Inteligencia emocional
Esta semana corro de campus a campus para hacer un enésimo curso de formación. Unos tres cuartos de hora de bus para hacer el recorrido, a las 4 de la tarde, en los que intento leer un artículo sobre los nuevos perfiles de la sociedad de la información, pero en el que acabo dormitando hasta casi pasarme de parada. Zaragoza está bonita, teñida ya de color rojo, y a esa hora el bus se llena de niñas con palestinos que van a estudiar filosofía, derecho, o químicas. Veo sus granos adolescentes y escucho sus conversaciones, y me siento mayor, vieja por momentos. Estoy cansada y eso que sólo estamos a miércoles. La energía adolescente de sus hormonas y los años que les quedan por delante me llena de una nostalgia momentánea que sin embargo pasa de largo enseguida. Dicen que la década de los 30 es la mejor para el ser humano, joven todavía, con ganas de hacer cosas, maduro, pero sin el bajón que todo el mundo dice que llega a los 40. Y eso que estoy convencida de que a los 40 seguiremos escribiendo en riff y soñando. Si la vida nos lo permite claro.
Mi curso está lleno de gente desencantada, hastiada, mustia, llena de problemas. Joder, ¡si son funcionarios! tienen un buen sueldo, trabajo para toda la vida. ¿Deberían quejarse como lo hacen?
Veo al típico que se acerca peligrosamente a la cincuentena, camisa ajustada dentro de un pantalón demasiado alto de cintura, que hace el curso porque "así me pagan". Veo a la megapija que va a saberlo todo antes de que el profe habla la boca y que seguro que también le gusta Jorge Bucay (luego me equivoco y le gusta más Coelho, y en mi maquinita imaginaria le asesto un golpe de puching-ball que le desmelena sus perfectas mechas). Veo la insegura, la que se sienta en la última fila y tartamudea al leer, pero que seguro que es una fan de las novelas de Galdós y en vez de a Bucay lee a Garton Ash o Noah Gordon.
Y de pronto veo al profesor, que os prometo que es un clon de Joaquín Reyes, incluso habla como él. A los dos días del curso estoy desencantada totalmente de él porque nos recomienda libros como "El alquimista" de Coelho, al que tengo una inquina sólo superable por Dragó, y nos manda leer en clase, como si estuvieramos todos en quinto de EGB. La gente parece fascinada mientras yo me callo mi opinión. Les pregunto si no creen que se parece a Joaquín Reyes y nadie conoce la hora chanante, ni muchachada Nui, ni siquiera han reparado en él en Camera Café. ¿Somos extraterrestres?
Critico a Coelho y creo que con eso ya me he ganado 3 o 4 animaversiones de mis compañeros, que leen con ansia esos pequeños cuentos "vitales" que adornan las últimas páginas del suplemento dominical.
Les digo que me interesan mucho más los temas de las enfermedades mentales, que el otro día tocamos de pasada, y me miran horrorizados. Quizá imaginan que escondo tendencias psicópatas. Me siento a veces una extraña, la gente desnuda su intimidad en este curso de manera alarmante, mientras yo siento que no aprendo nada, y me pregunto si el último día de curso debería pedirle al profe que nos gritase: "Lemoooooooooon". "Bono, Bono, hagamos merienda cena Bono". Que se joda Coelho.

Troutman dijo
Sí, vivimos en un mundo aparte. La gente no ve Muchachada Nui y si lo hace no entiende nada (aunque debo admitir que hay partes que no se las traga un gitano ebrio). El mundo es así, y aunque el personal se queja amargamente de sus trabajos, lee a Coelho o La Catedral del Mar y ven Salsa Rosa, luego resulta que muchos son tipos la mar de majos. Otros no. Éso no quita para que uno se sienta un poco bicho raro en ese tipo de cursos (yo hice alguno parecido, aunque ni de lejos tocando temas como el tuyo) y que incluso, consciente o inconscientemente, lo fomente.
18 Octubre 2007 | 10:24 AM