CANTIDAD Y CALIDAD
Parece que la polémica está servida entre rebanadas de pan brioche y que la conocida multinacional yankee incumple con unos preceptos encaminados a evitar que la obesidad se apodere de nuestros gentiles cuerpos mediterráneos, como ya lo ha hecho de muchos de los que habitan de costa a costa entre el Atlántico y el Pacífico. No es cuestión, por lo que se ve, de discernir tanto sobre la calidad de lo que nos venden como de la cantidad y que ésta se ajuste a unas determinadas normas. En el fondo, además de que, seguramente, tratan de velar por nuestra salud, son cuestiones estéticas y hoy por hoy, en esta sociedad, pienso que nada ni nadie debería tratar de arbitrar lo que cada uno se mete entre pecho y espalda, en nuestro libre albedrío gastronómico.
Sobre el mismo tema, cantidad y calidad gastronómica, habla Eva Celada en su libro Los secretos de la cocina vaticana. Y así nos enteramos de lo que se cuece en las cocinas de la sede de la mayor multinacional del mundo. Miren por dónde, Wojtyla parece que era menos refinado que Ratzinger y mientras al polaco le iban más las raciones pantagruélicas y se las hacía acompañar de vino, el alemán es casi abstemio y menos glotón pero más sofisticado y prefiere las delicatessen. En cualquier caso, la autora llega a la conclusión de que en los fogones del Vaticano se oficia una coquinaria de las más complejas y ricas del mundo, mucho más que en cualquiera de las casas reales que en el orbe existen. Cuestión de ética, supongo, de los que sentados a sus mesas velan por la salud espiritual de su rebaño siguiendo al pie de la letra el mensaje que hace dos mil años dejó un carpintero de Nazaret que la vispera de ser ejecutado compartió viandas y mantel con una cuadrilla de pescadores palestinos.


javier dijo
Pues yo me apunto al lechazo y al buen vino vino antes que a las delicatessen.
5 Diciembre 2006 | 06:54 PM