martes por descanso semanal.

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El Bar Jamix, c/ Bermingham, nº 23, tiene otra entrada por los soportales de la plaza de El Chofre, denominada así porque tras la demolición de aquel añorado coso taurino (aún recuerdo las lágrimas que se le escaparon al maestro Chenel una noche en el hotel Carlton de Bilbao rememorando el viejo coliseo donostiarra) ocupa, tras el desmonte que hubo que realizar, los terrenos en que éste se aposentó en su día y, curiosamente, el lugar en el que se ubica el local correspondería, poco más o menos, a lo que fue su Puerta Grande. Posee una tentadora oferta de banderillas frías, elaboradas con una materia prima de excelente calidad y una cuidadísima presentación que, en este caso, supone que además de activarte el sentido del gusto cuando las consumes, te activa la vista y, casi, casi, se puede decir que también comes con los ojos. El pastel de merluza, adornado con potente langostino, la ensalada de gula y salmón con gamba, servida en cuchara de porcelana china, el genuino y ancestral pincho donostiarra compuesto de huevo duro, gamba, aceituna y mahonesa, el mejillón natural escoltado por dos gambones y aliñado con vinagreta y picadillo de pimientos rojo y verde y cebolla, son a 1,30 € algunas de las ofertas que presenta la barra. Buenos fritos variados a 1,25 € y tres especialidades de la casa que merece la pena probar: la berenjena rebozada, rellena de jamón y queso, los espárragos fritos rellenos y el pincho estrella consistente en una brocheta insertada en rebanada de pan con tres sombreros de champiñón en salsa sobre cama de lonchita de jamón ibérico y rematadas por un más que generoso langostino, estos tres últimos a 1,50 €. Buen vino joven para potear, oferta de reservas y cañeros de Amstel y Kaliber, por si les visitan abstemios. Abstenerse de ir los lunes porque está cerrado.
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Adhesiones

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1 Abril 2007

MIS BARES DE PINCHOS ( II )

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Otro que merece los honores de basílica es el Bar Bixente en la c/ Doctor Delgado, nº 3. Con apenas diez años de ubicación en el barrio ha sabido atraer una fiel clientela a base de trabajo y profesionalidad, presentando una exuberante barra en la que también se dan cita los productos de siempre en compañía de elaboraciones más atrevidas pero siempre perfectamente identificables y justificadas por el equilibrio de sus recetas. A la típica tortilla de patatas hay que sumar las croquetas, los mejillones rellenos o los champiñones en salsa al razonable precio de 1,10 €. Pero, quizá, el éxito les haya llegado de la mano de otras especialidades algo más osadas y que han sabido armonizar a la perfección. El pastel de txangurro, servido en un crujiente hojaldre en forma de concha, la kokotxa de bacalao en salsa verde en su punto de gelatinosidad y de cocción, el milhoja de tomate Raf rebozado, relleno de queso fresco y anchoa en salazón, el crepe de puerros y gambas son pinchos de alto nivel y ninguno sobrepasa los 2,10 €. No tiene restaurante, propiamente dicho, pero en sus mesas se pueden degustar excelentes cazuelitas de bacalao en varías formas y unos suculentos callos caseros que acompañados de una selección de pinchos, o con una buena ensalada por delante, pueden dejar plenamente satisfecho al más hambriento. Posee además un excelente surtido de embutidos ibéricos y, por temporadas, una más que notable cecina de León para tomar en bocatas o en raciones. Cañero de Cruzcampo, vino de txikiteo a buen nivel y variedad en caldos de reserva. No aparecer por allí los miércoles porque está cerrado.
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De la saga de los Ormazábal, hosteleros de la c/ 31 de Agosto, en la Parte Vieja, desde que San Sebastián es puerto de mar, regentó junto sus hermanos el Gaztelu en la citada calle a lo largo de varias décadas. Hace algo más de un año decidió independizarse y se instaló en un local que parecía maldito, pues en los últimos veinte años pasaron por él cinco ó seis manos distintas sin conseguir levantar el vuelo. Rebautizado como Gaztelu Txiki, en la c/ Carquizano, 3, todo parece indicar que, salvo sorpresas o vaivenes propios de esta clase de negocios, el establecimiento se va a ir asentando. Gracias, claro, a que se ha convertido en el auténtico paraíso de algo, tan sencillo y complicado a la vez, como es la croqueta. Si excelente es la de jamón, 1,25 €, resultan asombrosas las de espinacas y gambas, o las sabrosísimas de hongos, 1,50 €, un prodigio de cremosidad y delicadeza en su bechamel que va acompañada de generoso relleno. Excelente y jugoso el revuelto de champiñones, 1,25 €, y un lujo los canutillos rellenos de mousse de centollo, y el taco de bacalao al pil-pil,1,50 € ambos, como pinchos más destacables, aunque si vas con hambre te puedes comer con toda confianza el mostrador entero. Grifo de Amstel y buen vino de poteo, destacando el clarete de Cigales. Tiene comedor, donde se puede comer el menú del día por 8,50 € los días laborales y 15 los festivos u optar por una carta no demasiado extensa pero de garantía. Cierra los lunes por descanso semanal.

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Desde tiempo inmemorial en la c/ General Arteche, 6, el Bar Ricardo, es cita obligada para los amantes de las gambas con gabardina. Más que con gabardina las hacen con una finísima tempura que sirve, simplemente, para dar cobertura a tres gambas de muy buen tamaño ensartadas en un palillo que salen de la fritura jugosas y plenas de sabor. Calamares a la romana, croquetas y a veces, si le da por ahí a la cocinera, unos suculentos pimientos rellenos de atún completan la oferta de fritos variados del local que se cobran a 1,10 €. Acompañando a éstos, y al mismo precio, otra selección de pinchos clásicos como tortillas variadas, patatas, anchoas o bacalao, ensaladilla rusa y buenos tacos de bonito, sin olvidarnos del chipirón relleno en su tinta, configuran la oferta de este local de los de toda la vida. Los fines de semana suelen llevar buen marisco: centollos, langostinos, nécoras, bígaros, según mercado, para consumir en el bar o para comprar al peso. Cañero de Keler 18 y vino de batalla flojito, 0,90 €, por lo que es aconsejable gastar un poquito más y pedir algún reserva conocido. Cierra los miércoles para descanso de sus habituales clientes.

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25 Marzo 2007

¿A LAS OCAS?, ¡QUE LES VAYAN DANDO!

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Confieso que al leerlo me quedé un poco estupefacto. Enterarte de sopetón que un conocido, y según dicen prestigioso, restaurador yanqui, llamado Wolfgang Puck, con un establecimiento en Hollywood, Spago, que es el preferido de todas las estrellas y que cuenta, además, con otros catorce más repartidos por todo Los Ángeles, haya decidido retirar de su carta el foie gras y que esgrima como argumento el sufrimiento de las ocas resulta, cuanto menos, chocante. Por esa regla de tres deberían desaparecer de los menús de todo el orbe, también, otra serie de manjares como las langostas, los bogavantes, o los centollos, que tienen que sufrir lo suyo cuando les trasladan de sus correspondientes viveros a raquíticas peceras para exponerlos al personal que luego ha de señalarlos con el dedo como paso previo a su ingreso, vivitos y coleando, al perolo de agua hirviendo o a la parrilla al rojo vivo. O las pobres sardinas, anchoas, o caballas, que en plena excursión por el Atlántico, o el Mediterráneo, de pronto se ven atrapadas en una red lo que, supongo, no les hará ninguna gracia y doy por sentado que, de fijo,se lo pasarán de puta pena.

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A mí la verdad es que el foie fresco no me mola en exceso. Al margen de su precio es que no le pillo bien el punto y, lo mismo cuando lo hago yo en mi casa, que cuando alguna vez lo he pedido por ahí, me resulta como demasiado grasiento y me estraga bastante. Sin embargo el micuit, la mousse o el paté acompañados de pan tostado y un buen tinto, o un blanco muy seco, me parecen un excelente aperitivo. Ayer me acordé de que en el barrio hay un restaurante que suele incluir en el menú de fin de semana un hojaldre de foie francamente excelente. Lo hacen en raciones individuales y tiene la virtud de que le ponen la cantidad adecuada, de forma que el exceso de grasa empapa el interior del hojaldre impregnándolo de sabor y el relleno queda en un punto que para nada empalaga.

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Así que decidí darme un poco de fiesta y me encaminé a Dardara Taberna, un honrado establecimiento que en su origen fue un almacén de vinos y licores y ha ido evolucionando hasta convertirse en un buen bar de pinchos, en el que no se sientan las estrellas ni maldita falta que les hace, porque la gente normal se da de tortas por pillar una mesa libre, y en donde dan fenomenal de comer, con una relación calidad-precio que resulta sorprendente. Y, efectivamente, por 10 € me he metido entre pecho y espalda el hojaldre de marras con un finísimo puré de manzana, un entrecotte al roquefort tostado por fuera y sangrante por dentro, comme il faut, y unas natillas caseras ligeras y sutiles, casi etéreas. Por supuesto que mientras trasegaba el primer plato he tenido un pensamiento para la sufrida ánade que posibilitaba mi disfrute y que he hecho extensivo a todas sus congéneres: ¿a las ocas?, ¡que les vayan dando!. Lo mismo que a los cursis, a los pusilánimes y a otra serie de entes ridículos, poseedores por lo general de una doble moral, que son capaces de llegar a los extremos de este cretino hostelero de yanquilandia. Y, dejemos aquí el tema, no vayamos a darle la idea a la ministra Narbona -amén de inoportuna bastante patosa, ciertamente, y por tanto de alguna forma relacionada con las aves palmípedas- y se le ocurra, dada la estúpida fijación que la posee, enviar alguna circular sugiriendo a los restauradores españoles que vayan retirando de sus comandas algo tan suculento y exquisito como el rabo de toro.

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5 Diciembre 2006

CANTIDAD Y CALIDAD

Parece que la polémica está servida entre rebanadas de pan brioche y que la conocida multinacional yankee incumple con unos preceptos encaminados a evitar que la obesidad se apodere de nuestros gentiles cuerpos mediterráneos, como ya lo ha hecho de muchos de los que habitan de costa a costa entre el Atlántico y el Pacífico. No es cuestión, por lo que se ve, de discernir tanto sobre la calidad de lo que nos venden como de la cantidad y que ésta se ajuste a unas determinadas normas. En el fondo, además de que, seguramente, tratan de velar por nuestra salud, son cuestiones estéticas y hoy por hoy, en esta sociedad, pienso que nada ni nadie debería tratar de arbitrar lo que cada uno se mete entre pecho y espalda, en nuestro libre albedrío gastronómico.

Sobre el mismo tema, cantidad y calidad gastronómica, habla Eva Celada en su libro Los secretos de la cocina vaticana. Y así nos enteramos de lo que se cuece en las cocinas de la sede de la mayor multinacional del mundo. Miren por dónde, Wojtyla parece que era menos refinado que Ratzinger y mientras al polaco le iban más las raciones pantagruélicas y se las hacía acompañar de vino, el alemán es casi abstemio y menos glotón pero más sofisticado y prefiere las delicatessen. En cualquier caso, la autora llega a la conclusión de que en los fogones del Vaticano se oficia una coquinaria de las más complejas y ricas del mundo, mucho más que en cualquiera de las casas reales que en el orbe existen. Cuestión de ética, supongo, de los que sentados a sus mesas velan por la salud espiritual de su rebaño siguiendo al pie de la letra el mensaje que hace dos mil años dejó un carpintero de Nazaret que la vispera de ser ejecutado compartió viandas y mantel con una cuadrilla de pescadores palestinos.

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21 Septiembre 2006

¿SOMOS MEMOS?


Nos quejamos, casi siempre con razón, cuando nos sentimos engañados o nos quieren dar gato por liebre. Pero, a veces, no nos damos cuenta que mucha culpa de que éso ocurra es nuestra. En algunas ocasiones por callarnos y no levantar la voz, para no dar la nota y seguir manteniendo esa imagen moderada y politicamente correcta de ciudadanos tranquilos que no pierden el control por nimiedades. En otras, porque movidos por inercias estereotipadas, perfectamente estudiadas por los que nos engañan, les hacemos el juego y entramos al trapo de lo que nos proponen.

Lo que veis en las fotos es el mismo vegetal: guindilla o piparra vasca. Están sacadas en dos fruterías que se encuentran en la misma calle. Como podeis apreciar la diferencia de precio entre unas y otras es notable, aunque desde que pagamos en euros (y de éso se aprovechan) no parezca tanta. Pero sería pagar más en kilo, por el mismo producto, 260 de las antiguas pesetas. Y todo, ¿por qué?. Porque las caras tienen el "label vasco", se cultivan en un determinado microclima y están genéticamente manipuladas y, además, se garantiza que no pican, algo que no ocurre con las baratas. Y yo me pregunto: ¿no está, precisamente, la gracia de las guindillas en que piquen un poco?. Pues parece que ya no y esta sociedad, cada vez más light, es capaz por gilipollez o por chauvinismo, que en el fondo es lo mismo, de dejarse engañar por cuatro listillos que hacen negocio de la tontería ajena. Se empieza por caer en estas chorradillas y luego nos quejamos de que en cosas más serias nos la metan doblada. Yo sigo comprando las baratas, a pesar de las broncas que me monta mi médico, y este verano os aseguro que me he puesto "moraito". Por cierto, si cae un buen puñado en vuestras manos, no os priveis. En aceite de oliva muy caliente echar y revolver hasta que empiecen a dorarse muy ligeramente. A continuación sacarlas y espolvorear genorosamente con sal gorda. Con un buen vaso de tintorro, ¡manjar de dioses!.

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