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Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

Categoría: Estrella Digital

27 Diciembre 2006

Españoles en guerras ajenas, de Pablo Sebastián en Estrella Digital

Queda muy bonito, y casi como un gesto de valor, el que los dirigentes políticos visiten las tropas que sus países tienen desplegadas en guerras y conflictos ajenos, como es el caso de España en Líbano y Afganistán. Pero los políticos van de incógnito, sin apenas riesgos y buscando el mejor y más pacífico de los momentos para hacerse una foto en el frente cuando no hay peligro y así justificarse y justificar ante los ciudadanos y los ojos de los propios soldados la decisión temeraria de poner en peligro su vida en guerras que son ajenas a los intereses concretos y directos de los españoles.

Ahora hemos sabido que las tropas españolas en Afganistán han sufrido varios ataques del frente talibán que han sido ocultados a los medios de comunicación, de la misma manera que aún no está clara la caída del helicóptero aquel en el que murieron varios soldados, ni siquiera el accidente del Yakovlev 42, donde murieron muchos más que no fueron enterrados como se debió en un principio, por causa de la negligencia y las prisas del ex ministro Trillo.

La mentira forma parte de la guerra, por eso los americanos y otros gobernantes ocultan a sus ciudadanos el verdadero alcance de la guerra de Iraq y entierran a sus muertos de uno en uno, prohíben imágenes de muerte de americanos en esa guerra permanente, y no se dan número de bajas ni de heridos hasta que están sobrepasadas en el tiempo. Pero las mentiras tienen las patas muy cortas y al final se sabe muy bien que los soldados no van a misiones de paz y reconstrucción, como se ha dicho en el caso de Afganistán, sino directamente de contención del enemigo y de enfrentamiento y defensa militar de ellos mismos y de la población.

Sin duda, para el relleno del discurso de los gobernantes estas misiones son de paz y de carácter humanitario; pero no es verdad, por mucho que las justifiquen y las apoyen el Gobierno y el Parlamento, salvo que un retén de parlamentarios conviviera de manera permanente y rotativa con los soldados, y no sólo en estos viajes tipo safari fotográfico. Porque España no pinta nada ni en Líbano ni en Afganistán, como tampoco lo hacía en Iraq. Pero los despliegues actuales en ambos países se deben a un intento de Zapatero de compensar a Estados Unidos por la intempestiva retirada de nuestras tropas en Iraq o para vender el invento de la Alianza de Civilizaciones.

Las tropas españolas desplegadas en Afganistán y Líbano tienen que regresar a España, y para ello es necesario que el Gobierno ponga fecha límite a estos dos despliegues de las tropas españolas que no tienen fecha de caducidad y que andan sumidas en extraños contingentes de la OTAN —organización en crisis y por redefinir su situación— y de la UE, que carece de fuerzas propias como tales y de una auténtica política de seguridad y defensa.

Los soldados españoles —aunque sean profesionales, porque Aznar se cargó el servicio militar— no deben dedicar su trabajo y sus vidas a guerras ajenas como las que afectan a esos países, Líbano y Afganistán, así como a las de Iraq y Palestina. Cuatro conflictos que están cortados por el mismo patrón americano, y que son hijos de la venganza de la Administración Bush por los atentados terroristas del 11S del 2001. Un patrón que nos dice que ninguna de estas cuatro guerras las pueden ganar los occidentales y sus aliados, sino que a largo plazo quedarán bajo el control de los islamistas de distinto signo. Pero cuatro guerras que han sumido las distintas zonas en territorios destruidos y en naciones al borde o directamente en guerra civil. Y ése parecía ser el objetivo oculto y principal de Washington y también el de Israel: destruir los países, sumirlos en el caos y dejarlos al borde de la guerra civil, porque se supone que mientras se están matando entre ellos no podrán hacer daño a nadie más.

En esas guerras inútiles y trampas mortales, donde están muriendo o han muerto cientos de miles de personas, están inmersos soldados españoles en defensa de nadie sabe qué y camino hacia nadie sabe dónde. De allí deben salir cuando antes nuestras tropas, porque en el fondo de unos y otros conflictos, estén o no autorizados por la ONU, no existen de verdad diferencias muy notables. Son, en casi todos los casos, decisiones unilaterales e inútiles, guerras provocadas por Estados Unidos e Israel —puede que también la civil de Palestina— y apoyadas por las potencias militares de Occidente contra ese enemigo invisible del terrorismo que allí no van a derrotar ni a debilitar. En todo caso, lo van a favorecer ideológicamente, porque para los terroristas islámicos éstas son guerras de ocupación de territorios árabes, entre otras cosas para controlar las fuentes y oleoductos del petróleo, lo que en dos casos, Afganistán e Iraq, también es verdad.

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27 Diciembre 2006

2006: Falta de consenso, de Germán Yanke en Estrella Digital

El mensaje de Navidad del Rey refleja bien la cuestión política más llamativa del año: el disenso entre los dos grandes partidos y la crispación que lleva aparejado. La paradoja de este enfrentamiento está, asimismo, en las reacciones al discurso: los dos parecen estar de acuerdo con su contenido y los dos se reprochan mutuamente que no se cumpla.

Vayamos por partes. En primer lugar, se ha abusado del “consenso” como concepto teórico hasta convertirlo en un arma arrojadiza contra el adversario. Los acuerdos del Gobierno con los grupos minoritarios de la Cámara se han utilizado como disculpa —serían muestra de que existe el consenso— para la marginación del PP. Si se llama “consenso” a las contraprestaciones que se dan a los grupos minoritarios y nacionalistas por el apoyo parlamentario en determinados proyectos (muchas veces sin que tengan nada que ver unas y otros), no es necesario llegar a acuerdos con la oposición conservadora: ya se ve que, a diferencia de los demás, son ellos los que se autoexcluyen.

Se convierte así la discrepancia con el Gobierno —propia de una democracia, que se basa en la confrontación de ideas y proyectos— en falta de consenso. Si la oposición, en este caso la del PP (pero ocasionalmente la de cualquier otro grupo), hace su papel, se opone al “consenso”, dificulta la acción de Gobierno, coloca palos en la rueda que mueve los proyectos progresistas que se quieren llevar a cabo, muestra su inmovilismo… Este tipo de argumentación ha sido habitual a lo largo del año y de toda esta legislatura. Por ello tantos requerimientos al silencio, al desistimiento, a la confianza en el Ejecutivo, a la maldad de la discrepancia. La oposición, en esta particular visión de la política, no defiende sus posiciones en un escenario plural, sino, perversamente, se opone al consenso y niega la acción gubernamental.

Esta distorsión de las relaciones entre el Gobierno y la oposición tiene como complemento el disenso sobre uno de los más graves retos de la política y de la sociedad española en este momento: la lucha contra el terrorismo. Desde la perspectiva del sentido común, la necesidad de confrontación democrática tiene como límite el acuerdo, que debe ser lo más amplio posible, sobre cómo comportarse ante los enemigos mismos de la democracia, entre ellos —y principalmente— el terrorismo. El Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, propuesto por el PSOE en la oposición, tenía precisamente esa virtualidad: todos sabíamos —y los terroristas en especial— que la defensa de la libertad y del Estado de Derecho mantendría una línea coherente gobernase quien gobernase, es decir, PP o PSOE, que son, por el momento, los únicos que pueden hacerlo. La batalla contra los enemigos de la democracia, por tanto, no estaba sometida a los avatares electorales y a la consecuente alternancia.

El consenso, como concepto y como realidad política, está tan distorsionado que no resulta extraño que afecte a esta cuestión fundamental. A la oposición se le pide, usando este procedimiento, que sencillamente se pliegue al Gobierno, aunque el Gobierno modifique en mucho o en poco sus planteamientos. Nunca antes, en materia antiterrorista, ha habido menos comunicación entre PSOE y PP y menos información del Gobierno, pública o reservada. La oposición, marginada por este peculiar uso del consenso, se repliega en sus posiciones. En vez de proponer acuerdos —lo que debería hacer denodadamente— se sirve de la estrafalaria situación para subrayar las discrepancias.

La resultante no es, por tanto, la confrontación política, que es más conveniente de lo que el Gobierno piensa, sino la falta del consenso que realmente debe exigirse: la identificación de los enemigos de la democracia y el modo de enfrentarse a ellos. La gravedad de la situación, además, aumenta si consideramos que ese objetivo no es algo inalcanzable, sino que existía hasta hace bien poco y se ha roto. ETA lo sabe y, por ello, demanda pasos al Gobierno reclamándole que se separa del PP. El PSOE parece querer ocultarlo cuando responde a la violencia existente diciendo que “no son gestos para conseguir la paz”, es decir, no reparando (o no queriendo hacerlo) en que el objetivo de la banda —y de ahí las dificultades que encuentra el “proceso”— no es ni ha sido nunca la paz, sino el logro de sus propósitos totalitarios, los que exigen el consenso de los demócratas.

Y no hay síntomas de que en el 2007 cambien las cosas…

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27 Diciembre 2006

Año 2006, continuidad en economía, de Juan Francisco Martín Seco en Estrella Digital

Si por algo se ha caracterizado la realidad económica en el año 2006 es por su carácter continuista, no sólo con respecto al año anterior sino también al último decenio. Por eso resulta enormemente irónico que el Gobierno y las fuerzas afines se vanaglorien de ella, o que la oposición se esfuerce por menoscabarla. Ni este Gobierno puede apuntarse los éxitos (los buenos resultados comenzaron hace tiempo) ni el PP y sus congéneres pueden valerse de las incertidumbres y peligros, ya que éstos también estaban presentes cuando gobernaba.

La continuidad en esta materia no puede extrañarnos, aun cuando los gobiernos sean de signo contrario, puesto que en la orientación de la política económica importa cada vez menos quién forme el Ejecutivo. Gran parte de ella, incluyendo la política monetaria, está determinada por Bruselas; otros aspectos se encuentran descentralizados en las Autonomías, sin que se pueda practicar una política unitaria y uniforme; y en cuanto al resto, tanto el PP como el PSOE han decidido que en la mayoría de los temas el Gobierno se inhiba a favor de la iniciativa privada y de esa teórica competencia.

A pesar del triunfalismo del discurso oficial en materia económica, la botella no está por completo llena, sobre todo cuando prescindimos de medias o analizamos lo que hay detrás de las variables macroeconómicas. Sin duda es cierto que la tasa de crecimiento de la economía española puede considerarse satisfactoria y que es superior a la de la mayoría de los países europeos. Pero resulta imprescindible poner esta variable en relación con el total de la población, que ha aumentado por efecto de la emigración. Si producimos más es porque somos más. Los emigrantes no sólo contribuyen a la producción, sino también, como es lógico, son perceptores de rentas. Si consideramos la renta per cápita, el crecimiento no ya es tan espectacular y no supera al de otros muchos países europeos.

Incluso la renta per cápita dice muy poco a la mayoría de los ciudadanos. Lo que les interesa es su propia renta, que puede alejarse mucho de la media cuando la distribución es deficiente. La incorporación de los emigrantes a la producción ha venido acompañada de una contención —más bien diríamos reducción en términos reales— de los salarios, de tal manera que ese aumento del crecimiento, y por tanto de la riqueza nacional, ha ido destinado a muy pocas manos: a las empresas y a las rentas de capital. Los trabajadores, lejos de beneficiarse de este crecimiento, han perdido poder adquisitivo. La economía ha ido boyante para algunos; para otros —la mayoría— el saldo ha sido mayormente negativo.

Hoy, el discurso oficial, al igual que en su día el del Gobierno del PP, se vanagloria del superávit presupuestario. También aquí la botella está medio llena o medio vacía. En la buena marcha de las finanzas públicas, algo sin duda tiene que ver el hecho de que determinadas actividades, especialmente inversiones, que hace años estaban en el presupuesto, hoy capean a su margen en función de mil triquiñuelas, como colocarlas en entes públicos o ese último invento de las entidades público-privadas. También habrá que tener en cuenta que nos encontramos en la parte alta del ciclo; pero, sobre todo y esto es lo principal, poco importa que no se endeude el sector público si la contrapartida es el endeudamiento de las familias.

El endeudamiento de las familias ha llegado a límites jamás conocidos. Y es significativo que aquellos que consideran nocivo todo déficit del sector público resten importancia al déficit y consiguiente endeudamiento de las familias. Sin embargo, los efectos macroeconómicos vienen a ser los mismos: traslado de la carga a las generaciones futuras e impacto sobre el sector exterior, cuyo saldo es el realmente relevante para la economía, la inflación y el crecimiento. En los momentos actuales, el déficit en la balanza por cuenta corriente ha conseguido batir todos los récords, incluso ha superado los niveles alcanzados en los primeros años 90 antes de las cuatro devaluaciones. Aun después de la reducida mejoría experimentada por la normalización de los precios del petróleo y la reactivación de las economías europeas, las cifras continúan siendo inquietantes.

El año 2006, al igual que los anteriores, viene enmarcado por una mejora de la economía nacional; mejora que sólo se ha materializado para algunos, y de la que han estado ausentes la mayoría de los ciudadanos; mejora en todo caso fundada en un crecimiento a crédito que, de no ser ciertas las hipótesis keynesianas, tal como sostiene hoy el discurso económico oficial, antes o después deberemos pagar. Lo que puede ocurrir es que, entonces, terminen pagando precisamente aquellos que ahora apenas se han beneficiado.

www.telefonica.net/web2/martin-seco

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27 Diciembre 2006

Los claroscuros de la economía para 2007, de Primo González en Estrella Digital

El vicepresidente económico del Gobierno no ha querido despedirse del año 2006 sin dejar constancia de su optimista valoración de la economía española, tanto para el año 2006, en el que el Producto Interior Bruto registrará un crecimiento superior al previsto, del 3,8%, como para el año 2007, en el que el PIB podrá crecer un 3,4%, también algo por encima de las previsiones que se manejaban con anterioridad. El lado menos luminoso de nuestra realidad económica ofrece también cifras destacables, aunque en este caso muevan a la preocupación: elevado déficit por cuenta corriente (el mayor del mundo en relación al PIB), tasa de inflación por encima de la europea, excesiva dependencia de la actividad de la construcción y unos niveles de productividad alejados de lo que se le debería exigir a una economía que presume de haber logrado la convergencia con la media europea.

La economía española está contabilizando, si estas cifras se llegan a confirmar, uno de los periodos más largos y dilatados de crecimiento de la actividad económica, que podría llegar a prolongarse por espacio de 14 años, si al año 2006 se une el ejercicio de 2007. El crecimiento económico se inició en el ciclo actual allá por el año 1994 y alcanzó su máximo esplendor entre los años 1997 y 2000, ambos inclusiva, cuando el PIB crecía a tasas superiores al 4%. Con el resultado previsto para el año 2006, un 3,8%, la economía española suma cuatro años consecutivos a un ritmo superior al 3% anual.

Las favorables cifras del PIB se trasladan a otras vertientes de la economía como la creación de empleo o la inflación, en los que España está logrando resultados favorables tirando a buenos. En inflación quizás es en donde nuestra convergencia con los socios europeos (y, por lo tanto, nuestras posibilidades en los mercados a los que van las exportaciones españolas) es más deficiente, ya que en los últimos años la economía española ha acumulado un diferencial de precios con la media de la Eurozona del orden del 10%, lo que explica en buena medida las deficientes marcas que están ofreciendo las exportaciones y en general la balanza comercial.

Esta fase de acelerado crecimiento tiene, en suma, uno de sus contrapuntos más preocupantes en el sector exterior, cuya cuantía puede conducir a un déficit de la balanza por cuenta corriente superior al 8% del PIB, algo que no tiene parangón entre las economías desarrolladas y que pone de relieve la falta de competitividad que ha ido acumulando en los últimos años el sistema productivo, incapaz de producir bienes con capacidad de penetración en los mercados exteriores en la medida suficiente como para acercar la búsqueda del equilibrio de la balanza comercial.

Junto a una tasa de inflación algo mayor de la que nos convendría y a un déficit comercial que empieza a situarnos al borde de una peligrosa calificación de escasa solvencia internacional, la economía española tendría que afrontar decididamente en el curso del año 2007 al menos dos tareas primordiales.

La primera, tratar de enderezar el defectuoso rumbo del comercio exterior, cuya principal lacra en estos últimos años ha sido el declive de la fortaleza de las exportaciones industriales. España es uno de los países que más está padeciendo las consecuencias negativas de la globalización, aunque por el momento este fenómeno esté aportando también indudables beneficios, como se puede contemplar con la importante aportación de mano de obra extranjera. Recuperar la competitividad industrial es una tarea que en algunos sectores industriales puede ser poco menos que imposible, pero que en otros requeriría un esfuerzo destinado a salvar algunas producciones que en los próximos años, ante un debilitamiento de la demanda internacional, pueden sufrir de nuevo y con mayor intensidad el castigo (o, si se quiere, el beneficio) de la competencia internacional.

La segunda tarea a la que la economía española tendría que dedicarse con algo más de énfasis en los próximos es la de sustituir el motor básico del crecimiento, la construcción, por otro que ofrezca síntomas de mayor dinamismo y más rentabilidad, como debería ser el caso de las nuevas ramas industriales, siempre y cuando estén suficientemente volcadas hacia los mercados internacionales. Por desgracia, una tarea de reindustrialización sobre bases nuevas y con mayor valor añadido no se logra en un corto espacio de tiempo ni se consigue sin aplicar a ello importantes recursos financieros.

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26 Diciembre 2006

El discurso del Rey, un poco tarde, de Pablo Sebastián en Estrella Digital

El tradicional discurso del Rey Juan Carlos en la Navidad era esperado este año con especial interés por el cúmulo de desencuentros que habitan en la sociedad española y que están dañando la convivencia entre los españoles a la vez que abriendo, de manera unilateral, un reforma constitucional encubierta que incluye —como en el Estatuto de Cataluña y en los preámbulos de la negociación con ETA— una burla calculada de la ley y del marco constitucional, dejando en el aire el futuro modelo del Estado español y más bien a expensas de lo que ocurra en el País Vasco si el presidente Zapatero decide, como parece y a pesar de los obstáculos, avanzar como sea en el proceso de negociación con ETA.

El Rey, suponemos que alarmado también por las consecuencias que esta incertidumbre constitucional puede tener a medio plazo para la Corona, ha decidido por primera vez hablar con bastante claridad, aunque no con toda la que muchos esperaban, y ha hecho una moderada pero directa crítica al Gobierno de Zapatero, al subrayar la vigencia y la importancia de la Constitución reiteradas veces, con alusiones a la unidad de España y su indirecta alusión al Estatuto catalán, alertando por el riesgo de pérdida del espíritu del consenso y la reconciliación que marcaron el inicio de la Transición, lo que supone una referencia a la Ley de la Memoria Histórica, de la misma manera que se refirió al proceso de negociación con ETA señalando que debe estar inmerso en la legalidad y en la Constitución.

Las tres cuestiones claves del momento político español que conforman la actual crisis de relaciones políticas y sociales, los Estatutos y el modelo de Estado, la negociación con ETA y el regreso al pasado, fueron subrayados por el Rey en claro sentido crítico con el gobierno de Zapatero, reforzando su mensaje con alusiones a la unidad de España y al futuro —en vez de rebuscar en el pasado— y reiterando lo que ya dijo el pasado año, que “España es una gran nación”. Es decir, una, y no dos, tres o cinco. Para concluir con una petición de sosiego a los partidos y dirigentes políticos.

Naturalmente, Zapatero, como lo ha hecho el PSOE, no se dará por aludido y dirá que él cumple con la ley y que sus iniciativas políticas emanan del mandato constitucional, pero a buen seguro que no le ha gustado demasiado el discurso del monarca, del que su partido ha destacado sólo lo que le conviene haciendo una lectura intencionada y en su propio beneficio. Desde la izquierda se señala que la petición de sosiego va dirigida a la crispación que practica el PP, que también mira al pasado más reciente, es decir, al 11M.

Sin embargo, el monarca también ha querido echar unas flores al PSOE en sus políticas económica y social, sobre el crecimiento, la inmigración, dependencia, etcétera. A la vez que pasaba de puntillas sobre los escándalos urbanísticos de corrupción. En suma, un discurso navideño crítico con el Gobierno, que revela la tardía preocupación del Rey por lo que está pasando, porque el monarca, aunque algunas gestiones privadas seguro que ha hecho con el presidente del Gobierno y el líder de la oposición, quizás debió hablar más claro y mucho antes de que se hayan abierto los caminos de desencuentro que hoy dañan la convivencia de los españoles, advirtiendo, entre otras cosas, del riesgo que supone avanzar en el protagonismo de los partidos nacionalistas, que son claros y determinados adversarios del modelo unitario español. Pero ya se sabe que la Corona a los nacionalistas los suele cuidar con especial interés por si se diera el caso de una futura monarquía federal, algo absurdo porque el modelo federal acabaría con la propia Corona.

En fin, se quiera o no, en este año 2006 que termina no se hunde ni se rompe España, ni se va a regresar a la Guerra Civil como dicen algunos catastrofistas portavoces del PP. Pero sí se están poniendo los cimientos de un nuevo modelo de Estado y convivencia, nadie sabe bien por qué —salvo que se reconozca que esto es un empeño del presidente Zapatero alentado por sus socios nacionalistas—, ni en respuesta a qué demanda social. Se están sembrando los cimientos de una incertidumbre nacional que marca el final y el agotamiento del régimen nacido de la Transición, sin que nadie, en vez de remover los cimientos del Estado, se haya propuesto, como se debería, pasar de la Transición y de la partitocracia a la democracia plena y representativa, que de haber existido nunca nos habría llevado a esta lamentable e incierta situación.

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26 Diciembre 2006

2006, otro año perdido, de Manuel Martín Ferrand en Estrella Digital

“Es imperdonable que los científicos experimenten con animales —decía Henrik Ibsen—, que utilicen periodistas y políticos...”. Tan irónica afirmación del dramaturgo noruego, creador del teatro de las ideas, viene a cuento siempre que se intenta hacer cualquier balance referido a la actualidad en un periodo de tiempo. La contemplación diaria de los acontecimientos nos da una medida vaga, imprecisa, de lo que pasa; pero la sistematización de esa mirada a lo largo, digamos, de un año nos permite entender el fondo de las cosas, el tinglado en el que se sustentan.

Así, visto en su conjunto y referido a la realidad española, se llega en seguida a la conclusión de que el año que ya acaba ha sido, en lo político, un año perdido. De hecho, los años sólo se pueden perder en la actividad política. En la cultura, en la ciencia, en el deporte, en el amor... cada día tiene su provecho. Algo se avanza con cada uno de sus minutos; pero el paso hueco de las legislaturas —el vertiginoso transcurrir del poder sin el cumplimiento de los programas establecidos— es, si bien se mira, un gran despilfarro. Se van perdiendo las oportunidades que nos ofrece la Historia y, en la disimulada competencia que hace prosperar a las naciones, los países retroceden y sus ciudadanos se empobrecen y menguan su entusiasmo; es decir, sus esperanzas cívicas.

El gran resumen del 2006, visto en esos términos, es idéntico que el de todo el periodo de gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. En los últimos treinta y pocos meses, el líder socialista no ha hecho nada más que equilibrios en la cuerda floja para sostenerse en el machito. De hecho, sólo hay tres capítulos de su actividad que, al tiempo que definen su estilo, agotan el contenido de un Gobierno tan escaso de fuerzas como corto de talento.

* ETA y el “proceso de paz”. El “proyecto”, algo menos que una entelequia, ha sido la obsesión de Zapatero en este año al que digo perdido. A falta de ideas de Gobierno, Zapatero se ha encelado con lo que, por lo que llevamos visto, no conduce a ninguna parte. Quiere ser el salvador de la Patria, el gran líder que nos redima de la angustia que genera el terrorismo; pero para eso hacen falta mayores enjundia y cacumen. ¿Cómo los etarras van a renunciar a una conducta que les da de comer y les mantiene en el primer plano del interés político a cambio de algo —valores democráticos y cívicos— que no les vale nada?

* Los Estatutos disolventes. Pasqual Maragall, personaje que no se debe perder de vista para el correcto análisis de Zapatero, consiguió el poder de la Generalitat, aun no siendo la cabeza de la lista más votada en las penúltimas elecciones autonómicas de Cataluña, en función de un pacto tripartito contra la lógica, la tradición y los supuestos ideológicos en juego, en el que se integraron una izquierda radical y un grupo separatista. Si eso es socialismo, que venga Pablo Iglesias y lo vea. De ahí, del apoyo de ese tripartito, llegaron los compromisos que Zapatero ha tratado de atender. El nou Estatut fue el principal de todos ellos y ya está vigente como una burla a la Constitución del 78 y con más mentiras y medias verdades de las que caben en el zurrón de un gobernante medianamente decente y cabal. Los demás andan de camino.

* La anulación del adversario. Aunque sin derecha no hay izquierda, y viceversa, la tercera de las patas en las que se sostiene el singular fenómeno Zapatero reside en la obsesión por la total anulación del PP y de cuanto significa el partido conservador español. Él sabrá por qué; pero, sin la posesión de algún código secreto, resulta imposible de entender el zapaterismo y sus obsesiones, ésta especialmente. Con tal intención demoledora, el presidente del Gobierno no ha reparado en gastos ni respetado ninguna frontera ética. Incluso no le ha importado reimplantar un espíritu de odios guerracivilistas que avive el enfrentamiento, ya muy difuminado, entre las dos Españas. Hay mucho de totalitario en esa contumaz posición.

Ése es el resumen de este último año. Todo lo demás ya entra en la grosería del detalle y en la hipervaloración de lo anecdótico. Quizás podría añadirse, más para el pasmo que para el análisis, la ineficaz actitud de enojo continuo del PP y de sus líderes, pero ésa es ya otra historia y, me lo temo, parece más cercana a la psiquiatría que a la política propiamente dicha. El precio por todo ello es un año perdido que, dedicado a lo que importa, hubiera resultado benéfico para la Nación o, por decirlo con más propiedad científica, la Nación de naciones en las que el demoledor Zapatero ha convertido a España. El año próximo, seguramente, será peor. Y con elecciones. Ibsen tenía toda la razón.

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26 Diciembre 2006

Un crecimiento económico perverso, de Luis de Velasco en Estrella Digital

Se cierra el presente año con un crecimiento del PIB estimado en el 3,8 por ciento, con lo que continúa la tendencia positiva que se mantiene desde hace una docena de años. Para muchos basta con este dato. Por supuesto que siempre es mejor que esa magnitud crezca, pero hay que analizar otros aspectos, tanto económicos como sociales y ecológicos, de lo que está pasando en nuestro país.

La parte más importante de ese crecimiento, al menos en los últimos cinco años, tal como han analizado dos autorizados informes recientes, se debe al aporte de la inmigración extracomunitaria. Ese aporte intensivo de mano de obra supone, de un lado, que el crecimiento del PIB por habitante es menor, seguramente en casi dos puntos, y de otro, que la productividad de la mano de obra y su crecimiento sean bajísimos, entre los más bajos de la Unión Europea. Del lado de la demanda, el crecimiento se apoya sobre todo en el aumento del consumo privado (paralelo a un endeudamiento vertiginoso de las familias basado en tipos de interés reales negativos al menos hasta hace poco, endeudamiento que ya supera en más de veinte puntos su renta bruta disponible), mientras que en la oferta es la construcción, que ya supone más del 12 por ciento del PIB (muy superior al promedio en la UE), el sector estrella.

Hay factores de enorme debilidad económica que se resumen en una bajísima capacidad de competir por parte de las empresas españolas que se concreta en varios indicadores, todos ellos bien conocidos. Uno, los enormes y crecientes déficit comercial y corriente, en términos de PIB entre los más altos del mundo y que, de no estar integrados en la UEM, supondrían un freno insalvable para el crecimiento. ¿Cuánto puede durar esto? Otros indicadores son la muy insuficiente inversión en I+D+i (especialmente en la participación del sector privado) o en el número de patentes registradas cada año. En ambos casos, nuestro país esta en la cola de los desarrollados.

El modelo de crecimiento produce nocivos efectos en lo social, concretamente una creciente desigualdad en la distribución de la riqueza y de la renta. A pesar de la insuficiencia de estadísticas al respecto, hay algunos indicadores que muestran claramente lo anterior. Por ejemplo, la recientemente publicada Encuesta de Condiciones de Vida 2005 del INE, que indica que cerca de un 20 por ciento de la población española está por debajo del umbral de la pobreza relativa. La propia Contabilidad Nacional anual en lo relativo a la distribución de la Renta Nacional entre salarios y sueldos, de un lado, y el excedente empresarial, por otro, confirma la tendencia en los últimos años de crecimiento del segundo a costa del primero, y ello a pesar del espectacular aumento de asalariados en estos años. Hay así un crecimiento basado, en gran parte, en salarios muy bajos (no sólo, aunque sí sobre todo, para los emigrantes) y en precariedad laboral, con importantes segmentos en economía sumergida (el hecho de que el 25 por ciento de los billetes de quinientos euros esté en nuestro país prueba la pujanza de esa economía negra). Mientras en este año que acaba, los beneficios de las grandes empresas han crecido más del 30 por ciento, los salarios reales han descendido ligeramente, siendo el nivel de salario real medio el equivalente a diez años atrás. El salario mínimo es el segundo más bajo de la UE. Mientras tanto, no cesan de aumentar las remuneraciones e indemnizaciones de los altos ejecutivos, de los miembros de los consejos de administración, de los profesionales destacados y otros, como los beneficiarios de gloriosos “pelotazos” especialmente en el inmobiliario, que van configurando la nueva capa de los “superricos” al mejor estilo americano.

Finalmente y no menos importante, este patrón de crecimiento tiene efectos altamente nocivos en el medio ambiente. El acertadamente denominado “tsunami urbanizador” ha dañado, ya sin remedio, zonas extensísimas del país, especialmente, aunque no sólo, en las costas, con un correlativo daño moral, y en las instituciones causado por su acompañante, la corrupción, tanto por parte de empresarios como por parte de políticos y funcionarios públicos. Hasta un personaje como Putin ha puesto como ejemplo esta corrupción para callar objeciones a su forma de regir su país.

Este año que termina ha supuesto una continuación, incluso agudización, de esas lacras. Pero todo queda tapado, de cara a la opinión pública mayoritaria, por la cifra del PIB y del logro de un superávit presupuestario. Se olvida, una vez más, que este segundo objetivo no es un fin en sí mismo sino un mero instrumento para compatibilizar, según opciones políticas, objetivos económicos y sociales. Cuando en el presupuesto, elemento central de toda política de un Gobierno y su mejor seña de identidad, hay margen para aumentar el gasto social (uno de los más bajos, otra vez, de la UE) y cuando ese presupuesto, en su vertiente de los ingresos, es crecientemente regresivo por el peso de la imposición indirecta y de la que recae sobre las nominas, entonces no se puede decir seriamente que hay una política social progresista.

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26 Diciembre 2006

El retorno de la religión a la política, de Alberto Piris en Estrella Digital

Una ojeada retrospectiva al año transcurrido permite observar el afianzamiento de un fenómeno preocupante: el retorno de la religión a la política. Y con él la inyección en la política internacional de las peligrosas dosis de fanatismo que propicia la creencia en un dios, firme y ciega, basada en unas tradiciones y libros sagrados de dudoso origen y no menos discutible contenido.

Al leer el párrafo anterior la mente del lector no debería orientarse inconscientemente sólo hacia el mundo del radicalismo islámico, que tanto espacio ocupa hoy en los medios de comunicación y tantas preocupaciones suscita en muchos pueblos y en sus gobernantes. El fanatismo desinformado no es monopolio de ciertos seguidores de Mahoma. Según una encuesta del Instituto Gallup, el 50 por ciento del electorado estadounidense cree literalmente en la mítica aventura bíblica protagonizada por Noé y los suyos, y atribuye al libro sagrado la máxima autoridad en lo relativo a la creación del mundo y a la aparición de la vida sobre la Tierra, aunque contradiga toda evidencia científica y se oponga frontalmente a la más elemental racionalidad humana.

Si tanta degradación intelectual se produce en el país más avanzado, científica y tecnológicamente, de toda la humanidad, ¿qué no cabe esperar de otros pueblos en los que las bases del conocimiento y del aprendizaje humano son dictadas por autoridades religiosas, en vez de ser explicadas por los prestigiosos profesores de Harvard o Stanford?

También la política interior de algunos países se ve afectada por esos ramalazos del retorno al sectarismo religioso. Véase, si no, la polémica levantada en España en torno a la enseñanza religiosa a cargo de un Estado donde no existe formalmente una religión oficial. Son muchos los que, entrando agriamente en esta porfía, no alcanzan a comprender los dos niveles elementales que afectan a la cuestión: el primero sería establecer cómo se explica en clase la influencia de las religiones en el mundo; y el segundo llevaría a distinguir con claridad entre el estudio de las religiones y su práctica individual. No se trataría de juzgar si una religión es mejor que otra, sino de analizar el papel que han desempeñado y desempeñan en la sociedad. Pues ni siquiera los españoles logramos ponernos de acuerdo en esto, y una vez más es la religión la que actúa a modo de cuña separadora.

Así que, tanto en el ámbito internacional como en el estrictamente local, el retorno de la religión a un mundo donde el secularismo y la separación entre Iglesia y Estado parecían mayoritariamente garantizados, al menos en los países más desarrollados, complica la resolución de muchos problemas en esta primera andadura del siglo XXI.

Encomendándose a Alá y asumiendo su supuesta voluntad, se estrellaron los terroristas suicidas saudíes en las Torres Gemelas de Nueva York; invocando a su Dios, el presidente Bush atestiguó haber escuchado el mandato divino para invadir Iraq. De poco sirve que un intelectual de origen islámico (bajo el seudónimo de Ibn Warraq) afirme que la promesa de las 72 vírgenes que aguardan en el paraíso a cada suicida islámico se basa en un error de traducción de los textos sagrados: es seguro que seguirán surgiendo voluntarios para el sacrificio a medida que EEUU, Israel o cualquier país no musulmán aumente con su violencia el número de muertos musulmanes, lo que hoy sucede cada día. No son muertos en un enfrentamiento ordinario: son muertos religiosos; esto agrava muy seriamente la situación.

Sin más que repasar la Historia se puede comprobar la resplandeciente verdad manifestada por un premio Nobel estadounidense (Steven Weinberg) cuando afirmó que “con religión o sin ella, las malas personas actúan perversamente y los buenos suelen hacer el bien. Pero es necesario que intervenga la religión para que sean los buenos quienes actúen perversamente”.

Eludiendo el aparente maniqueísmo de la frase citada, a todos se nos alcanza la crueldad de los innumerables casos en los que en nombre de la religión se ha asesinado, torturado, calumniado y envilecido al ser humano. No hace falta, para ello, volver a contemplar el conocido vídeo del general Videla comulgando piadosamente, teniendo las manos manchadas con la sangre de sus víctimas.

El filósofo estadounidense Mark Taylor recordaba en un artículo reciente que los docentes universitarios se arriesgan hoy en EEUU a ser hostigados e incluso amenazados de muerte si en sus lecciones explican cuestiones que contradigan la ortodoxia de la Biblia. Se lamenta de que lo “religiosamente correcto” ha pasado a ser obligatorio, tras la época de lo “políticamente correcto”, en el trato con los alumnos.

Concluía con este sombrío vaticinio: “Las señales de alerta son claras: a menos que no se entable un diálogo auténtico dentro de cada religión y también entre ellas, desde el fundamentalismo religioso hasta el dogmatismo secular, los conflictos del futuro serán probablemente aún más letales”.

Aun desconfiando de la eficacia de los diálogos con el fanatismo, pero con esta idea en la mente, estimado lector, abordaremos el nuevo año 2007 sin perder la esperanza de que la racionalidad humana recobre alguna vez de nuevo el control de la situación y se imponga al creciente delirio religioso.

Alberto Piris. General de Artillería en la Reserva. Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM).

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