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BLUESEA WEBLOG

Diario de un enamorado de la vida

Categoría: La Finca

Al lado de Susana y Arturo y encima de los Ramírez, habitaban los Guzmán, matrimonio con cinco hijos y de la vieja usanza, antigua política y añeja religión. Enrique, el padre, solo leía el ABC, escuchaba la COPE y veía Antena 3, le gustaba el fútbol, apasionado de los toros, era mecánico militar y trabajaba en el taller de autos de un cuartel cercano y se iba de caza, un fin de semana, cada dos meses al coto de un amigo, hijo de marqués. Esther, la madre, se ocupaba, como debía y mandaba la santa madre iglesia, de su familia y sus labores. Los dos eran fruto de la educación católica más polvorienta y antigua y de una derecha nostálgica de la pasada dictadura. Supuestamente amantes del orden y lo espiritual, su hogar era un océano de desorden que atribuían a sus hijos y sus creencias solo les llevaban a no hablar de ciertos temas y a misa los domingos. Si algo iba mal en el mundo, en el país y en su familia era por culpa de "esos rojos de mierda", según calificaba el patriarca, que traían el caos, el paro, la promiscuidad, hundían las empresas y el libre comercio y permitían y fomentaban el terrorismo y la inmigración de vagos, delincuentes y enfermos.

La primera hija que tuvieron era Raquel, conocida en todo el barrio, como "la putilla del barrio" o, para abreviar, "la putilla" y que se cepillaba a todo lo que se movía, con sus quince años, quizá por contradecir una educación en el colegio y a una familia que ocultaban, negaban y prohibían cualquier expresión sexual abierta, no bendecida por la religión que sus padres profesaban. Jamás se hablaba de "esas porquerías", ni en el hogar ni en el centro de estudios, a no ser para indicar los peligros que las relaciones entre sexos conllevaban, exagerados siempre. Esther la aterraba con el pecado desde pequeña, sobre todo porque, ante el mundo, era una fiel defensora de la vida y, por supuesto, enemiga feroz del aborto. Nunca mencionó a nadie aquel fin de semana que pasó, de joven, en Londres para una operación "especial"...

Evidentemente, Raquel acudía a un colegio "para señoritas", donde todas llevaban uniforme de faldita de cuadros y jersey, ambos de color verde apagado, calcetines blancos y zapatos sin apenas tacón. Cuando las muchachas reprimidas salían de clase los viernes, el barrio sabía que se había levantado la veda y que las jovenes hambrientas iniciaban la caza del muchacho incauto y salido. Bueno, todo el barrio menos los padres de todas y cada una de ellas, que las consideraban modelos de recato, educación y buenas costumbres.

El siguiente hijo de los Guzmán era Raúl, un pirata de diecisiete años en pleno siglo XXI. Desalmado, maleducado, cruel, agresivo y astuto como pocas veces se puede encontrar en alguien tan joven, era un maestro del disfraz para sus progenitores, que lo habían mimado con abundancia desde pequeño. Terror de los profesores y de todos los chavales que no fuesen de la banda que lideraba, era aparentemente sumiso, obediente y cariñoso en su casa y con sus padres, que asombrados escuchaban las hazañas y proezas de su vástago, sin poder creer que les hablasen de aquel encanto de criatura con la que convivían. Podía dar de patadas a un rival en el patio del colegio, con saña y odio inigualables e instantes después, con voz melosa, alabar el peinado nuevo de su madre, con ojos vidriosos por la emoción.

Los tres siguientes, "los tres sudamericanos" como los apodaban, eran los trillizos Jaime, Javier y Jacinto. Un trio de tres mosqueteros especializados en la rapiña y las gamberradas, sin disimulos ni cuentos, que traían de cabeza al universo entero y que nadie era capaz de controlar. Sus mofas y burlas coreadas a tres voces, sus apoyos físicos a tres bandas y sus ocurrencias de trio mental, los hacían temibles en muchas manzanas de pisos, colegios y parques. Su parecido físico hacía difícil castigar solo a uno de ellos y, sabiéndolo, se ocultaban mutuamente en el grupo y se culpaban o excusaban unos a otros. En la finca los temían más que a un dolor de muelas y el pánico que producían solo era superado por el que provocaba Raúl. La diferencia importante entre los tres pequeños y el mayor era que aquellos buscaban la diversión y huían del aburrimiento y este gozaba con el sufrimiento ajeno y era atraido por el mal, como la luz atrae a los insectos voladores de la noche.

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  • Encima de Don Félix, vivían Susana y Arturo, los amantes, como los llamaban casi todos los demás del edificio. Ella era modelo y él arquitecto y eran una pareja bien, ambos de dos familias bien y fortunas amasadas con años y sudor de otros. Hija de papá e hijo de mamá, con dinero y presunción, siempre se quejaban del "bajo nivel" de sus vecinos y de lo que tenían que aguantar hasta que se mudaran al barrio que ambos merecían por herencia y esfuerzo personal. Los dos fueron a la universidad con las recomendaciones y el dinero que la posición familiar les conseguía, aunque Arturo terminó la carrera que escogió y Susana se aburrió al segundo año de una carrera de filosofía que, a su pesar y el del mundo en general, jamás le enseñó a pensar. Vivían él enamorado del cuerpo de ella y ella enamorada del dinero de él y ambos cuidaban con celo y mimo sus encantos y poderes. El joven acumulaba riqueza con trabajo infinito e inversiones ocasionales en inmuebles, muchos de los cuales había ayudado a levantar, y ella cuidaba, con meticulosidad de relojero suizo obsesionado, su cuerpo de diosa de pasarela. Tampoco es que fuese una belleza, pero el maquillaje, la peluquería, el gimnasio y la ropa ceñida adornaban como lentejuelas un cuerpo liso, recto y demasiado delgado. A pesar de todo, eran la envidia general de la finca, la manzana y el barrio y, la mayor parte de los que les conocían, los señalaban como el éxito de la sociedad avanzada y positiva. Solo había una excepción cercana: Don Félix, que sospechaba e intuía, por conversaciones y susurros, por risas y lamentos, miradas fugaces y gestos contenidos (observados por la mirilla de la puerta) que no eran felices y que los dos se sentían muy, pero que muy solos. Tras años de convivencia en común, pues ninguno se decidió a casarse, ya no discutían ni hacían el amor entre ellos... compartían aquella vivienda, cuya hipoteca pagaban entre los dos, y por la que se aguantaban como podían. Cada uno llevaba su propia vida fuera de aquellas paredes comunes y tenían sus respectivos amigos y amantes, asistían a espectáculos distintos en momentos diferentes y coincidían, por casualidad, en algún local que ambos habían frecuentado juntos en el pasado. Solo los eventos sociales importantes para sus trabajos y los familiares de relevancia los reunían en un mismo tiempo y espacio. Hábiles en el disimulo, eran la pareja perfecta para compañeros y parientes, como para casi todos los vecinos. Pero como digo, Don Félix, algunas noches oía, apagados, llantos cayendo del piso superior.

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  • La finca. Bajo 2

    Puerta con puerta con los Ramírez vivía Don Félix, el sabio de la finca. O así lo pensaban muchos otros vecinos. Don Félix, sinceramente, no es que supiese demasiado, pero si leía y había leído bastante. Vivía como un ermitaño, a sus cincuenta y seis años, entre sus libros y amortiguaba los chillidos de Analía, su vecina, gracias a una doble pared de libros voluminosos que ya había terminado y que (se había asegurado al construirla) no tenía que volver a consultar en un futuro inmediato. Allí, donde vivía, la atmósfera olía a papel viejo y mojado, a tinta de imprenta y cuero de lomo desgastado. Nunca había ventilado por el miedo a que el aire limpio y fresco estropeara lo que era toda su vida: sus libros. Amargado por un amor frustrado, aun siendo joven, se refugió en su guarida y se sumergió, para siempre, en la lectura. En aquel ambiente cargado y opresivo vivían a la vez Robinson Crusoe y concienzudos estudios económicos -pesimistas siempre-, García Márquez y Unamuno, viajes al centro de la Tierra y veinte poemas de amor desesperado, literatura y ensayos, obras de teatro y colecciones de cuentos, poesía y prosa, libros y revistas, periódicos y panfletos, diarios y semanarios, aburridos mamotretos y apasionantes volúmenes que siempre se hacían cortos... todo letra y papel, en fin.

    Jamás ningún vecino de aquella época le había visto fuera de la biblioteca personal donde vivía y los que lo habían hecho, muchos años atrás, o habían muerto o ya no vivían allí. Él únicamente salía de sus lecturas para observar, espectáculo que le fascinaba, a los que subían y bajaban las escaleras del portal, a traves del mirador de su puerta y para hacer llamadas de teléfono. Encargaba por este aparato la comida a un par de restaurantes cercanos: uno chino y otro de comidas caseras, que le llevaban el alimento al interior de aquella guarida del escrito. Un almacén cercano le enviaba también la ropa y otros objetos que necesitaba. La editorial, para la que leía nuevos proyectos de libros, le mandaba lo que tenía que estudiar y juzgar adecuado para la publicación, sabiendo la empresa que la elección del ermitaño aseguraba las ventas. Dos veces por semana, una joven se encargaba de una somera y superficial limpieza del poco espacio que los libros dejaban libre. Porque como conejos con tapas y hojas, los volúmenes lo invadían todo: formaban estanterías en el dormitorio haciendo que la cama estuviese rodeada por paredes de conocimiento, accesible solo por un estrecho pasillo; el cuarto de baño estaba poblado por columnas de libros apilados que solo dejaban intactas la taza, el lavabo y el plato de la ducha; en la cocina los utensilios y cacharros que ya no se usaban, compartían el espacio con ejemplares del Quijote, tratados de Derecho, enciclopedias diversas y colecciones de obras completas, de autores de épocas diversas, con ediciones ilustradas de Julio Verne, Lewis Carroll y Jorge Luis Borges; el balcón estaba cegado por cajas, en el exterior, que guardaban bolsas de plástico llenas de libros variados y por más columnas de libros amontonados en el interior.

    Con tanta montaña de papel, Félix convivía con un viejo gato gris, de nombre Napoleón, que controlaba la población de ratones de la morada y con una legión invisible, normalmente, de cucarachas sabias y glotonas. Para cubrir todas las necesidades, el habitante humano, una vez al mes, solicitaba los servicios de una prostituta que lo complacía sobre un lecho de vocales y consonantes, sustantivos y verbos, oraciones y párrafos y era, quizá, el acto sexual más leído de este universo conocido. Ellas, anonadas por el aire repleto de cuentos y relatos, vidas y conceptos, asfixiadas por los millones de vocales y consonantes, caían rendidas por el alud de la existencia misma y se entregaban dociles al dueño de mil historias de amor, tres mil romances, ocho mil apasionadas relaciones de amantes y varios cientos de matrimonios diversos de tiempos distintos. Cuando Félix llamaba al prostíbulo que solía, las mujeres se peleaban por acudir a ese mundo de sueños e imaginación que las sacaba de la mediocridad y rutina de sus vidas grises y monótonas.

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  • La finca. Bajo 1

    En el bajo 1 vivían los Ramírez, una pareja anciana en la que ella era sargenta y reina a la vez. Ordenaba y mandaba sin que existiese posibilidad de contradicción o rebelión. La envidia sería del Capitán Bligh, mandamás de La Bounty. Ella chantajeaba a su ancestral y sufrido marido con amenazas de muerte propia y autoinfartos fulminantes. Él, seguramente aterrado por una vejez solitaria, aguantaba como podía esa tortura diaria, ese poder omnímodo, esa amenaza constante. Así, si mirabas en los ojos de Anselmo, el marido, veías el miedo de los corderos de Clarice y si mirabas en los de Analía, la mujer, encontrabas la bestia palpitante de Hanibal.

    Él recorría el barrio con sus pasos cansados, que el temor no detenía nunca e impulsaba siempre, para satisfacer los mil encargos de ella. Con todo, después de horas de idas y venidas, de búsquedas de sabueso ansioso, de preguntas a vecinos y extraños para alcanzar los objetivos, tras, en fin, de llegar a todas las metas... ella nunca estaba satisfecha. Porque nunca lo estuvo. Ni siquiera, tal vez, desde el momento de nacer en el que el aire exterior, fuera del vientre de su madre, era demasiado frío, seco, cargado y/o mal oliente y el médico un salvaje agresivo, pederasta y feo. La felicidad no existía en el vocabulario de Analía. Para ella, ser feliz era un error, un estado de ignorancia o inocencia desmedida, algo a corregir si, hipotéticamente, en el País de las Maravillas, alguna vez, remota, pudiese suceder... por equivocación. De esta manera y para confirmar sus propias ideas, llevaba la desdicha a cuantos la rodeaban. Con el tiempo, solo Anselmo siguió aguantándola. Se fueron su parientes hastiados, los hijos acomplejados y oprimidos, las amistades agotadas por desprecios sin fin, los vecinos dianas de desprecios y burlas...

    Solo ellos dos vivían en aquel pisito atestado de muebles inútiles al servicio de la apariencia y bajo el dictado de la falta de gusto de la ama. Por no manchar, comían apretados en una cocina minúscula, que era a la vez salón de recreo y salita de estar, gracias a unos sillones de mimbre, que apenas dejaban espacio para moverse, y a una pequeña televisión en blanco y negro que contaba dos docenas de abriles. Porque otra de las virtudes de Analía era una tacañería sin par, casi tan grande como su egoísmo. Comían varios días lo mismo porque allí no se tiraba ni se perdían ni si quiera los desperdicios. Semanas de lentejas sin fin, albóndigas que duraban quincenas, embutidos que resistían varios meses y una nevera tan atestada de sobras y restos que la mayor parte del tiempo quedaba abierta. Con esta dieta, Anselmo estaba cada día más delgado y, sorprendentemente, ella cada día más gorda. Parecía que a él no le alcanzaban las proteínas y carbohidratos y a ella le alimentaba hasta el aire. Evidentemente, la ropa eterna siempre le quedaba muy holgada a Anselmo y muy apretada a Analía. Así hasta que los lavados y el tiempo las rompían, sin posibilidad de que los remiendos y recosidos de la mujer pudiesen salvar aquellas prendas gastadas y olvidadas por el mundo de la moda de dos siglos atrás.

    El único fin, el entretenimiento constante era el televisor porque Analía no comprendía, soportaba ni admitía ningún otro. Para más desdicha del hombre, la mujer escogía los canales y los programas pasando de los culebrones a los programas de sucesos y de estos a las telenovelas, de nuevo, para rematar con algún concurso. Si él osaba sintonizar algún otro tipo de programación, pronto se arrepentía de su alocado acto bajo las recriminaciones y chanzas de ella, segundo entretenimiento favorito de la enferma.

    Curiosamente, ella misma se consideraba la víctima de un matrimonio en el que su marido el un ser débil pusilánime y tonto - no llegaba a hombre y así se lo decía - que no merecía una mujer de tanto valor y carácter a su lado. Condena que ella soportaba mal, con quejas y lamentos continuos, y con un genio insufrible.

    Todos, los que conocían algo de aquel matrimonio, se quedaban maravillados porque él siguiese con ella después de tantos años. No entendían como podía soportar aquella forma de vida, tan injusta, agobiante y desdichada. Anselmo, hecho minuto a minuto, día a día, año a año a aquella relación de odio no hubiese sabido vivir sin ella. Hubiese muerto, sin duda, ante una hora de felicidad como un vampiro de Stoker ante la luz abrasadora del día. Era un veneno al que era casi inmune por haberlo consumido durante más de medio siglo poco a poco, tacita a tacita, sorbo a sorbo, de tal manera que, en realidad, se había casi convertido en una poción que daba vida en lugar de quitarla. Era casi su motivo para levantarse cada día: saber si todavía, después de todo, aguantaría otro día más sin volarse la tapa de los sesos. Porque en él, claro, jamás había entrado, ni de lejos, la idea de acabar con ella... de ninguna manera: ni física ni mentalmente.

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  • Sobre BLUESEA WEBLOG

    The current mood of Bluesea at www.imood.com Soy como soy: un amante de la vida en general y de todo en particular. Puedo disfrutar de la misma manera de una obra de Juan Sebastián Bach que de una hamburguesa con patatas, en compañía de un buen vino y un buen amigo. Enamorado del cine, de la literatura, del vuelo y la velocidad, de la pintura y la música bailable. Adoro defender al ser humano y a los animales. Me considero más budista que cristiano, aunque admiro la figura de Jesús. Estoy en contra de la guerra, la injusticia, la avaricia, el machismo, la violencia y todo aquello que dañe al otro. Humano en fin, lleno de defectos y con algunas virtudes. Si perdono a otros sus tonterías, ¿cómo no perdonar las mías?.

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