En el bajo 1 vivían los Ramírez, una pareja anciana en la que ella era sargenta y reina a la vez. Ordenaba y mandaba sin que existiese posibilidad de contradicción o rebelión. La envidia sería del Capitán Bligh, mandamás de La Bounty. Ella chantajeaba a su ancestral y sufrido marido con amenazas de muerte propia y autoinfartos fulminantes. Él, seguramente aterrado por una vejez solitaria, aguantaba como podía esa tortura diaria, ese poder omnímodo, esa amenaza constante. Así, si mirabas en los ojos de Anselmo, el marido, veías el miedo de los corderos de Clarice y si mirabas en los de Analía, la mujer, encontrabas la bestia palpitante de Hanibal.

Él recorría el barrio con sus pasos cansados, que el temor no detenía nunca e impulsaba siempre, para satisfacer los mil encargos de ella. Con todo, después de horas de idas y venidas, de búsquedas de sabueso ansioso, de preguntas a vecinos y extraños para alcanzar los objetivos, tras, en fin, de llegar a todas las metas... ella nunca estaba satisfecha. Porque nunca lo estuvo. Ni siquiera, tal vez, desde el momento de nacer en el que el aire exterior, fuera del vientre de su madre, era demasiado frío, seco, cargado y/o mal oliente y el médico un salvaje agresivo, pederasta y feo. La felicidad no existía en el vocabulario de Analía. Para ella, ser feliz era un error, un estado de ignorancia o inocencia desmedida, algo a corregir si, hipotéticamente, en el País de las Maravillas, alguna vez, remota, pudiese suceder... por equivocación. De esta manera y para confirmar sus propias ideas, llevaba la desdicha a cuantos la rodeaban. Con el tiempo, solo Anselmo siguió aguantándola. Se fueron su parientes hastiados, los hijos acomplejados y oprimidos, las amistades agotadas por desprecios sin fin, los vecinos dianas de desprecios y burlas...

Solo ellos dos vivían en aquel pisito atestado de muebles inútiles al servicio de la apariencia y bajo el dictado de la falta de gusto de la ama. Por no manchar, comían apretados en una cocina minúscula, que era a la vez salón de recreo y salita de estar, gracias a unos sillones de mimbre, que apenas dejaban espacio para moverse, y a una pequeña televisión en blanco y negro que contaba dos docenas de abriles. Porque otra de las virtudes de Analía era una tacañería sin par, casi tan grande como su egoísmo. Comían varios días lo mismo porque allí no se tiraba ni se perdían ni si quiera los desperdicios. Semanas de lentejas sin fin, albóndigas que duraban quincenas, embutidos que resistían varios meses y una nevera tan atestada de sobras y restos que la mayor parte del tiempo quedaba abierta. Con esta dieta, Anselmo estaba cada día más delgado y, sorprendentemente, ella cada día más gorda. Parecía que a él no le alcanzaban las proteínas y carbohidratos y a ella le alimentaba hasta el aire. Evidentemente, la ropa eterna siempre le quedaba muy holgada a Anselmo y muy apretada a Analía. Así hasta que los lavados y el tiempo las rompían, sin posibilidad de que los remiendos y recosidos de la mujer pudiesen salvar aquellas prendas gastadas y olvidadas por el mundo de la moda de dos siglos atrás.

El único fin, el entretenimiento constante era el televisor porque Analía no comprendía, soportaba ni admitía ningún otro. Para más desdicha del hombre, la mujer escogía los canales y los programas pasando de los culebrones a los programas de sucesos y de estos a las telenovelas, de nuevo, para rematar con algún concurso. Si él osaba sintonizar algún otro tipo de programación, pronto se arrepentía de su alocado acto bajo las recriminaciones y chanzas de ella, segundo entretenimiento favorito de la enferma.

Curiosamente, ella misma se consideraba la víctima de un matrimonio en el que su marido el un ser débil pusilánime y tonto - no llegaba a hombre y así se lo decía - que no merecía una mujer de tanto valor y carácter a su lado. Condena que ella soportaba mal, con quejas y lamentos continuos, y con un genio insufrible.

Todos, los que conocían algo de aquel matrimonio, se quedaban maravillados porque él siguiese con ella después de tantos años. No entendían como podía soportar aquella forma de vida, tan injusta, agobiante y desdichada. Anselmo, hecho minuto a minuto, día a día, año a año a aquella relación de odio no hubiese sabido vivir sin ella. Hubiese muerto, sin duda, ante una hora de felicidad como un vampiro de Stoker ante la luz abrasadora del día. Era un veneno al que era casi inmune por haberlo consumido durante más de medio siglo poco a poco, tacita a tacita, sorbo a sorbo, de tal manera que, en realidad, se había casi convertido en una poción que daba vida en lugar de quitarla. Era casi su motivo para levantarse cada día: saber si todavía, después de todo, aguantaría otro día más sin volarse la tapa de los sesos. Porque en él, claro, jamás había entrado, ni de lejos, la idea de acabar con ella... de ninguna manera: ni física ni mentalmente.