El mundo y la carne
La ira de las cosas y su simiente, tan cegadas por prolongar sus pérfidos brazos, llegan hasta donde el aire se respira apenas con dificultad, allí donde la mano del semejante yace muerta o envenenada por la deseperación. Para cuando la luz brille sobre nuestras cabezas y nos veamos las manos ensangrentadas por la infame noche anterior, puede que sea demasiado tarde. Que nadie os convenza de que el amanecer del mal, donde toda destrucción comienza, se abre a partir de la noche, porque al cobijo de la cálida luz las sombras abren brecha..
