Categoría: La Voz de Asturias
20 Diciembre 2006
Cambiar de discursos y de pases cuando haga falta", tal como piensa Zapatero que es la democracia -según se lee en la página 269 del polémico libro de Gustavo Bueno- es, precisamente, lo que ocurre en este país desde hace treinta años. Obviamente, esa versatilidad, sólo es posible en una democracia liberal pero no en las democracias orgánicas. Aprovechando esa licencia política, muchos convinieron -tácita o expresamente- en que una vez instituida la democracia liberal ya no era necesario ser rojo -o sea, antifranquista-, porque la historia ya era otra muy diferente; por lo tanto, la conducta personal tendría que ser distinta. Esto facilitó muchísimo la evolución rápida del pensamiento político en la sociedad española. Sin embargo, a mí me parece que Gustavo Bueno se anticipó a la época para darle un giro de 180º. Los primeros en sorprenderse por ese cambio metapolítico de quien, hasta entonces, había sido su guía, como, filósofo marxista, fueron los mineros asturianos de las Cuencas, que eran los que aún conservaban el ideal histórico del movimiento obrero en Asturias. (Aunque también por poco tiempo...). Ese cambio de agujas del pensador provocó en su entorno un enorme revuelo: por una parte, quienes le habían considerado, hasta entonces, su ídolo preferido, empezaron a rechazarlo; mientras, por el otro, los que antes le detestaban por su ostensible izquierdismo, iniciaron su caluroso aplauso que todavía dura. Mas, este cambio de papeles en la opinión pública, que se mueve a su alrededor, nunca le afectó en lo más mínimo.
Que Gustavo Bueno ha "cambiado de discursos y de pases" (palabras y ritmos) queda clarísimo después de una atenta lectura de su Zapatero y Alicia. En este libro se condensa una buena parte de su talento puesto, ahora, al servicio de unas ideas que nunca desaparecieron del mapa político español del siglo XX: las que son propias del escolasticismo franquista , con las que durante casi medio siglo se sellaron las bocas discrepantes en este país.
Pero si el maestro Bueno hubiera preferido dedicarse -ahora, precisamente- a escribir novelas sobre los celtas, probablemente habría ocurrido aquello que decía Sartre, en Les Temps Modernes, de los escritores de su época que consagraban sus vidas a escribir novelas sobre los hititas, mientras escurrían el bulto con respecto a los problemas de su tiempo: "Su abstención sería por sí misma una toma de posición". Y añadía que cada uno "mide su responsabilidad de escritor".
La medida de Gustavo Bueno coincide con la de los neofranquistas (neofran), uno de cuyos medidores más exactos es el escritor Pío Moa, a quien el filósofo incluye en una lista de "gente tan importante como la formada por Enrique Moradiellos, Preston o Tusell, por un lado, y Pío Moa, Antonio Sánchez y José Manuel Rodríguez Pardo; por otro... (Zapatero y Alicia Pág. 72). ¿Cuál es esa medida...? Quizás, la que sugiere Alberto Reig Tapia -catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Tarragona-: "Salvarle un poco los trastos a Franco ante la historia se ha convertido en un provechoso y lucrativo negocio". (Anti Moa. Pág.210. Ed. B. Noviembre, 2006).
La simpatía que el filósofo le dispensa al citado apologeta del escolasticismo franquista podría confundir a más de uno, entre tantos como tienen a Gustavo Bueno como un intelectual dotado de un sentimiento rigurosamente aristocrático -muy jerarquizado- sobre todo cuanto le concierne a la inteligencia; precisamente, cuando entre el gremio de historiadores universitarios son muchos los que consideran que el señor Moa es un "historietógrafo"... (El ovetense Enrique Moradiellos lo juzga más generosamente: le considera un "ensayista"). No obstante, es probable que el filósofo tenga sobradas razones para alinearse con los ultrarrevisionistas de la historia de los últimos sesenta años del país. Esta evolución suya -personalísima- no ha sido repentina, ni -así quiero creerlo- interesada, sino gradual, muy bien medida desde la epístola -sus lecciones de marxismo a los mineros- hasta el evangelio: Zapatero y el pensamiento Alicia.
En el nuevo pensamiento Bueno hay más cálculo que espontaneidad; consecuente con su cuadriculado pensamiento, procura no dejar cabos sueltos que, en la siguiente etapa -si la hubiere- se le pudieran convertir en pesadas maromas. Aún así, a veces el filósofo parece dejarse llevar de impulsos repentinos, difíciles de controlar. Por ejemplo, como cuando arremete contra el filósofo Jürgen Habermas por considerar que fue injusto concederle el Premio Príncipe de Asturias, "cuando todavía Joaquín Ruíz Jiménez -o incluso Luis del Olmo- no lo han recibido". A cualquier lector medianamente avisado, leyendo esto (pág 56), se le enciende la bombilla de las ideas y exclama: "O incluso Gustavo Bueno". Esa andanada no sólo va contra Habermas y la Fundación que concede los Premios, sino también contra esa "izquierda democrática" habermasiana que piensa que "hablando se entiende la gente". Por lo visto, también es lo que piensa el Rey de España...
La cita que hace de Ruíz Jiménez se entiende cuando se avanza en la lectura de esa misma página: Los tiempos de Cuadernos para el Diálogo (revista democrática fundada por Ruíz Jiménez, en 1960) eran los tiempos del "diálogo entre marxistas y cristianos..." ¿Fundamentalismo democrático...?.
Hay quien lo interpeta así.
Entre los recuerdos que conservo de aquella época está el de la lectura de una lúcida crítica que Gustavo Bueno había escrito para la citada revista democratacristiana; en la que ponía como hoja de perejil a la cerrada sociedad ovetense, sometida todavía a la férrea autoridad a los "pater-familiae", tan ultraconservadores. Los progres de la época (marxistas, izquierdistas democráticos, habermasianos o buenistas; a menudo, ambas cosas a la vez) estaban muy lejos de pensar -ni soñándolo- que llegaría un día en el que su filósofo dilecto, referencia y guía para la resistencia antifranquista, se convertiría él mismo en uno de aquellos "pater-familiae" del siglo XX. Pero fueron muy pocos los buenistas que se quedaron huérfanos. La mayoría siguió andando tras el maestro.
Lorenzo Cordero. Periodista.
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16 Diciembre 2006
Allá por los años ochenta y noventa, en mis artículos de prensa, llegadas estas calendas navideñas, yo concedía premios y me sentía el rey del mecenazgo. Premios que recaían sobre entidades o personas que habían desarrollado iniciativas o realizado obras de excelencia evidente (al menos para mí, claro).
Se trata, naturalmente, de galardones algo atípicos, porque no implican dotación económica, ni van adornados de las correspondientes medallas, órdenes, condecoraciones, bandas, encomiendas, títulos, insignias, bachas, cruces o charreteras, habituales en estos casos. Se conceden a personas o instituciones que desarrollan su trabajo en Asturias Estos premios tienen la ventaja de su alejamiento absoluto de la órbita política y, también, de que no le cuestan un euro a los asturianos, ni afligen a los medios de comunicación con plúmbeos y retóricos actos de entrega, que solo interesan a los que a ellos asisten (y a veces ni siquiera). Tampoco va a costar un céntimo la reunión del jurado en sus sesudas deliberaciones, porque el jurado --como alguno habrá ya intuido-- soy yo, incluso sin la compañía de mis circunstancias. Más barato y austero, imposible.
Pero, para que todo vaya por sus pasos y estos resulten conformes a las formalidades del género, estoy dispuesto a extender un acta, para que así conste a todos los efectos, ante Dios y ante la historia. Dice así:
"Reunido conmigo mismo, con la única compañía de una tableta de chocolate de almendras y unas glorias de El Gaiteru, otorgo los siguientes premios a las personas y entidades que a continuación se refieren, por las virtudes que coronan su conducta o por el talento desplegado en su actividad profesional. El jurado afirma que en estos tiempos de confusión, transfuguismo, corrupción, pelotazos y desconfianza generalizados, los abajo citados, mantienen con su ejemplo la pasión viva de la esperanza en una sociedad más armónica y democrática, más plena, desarrollada, culta y tolerante, menos crispada, sectaria y cainita, menos insolidaria y hostil. Oviedo, a 16 de diciembre, de dos mil seis. Allá van.
Premio Poesía 2006: Fernando Beltrán, por su última obra publicada, La amada invencible (Oviedo, KRK Ediciones).
Premio Novela 2006: Pablo Rivero, por la última obra publicada, Ultimos ejemplares (Gijón, Ediciones Trea).
Premio Ensayo 2006: Xuán Cándano, por el estudio realizado sobre El pacto de Santoña.1937 (Madrid, La Esfera de los Libros).
Premio Música 2006: Ex aequo. Maximiano Valdés, por el trabajo global al frente de la OSPA, y Jerónimo Granda, por la originalidad, frescura y polimorfismo musicales.
Premio Arquitectura 2006: Guillermo Suárez Zarracina. Por el grupo escolar Doctor Fleming, en Oviedo.
Premio Periodismo 2006: Ex aequo: Javier Cuervo, Nacho Monserrat. Por su contribución, como columnistas, a un periodismo crítico, apoyado en una escritura rica, irónica y eficaz.
Premio Deporte 2006: Samuel Sánchez. Por la larga serie de victorias y excelentes clasificaciones a lo largo de la temporada ciclista de este año, y por su calidad personal.
Premio Gastronomía 2006: Exaequo. Restaurante Casa Pipa (Villaviciosa), y El Hostal (Caravia Alta).
Premio al Político 2006: Desierto (después de darle vueltas y más vueltas al asunto).
Premio al Empresario 2006: Juan Gutiérrez Nieto. Por su demostrado mecenazgo a favor de las artes y la literatura.
La entrega de premios no tendrá lugar el día 28 de diciembre de 2006. Los premiados recibirán su mejor premio por el trabajo bien hecho y el afecto general de la gente. Al acto, que no se celebrará, están invitados todos los asturianos de buena voluntad, todos aquellos que creen que España no corre peligro de desintegrarse, que creen que hay que hacer un gran esfuerzo social y político para conseguir la paz definitiva y el abandono de las armas en el País Vasco, que creen en la palabra y en la razón como instrumentos de progreso moral y económico, y que esperan que, dentro de treinta años, Asturias no haya quedado laminada por la especulación".
Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de Literatura de la Universidad de Oviedo.
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16 Diciembre 2006
Por lo visto los últimos días, está claro que en Chile hay miles de personas a las que les habría encantado que Augusto Pinochet hubiera sido enterrado con los honores propios del jefe de estado que fue, y no con el desdén que le corresponde al dictador que también fue. En este mundo, dan igual las tropelías de las que seas capaz, siempre habrá quien te las agradezca. Con buen criterio, el Gobierno chileno optó por mandar el funeral de Pinochet al cajón de sastre que son los honores militares . Ante la posibilidad de que se le hubiera despedido con la dignidad de un exgobernante, damos por bueno que, como mal menor, se le entierre con el decoro de los exmilitares, sin pararnos a pensar qué hizo para merecer tal distinción. Lo lógico sería condecorarles por sus acciones de combate o, últimamente, por sus intervenciones solidarias. Pero en toda su vida como militar, harto larga, a Pinochet no se le conocen las segundas, y en su currículo guerrero tan solo tiene anotada una batalla (ganada, eso sí): la que entabló contra el gobierno democrático y prácticamente indefenso que le había aupado a la cúpula del ejército chileno. En el fondo, una batallita que muchos convirtieron en su funeral en ejemplo de valentía y audacia. Es algo así como si enterrásemos con honores médicos a un cirujano que solo hubiera hecho una operación quirúrgica en su vida, un trasplante de hígado a un paciente sano. Augusto Pinochet se fue de este mundo con más galones de los que hubiera merecido. Sus hazañas bélicas no dan para adornar la pechera de un soldado raso.
Nacho Monserrat. Periodista.
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14 Diciembre 2006
Hay un dictador menos, pero no es un alivio ni su muerte merece un sorbito de champán, porque lo que se acaba de morir en Chile era un viejo cabrón, un burlador de la justicia popular, un débil mental malvado y sin pizca de piedad, que debía haber sido juzgado por el pueblo en la plaza de armas y condenado a ver, hasta la extenuación, los videos de los torturados, asesinados, desparecidos, las caras de quienes los siguen llorando sin consuelo y con toda aflicción. Su manera de morir es un escándalo, una indecencia, una vergüenza, un naufragio de la verdad, en el que nos ahogamos todos, algo que produce rencor. Bajo las alfombras del mundo no cabe un cadáver más. Ya no hay suficientes fregonas para limpiar tanta sangre derramada por los matarifes. Y lo horrible, lo verdaderamente atroz es que los militares golpistas y los tiranos, tienen muchos, muchísimos fans, que derraman lágrimas de duelo, se visten de luto y los santifican a ellos y a sus obras, de modo que, una vez fiambres, se convierten para sus fieles en tabúes, en intocables. En España, no ya respecto a los muertos en la guerra, sino también en cuanto a los que padecieron la bárbara represión bajo la bota de los ganadores se hizo caer el olvido y se intenta obligar hoy a sus familiares a que se traguen un bebedizo para que se les borre de la memoria su historia, la historia de sus madres, padres, abuelas y abuelos, perseguidos, encarceladas, sometidos a tormentos policiales, enmudecidas, reventados a palizas de guardias civiles, famélicas, explotadas por los vencedores, cuyos difuntos sí fueron honrados y laureados, y sus viudas y huérfanos pensionados y protegidos. Y quienes les niegan ese derecho son los mismos que aseveran ahora muy repipiados que Pinochet es igual que Castro. Bueno, pues no. La pareja de baile de ese exterminador en la danza macabra de la muerte es Franco.
Carmen Gómez Ojea. Escritora.
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13 Diciembre 2006
Acompañando a ese fenómeno químico que fue la reforma del franquismo (o sea, la transmutación de la democracia orgánica en liberal , cuyo proceso de fermentación pasó a la historia con el nombre de Transición), se produjo un enorme revuelo de ideologías agitándose, como si fueran murciélagos sorprendidos por la súbita luz vespertina, alrededor de las cabezas de los españoles y dando lugar al capítulo de la confusión de lenguajes políticos: falangistas que hablaban como si siempre hubieran sido liberales demócratas; conservadores que se pronunciaban como si jamás lo hubieran sido, sino tiernos socialdemócratas; progres que se expresaban como si hubieran mamado la ideología marxista desde la cuna.
Aquella tremenda confusión de las ideologías -mejor dicho, aquella turbulencia metapolítica-, recién liberadas de la presión que las reprimía, era el colofón del fenómeno químico que, por lo visto, había controlado y dirigido Torcuato Fernández-Miranda con tanto tino jurídico a pesar de las neblinas y de "las trampas saduceas"
Avanzada la década de los setenta, se produjo otro barullo metapolítico coincidiendo con el final del acelerón revolucionario que habían experimentado los jóvenes españoles fascinados por el terremoto progresista del mayo francés de 1968, que hizo saltar por los aires los adoquines de las calles de París. Recuerdo que entre 1968 y 1973 -el quinquenio apoteósico del "progresismo" revolucionario en este país-, de cada tres de aquellos jóvenes anticasitodo, dos habían estado en París participando en aquella famosa melé ideológica de la primavera.
Cuando se fueron sosegando los espíritus progres, cada uno empezó a buscarse el sitio que mejor le convenía. Acabó imponiéndose el sentido práctico de la militancia sobre el sentimiento utópico. El romanticismo ideológico le cedió el paso a la habilidad y la destreza en el arte de hacer uso de la política. Empezaron a interesar más las cosas que las ideas. Estábamos en las vísperas de acatar un nuevo régimen: el consumismo, la Internacional del capitalismo. Una Consecuencia, dicen, de las gozosas libertades democráticas, que son las que al parecer proporcionan los beneficios materiales que garantizan el bienestar social. Ese paraíso ya no es una promesa política, sino una restallante realidad. El neoliberalismo (política más economía) nunca falla.
En aquel barullo metapolítico, se extravió la izquierda histórica. La democracia liberal perdió uno de los agentes que más necesitaba para racionalizar su posterior institucionalización. Pero daba lo mismo, porque nos quedaba el mercado; el cual, según dicen, es el único sistema de libertades naturales que proporciona al individuo felicidad y prosperidad (sospecho que a unos más que a otros). Al finasl de las utopías le llamaros globalización.
Había iniciado la lectura del capítulo 10 (Sobre la democracia) de la polémica obra de Gustavo Bueno (Zapatero y el pensamiento Alicia. Un presidente en el país delas maravillas. Temas de hoy. Planeta, Noviembre, 2006), cuando me quedé sumido en ese sopor metafísico que usted me acaba de soportar, como lector, gracias a su generosa paciencia. Concretamente, acababa de leer: "Solo con la democracia cada hombre podrá relacionarse de mil maneras con los demás, cambiando de discursos y de pases cuando haga falta. No olvidemos nunca que la esencia de la democracia es la cultura". Se supone que estas son reflexiones de Zapatero. El autor lo aclara: fue el presidente quien dijo en el Parlamento el pasado mes de mayo, que "la esencia de la Democracia es la cintura" (pag. 272).
Para leer a este lúcido y fogoso filósofo -el filóso marxista de la Universidad de Oviedo desde 1960 hasta que se consumó la fermentación química de la Transición mediados los años setenta- hay que tener, además de mucha "cintura intelectual", buena memoria política. Confieso que a pesar de que mi cintura es bastante más torpe que mi memoria, puedo leer a este veterano filósofo sin perder los estribos. Es evidente que Gustavo Bueno ha experimentado, como otros muchos intelectuales y progresistas de la época de la pretransición, la correspondiente y natural evolución política -se supone que impuesta por las "circunstancias", entre otras razones- porque goza de una espléndida cintura política y tiene una envidiable agilidad dialéctica, gracias a las cuales el maestro de filósofos goza de una notoria fama como polemista y como impetuoso retórico.
A mi me parece que el autor del cierre categorial siempre ha dejado abierta la puerta de su talento para que sus compromisos políticos entren y salgan cuando sientan la necesidad o la conveniencia de hacerlo. Esta es una decisión objetivamente intelectual, y, quizá, subjetivamente interesada. En este aspecto el filósofo no está solo. Hay un montón de gente que en política tiene sus puertas abiertas de par en par siempre.
Uno de los temas que caracterizan el pensamiento Bueno es su teoría sobre la "vuelta del calcetín". Hace veintitantos años que le escuché, por primera vez, manifestar que al marxismo había que darle la vuelta como si fuera un calcetín. Creo que es la misma propuesta que había hecho Marx refiriéndose al pensamiento de Hegel. En cierta manera, la evolución política del filósofo quizá sea la consecuencia visible de haberle dado él mismo la vuelta a su propio calcetín político.
NOTA: En este artículo de Cordero, la versión digital del mismo, no corresponde ni a la cuarta parte de su versión en papel, tuve que teclear el resto, dado su interés
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13 Diciembre 2006
Solo de cuando en cuando en los medios de comunicación se abren paso noticias que parecen estar al margen de las grandes corrientes de información. Son como islas que no parecen tener relación con los grandes continentes en que consisten las secciones de los periódicos. No debe ser fácil para quienes maquetan el contenido encontrarles posición idónea, por eso aparecen en ese gran cajón de sastre que se llama Sociedad.
Esta semana dos de ellas se han abierto un hueco. La primera proviene de un informe elaborado por el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) que ilustra la discriminación que sufren las mujeres en los países árabes. Su conclusión parece más que evidente: "La promoción de las mujeres constituye una condición sine qua non del renacimiento árabe". La otra llega de un organismo de gran prestigio. Unicef se encarga de recordar que la igualdad de género y la paridad en la toma de decisiones entre hombres y mujeres en la esfera familiar, laboral y política son "esenciales" para un mayor desarrollo y bienestar de los niños en todo el mundo.
Son de ese tipo de noticias que a veces comparten página con el descubrimiento de algún fósil antiguo o el transplante de unas manos. No quiero decir yo que la divulgación de un hito antropológico o el avance de la ciencia médica no sean dignos de mención. Pero hay determinadas noticias, y, entre ellas, las relativas a la situación de la mujer en el mundo, a las que parece privárselas por el orden de prioridad que se les atribuye, de la enorme importancia que tienen para explicar en buena medida el caótico estado del orden mundial en el que nos encontramos y por ello no son capaces de convertirse en móviles de acciones políticas preferentes que podrían ser motor de cambio sustancial hacia sociedades más justas y solidarias.
Hace semanas, Rosa Montero se preguntaba tangencialmente por qué Muhammad Yunus y su programa de microcréditos había sido premiado con el Nobel de la paz y no con el de economía. Tendrá algo que ver el hecho de que sus principales destinatarias sean mujeres?
Rosario Hevia. Magistrada.
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12 Diciembre 2006
Antes del golpe militar que enlutó a Chile, el 11 de septiembre de 1973, es poco lo que se puede decir de Augusto Pinochet Ugarte. Quienes le conocían de cerca decían que fue un estudiante regular en la Escuela Militar y, posteriormente, un oficial corriente y notoriamente leal y hasta obsecuente, respecto de sus superiores. Por su lealtad, el comandante en jefe del Ejército chileno, general Carlos Prats González, quien le precedió en dicho cargo, recomendó al presidente doctor Salvador Allende su nombramiento en dicha comandancia. "Va a ser su mejor hombre", le manifestó. Iría a saber que iba a ser su peor cuchillo?
SON MUCHAS las voces que comentan que el verdadero gestor del golpe fue el general Sergio Arellano Stark y que Augusto Pinochet se subió a última hora al que sería el carro de la victoria, calculando que de comandante en jefe se convertiría en el generalísimo de la patria; en su segundo padre, como es uno de los eslóganes que algunos repiten hasta hoy con arrogancia.
Después del golpe de septiembre de 1973, un bando militar anunciaba que desde esa fecha gobernaría el país una junta militar encabezada por Pinochet. Así, desde esa triste fecha el poder ejecutivo y el legislativo estaba en manos de tres generales y un almirante. El denominado poder judicial continuó, sin embargo, funcionando en forma relativamente normal, después de limpiarse de algunos jueces considerados izquierdistas. Poco a poco, los chilenos irían conociendo las nuevas funciones de este poder.
Antes de que transcurriera un mes desde el golpe, casi todo el país estaba controlado por las Fuerzas Armadas y de orden. El Estadio Nacional pasó a ser la cárcel más grande que Chile ha conocido. Sin embargo, Pinochet dispuso un vuelo fatídico que recorrió al país desde Santiago hasta Valdivia y luego, nuevamente, desde Santiago hasta Arica. Doce oficiales a bordo de un helicóptero Puma , comandado por Arellano Stark, aterrizaron trágicamente en los regimientos de Talca, Curicó, Linares, Cauquenes, Concepción, Valdivia, La Serena, Copiapó, Calama, Antofagasta y Arica, torturando y asesinando a los "prisioneros de guerra más peligrosos": estudiantes, profesores, periodistas, obreros, exfuncionarios públicos, encargados de servicios estatales o municipales, etcétera.
Muchos de estos "ejecutados" habían sido condenados a penas menores y uno hasta había cumplido la suya. Esta operación se denominó por sus ejecutores "la caravana del buen humor", mientras que el resto del país la conoce como "la caravana de la muerte".
Las razones, si así pudieran llamarse, que motivaron esta caravana fueron dos: una consistió en la necesidad de mostrar al país lo que ocurría con los detractores del nuevo sistema. La otra, importó comunicar a la ciudadanía que los militares no continuaban siendo solamente aquellos ciudadanos serviciales que estaban listos cuando se les necesitaba ante terremotos, aludes u otras calamidades masivas. Ahora eran de temer y había que temerles.
Al poco tiempo comenzó a funcionar la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional), que mediante el secuestro y la tortura reprimió a los comunistas, miristas, socialistas y, en general, a todos los enemigos internos del país.
Entretanto, los familiares de los secuestrados recurrían de amparo ante las cortes de apelaciones del país para que éstos tribunales determinaran sus paraderos y cesara su privación ilegal de libertad, pero las cortes de apelaciones como también la Corte Suprema, en forma sistemática, rechazaron dichos recursos contribuyendo, con su lenidad, temor y obsecuencia, a la tortura, la muerte y desaparición forzada de miles de personas. Los agentes de la DINA allanaban las moradas para "detener" a los enemigos internos y trasladarlos a los diversos recintos de tortura y muerte. Hoy, los nombres de esos lugares son de público conocimiento: Villa Grimaldi, José Domingo Cañas, Londres 38, Venda Sexy, etcétera.
LOS DISTINTOS episodios que tiñeron de sangre al país y de luto eterno a muchas familias de los desaparecidos continuaron desarrollándose. Hoy se conocen dichos episodios porque se han instruido causas criminales respecto de ellos. Los más renombrados son: operación Cóndor, operación Colombo, villa Baviera, villa Grimaldi, Estadio Nacional, Moneda, Conferencia, Liquiñe, Chihuío , etcétera.
LOS CINCO primeros años de la dictadura fueron los más cruentos. Por ello, en abril de 1978, la junta militar dictó un decreto ley que cubría los crímenes de la dictadura; esto es, los dejaba en la impunidad. Los tribunales obedecieron esa norma, archivando todas las causas que se habían incoado en forma tímida respecto de aquellos ilícitos. Los gobernantes y sus colaboradores civiles ahora podían dedicarse a la redacción de una nueva Constitución y a una novedosa organización políticoeconómica del país y a crecer. El eslogan del momento era: Vamos bien, mañana, mejor . La DINA, con nuevas caras, cambió de nombre a CNI (Central Nacional de Informaciones).
El plebiscito que tuvo lugar el 5 de octubre de 1988 decidió el término de la dictadura. Posteriormente, en diciembre de 1989, resultó elegido presidente de la república el abogado democristiano Patricio Aylwin Azócar. Durante el gobierno de Aylwin, Pinochet continuó como comandante en jefe del Ejército. En 1997, durante el Gobierno de Aylwin, dejó este cargo enmanos del general Izurieta y juró como senador vitalicio de la república. Entonces, la secretaria general del partido comunista, Gladys Marín, interpuso una querella criminal contra Pinochet por el secuestro de su marido, Jorge Muñoz Poutays y otras seis víctimas. Luego continuaron otras causas por los crímenes perpetrados durante la dictadura. Dos años antes se había iniciado una causa criminal en su contra en España. Con motivo de ésta, al saber el juez español Baltasar Garzón que el general se encontraba en Londres, solicitó su extradición y libró contra él una orden de prisión que lo mantuvo preso durante un año y medio.
Al ser considerado inepto mental y psíquicamente por el ministro del Interior británico Jack Straw, recuperó su libertad para viajar a Chile, donde se levantó de su silla de ruedas para saludar triunfalmente a la concurrencia que lo fue a recibir al aeropuerto.
AL LLEGAR a Chile se solicitó su desafuero en la causa caravana de la muerte, desafuero que fue concedido primero por la corte de apelaciones de Santiago y posteriormente confirmado por la Corte Suprema. Este mismo tribunal, un tiempo después, sobreseyó definitivamente a Pinochet aduciendo su demencia. Una sala de la corte de apelaciones de Santiago, en el año 2005, sobreseyó definitivamente a Pinochet de sus cargos criminales en la denominada operación Cóndor , invocando las mismas razones del tribunal máximo.
Desde entonces se han acogido otros desafueros en su contra y dictado otros procesamientos. Pero, en definitiva, quedó impune. Solo ahora que ha muerto corresponderá a la historia juzgarlo. Lo importante de los juicios contra Pinochet es que mediante ellos se elucidó la verdad, pero el país continúa huérfano de justicia.
Juan Guzmán Tapia. Juez responsable de llevar a Pinochet ante los tribunales.
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11 Diciembre 2006
Unos pensamientos atraen a otros, como mantos de agua, y se empujan y se ensanchan o se encogen y se extienden sobre la arena de la razón para demostrarnos que estamos vivos, que nuestra existencia no es un mero pasar. Pensar es vivir. Dudar es avanzar. De esta manera, pienso ahora en la dictadura mundial de las finanzas como el impedimento mayor para un desarrollo digno del ser humano. Pienso hoy en el absoluto poder de ese capital que no tiene ideología y que ha perdido el sentido ético de la vida. Harto estoy de oír que la democracia es el sistema menos malo de todos los posibles, y aunque esta afirmación le supone ciertas insuficiencias o carencias a esta forma de gobierno, no esconde la intención de impedir de forma tajante un análisis sobre la conveniencia o no de otros sistemas ya inventados o por inventar, o de dificultar una simple reflexión sobre el concepto de democracia. La duda es el caldo de cultivo para el germen del conocimiento.
Ya hace décadas que el maestro de periodistas, Claude Julien, advirtió que a menudo la democracia se reduce a una técnica electoral que ofrece a los ciudadanos la ilusión de estar definiendo su destino cuando, en realidad, ellos saben que, a la hora de la verdad, no serán tenidos en cuenta. Los atenienses inventaron este término con el que querían expresar el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. La definición admite pocas explicaciones y enfrentándola a los hechos de la historia de los gobiernos que se han autodenominado democráticos o intentando ajustarla a los acontecimientos contemporáneos, salta a la vista (o a la razón) que o renombramos los actuales sistemas de gobierno o redefinimos el término democracia.
LA DEMOCRACIA es a menudo un recurso para la dialéctica vacía del poder financiero, un instrumento de dominio de ese poder, el cual (unido ineludiblemente al poder político) es incapaz de controlarse a sí mismo, de aparecer como exento de abusos y corrupción y, en definitiva, de mostrarse capaz de ejercer la justicia y reducir la desigualdad. Los eficaces, activos y omnipresentes canales de comunicación que sostienen y sirven al poder económico se han ocupado durante años en la tarea de procurar que en las mentes de los ciudadanos se asociaran de manera incuestionable y definitiva los términos democracia y capitalismo, esto es, sociedad libre y sociedad de consumo. A tal punto ha llegado esta viciada e intencionada asociación que la idea de libertad ya tiene más que ver con el consumo que con el pensamiento o la posibilidad de expresarlo. Hay una enfermedad muy actual que un psiquiatra, cuyo nombre ahora no recuerdo, definió como imbecilidad al cubo, la cual consiste en comprar lo que no se necesita con dinero que no se tiene para aparentar lo que no se es.
Los actuales sistemas se encargan de generar la convicción de que no vale la pena cambiar, de que el cambio supone inestabilidad, peligro, riesgo de quiebra; de que la forma en que ya tenemos lo que tenemos es la menos mala de las posibles, de que los defectos de la democracia son inevitables y consustanciales a la democracia misma. Quienes más y mejor han contribuido a pervertir y deformar la idea original de democracia han sido sin duda muchos de los políticos elegidos, porque se han dedicado a representar su propia megalomanía recitando las palabras vacías dictadas por el poder económico y suponiendo (creyendo adivinar) los pensamientos de unos electores que ellos ven como idiotizados, dignos de compasión y objeto de sus ( válgame Dios!) Capacidades mesiánicas. El egoísmo de los políticos y su afán de poder han corrompido nuestra esperanza y, lejos de servirnos, se han dedicado a servirse e instalarse en las redes de ese capitalismo despiadado para quien el tamaño de la plusvalía justifica todas las actuaciones. Políticos (y corporaciones enteras) se han vuelto locos con la alucinógena peste de las plusvalías. La plusvalía es el Dios.
La democracia exige transparencia para que el pueblo conozca cada una de las actuaciones que sus representantes realizan en su nombre, exige información para que los votantes sepan qué y a quién votan, exige libertad en la decisión (algo que no existe mientras se tenga que votar a gente que no se conoce, a personas que van en unas listas impuestas por unas siglas que las cierran y blindan para asegurarse un control incompatible con la democracia), exige representatividad y no manipulaciones de los resultados con leyes matemáticas que impiden la representación directa.
LOS SISTEMAS comunistas dejaron constancia de su incapacidad para hacer compatible el espíritu de la igualdad y la justicia con sus fórmulas de represión, imposición y deshumanizada burocracia. Los sistemas capitalistas, al convertir el tiempo de ocio en tiempo de consumo, al considerar a las personas como arcilla moldeable en sus manos ávidas de plusvalías, al determinar y definir un mundo de falsa satisfacción utilizando la permanente mentira publicitaria y al ignorar hasta el abandono ignominioso a aquellos que no poseen recursos para la compra, el capitalismo, digo, también ha demostrado con creces su incompatibilidad con una sociedad que practique el auténtico espíritu democrático. Quizá la democracia no sea un sistema de gobierno, sino un camino aún sin arreglar, una vereda todavía cubierta de muchas y espinosas malezas, una vía incompatible con sistemas que favorezcan la represión, la deshumanización y el pensamiento dirigido y único.
La democracia se ha impuesto como palabra, pero no como valor de referencia. Dudemos para avanzar.
Fulgencio Argüelles. Psicólogo y escritor.
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