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Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

Categoría: Página 12

1 Enero 2007

La hora de Cámpora, de José Pablo Feinmann en Página 12

Los acontecimientos que todos conocen relegaron a un lugar de insignificación un hecho que merece trascender. Su protagonista es un buen tipo. Vamos a decirlo primero así, como lo decimos en la Argentina, donde les decimos buenos tipos a los tipos que, en efecto, son buenas personas, no traicionan, saben ser amigos, no roban, son puros, tienen una moral y no sólo la tienen sino que la practican. De esos tipos, pocos. Con los dedos de la mano alcanza para numerarlos. A los buenos tipos además –sin solemnidad, sólo con gran respeto– les decimos “hombres buenos”. “Hombres dignos.” Y, sin demasiado esfuerzo, los queremos, se nos hace fácil quererlos. Facilidad que ellos hacen posible. Estoy hablando de Héctor Cámpora.

El jueves 28 de diciembre, en el Salón Blanco de la Casa Rosada, el hijo y los nietos de Héctor Cámpora le entregaron al presidente Kirchner el bastón y la banda presidencial que fueran de su padre, de su abuelo. Uno no va a muchos lados. Uno, cada vez más, es de salir poco. Hay mucho que hacer, ya no somos jóvenes y la obra está sin terminar. Sabemos que nunca vamos a escribir nuestro mejor libro, pero lo seguimos intentando. Sin embargo, si se trata de recordarlo a Cámpora, uno está ahí. Sabe por qué. Uno dice “Cámpora” y piensa en la primavera. Muy pocos pueden convocar algo tan florido, la mejor estación del año, los pibes en los parques, los pájaros y el amor a todo trapo. Porque la Primavera de Praga es de Praga, pero no es de ningún tipo. En cambio, la Primavera Camporista es de Cámpora, lleva su nombre. ¿Qué es políticamente una primavera? Es un raro momento de la Historia en que creemos que en el futuro espera la felicidad, tal como la sentimos en el presente y aún mejor. Un momento en que la Historia parece, para siempre, nuestra. Tan nuestra que nadie nos la podrá quitar. Durante la Primavera tenemos una visión lineal de la Historia: la Historia avanza, incontenible, en la dirección de nuestros deseos. Más aún: la Historia existe para que, en ella, se realicen nuestros sueños. Eso fue la Primavera Camporista. Duró poco. Fue un romance juvenil y todos sabemos que los romances juveniles son intensos, locos, pero breves. (Años después hubo otra primavera: la de Alfonsín y el Juicio a las Juntas. Pero terminó mal, negándose, y el abogado de Chascomús se deshilachó sin remedio y por su propia mano.)

Cámpora no parecía destinado a ser un revolucionario. (Porque esto, objetivamente, terminó por ser.) Durante el primer peronismo, ese que pinta Santoro con los colores de un Paraíso Perdido, Cámpora era un simple dentista, un hombre de San Andrés de Giles que arrimó un bochín al corazón del Poder. Era obsecuente, y era feliz con la obsecuencia. Quería tanto a Perón y a Evita que no hacía otra cosa sino lo que le decían. Hay una anécdota (seguramente falsa: tiene un tufillo indisimulable de sorna y desdén oligárquico, pero es ingeniosa) que lo muestra siguiéndola a Evita, siempre apurada, siempre afiebrada por la acción, y Cámpora, fiel, detrás de ella y ella, de pronto, le pregunta: “Che, Camporita, ¿qué hora es?”. Y Cámpora dice: “La que usted quiera, señora”. Divertida la anécdota, pero como dije: falsa. Es inimaginable que una mujer como Evita no tuviera un reloj. Y caro.

Pasan los años y Cámpora pasa a ser el delegado de Perón, que está en Madrid, exiliado. Y aquí empieza a pasarle algo raro. Empieza a conocer a los pibes de la izquierda peronista. Se lleva bien con ellos. Los pibes le dicen “Tío”. Y a Cámpora le gusta: ¡ser el Tío de todos esos muchachos ruidosos, quilomberos y, algunos de ellos, amigos de los fierros! A los fierreros Perón les dice: “formaciones especiales”. Era la forma de integrarlos. Perón integraba todo, todo le servía, lo bueno, lo malo, lo infame. Se creía el gran ajedrecista de la Historia, el Mago que podría conjurar todos los infiernos de un país en llamas. Cámpora sale elegido para ser Presidente. Perón está proscripto, ¿quién, entonces, sino Cámpora, el fiel, el leal Camporita para tomar su lugar? El 11 de marzo de 1973 gana cómodo. Le hacen, a la noche, un reportaje en la TV y dice: “¡Basta de golpear a nuestros muchachos!”. Le habían dicho que la policía golpeaba a los militantes que festejaban el triunfo. Tiene a su lado, como compañero de fórmula, a un conservador, Solano Lima, también sobrepasado por los hechos. Otro buen tipo. El 25 de mayo asume. La plaza es una fiesta sin límites. Vienen Allende y Dorticós. Oigan, no es una fiesta del populismo. Y si no, digan que Allende y Dorticós eran populistas. Es la jornada más triunfal de la izquierda revolucionaria en la Argentina. Cámpora dicta la ley de amnistía y todos los presos salen a la calle, a festejar, a vivir la primavera. Allende, por televisión, dice: “¿Cómo no le habrá de ir bien a este gobierno? Vean ustedes el apoyo de masas que tiene”. Le faltaban tres meses para caer. A Cámpora, 45 días. Restablece relaciones con Vietnam del Norte. Dice un discurso combativo desde el balcón de la Rosada. Luego intenta gobernar. Perón lo llama a Madrid. (Esto no sé si es antes o después de asumir: hay que preguntarle a Bonasso, que lo quiso, como todos, mucho.) Perón, duro y fiero, le reprocha sus vínculos con la JP. Cámpora, rebelde, ya no obsecuente, le dice: “Usted pensará como quiera, general. Pero si yo soy Presidente es por usted y por la Juventud Peronista”. La Historia, que es azarosa, laberíntica, lo había puesto en el lugar del revolucionario. Las masas juveniles estaban con él. Los militares, al acecho, ya tienen su nombre en la peor de las listas, la de los que deben morir. Vuelve Perón, estalla lo de Ezeiza y en pocos días más, entre los sindicatos, Osinde, López Rega y el general Perón al frente de este comando fascista, de estos héroes de la “etapa dogmática”, del giro a la derecha, de la negociación con los milicos o, mejor dicho, de la claudicación ante un Ejército que exigía normalidad, basta de tomas de fábricas, basta de ese petardista de Galimberti proponiendo milicias populares, basta de primaveras imprudentes, subversivas, lo tiran al Tío por la ventana, sin asco ni respeto.

Murió exiliado en la embajada de México. Llevaba años ahí. Si Videla lo agarraba lo hacía desollar vivo y en su presencia, para gozar. Murió de un cáncer que no pudo atenderse adecuadamente: una embajada no es un lugar para curar un cáncer ni, peor aún, para amenguar su dolor. Los milicos lo odiaban como a uno de sus peores enemigos: esto lo honra. “Fue un hombre digno”, dijo Kirchner al recibir los atributos que el hijo y los nietos le entregaron. “Che, Camporita, ¿qué hora es?” Es la suya, querido Tío. La hora en que lo recordamos como lo que usted fue. Algo insólito, extraordinario: un hombre bueno. Llevamos su primavera en el corazón. La llevamos, entre otras cosas, porque nunca más tuvimos otra. Pero todavía estamos aquí, y esperamos.

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29 Diciembre 2006

Narcoejércitos, de Horacio Verbitsky en Página 12

El gobierno de la provincia de Buenos Aires se propone conseguir hoy la sanción de una ley de agencias de seguridad privada que en el mejor de los casos permitirá la equiparación de los sistemas público y privado de seguridad y en el peor el establecimiento de verdaderos narcoejércitos. El sistema que se pretende aprobar a la disparada suprime restricciones al origen de los capitales y límites al número de efectivos y privilegia la sociedad anónima o la sociedad de responsabilidad limitada como forma societaria, lo cual oscurecerá la propiedad y disminuirá el control.

La autoridad de aplicación será un directorio de cuatro integrantes con diez años de estabilidad, es decir hasta dentro de dos o tres gobernadores. La difusión oficial presentó la ley como un mecanismo de control de patovicas, luego del asesinato de un adolescente en una discoteca de Lanús, y de habilitación de guardias vecinales desarmados. Sin embargo, suprime la exigencia actual de que los patovicas lleven uniforme y no porten armas.

Desde hace años se afirma la sospecha de que empresas de seguridad privada extranjeras, vinculadas con los servicios de informaciones de sus respectivos países, además de vender protección e inteligencia empresarial, realizan inteligencia política. El año pasado la estadounidense Kroll fue acusada de espiar a dos ministros del Brasil y en la Argentina el escribano Raúl Juan Pedro Moneta usó esos servicios para denigrar a quienes cuestionaban su estilo de hacer negocios. Así se abre la puerta también al modelo colombiano, brasileño o mexicano de los narcoejércitos.

El proyecto autoriza a las empresas de seguridad privada a fabricar su propio material, a instalar dispositivos electrónicos y transmitir señales, aunque formalmente siga prohibida la intercepción de comunicaciones. El gobierno sólo contaba el año pasado con quince personas para controlar a cerca de 800 agencias con 45 mil hombres. Aún así encontró irregularidades en el 94 por ciento de las que inspeccionó, con sofisticados armamentos y equipos de comunicación sin declarar.

Sumada a la reforma procesal penal que también podría tratarse hoy, esta ley constituiría el más grave retroceso en cuestiones de seguridad, justicia y derechos humanos desde la gestión del ex gobernador Carlos Rückauf y sus inolvidables ministros Jorge Casanovas, Aldo Rico y Ramón Orestes Verón. Esto hace injustificable el vertiginoso trámite que le imprimió el gobierno, con el propósito de evitar cualquier debate, sobre un tema que afectará la vida y la libertad de las personas.

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27 Diciembre 2006

Orfandades, de Sandra Russo en Página 12

El huérfano en mi infancia era un personaje de Dickens, alguien de otro siglo. Un niño o niña como yo, pero despeinados, vestidos con el tweed roído de un abrigo que no alcanzaba nunca para quitarles el frío. Estaban solos en las calles, o eran rehenes de algún maldito. Tomaban sopas inmundas y soportaban todo tipo de humillaciones. El huérfano era un personaje literario, aunque me acuerdo de Wolf, un compañero de la primaria. No tenía madre. Se había muerto cuando él era muy chico. Todos lo sabíamos pero no se hablaba de eso. Wolf era más bien introvertido, raro, nerd, pero aun así todos le dedicábamos un poco más de la cordialidad que hubiese merecido teniendo madre.

Cuando uno atraviesa muchos años después el golpe de ser huérfano en serio, no entiende lo que pasa. Primero no lo entiende. Hay que procesar la información y esperar a que surja alguna explicación razonable a esta ley de la vida para la que uno jamás está preparado.

Verlos envejecer. Verlos volverse más pequeños. Verlos vacilar, olvidar, recordar. Se vacila, se olvida y se recuerda de una forma distinta cuando llega la vejez. Todos ellos, nuestros padres, están un poco locos. La vejez, ¿será una forma de locura o libertad? Uno los escucha decir cosas que años atrás no hubiesen dicho nunca. Uno los ve exagerarse a sí mismos, ser ellos mismos pero mucho más, los ve concentrarse como esponjas de personalidades que de pronto sueltan todo lo que contienen. Eso altera.

Y altera saber que los estamos acompañando. En ese camino que va en una sola dirección. Qué tema para las fiestas, ¿no? De ninguna manera: son estos temas, estos laberintos, los que afloran en estos días, bañados por esa tontina del shopping y la ilusión.

La ilusión es propiedad privada de los niños. Son ellos los únicos que son enteramente capaces de tenerla. Precisamente, porque como yo cuando era niña, creen que la orfandad es lo que le pasa a ese personaje de Dickens que tiembla porque está durmiendo en la calle y acaba de llover, y su abrigo de tweed roído se ha mojado, y entonces ni siquiera su vestuario de huérfano le sirve: un huérfano es alguien sin aliados.

Los padres, en forma real o fantasmática, son quienes nos han presentado el mundo. Nos recibieron y nos dijeron ¿ves? Esto está muy bien, esto está muy mal, esto no lo harás jamás, esto no puede dejar de hacerse. Nuestra propia vida fue un largo intento de separar sus palabras de nuestras emociones y nuestros sentimientos. Los hemos amado y los hemos odiado, como corresponde. Pero han sido el parámetro invisible que marcaba nuestra estatura.

Cuando se dice que en estas fiestas uno se acuerda de los que no están, no necesariamente, pero en muchos casos los que no están, o no estarán, o no se sabe si volverán a estar, son los padres.

Y esto que pasa tanto y que le pasa a tanta gente mayor de cuarenta años, no se habla. No se habla en los medios de comunicación, no se habla entre amigos, no se habla con los padres. Y me pregunto si uno no llegaría más entero a esta instancia si este pasaje vital cobrara cuerpo, se compartiera, se visibilizara. Me pregunto si no nos ayudaríamos más, padres e hijos, hablando sobre el dolor, el fastidio, la rabia, la desesperación, la garúa de tristeza que ocasiona estar a cargo de los padres.

Y permitiría también que circule la certeza de que uno puede sobreponerse, y puede cosas que no sabe que puede.

Ese personaje de Dickens un día fui yo. No tengo el abrigo de tweed gastado, pero la orfandad me llevó directamente a la pregunta central de David Copperfield: “¿Seré yo el protagonista de mi propia historia, o le estará reservado a algún otro ese destino?”.

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23 Diciembre 2006

El falo de cristal, de Sandra Russo en Página 12

Ella es muy joven, bella, ingeniosa. Está por terminar letras, pero eso no le alcanza: hace cursos de filosofía y en sus ratos libres practica acrobacia y hace tai chi. Además lee bastante. Puede ponerse a defender, completamente borracha, la vigencia de Spinoza o de Henry James. Siempre que la veo está vestida como una muñequita de torta palermitana, como una falsa ingenua, porque de ingenua, Lila no tiene nada.

Pero con los hombres, Lila disimula. En los últimos tiempos empezó a disimular cada vez más. El otro día la vi, y estaba contenta porque por fin está saliendo con alguien. Lo único que venía encontrando eran los toco y me voy, escenas de fin de fiesta en las que los que quedan salvan algo del naufragio de la noche, pero a conciencia de que no se está empezando nada ni se está en la obligación moral, siquiera, de preparar un desayuno a la mañana. Relaciones sin importancia, repite Lila, que es lo que se lleva. ¿Por qué los pibes de ahora, a diferencia de los pibes de siempre, buscan aquello que no tenga importancia, aquello que les asegure que nada será sometido a movimiento, que nada de sus vidas abúlicas será alterado? Lila no lo sabe, pero actúa en consecuencia, y entre amigas lo confiesa abiertamente: “Para gustarle a un tipo, la mejor de las estrategias es hacerte la boluda, no falla. ¡Adoran a las boludas!”, es una de sus máximas.

Llegó contenta y haciendo ojitos de enamorada. Está saliendo con un chico con el que hablan y discuten, se hacen compañía y comparten sus respectivos proyectos de trabajo o de estudio, se llaman cada noche para saber cómo fue el día del otro. Casi perfecto. Lila casi no lamenta no tener sexo con él.

No tienen sexo porque, explica ella, “él no se siente preparado”. Como Lila es de las chicas que, a diferencia de sus madres, sostienen que el tamaño importa y mucho (y no por una cuestión específicamente sexual: Lila y sus amigas están convencidas de que los tipos que la tienen de buen tamaño son más seguros y más caballeros), ella se encargó de comprobar en algún escarceo que el tamaño no es el problema. “Ahí me tranquilicé. No es el tamaño, es neura solamente”, explica. Pero él le dice, después de un mes de verse muy seguido, que “lo espere”.

Esto que relato no es una generalidad sino un caso que transcurre, sin embargo, en esos pliegues sociales que lentamente van escupiendo a su alrededor no sólo maneras de vestirse sino maneras de comportarse. Lila trae noticias de algo que sucede subterráneamente y que en su cama aflora porque ni él tiene reparos en decirle “esperame” ni ella se sorprende demasiado al escucharlo.

Antes se le llamaba falo al pene y después se comprendió que la idea de falo es bastante más amplia. Pero un poco más tarde también hubo que admitir que en esa idea de falo entran no sólo las erecciones y las anécdotas poderosas, sino las iniciativas, el poder, la voluntad, la seguridad, la capacidad de seducción, la manipulación más o menos consciente del deseo. ¿Quién tiene el falo hoy? ¿Ese chico que decide esperar a “estar listo” para un coito o esa chica que lo trata a él como a un príncipe tan parecido a una princesa?

Antes el falo parecía resumir la fuerza masculina, la fuerza física y mental. Pero ahora el falo es de cristal. Si se cae, se rompe. Lo tienen ellos o ellas indistintamente. Y en rigor, ni ellos ni ellas están satisfechos de tenerlo. Ellos y ellas se quieren sacar el falo de encima. Nadie quiere ser fálico. Lila está en las antípodas de las mujeres que disfrutan de tener el poder. Desde hace mucho que busca a un hombre para descansar en él, para... Dios mío... ¡sentirse protegida! Y dejar el sexo para más adelante le parece un detalle, algo accesorio, porque lo que le importa es que él la llama todas las noches para ver cómo fue su día, y Lila, que aunque es muy joven tiene considerable experiencia, sabe que aquellos que se la llevan a la cama de una, al día siguiente desaparecen. Esas llamadas humanizantes, esa consideración caballeresca de este pibe le parece más importante que un revolcón. Y banca.

La confusión entre los géneros reclama una redefinición del falo, que incomoda a todos/as. Hombres y mujeres parecen tan agotados y asustados, que unos y otras prefieren hacer la posta y abandonarse a las iniciativas ajenas.

El falo de cristal es intercambiable, ya que no es ni masculino ni femenino. La época, que exalta la androginia afectiva, ofrece la posibilidad de que el falo incluso no lo tenga nadie, que se caiga y se rompa y que de ahí en adelante un hombre y una mujer se enreden en una relación sin faro ni brújula, liberados ambos de tener que dirigir alguna orquesta. Los hombres sensibles y las mujeres que están volviendo de las reivindicaciones rechazan la idea de “ser el o la que sabe”. Todos están más cómodos y relajados en el “no sé qué me pasa”.

El falo de cristal yace en el piso, roto, testigo de otro tipo de relaciones en las que él hubiese sido necesario. Hoy no. El poder, eso por lo que pelearon durante años hombres y mujeres, ya no es un atributo deseable. Y es que, individualmente, los hombres y las mujeres están tan desconcertados, que prefieren ubicarse allí donde el otro les diga, allí donde no hay reglas de juego ni nadie que las haga respetar, allí donde no hay pasión sino un poco de compañía confiable.

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23 Diciembre 2006

Qué bello es sobrevivir, de Rodrigo Fresán en Página 12

Desde Barcelona

UNO Así habló George Bailey: “Ya sé, de acuerdo: yo no debería estar aquí, diciendo todo esto. Yo ya debería haber muerto al igual que todos. Como Mary, como el tío Billy, como Harry, como Sam, como Zuzu y como los pétalos de Zuzu. Polvo al polvo todos ellos o cenizas flotando en el aire del crepúsculo. Pero tal vez debido a una buena combinación de genes, tal vez consecuencia de algún resabio de radiación emitida por el aleteo de Clarence Oddbody, me ha mantenido clavado en este planeta, en Bedford Falls, mucho más tiempo del que me tocaba, una Navidad tras otra, sin poder salir de aquí, contando copos de nieve, todos diferentes de muy cerca, todos iguales de tan lejos”.

DOS “Y la Navidad, claro. Una tras otra tras otra, como un eco que no cesa, idénticas y distintas como los copos de nieve, como el automático y repetitivo perjurio de la nieve que nos obliga a ser felices por el complejo y sencillo motivo de que es otra vez Navidad, de que vuelve a nevar. ¿Y cómo fue que empezó todo esto? ¿Quién es el culpable de haber convertido la Navidad en sinónimo de redención milagrosa? A la hora de las acusaciones, se tiende a señalar, primero, a Charles Dickens, a ese escritor que creó al avaro y amargado y odiador de todo lo navideño Ebenezer Scrooge por el solo placer de, unas páginas después, convertirlo en un extático adicto a regalos y arbolitos y pavos. Después, claro, vengo yo. El pobre y sufrido George Bailey intentando una y otra vez dejar atrás Bedford Falls y, por una cuestión u otra, siempre imposibilitado de partir y ni siquiera pudiendo alejarme unos pocos kilómetros, por lo menos hasta Sad Songs, pero no... Siempre aquí, desde mi cada vez más lejano principio y hasta mi cada vez más incierto fin. Y mi nombre como antónimo perverso –porque yo no me muevo, porque yo permanezco inmóvil como una estatua– de esas breves pero poderosas corrientes migratorias que se producen durante unas fiestas que no se sabe muy bien qué es lo que en realidad festejan. ¿El impreciso nacimiento de un mesías turbulento del que no existe ninguna evidencia histórica más allá del recuento legendario de sus idas y vueltas en viejos papiros? ¿El desenfreno comercial como si se tratara de una epidemia propagada por un paciente cero que no es otra cosa que un hilarante beatífico gordo escarlata y explotador de elfos juguetones que trabajan más que los niños esclavos del Tercer Mundo? ¿La necesidad de volver a casa y colapsar aeropuertos para, una vez allí, comprobar que uno está tanto mejor lo más lejos posible del origen? ¿O tal vez la Navidad no es otra cosa que un cíclico rito de paso: soportar con estoicismo durante una noche lo que, se sabe, no habrá que soportar el resto de las noches del año? Quién sabe... La película que Frank Capra filmó sobre mi vida y a la que James Stewart puso rostro y dicción lenta (película que primero, como corresponde, fue un fracaso y que sólo fue elevada a tradición navideña a partir de mediados de los ’70 al comenzar a ser emitida por todos los canales porque alguien se había olvidado de renovar los derechos y no costaba nada llenar esas horas en que nadie quería trabajar y todos querían volver a casa) no explica el misterio pero sí insinúa, casi subliminalmente, la magnitud del espanto, la ambigüedad del fenómeno. Recuerden sin esfuerzo, porque la constante repetición de mi triste odisea de anti-Ulises vibra todos los 24 de diciembre en las pantallas de plasma del inconsciente colectivo planetario obligándolas al esfuerzo de expresarse en blanco y negro: ahí estoy yo cabizbajo junto al arbolito mientras toda mi familia me mira con preocupación primero y temor casi enseguida. Ahí voy yo corriendo por la nieve, yo pido no existir, yo recupero mi existencia y, en la última escena, todos me abrazan y yo lloro, pero no exactamente de felicidad porque el final no de mi vida aunque sí de mi película no es exactamente feliz: el malvado Mr. Potter no recibe ningún castigo y, se supone, yo debo convertirme en la persona más afortunada del mundo sabiendo que ya nunca podré salir de aquí y, para colmo, quedar en deuda con casi todos los habitantes de un pueblo a los que, de haberme salido alguna vez con la mía, jamás habría vuelto a ver en mi vida. Me han dicho que son muchos, que son legión, los que lloran durante esa última escena de la película que no es otra cosa que el comienzo del film secreto de mi eterna condena. No me sorprende, no me parece casual, que ningún ambicioso o descerebrado productor de Hollywood se haya atrevido (aunque alguien me dijo que alguna vez se filmó una versión femenina, pero no sé si estaba bromeando) a una secuela de Qué bello es vivir. Y es que, claro, nadie en su sano juicio, nadie en su enferma voluntad, se atrevería a ver cómo sigue la historia, la película, mi vida, mi infierno casi centenario. Nadie quiere ni siquiera acercarse al espanto de la siguiente Navidad de George Bailey donde, otra vez, caerá la nieve, pero no me visitará ningún ángel. Porque hasta el tarado del ángel que me fue adjudicado (un ángel de segunda clase) recibió el regalo de sus alas. ¿Qué recibí yo desde entonces? Poco y nada, me temo. A partir de ahí todos los diciembres fueron iguales: mi familia cantando espeluznantes villancicos y abriendo regalos y mirándome siempre de reojo, un poco atemorizados, preocupados porque papá o el abuelo o el bisabuelo o el tatarabuelo haya tomado las pastillas (ya casi no conozco a ninguno de ellos, ninguno de ellos viene a verme, mi apellido se ha extendido por el mundo y ha viajado todo lo que yo jamás viajé y rara vez vuelvo por Bedford Falls), no vaya a ser que se vuelva loco como en aquella Navidad en que salió corriendo dando gritos bajo la nieve y, por favor, que a nadie se le ocurra encender el televisor mientras, en las alturas, alguien presiona el interruptor y enciende la máquina secreta de fabricar nieve.”

TRES “Y la nieve, claro. Siempre la nieve. La nieve que cae sobre el trineo de la infancia de Charles Foster Kane. La nieve en las afueras de Dresde, lista para arder como una estrella sobre la cabeza de Billy Pilgrim. La nieve que cubre las calles porteñas por las que camina Juan Salvo. La nieve sobre la que esquían The Beatles mientras son perseguidos por los sicarios de una secta sangrienta. La nieve que se desprende de las esculturas de hielo de Edward Scissorhands. La nieve que, me dicen, es ahora una especie en extinción. La nieve que todo lo cubre, pero que nada oculta.”

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15 Diciembre 2006

El trajecito que inventó Coco Chanel, de Elina Matoso en Página 12

ORIGENES DE LA MODA DE LA DELGADEZ

La extrema delgadez del cuerpo femenino como ideal de belleza y su imposición como patrón de la moda se vincula con un acto creador y visionario de Coco Chanel. A partir de una imagen corporal transformada por el hambre, que evidenciaba los estragos de la Primera Guerra Mundial, potenciados por la Segunda, ella logró imponer esas figuras desnutridas como modelos estéticos.

Vale la pena recordar la historia de esa mujer: víctima de una infancia marcada por el abandono, desnutrida –nació en un hospicio–, llegó de chica a casa de unas tías, que le enseñaron a coser. En 1905, cuando tenía 22 años, decidió convertirse en cantante de cabaret. Los distintos caballeros que la mantenían le decían Coco, mascota. En 1920 abrió en París la casa Chanel. Empezó a codearse con artistas y hombres adinerados, amores pasajeros. A partir de esos comienzos, nacerá el mito Chanel, como aquella mujer que no sólo impone una imagen de cuerpo femenino, sino que aprovecha las circunstancias sociales, las nacientes revindicaciones feministas, y penetra por la rajadura que dejó la guerra; frente a hombres mutilados, heridos y tambaleantes en la construcción de su nueva imagen de poder, construye un nuevo cuerpo femenino, parecido al del hombre y en condiciones de competir con él.

Chanel creó un diseño de ropa que se hizo universal: el trajecito; emblema, máscara femenina de toda reunión política, académica, de negocios; tarjeta de presentación de las mujeres de hoy, pasaporte al mundo laboral. Azafatas, empleadas, bancarias, profesoras, abogadas, escribanas, enfermeras, diputadas, policías, periodistas, presidentas: mujeres y mujeres enmascaradas en trajecitos Coco.

Cuerpo chato; pechos sin marcar; falda recta sin destacar caderas; cuellos de camisas sobre solapas de chaquetas oscuras. Cuerpos asexuados pero con detalles atribuibles a “lo femenino”, un fino collar, una delicada pulsera. La mujer descarta un cuerpo con sus redondeces a cambio de un lugar ejecutivo; compra delgadez –residuo de la escasez y del hambre– a cambio de que se borren los rasgos asociables con roles de segundo orden, los del ama de casa, de la vedette, de la reproductora de crías, en fin, desaliños que desentonarían con el largo de las uñas, el maquillaje a tono con el traje, los zapatos y carteras portafolio.

Las industrias de la ropa, la cosmética y la publicidad dan forma a un cuerpo femenino que, como la mítica tienda del Bon Marché, presenta en sus vidrieras la imagen típica de la mujer de clase media actual.

La moda siempre es de clase social y acceder a ella tiene un precio alto, no sólo económico: psicológico, físico, social. De allí la importancia que adquieren las marcas. Las marcas de los productos de moda son una forma de sellar el cuerpo como se marca el ganado: se pertenece a ese dueño, diseñador, estilista, fabricante; el nombre suele ser la cara visible de las grandes empresas multinacionales.

Así, en la posguerra, el cuerpo local, que era propio de cada comunidad, pasa a ser un cuerpo en acción y se constituye en un modelo de identidad capitalina, cosmopolita y “universal”. Aquellos cuerpos de los campos de concentración, los cuerpos de los sobrevivientes hambrientos, quedan frente a frente con los nuevos cuerpos de la moda, maniquíes vivos y muertos. Es el mismo cuerpo que, víctima de la desnutrición, de las guerras, la violencia y la desocupación, expone y esconde su delgadez de miseria frente al otro que deslumbra y enorgullece en las pasarelas. Máscaras de muerte, espejo de una sociedad que destruye el cuerpo. Se le asigna un valor a la vida: hay cuerpos delgados que no valen nada y hay cuerpos transparentes que se cotizan en millones. Burguesía, delgadez, marca son las monedas con que se comercia la feminidad del siglo.

El trajecito es un símbolo; a partir de allí, siempre sobre el mismo molde, se derivan otros looks, diseños más etéreos, románticos, deportivos, sofisticados o brillosos, pero con el común denominador de una imagen corporal sin formas, que resalta ausencias o esconde presencias.

La imagen corporal es la representación que hace comunicable el cuerpo en cada cultura. Cada sociedad construye un modelo cultural de cuerpo que la refleja. La pregunta es: a partir de los grandes cambios sociales ocurridos en el siglo XX, ¿se puede reconstruir otra imagen que nos represente como cuerpo social o, por el contrario, se han intensificado y siguen siendo válidos los modelos que fueron punto de partida?

Reconstruir otra imagen corporal implicaría definir otros cánones sociales, replantear el lugar del placer, el rendimiento, la discriminación, el sacrificio; construir una corporeidad que cuestione lo que oculta y lo que muestra –el relleno, el inyectarse, el “producirse”, la cirugía–. Incorporar al mercado otros cuerpos, si bien en apariencia podría ser redituable, soltaría amarras a un sujeto muy bien maniatado, que promociona lolas y nalgas pero no libera manos ni pies ni miradas. El cuerpo desatado es peligroso, es “un arma en potencia”, dice Jean-Luc Godard en su película Nuestra música. Esa otra corporeidad no sólo resignificaría estéticas, sino que podría hacer vacilar reglas de juego muy bien construidas por la sociedad en que vivimos.

Las políticas de los Estados consumen cuerpos, pero carecen de él, y desde allí producen saberes, conocimiento; el cuerpo es la leña para mantener encendido el fuego del mercado. Si fuera posible pensar otro mapa anatómico político-social, donde el cuerpo no fuese objeto de devoración sino productor de saberes, el pensamiento podría sostenerse en otra carnalidad. Tal vez así la delgadez extrema dejaría de alimentar modelos pasados de moda para dar lugar a otros cuerpos.

Elina Matoso. Profesora titular en la carrera de Artes de la UBA. Directora del Instituto de la Máscara. Extractado del trabajo “Cuando la delgadez es negocio”.

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13 Diciembre 2006

La sombra perecedera de Augusto Pinochet, de Ariel Dorfman en Página 12

¿Ha muerto de veras el general Augusto Pinochet? Pese a que no cabe duda de que su cuerpo, comprobadamente mortal, ya no envilece con su respiración el aire de mi país, temo que el dictador que malgobernó Chile durante tantos años no vaya nunca a extinguirse de esta tierra. Para exorcizarlo definitivamente hubiera sido necesario que concluyera cada uno de los innumerables procesos por tortura y secuestro, por robos y asesinatos, que se le seguían en los tribunales chilenos, hubiera sido necesario que a Pinochet se le forzara a mirar, una tras otra, las caras de los familiares de los hombres y mujeres que hizo desaparecer, hubiera sido crucial que aliviase de alguna manera mínima el irreparable y múltiple dolor que inflingió. Hubiera sido necesario que se quedase solo en la muerte en vez de que un tercio cómplice, recalcitrante y autoritario de la población chilena llorara su partida y exigiera duelo nacional; tendría que haberse quedado solitario y frío en la muerte, lamentado únicamente por sus parientes más cercanos y sus amigos íntimos. Pero es tal el recelo y la influencia que todavía genera este tirano supuestamente muerto, ha torcido de tal manera el sentido común de la república y logrado confundir de tal manera la ética de los políticos chilenos, que el gobierno democrático decidió, en forma indigna y vergonzosa, que la ministra de Defensa, Vivian Blanlot, asistiera oficialmente a los ritos fúnebres. ¡Un gobierno presidido por una mujer, Michelle Bachelet, a la que el general Pinochet encarceló y atormentó y a cuyo padre hizo matar! ¡La ministra de Defensa de un Chile democrático participando en un homenaje a un terrorista internacional que hizo ultimar a los tres ministros de Defensa de Salvador Allende, el hombre que asesinó a José Tohá en un calabozo chileno y a Orlando Letelier en una calle en Washington y al ex comandante en jefe del Ejército chileno Carlos Prats González, en una desamparada avenida de Buenos Aires!

Y, sin embargo, a pesar de estos desconsolantes signos de la permanencia y poderío del general más allá de la muerte, también siento que algo ha cambiado categóricamente en mi país. Lo saben miles y miles de chilenos que festejaron en forma espontánea la noticia de la partida del general Pinochet de este mundo como si se tratara, no de una extinción, sino de un alumbramiento. Danzando en las calles de Santiago, ellos repetían una palabra incesantemente: la palabra sombra. Se fue la sombra, decía un hombre y decía una mujer sin haberse puesto de acuerdo, susurraban unos y otros y todos. La sombra, la sombra, ya no cae la sombra de Pinochet sobre nosotros. Como si los mil demonios de una plaga hubiesen sido lavados del territorio nacional, como si entendiéramos que nunca más el miedo, nunca más el helicóptero en la noche, nunca más la sombra impura y poluta. Para estos celebrantes, la mayoría de ellos jóvenes, algo se había quebrado para siempre en el momento en que dejó de latir el corazón hosco e impenitente de Augusto Pinochet. Se habían pasado la vida, nos hemos pasado la vida, imaginando este momento, este día en que la oscuridad retrocede, este diciembre en que queda un país limpio. Este instante en que ya no podremos culpar al dictador de todo lo que va mal, todo lo que se enrosca, todo lo que entristece y frustra. Este instante en que no tendremos ya nunca más a Pinochet como horizonte perverso.

¿Ha muerto de veras el General? ¿Dejará alguna vez de contaminar cada espejo esquizofrénico de la vida nacional? ¿Dejaremos de ser alguna vez un país dividido? ¿Acaso tendrá razón aquella madre futura, encinta de siete meses, que saltaba de alegría en el centro de Santiago cuando proclamó a los cuatro vientos que ahora todo iba a ser diferente, porque su hijo iba a nacer en un Chile sin Pinochet?

La batalla por el alma de mi país recién comienza.

El último libro de Ariel Dorfman es Otros septiembres.

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11 Diciembre 2006

Augusto Pinochet, asesino, de José Pablo Feinmann en Página 12

Y se murió de viejito nomás. En una cama, del corazón (un corazón al que sólo acudió para morir tranquilo), rodeado de fascistas y dolorosamente impune. Cuesta encontrar las palabras para expresar la monstruosidad de este hombre. Cuesta expresar la tragedia que implicó en nuestras vidas. Inauguró el golpe sangriento, con torturas sin límite, con desaparecidos. Todo golpe cruento, asesino, tomó su nombre: pinochetazo. Aquí, a mediados del ’75, todos lo decían: “Lo que se viene es el pinochetazo”. Debimos saberlo desde el ’73. Debimos saber que el adversario no sólo era poderoso, sino que era criminal. Debimos haber puesto cautela en nuestra mano; no frenarla, no pararla, pero reflexionar que lo de Chile nos dejaba muy solos, era muy desmedido y reclamaba eso: cautela. Pero estábamos embalados. En septiembre de 1973 la Facultad de Filosofía y Letras dictaba muchas de sus materias en la calle Córdoba. Un lindo lugar con una capilla en el medio. Ivannisevich se sacó una foto pegándole con un pico a una pared, destruyendo el edificio. Prolijos, dejaron la capilla. Todavía está. Un pibe de la JUP me dijo del golpe y se me ofreció para levantar mi clase. Yo, uno se creía, aún, inmortal, le dije que la levantaba yo y llevaba a mis alumnos a la marcha. Salimos de las aulas en busca de las marchas. Sentíamos más la presencia de la JP en las calles, vivando a Allende, que la relación profunda, íntima, que la tragedia de Chile tenía con nosotros. En esa época las fronteras parecían más lejanas. Si algo pasaba en Chile, no tenía por qué pasar aquí.

En seguida llegó la foto del carnicero. Es la perfecta caricatura del general golpista sudamericano. La jeta erguida, bigote, anteojos negros. Después, la noticia de la muerte de Allende. Decían: se suicidó. Un periodista le pregunta a Ricardo Balbín qué haría él en una situación así. El compadrito de comité se mandó una histórica: “¡Ah, no! A mí no me hacen eso”. No recuerdo qué dijo Perón. Nada memorable, sin duda. Poco tiempo después cruzaba la cordillera y se entrevistaba con el carnicero. ¡Qué vivos están estos recuerdos! Los dos bien trajeados de milicos. Con capas y todo. Le gustaban las capas a Pinochet. Al día siguiente o a los dos días empezaron a llegar los exiliados, los que apenas habían salvado el pellejo o los que habían sido escupidos del Estado Nacional. Estaban desechos. En Ezeiza, el gobierno argentino les tomó huellas digitales hasta de los dedos del pie. Les tomaron todos los datos, los ficharon bien fichados, les hicieron saber que si algo raro hacían duraban media hora sin ser arrestados. El Descamisado publicó las fotos y tituló: “Esta vergüenza se hace en nombre del peronismo”. Claro que sí: eso hizo el peronismo. Lo habría hecho cualquier gobierno argentino. Pero el peronismo de esos días era pinochetista. Cosa que, en algún oscuro rincón de su alma, siempre puede volver a ser si es necesario.

López Rega habrá brindado con champán. El carnicero de Chile estaba enseñando cómo se arreglan las cosas con el marxismo internacional, con la sinarquía apátrida. Nosotros empezamos a enterarnos de las peores cosas. Las versiones que llegaban sobre las torturas y las violaciones del Estado Nacional estremecían. ¿Era posible tanta crueldad? Se sabía que estaba lleno de tipos de la CIA el Estadio. Que los de la CIA eran especialmente activos en torturar y hasta enseñaban a los empeñosos chilenos cómo hacerlo. Las mujeres que maltrataron a Allende con los cacerolazos salieron a festejar. Otros agarraban lo que tenían a mano y huían. “Yo –me contó años después un escritor– llegué a Perú, me metí en una pensión, abrí mi valija y puse en un estante los libros que me había llevado. Ahí estaba mi nueva biblioteca: un libro de Cortázar, otro de Lezama Lima y uno de Tolstoi. Era todo lo que tenía.”

Un día lo fue a ver Borges. El carnicero estaba orgulloso: el gran escritor había cruzado la cordillera y estaba feliz de verlo. Le puso una condecoración bien llamativa. El gran escritor –el que decía un mar de concheterías bobas cada vez que “comía”, porque un concheto no “almuerza” ni “cena”, “come”, en lo de Bioy Casares– le dijo al carnicero: “Me honra esta condecoración porque Chile tiene la forma de una espada”. También la Thatcher lo recibió y le habló con un inglés lento y vocalizado como para que el carnicero entendiera: “Le agradezco su ayuda en la guerra de las Falklands. Sin sus informaciones nuestros pilotos no podrían haber hecho los blancos que hicieron”. El carnicero sonrió, satisfecho, goloso.

Cierta vez estaba en una clínica en Londres. Golpean a su habitación. Entra una mujer joven y resuelta, treinta años, por ahí. El carnicero, siempre seductor, sonríe y dice: “Pasa, niña. Dime, ¿a qué vienes?” “A arrestarlo, general. Por violaciones a los derechos humanos.” Se enfurece y llama a sus matones: “¡Saquen de aquí a esta comunista!” Días después regresa a su país. Llega en silla de ruedas. No bien baja del avión se pone de pie y saluda a los suyos. ¡Pícaro el carnicero! Otra vez había engañado a todos.

No sirve para nada que se muera. Que estos tipos se mueran cuando ya mataron a todos los que querían matar es un pobre consuelo. Ni un cáncer vale desearle. Nadie va a revivir por eso. Nadie va a sufrir menos de lo que sufrió. Deja, para colmo, problemas. Los militares de su país (al que le aseguró la economía y todos sabemos cuánto aprecian esto los pueblos) lo honrarán desde las armas. Michelle Bachelet no lo honrará desde el Estado. Pero habrá que organizar actos en toda América latina. El New York Times ha anunciado su muerte como la de un cruzado contra el marxismo. Puño de hierro, dictador, pero un hombre que no dudó. Fue la suma de las peores cosas que un ser humano puede ofrecer: lo de asesino lo sabemos, pero fue, además, ladrón, mentiroso, cínico, se rió de sus adversarios y de sus muertos. Descansará en paz porque morirse es eso. Pero que no tenga paz su memoria. Que nadie olvide sus crímenes. La era de horror que inauguró. Que en las escuelas argentinas se sepa que Pinochet es parte de nuestra historia, porque prefiguró nuestra pesadilla, porque inspiró a nuestros verdugos. Que gane la verdad por sobre la mentira con que sus adeptos buscan protegerlo. Que su nombre infunda pavor y que ese pavor se transforme en coraje: nunca más un Pinochet. Que haya un busto suyo con una placa en todos los países del mundo. Que esa placa diga: “Augusto Pinochet, asesino”. Porque olvidarlo sería como olvidar Auschwitz, el Estadio Nacional, la ESMA.

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