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Por mucho que ellas no quieran, mis casas serán siempre mías. Lo serán por todos los recuerdos, por el cariño que dejé en ellas. Porque cada rincón fue mío, cada sombra, cada susurro en la noche, que ellas suspiraban, forma parte de mi memoria inevitable. Porque las quise y al quererlas parte de mi quedó entre sus paredes para siempre, puertos a los que mi deseo podrá volver traicionero. Allí quedaron mis dedos suaves, mis labios sedientos, mis ojos brillantes de anhelo. Casas que respiran conmigo el avance imparable de los días, entre risas y lágrimas, dolor agudo y placer sin fin. Casas que padecieron también el miedo rojo y la indiferencia, el olvido roto y el nervio eléctrico. Casas que gozaron la dicha de los niños, el calor de los amigos, la paz de los libros. Casas que escucharon sinfonías y oyeron conciertos, que vieron todas mis películas, mis fotos, mis dibujos, mis proyectos. Casas de vida y casas de muerte. Que amanecieron conmigo, que me esperaron acogedoras y fueron refugio de malos momentos. Que soportaron mis aristas, mis espinas, mis remordimientos. Que se embelesaron con mis historias y disfrutaron de mis cuentos. Que quizá también temblaron trémulas antes del encuentro. Que sintieron el vacío de las épocas, la tristeza azul del goteo de los minutos, el fluir quedo de los días grises. Así otros serán siempre ajenos, invasores temporales que nunca las amarán como yo.