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Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

Categoría: La Voz de Galicia

25 Diciembre 2006

Ni un minuto más, de Anxo Guerreiro en La Voz de Galicia

PARA VALORAR la acción de un Gobierno es obligado recurrir a resultados tangibles, medibles. La tasa de paro o la de temporalidad, la eficiencia de los sistemas educativo y sanitario o la evolución del peso relativo en infraestructuras, tecnologías o investigación son, entre otros, datos imprescindibles para medir la eficacia de un Gobierno. Y esa será también la vara medir que se empleará a partir de ahora para evaluar al nuevo Gobierno de Galicia.

Existen, sin embargo, otros aspectos de la acción pública, que no son medibles por estadísticas o indicadores, cuya importancia es asimismo capital para la buena marcha de un país. Son los que tienen que ver con la evolución democrática.

En los últimos años del fraguismo se produjo un profundo y premeditado deterioro de la democracia parlamentaria. El simulacro de debate presupuestario, el ninguneo a la oposición y el funcionamiento burocrático y desactualizado del Parlamento convirtieron a éste en una institución subalterna e irrelevante para la opinión pública. Igualmente nefasto fue el intento de Fraga de ejercer el control del aparato ideológico. La política cultural y mediática del fraguismo persiguió siempre un objetivo invariable: el gobierno de las ideas y de los valores con el fin de perpetuarse en el poder. La expresión más acabada de ese modelo se encuentra en su domino de los medios de comunicación. La RTVG y los demás medios de obediencia gubernamental funcionaron como un disciplinado ejército dedicado a destilar el discurso clónico que interesaba al Gobierno y a castigar a la oposición con el ostracismo.

El resultado de todo ello fue desolador: una gigantesca red clientelar sostenida con fondos públicos y un dominio de las instituciones públicas y privadas con el fin de situar a la Xunta y a su presidente a salvo de la crítica y del control de la sociedad.

Por eso no se entiende que el nuevo Gobierno en vez de desmantelar la onerosa herencia del fraguismo mantenga prácticamente incólume esa auténtica administración paralela que, con razón, tanto criticó cuando era oposición. Por eso no es explicable que la Xunta siga utilizando la publicidad institucional de forma grosera, con fines exclusivamente propagandísticos, en lugar de reducirla a la exigencia de servicio público. Por eso el Gobierno debe modificar de forma radical su relación con la sociedad, activar todos los mecanismos de control del poder, revitalizar el funcionamiento de las instituciones democráticas, en primer lugar del Parlamento, y demostrar que la RG y la TVG han dejado de ser instrumentos gubernamentales para transformarse, por fin, en medios de comunicación públicos, tal como desean sus profesionales y demanda la opinión pública.

Se trata, ni más ni menos, de poner en práctica el programa de regeneración democrática que el PSdeG y el BNG enarbolaron como seña de identidad en la pasada campaña electoral.

Y no existe justificación alguna para dilatar ni un solo minuto más el cumplimiento de lo que fue un solemne compromiso con los ciudadanos.

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25 Diciembre 2006

El cuento de la lechera y el cántaro de la paz, de Roberto L. Blanco Valdés en La Voz de Galicia

TRAS MUCHOS MESES de contactos indirectos con ETA y Batasuna, Zapatero llegó un día a la conclusión de que los terroristas habían decidido disolverse a cambio de un buen trato para sus presos y fugados.

El presidente del Gobierno hizo entonces aprobar una moción en el Congreso -la del 17 de mayo del año 2005- que transparentaba sus planes para lo que llamó «un final dialogado de la violencia terrorista». ETA anunciaría la irreversibilidad de la tregua permanente y Batasuna, libre de su tutela, pasaría a legalizarse por la ventanilla del Ministerio de Interior. Cumplida esa indispensable condición -el final del terrorismo-, el Gobierno y ETA hablarían del futuro de los terroristas y los partidos vascos negociarían un nuevo Estatuto que no podría presentarse como fruto del chantaje, pues ETA habría ya desaparecido para nunca más volver.

Aunque, desde el principio, Zapatero proclamó que el proceso sería largo, duro y difícil, la alegría de su rostro y el desparpajo con el que decidió, sin dudarlo ni un minuto, prescindir del apoyo del PP, traicionaban sus palabras e indicaban bien a las claras que el líder del PSOE estaba convencido de que la victoria sobre ETA estaba hecha y de que, en tal situación, nada ganaba regalando al adversario parte de un éxito cantado.

Obviamente, el Gobierno construyó un discurso que resultaba coherente con sus planes: no se hablaría con ETA mientras no proclamase su decisión de abandonar, la política vendría después del final de la violencia y para hacerla sería necesario cumplir con las exigencias de las leyes.

Ahora sabemos que el Gobierno erró en sus presunciones de partida -quizá por el optimismo antropológico de su presidente-, pues nada ha salido como se había planeado: ETA no ha abandonado la violencia, sino que la patrocina y se rearma; Batasuna no se ha legalizado, ni se ha desvinculado de ETA, ni ha condenado ni un solo acto de violencia callejera; y ambas, que son la misma cosa, han dejado claro que toda negociación pasa por discutir de la anexión de Navarra y la autodeterminación, es decir, de lo de siempre.

Esa situación ha llevado al Gobierno no sólo a violentar sin rubor todos sus planes -se está hablando con ETA sin un anuncio de abandono irreversible, se está hablando de política antes del final de la violencia y se planea, al parecer, legalizar a Batasuna sin que rompa con ETA o sin que ETA se disuelva- sino a hacerlo manteniendo el mismo discurso que planeó cuando creyó estar en condiciones de cumplirlo. Lo primero supone una violación de lo acordado en el Congreso. Lo segundo, una deliberada decisión de engañar a la ciudadanía.

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25 Diciembre 2006

Sí, es Navidad, de José Luis Meilán Gil en La Voz de Galicia

PUEDE parecer sorprendente que haya de reafirmarse en estos días que es Navidad. Aunque no sea más que por hechos externos tan evidentes como la iluminación en calles y las vacaciones escolares, nadie dudaría que nos encontramos ante una fiesta. Sucede que empiezan a escucharse algunas voces de que, en aras del multiculturalismo, habría que ocultar el auténtico sentido de lo que se festeja en este occidente en que vivimos.

Ante la Navidad pueden adoptarse diferentes actitudes. Charles Dickens, que tan excelentes relatos nos dejó de la miseria industrial del Londres del siglo XIX, escribió un delicioso cuento, Canción de Navidad, popularizado por el cine. Allí se describe una de esas actitudes, en la figura de Scrooge, un viejo avaro y gruñón. Las Navidades son unas pamplinas. Es la repuesta desabrida a la felicitación de su pobre sobrino. Afortunadamente la historieta termina bien y el malhumorado tío descubrirá el sentido de la fiesta en la comida familiar de su sobrino.

La fiesta es la conmemoración de un hecho histórico trascendente que está en el centro del cristianismo. Marca una divisoria del tiempo, con un antes y un después, tal como seguimos contando. Celebrarla es una actitud coherente de los creyentes. Pero, cualquiera que sea la profundidad de la creencia, lo que se conmemora tiene una dimensión que rebasa lo puramente interno.

El deseo de felicidad que nos manifestamos hace aflorar los mejores sentimientos que anidan siempre en toda persona. Es ocasión para la reunión de las familias, incluido el recuerdo en el silencio interior para los que, esta vez, no están. La soledad estalla cuando el vínculo familiar falla o no existe. Quizá la niñez aletea por un momento en la edad madura. También los mayores necesitan algún descanso del espíritu en una vida que ofrece a diario un perfil de dureza.

Son todos buenos los sentimientos que suscita el misterio de Belén. Y los necesitamos porque somos humanos. Allí la indefensión de una criatura, que la fe revela además que es el creador del universo, clama sin palabras a rechazar prepotencias y no erigir al consumismo occidental en un nuevo dios. Es clamor de solidaridad.

Nocivo es privar de sus raíces a la comunidad. El desarraigo empobrece. El sol de medianoche, de lo que llamamos tradicionalmente Nochebuena, puede percibirse desde la creencia. Pero también su luz, que reverbera en las tinieblas de la historia, alcanza a quienes desde otras culturas admiten la trascendencia o no la niegan. Más que disimular u ocultar la Navidad, sería más razonable indagar por qué en estos días nos felicitamos.

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25 Diciembre 2006

La ONU estrena secretario general, de Inocencio F. Arias en La Voz de Galicia

TODO LLEGA. Ya no veremos a Kofi Annan de apagafuegos mundial. Cumple diez años en el timón, dos mandatos, y estos días ha jurado el cargo su sucesor, el coreano, menos carismático, Ban Ki Moon.

Annan sale con balance positivo; en su discurso de despedida en la asamblea recibió una clamorosa ovación, aunque también hay alguna sombra en su labor como machaconamente repite la derecha de Estados Unidos y curiosamente un puñado de políticos de África de donde él -es ghanés- procede.

Una regla no escrita de la ONU establece una rotación geográfica en la Secretaría General -lo que habría dejado en la cuneta, aparte de dificultades idiomáticas, la muy hipotética candidatura de los dos presidentes anteriores de nuestro Gobierno- y el turno era ahora de Asia. Esto posibilitó la elección de Ban Ki Moon, que competía con otros asiáticos. El coreano no deslumbra por el momento pero tenía sus cualidades: componedor, negociador, cae bien, ex embajador en la ONU, ex presidente de la Asamblea General y, además, había hecho cuidadosamente los deberes. Luego, claro está, quedaba lo importante. No caerle mal a ninguno de los cinco países -Estados Unidos, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia- que siguen conservando el insólito e increíble poder de vetar a un candidato que no les guste. Lograda la bendición de los grandes en el consejo, donde dejó rezagados a sus competidores, el voto en la asamblea era pan comido.

La Carta de la ONU otorga un muy reducido poder al secretario general, al que define modestamente como principal jefe administrativo. Los vencedores de la II Guerra Mundial, que redactaron la Carta, no preveían un mundo muy agitado, craso error, y, sobre todo, no querían soltar las riendas de la ONU. Querían que los gobiernos, y más especialmente ellos, mandasen. No un alto ejecutivo.

El puesto, con todo, por su enorme visibilidad, aun con un margen de maniobra reducido, posee una considerable estatura moral y ha resultado evidente que en función de quien lo ocupe lo reviste de autoridad o lo opaca.

Ban Ki Moon no lo tiene fácil. El mundo sigue alimentando conflictos que se arrastran: Oriente Medio, el clamorosamente ignorado de Darfur y contenciosos como los de Irán, Corea del Norte... En su discurso, al jurar, ha prometido involucrarse personalmente en varios de ellos («el sufrimiento de la gente de Darfur es simplemente inaceptable») y abordado detalladamente la necesidad de reforma de la ONU. Conocedor del desprestigio de la organización, ha afirmado que es hora de tratar de devolverle la confianza perdida por escándalos y mala administración y que él dará ejemplo para elevar el comportamiento ético de sus funcionarios. Lo que no deja de ser una clara puya a Annan.

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23 Diciembre 2006

Un tono mucho más moderado, de Fernando Ónega en La Voz de Galicia

EL RESULTADO de la reunión Zapatero-Rajoy es como el del chiste: depende de con qué la comparemos. Si la referencia es lo esperado -discrepancia absoluta-, se dulcificaron los tonos: Rajoy no estuvo tan radical en la forma, aunque haya mantenido los puntos de discrepancia. Si la referencia es lo deseado -un acuerdo-, es evidente que no lo hubo. Pero, si somos realistas y nos atenemos a lo que era posible, el encuentro no ha sido el peor, ni mucho menos. Rajoy no dijo esas cosas que le gustan de sentirse engañado o decepcionado. No le exigió a Zapatero el retorno al Pacto por las Libertades. No rompió más lo que estaba roto. Sólo consideró «genérica» la información que le dio el presidente.

Estas consideraciones conducen a un balance más positivo del que, francamente, pensaba hacer. Aunque Rajoy haya mantenido todas las discrepancias, se puede afirmar que ha mostrado un tono más moderado del que suele lucir en las sesiones de control. En cuanto al fondo, sus objeciones son irrefutables: no se puede permitir un partido ilegal en unas elecciones; no se debe incluir en una mesa de partidos a una formación terrorista; no se pueden pactar reformas políticas con una banda armada. Es más discutible, en cambio, la crítica al fiscal general del Estado.

Pero después apareció Fernández de la Vega y dijo prácticamente lo mismo: que no se hace ni se hará nada fuera de la ley. En consecuencia, las premisas que establece Rajoy son «ficticias». ¿Cómo se explica que, partiendo de los mismos principios de legalidad, exista tal discrepancia? Mi tesis es que Rajoy representó ayer la contundencia. Busca, y lo dijo, la certidumbre inmediata, como si se pudiera encontrar al comienzo de una negociación. Zapatero representa la ductilidad. Sabe que no podrá salirse del marco legal, pero agota las posibilidades, hasta rozar lo ilícito, pero sin traspasarlo, para no espantar de entrada al interlocutor etarra.

Esa es mi visión de las posiciones que se confrontaron en La Moncloa. Un periodista le preguntó al señor Rajoy si le reunión había servido para algo. Rajoy respondió que había servido para que el presidente le informara y él le pudiera dar su opinión. ¿Me creerán ustedes si les digo que yo me conformo? Pues sí: me conformo. Y casi me parece un éxito. El fracaso permanente es que el jefe de la oposición tenga que enterarse por la prensa. Y ese fracaso se busca cuando la relación entre ambos líderes se limita a los discursos de exaltación y reproche. Si el encuentro ha servido, al menos, para cambiar esos comportamientos, valió la pena. Porque aquí no se trata de que Zapatero o Rajoy se rindan. Se trata de que el debate no se base en la falsedad.

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23 Diciembre 2006

La buena voluntad, de Xosé Luís Barreiro Rivas en La Voz de Galicia

LA SEÑORA Fernández de la Vega ha comparecido ante los medios de comunicación para asombrar con su personalidad a los que no piensan en nada ni reflexionan sobre lo que dice, y para confundir de forma absoluta a los que intentan entender sus mensajes y obrar en consecuencia. Porque lo que dijo la vicepresidenta es que todas las condiciones que pone Rajoy sobre la cuestión vasca se están cumpliendo a rajatabla, y que no es necesario que repita sus exigencias como si fuese un papagayo. Y eso equivale a decir, sensu contrario, que el resto del Gobierno miente, y que no se está haciendo nada que pueda llevarnos a una paz dialogada.

Lo que intuye una gran mayoría de españoles es que la vicepresidenta va de farol -¡gracias a Dios!-, y que el diálogo avanza por cauces de esperanza. Y lo que insinúa Rubalcaba es que se están explorando formas legales para integrar a Batasuna en la política vasca y para rebajar la tensión que amenaza el proceso de paz. Pero lo que vino a decir doña María Teresa es que nada de eso sería lícito, que la razón legal está de parte de Rajoy, y que esa es la única hoja de ruta que contempla el Gobierno. Por eso hay muchos ciudadanos que empiezan a creer que la actitud más moral y confesable es la del PP, que la única posición patriótica es el inmovilismo teorizado por la FAES, y que el Gobierno tiene la obligación de garantizarnos el meollo ideológico que fundamenta la ley de partidos y el inmovilismo político que hemos heredado del pacto antiterrorista.

La verdad es que ni Rajoy ni Otegi aceptan la línea discursiva de la vicepresidenta, y que ambos interpretan los mensajes del Gobierno en clave de cambio radical de la política antiterrorista. El PP cree, además, que Zapatero mueve fichas a diario, aunque Batasuna entienda que el Gobierno está preso de una gran contradicción entre lo que propone y lo que dispone. Y por eso se hace inevitable esta sensación de zozobra que impregna el proceso, con uno que exige lo que ya se está haciendo, otro que no reconoce lo que de verdad impulsa, y una opinión pública que se mueve según le cuadra entre la sensación de claudicación o de inmovilismo.

Mis amigos del PSOE son casi todos leibnizianos , y están convencidos de que este batiburrillo está genialmente diseñado para que cuadre -¡hale hop!- en el último minuto. Y mis amigos del PP están convencidos de que vamos en una diligencia con caballos desbocados, y que sólo falta el pedrusco que rompa la rueda y nos mande al carajo. En Batasuna no sé lo que piensan. Pero yo estoy convencido de que la paz deseada depende más de las circunstancias y de la providencia que de los políticos. Y eso, como es obvio, pone los pelos de punta.

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23 Diciembre 2006

Desmemoria histórica, de Carlos G. Reigosa en La Voz de Galicia

NADA SIMBOLIZA mejor nuestra desmemoria que la propia historia, como demuestran las interminables revisiones que de ella se hacen continuamente. De hecho, a pesar de que todos los hombres somos históricos (Carlyle díxit), la historia no habla de todos nosotros ni es seguro que contenga la verdad sobre aquéllos de los que habla. Por ello quizá es una grandísima verdad que la historia es el peor cuento del mundo. Y lo malo y más olvidado, como bien ironizó Chesterton, es que «esa novela llamada historia» ni siquiera está acabada. Es decir, que seguirá siendo reelaborada por los siglos de los siglos, sin que nunca el hombre pueda escribir el capítulo final.

Esto viene a cuento de la ley para la reparación moral de las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura (la llamada Ley de Memoria Histórica), que tanta polvareda y contradicción ha levantado. Estoy de acuerdo con quienes sostienen que todo esto se hace tarde y mal, pero no lo estoy con quienes afirman que es algo inoportuno. Lo oportuno sería que la tragedia no hubiese ocurrido, pero, una vez que aconteció y ya es historia, nunca puede ser inoportuno pretender «saldar una deuda, la de la injusticia; una deuda con las personas que sufrieron violencia y persecución injustas», como bien dijo la vicepresidenta Fernández de la Vega.

La teoría del olvido tuvo su momento y su argumento, pero nada garantizaba su perdurabilidad. Una nueva generación de nietos quiere recuperar la memoria de sus antepasados y restituir la dignidad a aquéllos que fueron desposeídos brutal y absurdamente de sus vidas y haciendas. Hay demasiado aspaviento en quienes se horrorizan por ello. El miedo a la verdad no es buen consejero, ni es prudente rehuir la mirada del pasado. Ignoro qué temen los que temen. La realidad irreversible de lo que ocurrió no va a cambiar. Los muertos seguirán muertos. Sólo la percepción -la memoria- se alterará, y será a favor de las víctimas. ¡Como tiene que ser! Y la historia seguirá con sus revisiones, nos guste o no nos guste, porque en eso radica su esencia.

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23 Diciembre 2006

Sólo les faltaban los toros, de Fernando Ónega en La Voz de Galicia

LAS COPAS de Navidad también las carga el diablo. Y este año cargó de forma especial las de la ministra Cristina Narbona, titular de Medio Ambiente. En una de esas celebraciones festivas donde uno pierde la conciencia del peligro de hablar con la prensa, la señora ministra hizo su gran confesión: desea que los toros no mueran en la plaza y trabajará para que el programa electoral del PSOE incorpore esa reforma en la fiesta nacional . Hay mucha gente que piensa así, e incluso de forma más radical. No faltan fuerzas políticas, como Esquerra Republicana, que han propuesto prohibir los toros como espectáculo. La señora Narbona, por lo visto, conecta con ellas. Habla y negocia tanto con los grupos ecologistas que han terminado por contagiarla. Lo peligroso es que doña Cristina tiene mucho poder. Si se lo propone, podremos ver el triunfo de su iniciativa.

Hay que reconocer que este Gobierno es una fábrica de ideas reformistas. Está dispuesto a reformar todo lo que se mueve. Sale a reforma por mes y cargo público. Nadie puede negar su capacidad imaginativa. Es como si el presidente hubiera convocado una tormenta de ideas en el Consejo de Ministros, a ver quién hace más sugerencias para darle la vuelta a este país como un calcetín. Metidos en esa tormenta de cerebros, han llegado a lo que más define la España tradicional: el espectáculo taurino. Eso de que el toro no muera en la plaza no se le había ocurrido a ningún otro equipo de gobierno monárquico, republicano, socialista, liberal, franquista o de Primo de Rivera. Están que se salen en productividad reformista.

Hecha esta alabanza a la creatividad, anotemos lo singular: ha tenido que ser José Blanco, socialista de Lugo, donde no hay plaza de toros ni se la espera, quien se vio obligado a proclamarse defensor del espectáculo como está. Un gallego se convierte en referente de la afición taurina, como si fuese un descendiente del legendario Celita. Otro ingrediente para el debate nacional: muy ilustres cabezas del socialismo español no se enfrentarán por el modelo económico, ni de Estado, ni nada de eso. Se enfrentarán -han empezado a enfrentarse- por el lugar donde deben morir los toros. Esa es la clave de todos nuestros problemas.

Este cronista no ha pisado una plaza de toros más que para asistir a conciertos. Cree que en todas las corridas hay tanta saña con el animal como valentía y arte en el torero. Pero entiende que hay mucho pueblo detrás. Y mucha economía. Y sentimientos que resultan intocables. Y que no hay ninguna demanda social seria de demonizar ese espectáculo. Abrir ese debate puede ser una forma de pasar a la historia. Pero también de pasar como una fuerza política con instintos suicidas.

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Lector de artículos de opinión, sobre política y economía, que cree que este mundo podría tener arreglo si dialogásemos más

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