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... Fuese, y no hubo nada

Zumo de Caboclo

Categoría: Diario de FJT

4 Diciembre 2005

El Juanma se explica

Cualquiera que lea los primeros fragmentos del diario sin duda se estará haciendo una idea equivocada sobre mi persona. Yo no soy el típico colega canalla que parasita a su amigo. Es cierto que no he sido muy delicado últimamente con algunas de las cosas que le están pasando a FJT, pero debierais conocer lo que ha sido mi vida a su lado antes de juzgarme. Con esto no quiero decir que FJ no sea mi amigo. Lo es, y, probablemente, el mejor que haya tenido nunca, pero me causa problemas constantemente; problemas que tienen todos ellos una justificación, porque sus actos siempre la tienen.

Esta última afirmación se me ha hecho más clara después de escuchar lo que había en la puñetera grabadora que le dio la psicóloga. Evidentemente, yo conocía la mayoría de sus ideas y de las situaciones en las que se ha visto envuelto. Hemos hablado de ellas en innumerables ocasiones, pero el escucharlas como dichas por una tercera persona me ha afectado bastante. He sentido lástima por él, pero también rabia, porque me da mucho coraje que se refugie en lo que ha sufrido para comportarse como lo hace tan a menudo. Esa costumbre de FJ me parece propia de cobardes. Una vez leí por algún sitio que una persona puede culpar a sus padres de cómo es hasta los 12 años, pero que a partir de ese momento debe mirarse en el espejo de vez en cuando. Creo que esta frase es muy cierta en el caso de FJT: su vida, su familia, ha sido una verdadera mierda, pero a él parece haberle gustado porque no ha hecho nada por limpiarse. Y ha tenido oportunidades. Todo el mundo le ha dado oportunidades. De acuerdo que nadie ha solucionado el que su madre se fuera por ahí, ni que su padre pasara de él. Esas cosas no pueden solucionarse, pero con FJ se han tenido contemplaciones que nadie ha tenido, por ejemplo, conmigo; y FJT no ha hecho nada por ganarse esas nuevas oportunidades, más bien lo contrario: se ha rebelado, ha protestado, mordido las manos que le alimentan –de manera real o figurada-. Es un ingrato y un cabrón. Él sí que lo es, y no yo, como dice siempre. Pero, por favor, no os confundáis: es mi amigo, mi colega, incluso ahora que estamos en institutos diferentes, que nos vemos menos, que tenemos aspiraciones distintas.

Lo que está pasando con estas líneas es culpa del choque de sentimientos que FJT me provoca. Por un lado creo que lo quiero, mientras que por otro pienso que debiera odiarlo. Me ha machacado durante un montón de años, pero también me ha echado cables, me ha sacado de embrollos y, sobre todo, me ha animado a salir de su propio entorno. No sé, quizás podría decirse que FJT me ha salvado de ser como él es, aunque no quiere que me de cuenta de ello y, por eso, de vez en cuando, me gasta alguna putada de las suyas. Es un tío complicado este chaval, ya lo iréis conociendo, y entonces supongo que comprenderéis mejor la situación en la que me encuentro: la superioridad del que tiene acceso preferente al pensamiento de otro y la tentación de llevar a cabo ciertas venganzas inconfesables, pero también el enorme agradecimiento debido a esa persona que mientras se hundía centímetro a centímetro en un pozo de mierda cotidiana tuvo tiempo de pensar en el Juanma y en la manera de evitar que también cayera allí.

Es el deseo de vengar ciertos agravios lo que me llevó a proponerle a mi profesor de Lengua del Instituto contar en este blog el diario supuesto de un alumno marginal y conflictivo. Al tío le pareció una estupenda idea que encajaba muy bien con el programa de trabajo con nuevas tecnologías que se había planteado para este curso, y me soltó tremenda castaña sobre lo interesante que sería contarlo desde la perspectiva de un adolescente, ya que siempre son los adultos los que juegan a roles adolescentes sin olvidar del todo las posturas y valores adultos. Yo lo escuchaba disertar sobre la cuestión, mientras comenzaba a sentir ese placercillo, ese leve temblor de labios, del que sabe que devolverá la jugarreta corregida y aumentada…

- Otra cuestión será la de tener un cierto cuidado con la expresión y la ortografía –dijo en cierto momento el profe.

Y es que al final se acaba llegando a lo mismo: la ortografía, por ejemplo. Estos tíos se esfuerzan en parecer guays, como dicen ellos creyendo que emplean nuestros propios términos, pero siempre terminan hablando de notas, calificaciones, ortografía, suspenso o aprobado. Es verdad que el tío de Lengua creía que estábamos refiriéndonos a una historia ficticia, algo inspirado en las historias que todos conocemos, pero que no encaja al cien por cien con la de nadie en concreto, y ese hecho supongo que justifica la actitud distante, casi científica, con la que se refiere a FJT, que en sus labios más parece una de esas ratas blancas de laboratorio que un ser humano con una historia personal detrás que quita el resuello.

El caso es que el proyecto comenzó a andar y quise pedirle permiso a FJ para usar su vida. El tío se ha agarrado un cabreo impresionante conmigo. Lo entiendo, porque yo en su lugar es seguro que me hubiera comportado igual. Ha estado un par de días sin llamarme ni nada, pero ayer mismo coincidimos en el bar de Trini y charlamos un ratillo mientras tomábamos unas cervezas. Yo le expliqué por qué quería escribir sobre su vida, y el me dijo que escribiera sobre la mía, aunque un momento después asumió que la suya es mucho más entretenida y edificante, porque yo solamente soy un lameculos sin personalidad que he andado tras sus huellas en todo momento.

Son las cosas que tiene el ser coleguita de gente como FJ, que tienes que aceptar que hable así de ti. Y lo cierto es que no le falta razón: soy un tío rastrero que va a utilizar la mierda de su amigo para quedar bien en clase. Pero también creo que escribir sobre FJT es como rendirle una especie de homenaje en vida. Mi madre siempre me ha dicho que este chico acabará mal, que no cumplirá los treinta, que qué lástima de vida y toda esa retórica de las lágrimas que los adultos son capaces de utilizar para no actuar como se debe hacer. De tanto oírla, he llegado a convencerme de lo mismo: a FJ le darán un día una paliza o le clavarán una navaja o se pasará con la dosis de lo que sea y así terminará su vida. Si no es así, con total seguridad acabará pudriéndose en una cárcel, porque habrá sido él el que clave la navaja o el que trafique con la mierda. En cualquier caso a nadie va importar ni su vida ni su muerte, por eso me pareció que no estaría de más que alguien, aunque sea un niñato de diecisiete años que tiene que escribir una historia seriada para poder sacarse el título de Graduado en Secundaria, se ocupara alguna vez de su vida y milagros desde su propio punto de vista, no desde el que tiene que sancionarle.

Creo que FJ ha comprendido más o menos las razones por las que quiero escribir esta historia y, aunque sigue diciendo a todo el mundo que soy el mayor cabrón que ha pisado la Tierra, en el fondo se ha dado cuenta de que él mismo quisiera escribirla, de que él mismo quisiera explicarse, de que le gustaría que el resto del mundo lo conociese como yo lo conozco.

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4 Diciembre 2005

Mi tarea

Desde hace unos meses estoy yendo al Centro de Salud del pueblo para que me vea el psiquiatra y la psicóloga, porque hay gente por ahí que piensa que estoy majarón y que lo mío no es normal. Desde luego yo estoy de acuerdo con ellos: lo mío no es normal, pero no creo que me falte un tornillo. Igual lo que sucede es que me sobran tornillos, que tengo más chatarra metida en la cabeza que los demás. Todo el mundo sabe el ruido que hace la chatarrería y, sobre todo, lo desagradable que es. Yo creo que es algo así lo que me sucede.

Al principio el médico me mandó unas pastillitas que me tenía que tomar todos los días. También me dijo que debería ir cada semana a charlar con la psicóloga de allí. Una tía muy apañada, la verdad; sobre todo de culo: gloriosa. La lástima es que siempre está sentada y casi no se lo puedo ver, aunque me lo imagino. El Juanma dice que estoy colgado por ella, pero no es verdad; no soy tan idiota como para creer que semejante pibón se dejaría rondar por un niñato como yo. Eso no quita, desde luego, que si se me presenta la más pequeña oportunidad la aprovecharé, porque con estas tías con carrera nunca se sabe, que igual le da morbo motárselo con un medio cani como yo.

Como iba diciendo, desde hace un tiempo ando medicándome para los nervios y recibiendo terapia psicológica. La idea es aprender a controlar mis emociones para poder vivir en sociedad. Eso es lo que me ha dicho mi psico. Yo creo que no es verdad, o no es toda la verdad, al menos. La realidad es que me obligan a esto para lavar las conciencias, porque algo hay que hacer conmigo, que solamente tengo dieciséis años y ya le he complicado la vida a un montón de gente a mí alrededor. No creo que nadie piense que porque me manden unas pastillas que no me tomo la mitad de los días se me van a quitar las ganas de pegarle dos yoyas, por ejemplo, a cualquier tontobabas con el que me cruce por la calle. Yo soy un tío alto y fuerte, y si puedo pegarle una hostia a un tío que se lo merece por capullo, pues se la doy y se acabó. Ya me diréis qué medicina va a evitar que las cosas sean así, siempre y cuando no sea una droga de esas que te tienen planchado del todo. Además, como ya he dicho, no me suelo tomar las pastillas y nadie, ni mi tío ni mis abuelos, me pregunta si lo he hecho, supongo que porque tampoco les interesa demasiado o no creen que sirva para nada. Ya os digo que me parece que lo de llevarme al psiquiatra ha sido más por obligación que por otra cosa, aunque ha tenido la cosa buena de las entrevistas semanales con la psicóloga, que tampoco creo que sirvan para nada que yo no quiera que sirvan, pero, por lo menos, me hacen pasar un buen ratillo.

Las primeras sesiones con mi psico las pasamos charlando de nuestras cosas: ella me contó algunos episodios de su vida y yo hice lo propio con la mía. Desde el principio ella ha parecido estar muy interesada en mis asuntos y en cómo se los cuento, por eso me propuso hace unas semanas que fuera escribiendo lo que me ha pasado o aquello que voy pensando. Para escribir me regaló un diario en blanco la mar de bonito, es verdad, pero un poco mariconcete, cosa que también es verdad.

- Muchas gracias por el regalo, -le dije- pero no pretenderás que lleve este cuaderno por ahí, ¿no?

La tía me contestó que por qué no, y se quedó tan pancha. Estas actitudes perdonavidas son las que me ponen nervioso; como si no fuera evidente para cualquiera que yo no puedo dejar que nadie vea que escribo un diario como una niñita. Puedo llegar a estar de acuerdo con que he de cambiar algo mi forma de ser y de comportarme, pero no creo que se pueda pretender a estas alturas que me convierta en el gilipollas del barrio. Yo ya tengo una historia personal a mis espaldas y puedo reformarme, sí, pero sin dejar de ser quien soy. Todo esto le dije a la del culo maravilloso, pero creo que no lo comprendió:

- Lo que pasa es que no sabes escribir.

Sí sé escribir, que os quede claro a todos. Sé escribir, aunque me cuesta mucho trabajo y tengo bastantes faltas de ortografía. La gente adulta en seguida se monta películas tremendas: pobrecito muchacho, su vida ha sido tan terrible… ¡ni siquiera sabe escribir! Y entonces viene alguien que quiere salvarte –o salvarse así mismo- y se ofrece a enseñarte a leer, a escribir o a cualquier cosa por el estilo. La gente es que ve demasiadas películas y se las cree todas. Pues yo no soy un desgraciado de esos de las películas de institutos marginales americanos y, desde luego, no voy a dejar que nadie, ni esta tía estupenda, venga a enseñarme cosas que ni me van ni me vienen. Yo sé escribir lo suficiente y no se hable más del asunto.

- De acuerdo –me dijo-, perdóname. Si quieres lo que podemos hacer es que, en vez de escribir sobre esto lo puedes dictar y grabarlo en este aparatito.

Y me dio una grabadora pequeñita, pequeñita. Me quedé con la boca abierta. Allí, sobre la mesa, tenía un diario y una grabadora. Yo ya me había puesto como una furia a cuenta del puto cuaderno y me parecía una estupidez hacer lo mismo con la grabadora. Creo que la tía esta traía perfectamente pensada la jugada y había dispuesto sus movimientos y comentarios de manera que dejaran sin sentido mi respuesta. La psico culi-hermosa me había ganado.

- Tómatelo como una medicina. Cuando estés bloqueado o furioso, enciende el aparato y graba lo que se te venga a la cabeza. Si estás aburrido en casa, haz lo mismo. Verás como te ayuda en una situación y en otra.

- ¿Y después que tengo que hacer con lo grabado? –Le pregunté.

- No sé. Lo que te parezca. Si te apetece me lo traes y lo escuchamos juntos, o me lo llevo a casa para oírlo yo sola. Como tú quieras.

- ¿O no te dejo oírlo?

- También es una posibilidad. Me parecerá bien lo que quieras hacer.

Y es que a veces mi psico se pone en un plan que me recuerda a los psicólogos de las series de la tele.

El caso es que desde aquella sesión he estado hablando con la máquina casi todos los días y tengo que reconocer que me gusta, que me gusta mucho. Se lo he contado al Juanma y el muy imbécil me ha dicho que eso es porque la mierda de la grabadora no puede contestarme ni decirme que suelto capulladas por la boca. Igual tiene razón, pero creo que no, porque la verdad es que poca gente me lleva la contraria, unos por miedo y otros porque pasan de mí como de la mierda, igual que yo de ellos.

La semana pasada estuvimos hablando en la terapia del Juanma. La psicóloga me preguntó mucho por él y por nuestra relación.

- Coño, el Juanma y yo no tenemos una relación –le grité-: no somos maricones.

- Claro que no –me respondió-. Me refiero a vuestra amistad.

Y eso sí que tenemos Juanma y yo: amistad. No voy a decir que seamos inseparables porque no sería verdad, pero sí es cierto que siempre hemos sido amigos, desde chiquititos; aunque cada uno lleva su vida de manera muy diferente. Podría decirse que somos amigos en secreto o, mejor, amigos-guadiana.

- Oye, ¿por qué no le pasas a Juanma lo que has estado grabando? –me soltó la mujer de pronto.

- ¿Y para qué? –Le pregunté extrañadísimo.

Para compartir mi vida con otras personas. Al parecer ese es uno de mis problemas, si es que tengo alguno. La tía me comió la cabeza durante un rato sobre lo bueno que es comunicarse con los demás, dejar de ser islas y demás zarandajas. Me dijo que sería muy bueno para mí contarle a alguien las cosas que me pasan por la cabeza, y que ese alguien no tendría por qué ser un médico o un adulto, sino que podría tratarse de alguien en quien yo confiase.

- Yo nada más que confío en el Juanma.

Las cosas se fueron precipitando y de pronto me vi llamando al Juanma desde la misma consulta de la psicóloga para preguntarle si querría oír mis diarreas mentales. Ni que decir tiene que el tío se quedó de lo más sorprendido, pero dijo que bueno, que lo que yo quisiera.

Después de la consulta fui a verle y nos tomamos una cervecilla. Quería explicarle a qué venía todo esto, pero el chaval no me dejó hablar.

- Mira, tío, tú y yo siempre hemos sido amigos. Tú eres una bestia, desde luego, pero siempre te has preocupado por mí, así que ahora que yo puedo hacer algo por ti no voy a negarme.

- Bueno, tampoco te creas que yo estoy deseando que escuches mis paranoias, eh. Son cosas de la psico esta que me ha tocado, que dice que me sentará bien.

Le di al Juanma la grabadora para que se descargase los archivos en su ordenador y así poder escuchar mi historia tranquilamente.

Un par de días más tarde, Juanma me llamó por teléfono y me pidió permiso para escribir en una página de Internet algunas de las cosas que había en la grabadora. Me dijo no sé qué de que le vendría bien para un trabajo que tenía que hacer en el Instituto y que, desde luego, cambiaría algunas cosillas y no diría ni mi nombre, ni el suyo, ni el de nuestro pueblo ni nada que sirviera para identificarnos. Yo lo mandé a tomar por culo y colgué.

Y es que el Juanma sigue siendo un cabrón por muy temprano que se levante.

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4 Diciembre 2005

Mi nombre

Mi nombre es Fernando. En mi casa me llamaban Nando, pero el resto del mundo que se ha cruzado conmigo alguna vez me conoce por mis iniciales: FJT. A mi me gusta que me llamen así. Es una forma de mantenerme distante y de ser diferente, porque todo el mundo tiene un nombre y unos apellidos que hacen referencia a un padre y una madre: ¡mira, el hijo de zutanita! Si sólo tienes unas iniciales nadie sabe de quién eres solo por tu apellido, no pueden etiquetarte y joderte la vida porque tu padre, pongamos por caso, se la jodió a alguien cuando estaba en el colegio hace ya tropecientos años.

Ya sé que todo este pensamiento es una verdadera tontería. A estas alturas creo que ya toda la gente de mi pueblo sabe quién soy, de quién soy hijo, nieto, sobrino o amigo; pero de todas formas me gusta mantener la ilusión esa del anonimato. Por ese motivo me hizo gracia que mi coleguita Juanma me pusiera por nombre FJT en este relato que está escribiendo sobre mis cosas. En realidad, la idea es que lo escribiera yo mismo, pero casi no sé escribir, así que yo le cuento cosas al Juanma y él las escribe lo mejor que puede, y las suaviza un poco y busca palabras que queden bien en el papel. Otro día escribiré -escribiremos- sobre la razón de todo esto porque lo de hoy es solamente para hablar de mi nombre, que si no ya empezamos a saltarnos el programilla que nos hemos planteado y al final lo acabamos mezclando todo y escribiendo mucho, demasiado, y la gente no se entera, se aburre y se larga.

Volvamos al nombre. Hará cosa de cuatro años empecé a presentarme como FJT. Fue a raiz del expediente disciplinario que me abrieron en el cole porque me pillaron con una bola de grifa y que acabó mandándome a casa un mesecito. Poca cosa. Un profe coleguita me dijo que cuando leían mi expediente en el consejo escolar no decían mi nombre, sino mis iniciales. Yo le pregunté por qué, y él me dijo que era para salvaguardar mi intimidad. ¡Joder, vaya estupidez! ¡Como si no supiera todo el puñetero colegio quién había sido el de la piedra! De primeras yo no lo comprendí y no me gustó gran cosa, la verdad. Hubiera preferido que la gente que estaba allí para hablar de mi y de mi vida utilizaran mi nombre, que para eso lo tengo. Algunos días después, sin embargo, la situación ya empezó a hacerme algo más de gracia; me parecía que me daba un aire de tío peligroso: FJT, el terror del puto cole. Como lo comenté por ahí, algunos chavales comenzaron a llamarme así en plan cachondeo, y un día que el vaina más vaina de mi clase me preguntó la hora:

- Nando, quillo, ¿qué hora es?

Le pegué un bufido de impresión. Le dije que no me llamara Nando, que si no se había enterado que ahora era FJT, que Nando sólo me llamaba mi tío y mi puta madre, que si alguien más me llamaba Nando me lo comía allí mismo. Yo creo que el chaval aquel se acojonó de verdad ese día. Todavía, cuando me lo cruzo por la calle, noto que me mira con un no sé qué como de miedo. Juanma me dice que igual no es miedo, sino que le doy lástima porque desde el día de la piedra no he levantado cabeza y he ido perdiendo colegas y colegas. Y es que el Juanma este es un verdadero cabrón cuando quiere.

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Mi nombre es Caboclo. o eso creo a estas alturas.
En estas páginas podrá encontrar sobre todo relatillos que he escrito en los últimos años con la sana y única intención de divertirme. Se trata, por tanto, de jugar a ser escritor, poco más.

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