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Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

Categoría: La Nueva España

27 Diciembre 2006

Reuniones de segunda generación, de Antonio Arias Rodríguez en La Nueva España

Los urinarios de caballeros suelen ser lugares donde la libertad de expresión se manifiesta con desenfado. Hace tiempo escuché a dos jóvenes conversando: «He fichado una ganga por trescientos mil euros», dijo uno de ellos, «y me acaban de ofrecer por ella un millón». No pude evitar observar de reojo. No mucho, porque en los mingitorios hay que mirar sin ver demasiado. Ninguno era un Florentino Pérez. Más bien parecían dos animados estudiantes poniéndose al corriente de sus hazañas. «¿Qué vas a hacer con el dinero?», le contestaba el otro, mientras salían.

Recordé entonces que mi hijo tiene conversaciones telefónicas similares hablando de un juego en línea llamado Hattrick, creado hace diez años por un joven sueco, que parece haber marcado con este invento gratuito bastante más de tres goles -sentido deportivo del hat-trik-. Cada jugador administra su propio club de fútbol y se disputan 110 ligas con un millón de equipos de todo el mundo. Su enorme éxito se basa en una simulación realista de la gestión económica y la estrategia deportiva, con sus éxitos y fracasos. Además, y aquí quería llegar, abonando cinco euros al trimestre, el usuario amplía las funcionalidades accesorias (estadísticas, favoritos, federaciones, etcétera) aunque no supone ninguna ventaja para el juego respecto al resto de jugadores.

Todos en red

Estos juegos van camino de convertirse en un negocio espectacular. Los hábitos de los jóvenes están cambiando. Ya casi no ven la televisión y, tras la cena, en lo que siempre fue el tradicional horario de máxima audiencia, desaparecen en su habitación y pasan sus horas al ordenador. Unas veces viendo cine descargado de la red y otras en los chats o en juegos como el comentado. Un directivo bancario me reconocía la dificultad de llegar con sus mensajes a los universitarios, blindados a la publicidad clásica, fuera de la red: «Sólo son accesibles en la Facultad, donde pasan la mayor parte del tiempo». Quizá por eso bancos y cajas son los primeros filántropos de la Universidad española.

Además, ahora se habla de la web 2.0 como estadio más avanzado de los portales, de una segunda generación donde los usuarios interactúan y trabajan para ellos mismos opinando (como la comunidad del consumidor, www.ciao.es, o de noticias, www.meneame.net) o consultando y adaptando en tiempo real el diccionario enciclopédico Wikipedia. En este mercado global surgen negocios increíbles. Primero fue «El rincón del vago» para todo tipo de apuntes, que unos espabilados estudiantes salmantinos vendieron a precio de oro. Google lo sabe y acaba de adquirir un conocido portal de descargas de vídeos que alojan los propios usuarios, que a su vez realizan unos 100 millones de consultas diarias.

El mundo está cambiando tanto que el semanario «Time» ha declarado personaje del año 2006 a todos los usuarios de internet, destacando el enorme crecimiento e influencia de los contenidos en línea y la adquisición de un mayor poder de expresión de los ciudadanos de «la nueva democracia digital». Las nuevas tecnologías han venido en nuestra ayuda. Brasil, por ejemplo, ha realizado con éxito todos los comicios de este siglo sustituyendo las urnas por terminales electrónicos, sin emplear papeletas electorales.

La Administración «Martini»

Las diversas instituciones van adaptando sus procedimientos. Así, a través de internet, la Agencia Tributaria tramita la cuarta parte de las declaraciones del IRPF; las universidades reciben la gran mayoría de sus matrículas; la Administración del Principado ofrece más de cien procedimientos digitales y todos los grandes ayuntamientos tienen oficinas virtuales. Un servicio inmediato y sin fronteras: «donde estés y a la hora que estés», como decía aquel anuncio de una conocida bebida.

Pues bien, en la primavera verá la luz el proyecto de ley «para el acceso electrónico de los ciudadanos a las Administraciones Públicas» que se discute en el Congreso y que eleva a la categoría de derecho el uso por los ciudadanos de estas nuevas tecnologías en sus relaciones administrativas.

El texto será básico en casi todo su articulado y, por tanto, obligatorio para cualquier Administración pública. En él se recoge, en concreto, el derecho a conocer por los mismos medios el estado de tramitación de los procedimientos en que sean interesados y a obtener copias digitales de los documentos electrónicos que formen parte de esos expedientes.

El texto es muy importante porque también otorga a la publicación electrónica de los diarios o boletines en la web oficial de la Administración competente, los mismos efectos que los atribuidos a su edición impresa. En concreto, concede carácter oficial y auténtico al «Boletín Oficial del Estado» en sede electrónica, cuya publicación permite la entrada en vigor de las leyes y reglamentos.

Para los ciudadanos, eleva a normal lo que en la calle ya es normal: sustituir la publicación de actos y comunicaciones en el tablón de anuncios o edictos (que nadie lee) por su publicación en la sede electrónica del organismo correspondiente. En sentido estricto, estas afirmaciones son imprescindibles para la eficacia de muchos actos y hay que elogiar su amparo.

Pero si la valentía de acometer la reforma ha sido notable, la entrada en vigor es tímida: en las comunidades autónomas, así como en las entidades locales, será obligatoria a partir del 31 de diciembre de 2009; eso sí: «Siempre que lo permitan sus disponibilidades presupuestarias». Se quiere evitar a la Administración el «yo legislo y tú pagas» creando el «cumple lo legislado... si puedes pagarlo».

Quorum virtual

Pero lo que más me sorprende, por su verdadero carácter innovador, es el «quorum virtual» que haría innecesaria la presencia física en un órgano colegiado de la Administración. En efecto, la disposición adicional primera del proyecto reconoce que éstos «podrán constituirse y adoptar acuerdos utilizando medios electrónicos». ¿Veremos en el futuro ordenadores en los asientos de los vocales que tengan otra tarea inaplazable? ¿Puede formarse la voluntad de un órgano con asistentes ausentes?

Sin ir más lejos, un simple teléfono móvil es un «medio electrónico» susceptible de transmitir la voluntad de un miembro. Sin embargo, parece que su uso efectivo quedará para la tercera generación, porque es imprescindible contar con unos protocolos de seguridad que sólo presentan los equipos y redes con certificado electrónico. Además, comienza a distribuirse el nuevo e-DNI que deberá facilitar estos procesos.

Para entonces, las actas que elaboren los secretarios dirán: «Presentes físicamente, 20 miembros. Ausentes pero conectados por medio electrónico: 10. Ausentes sin conexión: 5. Interviene en primer lugar el Sr. A, que se encuentra en viaje oficial en China y defiende la propuesta X. El presidente le agradece su participación, teniendo en cuenta la gran diferencia horaria. Reparte el documento número 1, cuyo fichero es también enviado a los miembros conectados. Da la palabra a la Sra. B, con permiso maternal, que interviene desde su domicilio...».

En Brasil, los ciudadanos votan al número del candidato, que acompaña toda su publicidad.

Antonio Arias Rodríguez es síndico de Cuentas del Principado de Asturias.

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27 Diciembre 2006

Una cautela para pensar, de Javier Morán en La Nueva España

La firma Petróleos Asturianos, participada por Duro Felguera, acaba de renunciar a la construcción de una planta en El Musel que hubiera llegado a almacenar 180.000 toneladas de combustibles. Esto no significa que Petróleos Asturianos huya de Gijón, sino que finalmente levantará en el mismo lugar unas instalaciones con menor capacidad: 60.000 metros cúbicos de gasóleo y 21.000 metros cúbicos de gasolina.

Estas cantidades eran las inicialmente conocidas, pero la empresa aspiró a más y varias entidades ecologistas comenzaron a dar la alarma sobre el caso, ya que almacenar mayores cantidades de hidrocarburos requería una declaración de impacto ambiental cuya tramitación no existía. Esto es lo que sabemos por el momento acerca de este espinoso asunto. Falta saber lo que dice la empresa Petróleos Asturianos, cuyas palabras escucharemos diligentemente.

Ahora bien, este asunto ha acaecido en un momento crucial: justo cuando el puerto gijonés orienta una buena parte de su espacio al acogimiento de empresas de actividad energética, lo que obliga a grandes almacenamientos de combustibles. La planta regasificadora que se construirá bajo el cabo de Torres es el emblema de todo ello.

Y he aquí que no queremos ser alarmistas, pero sí manifestamos preocupación y demandamos información de las autoridades, ya que tanto el transporte de gas natural licuado (GNL) como el almacenamiento gasístico en grandes instalaciones es materia que ciertos países someten a unas restricciones y medidas de seguridad extraordinarias, principalmente en lo que respecta a su emplazamiento, alejado de zonas habitadas.

Podríamos dar unos cuantos datos difundidos, no sólo por organizaciones ecologistas, sino por las autoridades de esos países, pero suponemos que nuestros mandatarios regionales y locales ya los conocerán y habrán analizado su alcance. No obstante, la cautela medioambiental aplicada a Petróleos Asturianos nos ha refrescado las ganas de pensar en lo otro.

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26 Diciembre 2006

A propósito de la TV de Zapatero, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Por favor, no teman. Es imposible que la nación española se encuentre, a causa de su desaprensivo presidente, en proceso de descomposición. ¡Dios mío, la de Zapatero es la televisión pública de siempre! ¿Qué peligro va a correr la España más eterna, mientras sea el cantante Raphael la estrella de la programación navideña en la televisión pública? ¡Ay! Para entrar en contexto, tengo un recuerdo imborrable de un ministro del señor que, solemnizando al cantante de marras, decía que, cuando cantaba villancicos, no se quitaba la chaqueta ni hacía muchos de sus acostumbrados histrionismos. Tocaba comportarse devotamente, cantando el tamborilero. Tocaba que gentes serias del régimen acudieran a sus conciertos.

Niños y niñas prodigio que enternecían a las autoridades, también consortes en algunos casos, que velaban y oraban por nosotros. ¿A que les embarga la emoción al recordar esto que les digo?

Al saussuriano modo, es decir, según las peculiaridades del habla de cada cual, eran muchas las gentes entonces que pronunciaban el nombre del cantante de esta guisa: Rafael (sin ph, por supuesto. Cursiladas, sólo las justas, oiga).

¿Y ahora? Esta España en manos de Zapatero, del mismo que reivindica la II República, da cabida en su televisión pública, a la nieta del salvador de la patria. Lo hace, si no estoy mal informado, una vez por semana. Al tiempo que eso acaece, por aquello de sanear la economía del sarcásticamente llamado «ente», la televisión pública retira a muchos profesionales con más de cincuenta años en pro de reducir los gastos. Pero, para divertimento de las Españas, que no falte, o que no haya faltado, la presencia de la nietísima del invicto caudillo.

No entiendo nada, oiga. Ni el alarmismo ante la hecatombe que el político leonés nos traerá según barruntan gentes muy serias y rigurosas. Ni tampoco acierto a comprender cómo es posible que entre los muchos genios de la «comunicología», ciencia como Dios manda donde las haya, no se hable de la España de hoy a través de su azogue televisivo, que nada tiene que ver con el mentado por el poeta Pedro Salinas en uno de sus versos más inolvidables (azogues, almas cortas...).

Es el hecho que canta Rafael en Navidad. Es el hecho que la televisión pública sí puede ser reconocida por la madre que la parió, con perdón de don Alfonso Guerra, pues la trajo al mundo la España franquista, y todos los gobiernos que desde la transición han sido, salvo alguna honorabilísima excepción, quisieron repetir el parto, obligando a hacer de comadrona una y otra vez a las personas que para dirigir el ente han venido nombrando.

Pero, bueno, contagiémonos todos del espíritu navideño. Pongámonos tiernos. Canta Rafael. Conmovedores los villancicos. Impresionante su repetida puesta en escena. ¡Ay!

Y, fíjense, por esas casualidades del destino, del jazmín y del azar, poco antes de escribir estas líneas pasa por mis manos un libro de Leonardo Sciascia, que tiene por título «El contexto». ¡No puede ser! Eso me digo, tan pronto me dispongo a leerlo. El libro, para mayor baldón, se abre con una cita de Rousseau: «¡Oh, Montaigne! Tú que alardeas de franqueza y de verdad, sé sincero y veraz, si es que un filósofo puede serlo, y dime si existe un país en la Tierra donde sea delito mantener la palabra dada».

¡Píllenos Dios confesados! ¿Quién, dicho al kantiano modo, es decir, en aquello del uso público de la razón privada, mantiene coherencia sobre los postulados que defendió y defiende en el debate público, al menos aquí, en Celtiberia? ¿Quiénes habitan el país de las maravillas: la televisión pública, el Gobierno de España, los sabios comunicólogos? ¿Quiénes?

Porque, de resultas de cuanto acontece, Rafael no es filósofo, pero, a diferencia de otros muchos, en la farándula más ampliamente entendida, siempre fue fiel a sí mismo, se mantuvo en una coherencia total. ¿Y los otros? ¿Tanto cambio tranquilo, tanta transición, tanto cotillón mediático, tanto marxismo irredento, tanto rigor teórico (y hasta teleológico. Nada que ver el palabro con la tele), y, al final, lo que nos queda es Rafael con sus villancicos?

¡Ay!

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25 Diciembre 2006

La noticia más desagradable del año, de Sami Naïr en La Nueva España

Con la continuación de la destrucción de Irak provocada por los Estados Unidos, la guerra de invasión de los israelíes en Líbano y la construcción de muros por doquier en el planeta para protegerse de las migraciones ilegales, el año 2006 ha sido uno de los más feos de estas últimas décadas. Pero para colmo, nos llegó lo inimaginable: la muerte del dictador chileno, Augusto Pinochet, en su cama y sin juicio. A los 91 años. Y después de 17 de dictadura despiadada (1973-1990), más de 3.000 muertos, la expulsión del país de centenares de miles de ciudadanos, la represión sistemática de los movimientos sociales, las torturas en las cárceles, la difusión de una ideología de poder radicalmente contraria a los valores de la civilización y tantas otras cosas.

Después de haber dejado el poder, el dictador se hizo nombrar senador vitalicio y vivió bien, hasta que la justicia británica lo detuvo después de varios pleitos internacionales por los asesinatos de extranjeros que cometió. El juez Baltasar Garzón intento de ponerlo en manos de la justicia internacional, pero la cobardía y la complicidad de algunos gobiernos europeos hicieron que el asesino se escapara de la justicia.

Ha muerto el dictador el 10 de diciembre de 2006. Si la justicia de los humanos falló en su caso, la de los símbolos intervino: era el «Día internacional de los derechos humanos».

Es poco consolador, pero podemos pensar que todas las víctimas de las dictaduras y de la locura del poder despótico brindaron ese día en honor de su propia memoria.

«Ninguna hoja puede moverse en este país sin que yo lo sepa', dijo Pinochet el día de su elección como senador vitalicio. Era su filosofía de poder. Organizó el golpe de Estado en contra de Salvador Allende, que confió en él. Lo hizo con la complicidad de los generales de los ejércitos de la Marina y el Aire, y después se volvió contra ellos, tramando un segundo golpe de Estado para conseguir todo el poder, solo y potente.

Los únicos que no tuvieron que lamentarse de sus servicios fueron los norteamericanos, y en especial la CIA y el señor (otro criminal de guerra en libertad) Henry Kissinger, auténtico cerebro del golpe de Estado de Pinochet y, por supuesto, premio Nobel de la PazÉ Para ellos trabajó con servilismo; en contra de su pueblo, con dureza.

Pinochet era la encarnación de lo malo. Políticamente, porque defendía los intereses de los más ricos y de la aristocracia chilena con matanzas y torturas, violando los códigos más elementales de la justicia humana. Y personalmente era peligrosamente cruel: traidor, reaccionario, arribista. Es así que sus propios colegas (sobre todo su cómplice, el general del Ejército del Aire Gustavo Leigh) lo definían. Es que Pinochet, tanto como Hitler o Stalin, era un dictador surgido de capas sociales tradicionalmente habitadas por un frenético deseo de reconocimiento social y de revancha personal. Era un «huaso» acomplejado -nombre que la oligarquía chilena otorga a los campesinos que desprecia pero que utiliza para hacer el trabajo sucio, antes de echarlos-.

La cuestión más difícil de contestar es saber porqué Salvador Allende confió en él, nombrándole jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra el 23 de agosto de 1973, unos días antes de que el dictador lo asesinara. No hay respuesta definitiva, pero unos aseguran que por parte del Presidente democráticamente elegido era una señal dirigida a los Estados Unidos, para darle a entender que no iba a ser desbordado por el ala revolucionaria de los movimientos que lo apoyaban. Nadie lo sabrá. Lo seguro es que ni Pinochet ni los americanos perdonaron las reformas sociales que Allende hizo, y menos aún el ejemplo que estaba dando al resto de los latinoamericanos, haciendo de una resolución reformista algo posible y creíble, sin derramamiento de sangre. El golpe de Estado chileno desencadenó una serie de golpes militares en todas partes en América del Sur y obligaron a los movimientos sociales a recurrir, a menudo, a la lucha armada. No fue precisamente una buena época para el continente.

La única persona que, al saber de la muerte del dictador, se declaró «profundamente entristecida» fue, obviamente, la señora Thatcher. Sin sorpresa. También ella tenía algo de pinochetismo en su práctica política: siempre elegía la confrontación, la fuerza, los golpes duros para hacer avanzar su contrarrevolución ultraliberal. Los chilenos intentaron con Allende construir un sistema social que hacía del capitalismo un vector de desarrollo un poco más humano para la mayoría de la población, con unas políticas sociales más o menos comparables a las que en Europa defiende el sistema socialdemócrata. La Thatcher hizo lo mismo que su amigo Pinochet: destruyó el sistema socialdemócrata en Gran Bretaña. Se puede entonces entender el porqué de su «tristeza» cuando murió el dictador chileno: eran partidarios con la misma firmeza de la misma política, uno en un país semidesarrollado y la otra en una gran democracia occidental.

Dos cosas más: primero, es efectivamente triste que Pinochet muriera. Pero no por las mismas razones que las de la señora Thatcher, sino porque no ha sido juzgado. Para las víctimas de su crueldad, es un luto imposible; no por venganza, sino por respeto a la justicia y a los valores de la democracia. En este caso, la reparación es ante todo ética, psicológica y, sobre todo, pedagógica. Es la única manera de fortalecer la confianza en las virtudes del estado de justicia. Segundo, es fácil focalizar la culpa sobre el dictador, aunque lo merece. La culpa la tienen también los grupos sociales que apoyaron el golpe de Estado y aplaudieron a los asesinatos de la dictadura. Eso no significa que haya que perseguir a esos grupos, sino que deben entender que la mejor manera de hacerse perdonar es respetar la memoria de sus victimas. El reconocimiento del crimen, la institucionalización de este reconocimiento y su difusión en la educación pública es la condición sine qua non para la equiparación de los derechos de todos los ciudadanos, tanto los vencedores como los vencidos. Y también es la condición del olvido.

Michelle Bachelet, mujer digna, presidenta de Chile, símbolo de respeto de los derechos humanos, salva hoy la imagen de ese país tan maravilloso y herido. Pero se puede entender que unos, asqueados por la lentitud de los procedimientos del Estado de derecho, silban sobre el féretro de Pinochet, porque este hombre merece, más que otros, ser estigmatizado por sus crímenes y su crueldad.

Sami Naïr, francés de origen argelino, es politólogo y sociólogo.

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23 Diciembre 2006

«Ex machina», de Javier Morán en La Nueva España

Gran sorpresa causa la intervención de la alcaldesa Paz Fernández Felgueroso para resolver el cabreo general causado por la iluminación navideña. Sorpresa porque ha sido una aparición de corte gabiniano, es decir, semejante a las del regidor ovetense, Gabino de Lorenzo, quien suele aparecer en escena cuando un lío ciudadano o municipal llega a su momento candente, o cuando entra en cuello de botella, o cuando las gargantas han gritado hasta la afonía. Entonces, De Lorenzo baja a la arena de manera operística, como colgado de una máquina, o sea, como el «deus ex machina» que arreglaba las tragedias griegas.

Así acaba de acaecer con Paz Felgueroso, quien ha debido de pensar: «¿Será por perres?» y, zas, ha dicho que el Ayuntamiento corre con todos los gastos de las luminarias decepcionantes.

Esto significa dos cosas, al menos. Una, que la municipalidad asume el follón como causado por sí misma. Dos, que el canguelo preelectoral no permite resbalones de este tipo, pues pesa como una losa la advertencia que hace unos meses formuló el secretario local del PSOE, José Manuel Sariego, quien vino a decir a sus huestes que mantuvieran el rumbo con serenidad, pero que no cometieran errores, porque las encuestas no estaban para albricias. Pues bien, en caso de temblor, lo mejor es hacer gabinismo y darlo todo por el pueblo soberano.

No obstante, para que esta decisión de Felgueroso fuera plenamente gabiniana necesitaría un elemento más. Cuando de Lorenzo baja colgado de la máquina y allana el asunto, inmediatamente arroja un cristiano a los leones, esto es, echa un concejal a los tiburones para sosegar el cabreo ciudadano.

¿A quién debería echar al foso Felgueroso? ¿A José María Pérez López, «Josechu», el edil tecnológico que tuteló el cambio de la luces de toda la vida a estas «guay» que nos han colgado? Imposible. Pérez es el delfín, la futura esperanza blanca, la joven promesa. Por ello, la Alcaldesa, si se decidiera por una víctima propiciatoria -que no lo hará-, debería escoger a alguien más talludo, y también menos enjuto de carnes.

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20 Diciembre 2006

Simplemente, un bocazas, de Juan Antonio de Blas en La Nueva España

Arturo Pérez, el avezado lobo de mar de Cartagena, ha publicado su sexta novela sobre el capitán Alatriste, lleva el zarzuelero título de «Corsarios de Levante» y es como «La canción del pirata» de Espronceda, llena de cañonazos, abordajes y combates anfibios pero en prosa. Y para que tenga un toque de actualidad, los malos, esta vez, son los otomanos, que bastante tienen los pobres con aguantar la imbecilidad francesa.

La serie «Alatriste» es el mayor pelotazo de la industria editorial en España. Nació como una novela juvenil que el autor firmó a medias con su hija Carlota, pero el éxito fue tan descomunal que a pesar del paternal cariño la niña quedó descabalgada de la autoría a partir de la segunda obra. Cosas de los cuantiosos derechos del autor.

La editorial de Polanco vendió millones de las novelas, aunque ya se sabe que de dinero y santidad la mitad de la mitad. Pero no hay duda de que Alfaguara emplea las novelas de «Alatriste» para compensar los pésimos resultados de los ladrillos que publica en vez de dedicarse a la construcción. Esos beneficios han convertido a Arturo Pérez en un personaje atípico en el mundo del libro y sería lógica su arrogancia si tratase con editores de verdad y no con personajes tan etéreos como Juan Cruz o similares.

Incluso han publicado una guía de «Alatriste» escrita por su amiguete Juan Eslava Galán, que tiene el honor de que el cartagenero le dedique su última obra. Eslava también tiene el honor, un poco más dudoso, de haber perpetrado en «Señorita» el bodrio novelesco más ridículo sobre la guerra civil española.

En toda la serie de Alatriste hay una nostalgia imperial propia de las clases de Formación del Espíritu Nacional, una mística del Frente de Juventudes, que parecía que el viento se había llevado y seguía en anhelos durante muchos años dormidos y que retornan en las épicas frases de Trillo Figueroa o José Bono.

Siempre queda flotando en estas novelas de Alatriste la acusación de que todos nuestros males proceden del Gobierno de turno, que el pueblo es capaz, generoso y abnegado y que nada tiene que ver con esa extraña gente que nos dirige, como si Teresa de la Vega o Aznar fueran guiris de Estocolmo y no pueblo de Madrid. Halagar al personal cantando gestas de Flandes y olvidando el «Vivan las cadenas» de los súbditos de Fernando VII no es más que una mentira interesada. Pero al terminar su novela sólo se me ocurrió decir:

Y lo que de verdad me causa espanto
es que soñándose capitán de los de antes
el tipo crea que se batió en Lepanto.
Y lo que es peor, ¡válgame Dios!, que él es Cervantes.

Donde Pérez da lo mejor de sí mismo es en los artículos semanales, allí impreca, despotrica, insulta, epata, descalifica y reta. Al final resulta que su limpio acero lo desenvaina contra Francisco Umbral; ¿a qué museo iría a buscarlo?, o contra un guardia de seguridad de El Escorial. Convierte su cotidianidad en descomunales gestas, eso sí, empleando un lenguaje que pretende bizarro y resulta chulesco y tabernario. Y lo mejor es que este gran estilista es miembro de la Real Academia de la Lengua, un motivo más para ser republicano.

Espero que le hayan dado el sillón con la letra B, es con la que empieza la palabra babayu.

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20 Diciembre 2006

Aquí también hay playa, de Javier Morán en La Nueva España

Un AVE Talgo-Bombardier -denominado «pato», por el característico morro de su locomotora- acaba de prolongar el Corredor Madrid-Zaragoza-Lleida hasta Tarragona. Justo al inaugurarse la nueva ruta, alguien ya lo ha dicho: ahora mismo es ese destino tarraconense el punto costero más próximo a Madrid en tiempo de viaje ferrocarrilero. El madrileñito que salga temprano de casa podrá, en temporada, pinchar su sombrilla a las once de la mañana en algún punto de la costa Dorada. Habrán sido tres horas desde la capital y 65 euros en clase turista.

En Gijón, que, junto a Santander o San Sebastián, ha sido tradicional playa de Castilla, esto nos pone los dientes larguísimos. Si nos seguimos fiando de Zapatero, la playa de San Lorenzo estará en 2009 a tres horas de distancia de la Villa y Corte. Pero los hechos de Fomento contradicen tal pronóstico. Probablemente nos pongamos en 2011 o en 2012 para disponer del paquete completo del AVE, aunque capado, por haber sido rebajado hace dos años por el Ministerio a tren de altas prestaciones (TAP).

Ítem más: pese a que los tarraconenses están encantados con la previsible invasión mesetaria de su costa, el «president» Montilla presumió en la referida inauguración de la transversalidad ferroviaria de Cataluña, frente a la radialidad de toda la vida, con centro en Madrid. Es una contradicción perfecta que Montilla ande con sus jeroglíficos mentales mientras que el sector turístico de Tarragona se frota radicalmente las manos. En cualquier caso, a lo que Montilla se refiere es a que todas las capitales catalanas estarán conectadas por Alta Velocidad, y la región tendrá además buenas conexiones con el Corredor mediterráneo y con el del Ebro.

En Cataluña los socialistas mantienen su discurso transversal, pero aquí, en Asturias, el PSOE se carga nuestra transversalidad, que es la del AVE del Cantábrico, con salida hacia Galicia y Cantabria. Ya se nos está acabando la paciencia con el Principado y con la Federación Socialista Asturiana. Además, aquí también hay playa.

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20 Diciembre 2006

Tras la luna llena, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Preludio de unas Navidades que piden paso. Noches en las que resplandeció la luna. Luna que, al ir decreciendo, terminó por ocultarse tras las nubes. Nubes que trajeron lluvias. Primeros rigores invernales que hicieron al Narcea acrecentarse.

Durante el acueducto de la Inmaculada Constitución hubo una noche en la que la televisión se dio un homenaje a sí misma. Sobresalieron las ausencias de las cosas que fueron aconteciendo en aquella pantalla única -a veces doble tras la segunda cadena- de la televisión oficial. Eché de menos imágenes de aquellos telediarios en los que la censura no sólo estaba en la letra, sino también en la música de sus locutores, en su dicción siempre intencionada cuando se hablaba de las cosas más peliagudas. Eché en falta un recuerdo para aquel telediario nocturno que dirigió Martín Ferrand, donde, si la memoria no me falla, intervino también José María García.

Me pareció injustificable que no se hiciese mención a dos actores de teatro que estuvieron soberbios. José Luis Pellicena, dando vida al protagonista de «Crimen y castigo», de Dostoievski, en la versión televisiva de aquella novela, así como a José Bódalo, insuperable en la obra de teatro de Ibsen «Un enemigo del pueblo». Lo cierto es que, a pesar de tantísimos pesares, la novela y el teatro tenían más y mejor sitio en la televisión de entonces.

En plenas bodas de oro entre la televisión y el público televidente, bien estaría establecer un bosquejo lo suficientemente amplio que se ocupase de las tres etapas del invento. El antes y el después de la dictadura en primer término. El antes y el después de las televisiones privadas en segundo lugar (¡cómo se equivocaron de plano y de pleno aquellos profetas que auguraban que, con la llegada de las emisoras privadas, la pública, por mor de la milagrosa competencia, mejoraría prodigiosamente!). Y, dentro de este último apartado, lo que fue y lo que viene siendo la omnipresencia de la televisión basura. Puede que no viniese mal tampoco incluir en el balance propuesto la eclosión de las televisiones locales y autonómicas. Los patios de luces de la aldea global nunca estuvieron tan superpuestos, nunca su disposición fue más caleidoscópica.

En todo caso, además de las ausencias referidas y de otras muchas para las que no habría sitio, sería muy pertinente preguntarse por qué en ninguna emisora televisiva hay lugar para un programa de debate tipo «La clave». Por qué tampoco se aprovechan las ventajas de la tecnología para emitir representaciones teatrales en directo, ya que en un estudio de televisión no se hacen. Algo así daría mucha vida al teatro y prestaría un servicio enorme a esa gran porción de la ciudadanía que vive en localidades en las que no se representan funciones dramáticas.

Noche de luna llena que sirvió para recordar aquella televisión que tanto nos acompañó en la infancia y adolescencia. El repetidor (o lo que fuere) del Gamoniteiro averiándose tanto como aquel legendario submarino de las tardes de domingo. Con frecuencia, las turbulencias y estropicios se producían a la vez. Gentes de gafas oscuras y de bigotes que nos enseñaban los dientes en sus vibrantes peroratas. La luna, pisada por el hombre, en nuestra adolescencia, cuyas imágenes pudimos ver. Programas musicales con baladas vulgares en la mayor parte de las ocasiones. Concursos que seguimos desde la infancia como «Un millón para el mejor». Corresponsales en el otro mundo, es decir, en aquel que no era la reserva espiritual de Occidente, a los que muchas veces citaba aquel hombre tan políticamente correcto entonces, que se llamaba Victoriano Fernández Asís. Partidos de fútbol que hicieron historia en nuestra infancia cuando el Madrid ganó la última Copa de Europa en blanco y negro. Series nocturnas como «El fugitivo» o «Los invasores». Novelas emitidas en horas vespertinas, por lo común, previas, a la cena. Algunas representaciones de obras de Buero que se emitieron y que llegaban muy hondo a quienes conocían las censuras y represiones del régimen. Pongamos aquella que tenía por título «La Fundación». Apenas nada de esto se evocó en la fiesta televisiva emitida en la noche de luna llena.

Acaso por todo ello convendría debatir acerca de la trayectoria de la televisión en nuestro país. De sus grandezas y miserias en el pasado. De sus escorias y ausencias en el presente. Sobre todo de lo mucho que se desaprovechan en el presente sus posibilidades, no sé si infinitas. Ilimitadas seguro que sí.

¿Qué se hizo de aquel «comité de sabios» creado por el Gobierno de Zapatero? ¿Qué han aportado? ¿Pintan algo? ¿Están todos lo que son? ¿Son todos los que están?

¿A alguien se le ocurre un tema de debate más importante ahora en la vida pública que el devenir y el porvenir de la televisión en este país al que seguimos llamando España? ¿Alguien ha tenido a bien preguntarse el juego que la televisión le hubiera dado a los análisis que sobre el medio habría llevado a cabo Ortega, caso de haber podido seguirla y enjuiciarla? Esto que me pregunto sería uno entre otros muchos motivos para lamentar que el mejor filósofo que ha dado este país no hubiese vivido diez años más. Quedaría fascinado ante las potencialidades del medio. Y nos hubiera asombrado a todos con sus meditaciones al respecto.

Entre aquello que no pudo ser citemos el encuentro que nunca llegó a producirse entre Ortega y el medio televisivo. ¡Qué pérdida, Dios mío, qué desperdicio!

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Lector de artículos de opinión, sobre política y economía, que cree que este mundo podría tener arreglo si dialogásemos más

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