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Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

Categoría: Página 12

6 Diciembre 2006

La agonía, la muerte, etc., de Rodrigo Fresán (Desde Barcelona) en Página 12

Escribo esto no porque quiera sino porque me lo piden.

Y yo choco mis talones y hago la venia y de frente march obedezco y, de entrada, me prohíbo utilizar eso de Crónica de una muerte anunciada –con seguridad el título más titular en la historia del periodismo y de la literatura– o aquello otro y tan hemingwayano de Murió.

Y, enseguida, claro, el cansancio: basta con empezar a escribir Pino... para que la cabeza se me vaya a opciones tanto más agradables como imaginativas: Pinocho, pinot-noir, pino...

Porque lo cierto es que Pinochet hace tiempo dejó de interesarme.

O mejor dicho –seré sincero– hace ya varios años que me exigí a mí mismo que Pinochet dejara de interesarme.

¿Desde qué momento exactamente? Fácil: desde esa lluviosa mañana londinense (al menos así la evoco) en que un supuestamente poco menos que senil y agonizante fue subido en silla de ruedas a un avión para, menos de un día más tarde, aterrizar en una radiante mañana de Santiago de Chile (al menos así la recuerdo) y, levántate y anda, y protagonizar para las cámaras de todo el mundo el más blasfemo de los milagros. Recuérdenlo, aunque no creo que haga falta: allí, el definido como “ex dictador” –concepto que nunca entendí, porque el aliento que impulsa a los dictadores no deja de soplar nunca en sus cabezas– se paró sin dificultad en la pista del aeropuerto y caminó rapidito hacia los abrazos de seres queridos y saludos de militares.

Allí fue cuando supe que Pinochet había ganado la partida y entonces fue cuando me dije que hasta aquí llegamos y, derrotado, preferí desentenderme de la realidad de sucesivos procesos, arrestos domiciliarios, demandas varias, información sobre cuentas secretas, declaraciones sollozantes de esposa e hijo, y sucesivas internaciones hospitalarias coincidiendo siempre con las fechas de juicios.

Ahora, otra vez, Pinochet. Ahora Pinochet –quien la semana pasada se hizo un ratito para escribir y hacer difundir una carta que nadie debería publicar si de mí dependiera, porque ciertas poluciones deberían evitarse más allá de toda responsabilidad periodística, donde afirma que “Hoy, cerca del final de mis días, quiero manifestar que no guardo rencor a nadie, que amo a mi patria por encima de todo y que asumo la responsabilidad política de todo lo obrado”– se debate entre este lado y el otro como muerto-vivo o vivo-muerto.

Da igual.

Ya lo vivimos hasta la muerte durante los últimos tiempos de Juan Pablo II. Lo que importa y lo que duele en este caso particular –lo que ya ni siquiera indigna, por lo menos en mi caso– es que, antes, el tipo se dé el lujo de confesarnos que nos perdona, que no nos guarda rencor por todo lo que le hicimos y que, además, recibe sin problemas y por las dudas esa extremaunción que todo lo lava y lo cura. Es decir: Pinochet rió primero y ahora, además, ríe último. El crimen no solo paga. Además, paga al contado.

Mientras tanto, material de archivo en los noticieros, las filmaciones de un ser que primero parece una máquina de anteojos oscuros y después un abuelito inofensivo y los adoradores del águila frente a la clínica donde está internado sosteniendo carteles donde se lee “Inmortal” y los detractores del buitre festejando su muerte inminente como si se tratara de un acto de justicia divina cuando lejos está de serlo.

Morirnos nos morimos todos. La mayoría mucho antes de alcanzar los 91 años. Morirse no es un castigo sino una constante. Los malos se mueren y los buenos también. Y no seré yo quien explore aquí el misterio o el pacto que, por lo general, por lo generalísimo, les permite a los dictadores morir muy viejos o por su propia mano, llegando rara vez a escuchar el veredicto de los hombres. Lo siento, pero las probabilidades de un juicio en el Más Allá me parecen pocas. No hay evidencia que permita pensar en la viabilidad de algo por el estilo.

Así, tal vez mientras escribo esto, Pinochet se muera, se va a morir, se morirá como si nada después de haberlo hecho todo y beneficiándose de la privacidad hospitalaria –y no carcelaria– del acto más privado que jamás experimenta un ser más o menos humano. Afuera, lejos de los que lo aman y los que lo odian están todos aquellos que –indiferentes– permitieron su existencia y su permanencia. Y eso es lo terrible: es tan pero tan fácil entrar en la Historia. Alcanza con patear una puerta y ocupar un sillón.

De ahí lo de antes, lo del principio. Pinochet no me interesa.

Me niego a que Pinochet –su agonía y su muerte– me interese.

Pinochet ni siquiera me parece interesante –deformación profesional– como gran protagonista del tipo Yo, el supremo o El otoño del patriarca o La fiesta del chivo. No le da el cuerpo ni la altura. No tiene densidad suficiente. No me parece casual que Roberto Bolaño en su formidable Nocturno de Chile –originalmente titulado Tormenta de mierda– le otorgue apenas un rol secundario y lo muestre como un ser opaco, preocupado por los libros que leen los otros y como alguien que suele quedarse dormido en público.

Allí está ahora Pinochet. Dormitando en la tierra donde nació y donde pronto será enterrado. La tierra que –como reza su cartita casi póstuma– “juzgará con objetividad” su proceder y que “reconocerá que la obra realizada colocó a Chile a la cabeza de las principales naciones de este continente”, porque lo suyo siempre pasó “por engrandecer a Chile y evitar su desintegración”.

Ahora, en cualquier momento, Pinochet se desintegra con la felicidad de saberse inolvidable. Me niego a eso y por lo menos –pequeñez, ínfimo consuelo– lo saco a rastras de mi memoria.

En lo que a mí respecta –mientras mi televisor asegura que “está lúcido y, dentro de su enorme gravedad, su estado es estable y, para sorpresa de los médicos que lo atienden, ha mejorado”– hasta aquí llegué y aquí termino antes de que él se acabe y hasta nunca y etcétera y quién era, quién es, cómo se llamaba ese tipo que agoniza, que se muere, que durante tanto tiempo fue nada más y nada menos que la muerte y que, feliz en la guerra, ahora, con la tranquilidad que otorga lo que él entiende como un trabajo bien hecho, se dispone a descansar en paz.

Pero todavía no.

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4 Diciembre 2006

Disparates, de Juan Gelman en Página 12

América latina es fértil en mandatarios que hablan curiosamente. Del Cono Sur bajo las dictaduras de los ’70 y ’80 se recuerdan todavía frases de militares en el poder que cosquillean en la mente: “El país vivía una situación desastrosa y le imprimimos un giro de 360”, dijo uno. Y otro: “Estábamos frente al abismo y dimos un paso adelante”. O la muy notable de Pinochet: “Antes de hablar, voy a decir algunas palabras”. Los civiles no escapan a esta norma, que el ex presidente argentino Carlos Menem cumplió con brillantez: “Mi libro de cabecera son las obras completas de Sócrates”, afirmó. Un maligno comentó que así era porque Menem nunca leía. Pero no sólo los latinoamericanos gozamos de ese privilegio. También el pueblo estadounidense.

Dan Quayle, que fuera vicepresidente con Bush padre (1989-1993), producía verdaderos florilegios: “No es la contaminación lo que daña a nuestro medio ambiente. Lo hacen las impurezas del aire y del agua”. O: “Para la NASA, el espacio sigue siendo una prioridad muy importante”. También: “Es hora de que la raza humana entre en el sistema solar”. Y: “Recientemente, estuve de gira por América latina y lo único que lamento es que en la escuela no estudié más a fondo el latín para poder conversar con esa gente”. Su confusión sobre las lenguas se extendió a la geografía: “Tenemos un compromiso firme con la OTAN, somos parte de la OTAN. Tenemos un compromiso firme con Europa. Somos parte de Europa”. En cambio, no erraba en materia de educación: “Para hablar con franqueza, los maestros son la única profesión que enseña a nuestros hijos”. En fin.

Bush padre, su jefe, tampoco carecía de estos dones: “No voy a analizar lo que no voy a mencionar. Aunque no lo analice, no lo voy a mencionar”. Impresionan sus ideas sobre la índole del ser humano: “No es una exageración decir que los indecisos pueden tomar un camino o tomar otro camino”. Ni hablar del alcance de su saber jurídico: “No puedo pensar en alguna nueva ley existente en vigor que no haya existido antes”. Como persona cabal, no ha escapado a los vaivenes de la contradicción: “Tengo opiniones propias, opiniones muy firmes, pero no siempre estoy de acuerdo con ellas”. Su cortesía es notoria: el día que le ofreció asiento a una dama supo decirle que “la caballerosidad sólo está razonablemente muerta”. Y no cabe duda alguna de que Bush Senior es un padre excelente: Bush Junior lo supera con creces en el buen decir.

“La justicia debe ser justa”, reveló W. en la conferencia económica que tuvo lugar en la Casa Blanca el 21 de noviembre del 2004. No se le puede reprochar que oculte su pensamiento en materia de derechos civiles: “Déjenme expresarlo de manera contundente. En un mundo cambiante, queremos que más gente tenga control sobre la propia vida de ustedes” (Annandale, Virginia, 9-8-04). O en lo que hace a la democracia: “Si ésta (EE.UU.) fuera una dictadura, todo sería endiabladamente más fácil, siempre que yo fuera el dictador” (Washington, 19-12-00). Posee absoluta claridad en temas de educación: “Si se le enseña a un niño o una niña a leer, él o ella podrá aprobar un examen de lectura” (Washington, 21-2-01). Nada escapa a su conocimiento de la naturaleza: “El gas natural es hemisférico. Me gusta llamarlo hemisférico porque es un producto que podemos encontrar en nuestros barrios” (Washington, 20-12-00). Es indudable la sutileza de esta observación: “Sé que los seres humanos y los peces pueden coexistir pacíficamente” (Saginaw, Michigan, 29-9-00). Sí, señor.

Otro mérito de W. Bush es que no vacila en explicar sus relaciones con el Ser Supremo: “Creo que Dios quiere que yo sea presidente”, “Fui elegido por la gracia de Dios”, “Creo que Dios habla a través de mí. Si no fuera así, no podría hacer mi trabajo”, “Dios me dijo que golpeara a Al Qaida y lo hice, y me indicó entonces que golpeara a Saddam y lo hice, ahora estoy decidido a resolver el problema del Medio Oriente”, son confesiones que repite. Irak y “la guerra antiterrorista” han redoblado su agudeza: “El Congreso ha procedido bien al prolongar la vigencia de la ley terrorista, la Ley Patriótica” (Washington, 7-9-06), “Una de las partes más difíciles de mi trabajo es conectar a Irak con la guerra antiterrorista” (CBS, 6-9-06), “No me gustó que Hamas se negara a declarar su deseo de destruir a Israel” (Washington, 4-5-05). La que sigue es por cierto enigmática: “La verdad de la historia, escuchen cuidadosamente, es que Saddam seguiría en el poder si fuera el presidente de EE.UU., y el mundo sería mucho mejor” (Saint Louis, Missouri, 8-10-04).

W. Bush puede abordar las cuestiones más variadas, su información es rica en todos los campos. La medicina: “Demasiados médicos que son buenos están abandonando la profesión. Demasiados obstetras y ginecólogos ya no son capaces de practicar su amor con las mujeres de todo el país” (Poplar Bluff, Missouri, 6-9-06). La literatura: “Laura (Bush) me dijo que tenía que leer a Camus. También leí tres Shakespeare. Tengo una lista de lectura ec-a-léc-tica” (NBC, 29-8-06). El comercio internacional: “Es evidente que nuestra nación depende del petróleo extranjero. Nuestras importaciones de petróleo provienen cada vez más del extranjero” (Beaverton, Oregon, 25-9-00). La economía: “Se trata de no dudar de un presupuesto. Hay un montón de números ahí” (Reuters, 5-5-00). El conocimiento de sí mismo: “Pienso que si uno sabe lo que cree, le resulta mucho más fácil contestar preguntas. No puedo contestar su pregunta” (Reynoldsburg, Ohio, 4-10-00). El más allá: “Uno nunca sabrá cómo contarán su historia hasta mucho después de haber muerto” (Washington, 5-5-06). Etc.

Eso sí, W. Bush tiene clara la latitud de su mandato: “Soy el que comanda, no necesito explicar, no necesito explicar por qué digo cosas. Es lo interesante de ser presidente” (Washington, 4-11-03). “No me gustan los brócolis y no me gustaban cuando era niño y mi madre me obligaba a comerlos. Soy el presidente de Estados Unidos y no voy a comer brócoli nunca más” (Washington, 15-6-01). Así sea.

En los tiempos de Bush padre se publicaba en Nueva York un boletín de pocas páginas con los dichos de Quayle de la semana. Hoy en día la importante editorial Simon & Schuster edita cada año un volumen con los “bushismos” seleccionados del presidente y abundan los sitios de Internet que los recogen. W. sazona sus dislates bélicos con dislates lingüísticos. Algo es algo.

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30 Noviembre 2006

Genocidios, de Luis Bruschtein en Página 12

Los historiadores se la pasan discutiendo sobre la objetividad, la distancia con los hechos, los análisis fuera de contexto y se rompen el alma en el intento de construir una historia sobre la base de una racionalidad cruda que en realidad pocas veces brilló en los presentes pasados que estudian como historia. Justamente porque en la mayoría de los casos, a los protagonistas de esos presentes pasados les faltó perspectiva histórica porque el futuro es inasible desde el presente. Mahatma Gandhi fue Osama bin Laden en un momento para el Imperio Británico, lo cual no habla bien de Bin Laden sino mal del viejo imperio.

Además, la pasión, los prejuicios, los intereses y las mezquindades atraviesan, deforman y exasperan el debate político del presente y no se ve la razón para que, mal o bien, sea distinto con la historia.

Por ejemplo, en una solicitada de homenaje al general Roca, que fue publicada el martes en el diario La Nación, se califica a los mapuches de extranjeros y genocidas de los pueblos originarios argentinos y en contrapartida exaltan la Campaña al Desierto que encabezó el prócer. El texto afirma que los mapuches llegaron de Chile y aplastaron a los argentinos guenecas y tehuelches, “que fueron sometidos, matados y sus mujeres, robadas por los indios chilenos”.

Quedaría la impresión de que por esa razón estuviera bien que los mapuches también fueran sometidos, matados y sus mujeres robadas por el ejército de línea, que fue lo que sucedió. El texto dice que a pesar de toda esa maldad “el tratamiento que se les dio a los que se sometieron voluntariamente fue muy generoso”. Pero no dice nada de los que no estuvieron de acuerdo que, evidentemente, no tuvieron mucha prensa.

Los firmantes de la solicitada, de la Fundación Dr. Emilio Hardoy, se quejan porque las dos estatuas ecuestres de Roca, la que está en Bariloche y la de Buenos Aires, aparecen cada tanto con escrituras que lo acusan de genocida y manchadas con pintura roja, como si fuera sangre. Lo cual es cierto, porque cada tanto el historiador y escritor Osvaldo Bayer vuelve a las andadas junto con representantes de los pueblos originarios y otras ONG de derechos humanos. Mal que les pese, Bayer no se rinde.

Hay una justificación económica conocida, que es la brutalidad del “progreso” expresado en la incursión de Argentina al mundo con el modelo agroexportador. Pero hay una justificación ética subyacente que queda flotando sin llegar a expresarse abiertamente: cuando se comete genocidio contra genocidas, no se trata de genocidio sino de algo más parecido a una especie de justicia por fuerza mayor. Todos los genocidios tienen una justificación por el estilo, ya sean religiosos, étnicos o políticos. El genocidio aparece como la única solución. Algo así deben haber discutido los ex comandantes durante la conspiración para el golpe del ’76. Y lo mismo los nazis contra los judíos. Y lo mismo los gobiernos de la Triple Alianza contra los paraguayos.

De esos cuatro ejemplos, tres tienen que ver con la historia argentina, lo cual produce escalofríos. Obviamente que esa justificación para el destino final que se les dio a los pueblos originarios se aplicó después en otros momentos a quienes aparecían como obstáculos de la marcha civilizatoria argentina. Y seguramente, el que justifica uno también lo hace con los demás, porque es el mismo argumento, el mismo guión, la misma estructura de pensamiento. Y lo que es peor, lo de matar, para quien decidió hacerlo, era secundario. Siempre se trató, básicamente, de “progreso”, “democracia” y “modernidad”.

Nadie puede estar contra el progreso, la democracia y la modernidad. Entonces habrá que preguntarse si también hay que estar de acuerdo con el genocidio y, en el caso argentino, con tres masacres espantosas que se cometieron con esas banderas. Argentina es un país que tiene cierto grado de progreso, democracia y modernidad y uno se pregunta si esos tres genocidios aportaron a ese proceso –como argumentaron los genocidas–. Es una pregunta inquietante porque la respuesta es parcialmente afirmativa. Es indudable que esos tres genocidios tienen que haber incidido en el tipo de progreso, democracia y modernidad que tiene Argentina, porque fueron cometidos por los que ganaron, no por los que perdieron.

Hay quienes se consideran orgullosos de esa herencia y publican solicitadas, como la de La Nación, en su homenaje. Muchos que reivindican la democracia, el progreso y la modernidad se horrorizan por los genocidios, pero no aciertan a verlos como sustancia, sino que los perciben como excesos. Y en ese sentido, tienen razón los de la solicitada porque en la Argentina esos conceptos progresistas aparecen ligados en la historia a las situaciones más injustas, bárbaras y aberrantes. La pregunta es entonces si no habrá un cuarto genocidio si no se empieza por separar una cosa de la otra, lo cual implica discutir qué tipo de modernidad, progreso y democracia es la que se puede construir sin odios ni masacres.

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28 Noviembre 2006

El EZLN es el cumpleañero, del Subcomandante Marcos en Página 12

Veintitrés años cumple el EZLN y, pronto, serán 13 los años que calendarios pasados son desde aquel primero de enero de 1994.

Vayan ustedes a saber por qué o cómo, pero el caso es que el EZLN salió muy otro.

Tal vez haya sido por la extraña mezcla de norte, centro y sur de México que animó sus primeros pasos.

O tal vez por la inmensamente mayoritaria sangre indígena de sus dirigentes, dirigentas, soldados y soldadas, bases de apoyo, y autoridades autónomas.

O tal vez por el largo y complicado puente que une, a pesar de los años, la distancia, los dolores, las desapariciones y las muertes, con las montañas del sureste mexicano.

O tal vez sea por el amasijo de todas esas cosas, que fueron y son la argamasa que nos da identidad, raíz histórica, aspiración y modo a las zapatistas, a los zapatistas.

Los modos y “ni modos” del EZLN han desconcertado a cercanos y lejanos al llamado neo zapatismo. Y cuando alguien aventura una definición o una certeza, ¡zaz!, las y los zapatistas salimos con alguna de nuestras ocurrencias.

Ya ven cómo hacemos rompecabezas con los calendarios y las geografías. Y luego resulta que las historias y mapas no se entienden si se acomodan mirando hacia arriba, y sólo quedan cabales si se mira hacia abajo y se pone uno de cabeza.

Un ejemplo: uno de los oficiales insurgentes del EZLN sostiene firmemente que, en lugar de felicitar a los cumpleañeros y cumpleañeras en su día, a quien habría que celebrar es a la madre o al padre, o a ambos.

Hoy el EZLN es el cumpleañero.

Así que yo quiero darles luz y tibieza a mis palabras en este lugar, que vio crecer a César Germán Yáñez Muñoz, nombrando y celebrando a doña Beatriz Muñoz García, originaria de Nueva Rosita, Coahuila, y al doctor Margil Yáñez Martínez, originario del municipio Lamadrid, Coahuila, sus padres.

La digna sangre que César Germán y sus hermanos y hermanas llevan en las venas vino de esa mujer, la doña Rosita le decíamos, y de ese hombre, a quien llamábamos “el don Romeo”.

Y no nombro ni celebro el dolor de no tenerlos aquí con nosotros. Tampoco el que ellos cargaron durante tantos años, buscando la respuesta a la pregunta de qué pasó con el tercero de sus hijos.

No, pero en cambio nombro y celebro las semillas que formaron, cuidaron y orientaron para que fueran lo que fueron y sean lo que son.

Así que aquí hay otro ejemplo del modo muy otro de los zapatistas, porque el don Romeo, el doctor Margil pues, nomás asomándose al mundo se dio en complicar los calendarios. Y es que al doctor se le ocurrió la travesura de nacer un 29 de febrero, haciendo un desmadre padre como cumpleañero.

Pero no sólo, porque resulta que el don Romeo, previo acuerdo de la doña Rosita y habiendo hecho el trato respectivo entre quienes se aman, pues se dieron a la amable tarea de nacer rebeldes.

Uno de los paridos por esa digna sangre, cuando el don Romeo sólo tenía en su broma de calendario, un poco más de 7 años, fue llamado “César Germán”, y nombrado cumpleañero cada 23 de octubre hasta el año de 1974, cuando fue desaparecido por el gobierno federal mexicano encabezado por un criminal llamado Luis Echeverría Alvarez.

A la rebelión contra el calendario, César Germán sumó la de la rebelión contra la muerte. El recién nacido había recibido la sentencia de muerte cuando vio la luz primera con apenas un kilo de peso. Pensaron que no duraría sino unas horas, pero César Germán fue arañando vida de estas tierras regiomontanas y libró un año, dos, tres, cuatro, y fue pintándoles caracolitos a los calendarios hasta que la noche del 6 de agosto de 1969 lo encontró, ya arrebatados 26 años a la muerte, fundando junto a otros mexicanos un proyecto de vida, de libertad, de justicia y de democracia para ese país que ya dolía y todavía se llama México, uno de los proyectos más hermosos, nobles y honestos que ha conocido la humanidad: el proyecto de prepararse para aprender, para obedecer, para despertar.

Hoy el EZLN es el cumpleañero.

Pero en nuestro modo hay que celebrar a quien nos engendró.

Por eso hoy, en nuestro 23 aniversario, quiero nombrar y celebrar a quienes, en estas tierras norteñas, formaron y cuidaron a la organización madre de lo que hoy es conocido públicamente como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

En Monterrey, Nuevo León, hace más de 37 años, un pequeño grupo de personas nacieron lo que llamaron Fuerzas de Liberación Nacional. Desde su origen la dotaron de una ética de lucha que después heredaríamos quienes somos parte del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Ni secuestros ni asaltos fueron fuente de sus recursos. En cambio, sustentaron su economía y su tamaño en el trabajo político entre la población explotada, despojada, despreciada, reprimida.

Ni acciones espectaculares, ni golpes de mano marcaron su andar. En cambio, alimentaron lo que llamaron “acumulación de fuerzas en silencio”, esperando el momento en que el pueblo, nuestro pueblo, requiriera de los modestos esfuerzos de una organización marcada por la frase del general insurgente, Vicente Guerrero, de “vivir por la patria o morir por la libertad”.

No asentarse donde tenían el apoyo, el conocimiento, la costumbre de vivir, trabajar y luchar, sino cruzar el país e irse al último rincón de nuestra Patria: las montañas del sureste mexicano.

No engañar, sino hablar con la verdad sobre caminos y dificultades.

No el culto a la muerte, ajena o propia, sino la lucha por la vida, pero por una vida mejor para quien sólo conoce la supervivencia adolorida del cada nada tiene.

No calcar manuales e importar teorías, análisis y experiencias extranjeras y extrañas, sino enriquecer las ciencias y las artes de la lucha con la historia de México y el análisis de nuestra realidad concreta.

No imponer, ni con armas ni con argumentos, la idea propia, sino escuchar, aprender, convencer, crecer.

No seguir el calendario de arriba, sino ir construyendo el calendario de abajo.

No dejarse imponer coyunturas ajenas, sino trabajar para tener la posibilidad de crear las propias, abajo y a la izquierda.

La ética del guerrero que se forjó en una casa de la ciudad de Monterrey, Nuevo León, México, habría de encontrarse años después con la ética de los guerreros de raíz maya en las montañas de Chiapas.

De esa mezcla habría de nacer no sólo el EZLN, también la palabra hecha arma, escudo y espada de los más olvidados de la Patria: los pueblos indios zapatistas.

Ya antes dije que los zapatistas somos muy otros. En esta otredad tenemos la creencia de que a la tierra se le da por parir, cada tanto, a una generación de hombres y mujeres a quienes encomienda una tarea determinada. Una misión especial, decimos los militares.

Los hombres y mujeres que en los ’60, ’70 y ’80 lo dejaron todo para tener nada, son nuestras madres y nuestros padres. A ellos y ellas llamamos la “generación de la dignidad”, la generación que tuvo como propósito el nacernos y heredarnos lo mejor de su historia personal y colectiva, para formar no a maestros, ni dirigentes, ni mandos, sino aprendices aplicados, dispuestos a aprender de quienes abajo son lo que son: indígenas, campesinos, obreros, empleados, ancianos, mujeres, jóvenes, niños y niñas.

Si ahora no están con nosotros para este cumpleaños, no es porque no lo hayan previsto. Su ausencia fue siempre de una alta posibilidad en el camino y el paso que eligieron, para que nosotros en él andáramos y, a estas alturas del partido, sigamos constatando que las botas de estas mujeres y hombres nos siguen quedando grandes, y tal vez eso sirva para explicar nuestras torpezas y tropiezos.

De las palabras pronunciadas en la casa museo del doctor Margil por el 23 aniversario del EZLN. De La Jornada de México. Especial para Página/12.

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27 Noviembre 2006

El sueño de la razón, de José Pablo Feinmann en Página 12

Los ejércitos napoleónicos llevaban en sus bayonetas el sueño de la Revolución Francesa. Ese sueño era el de la razón. A partir de 1789, la burguesía francesa destrona y decapita a sus monarcas e instaura el reinado de una razón a la que califica de diosa. Si los reyes eran quienes gobernaban por derecho divino, ahora la que tiene los atributos de la divinidad, pero reemplazándola, es la razón. Nace, así, la Diosa Razón. Ella habrá de ordenar, a su modo, el mundo. El único modo en que la razón puede realizar semejante tarea es el de la racionalidad. Un mundo sin desigualdades, con derechos para todos los hombres, un Estado transparente y democrático basado en un contrato de las voluntades. La expansión de este sueño se encarna en un hombre de ambiciones desmedidas, de estatura escasa y genio de estadista y de guerrero. En 1810, las tropas de este hombre, que es Napoleón Bonaparte, habían hecho prisionero al monarca español Fernando VII y encadenaban las tierras de España. Esto produjo varios acontecimientos; no fue el menor el de las revoluciones sudamericanas, iniciadas por la nuestra, la de Moreno y Castelli. Pero el más cruel fue el de los fusilamientos ordenados por los generales de Napoleón contra los sedicentes españoles, o los aterrados civiles o los soldados sin jefatura. En esa tierra caliente la sangre corrió impune. Alguien, un pintor y grabador español, que habría de fallecer en Burdeos en 1824, pintaría esos horrores. Me refiero, claro, a los grabados de los desastres de la guerra y a un cuadro célebre que, torpemente, intentaré describir. Hay, en el centro de la imagen, un hombre con una camisa blanca, tiene los ojos muy abiertos, ha elevado sus brazos y está frente a un pelotón de fusilamiento. Lo rodean otras figuras, otros hombres y mujeres que serán también fusilados, que no tienen su mismo protagonismo, que están a su sombra, agazapados algunos. Los franceses que harán fuego forman un grupo compacto, no les vemos las caras, de esas caras parecieran brotar los fusiles que apuntan a las inminentes víctimas, a los inminentes cadáveres. El hombre de la camisa blanca está arrodillado. Sin embargo, es tan alto como los soldados, algo que nos obliga a pensar que, si se irguiera, sería más alto que ellos. No habrá de erguirse. No va a pelear; sabe que será inútil. Sólo pide clemencia. Al margen de este cuadro –cuya belleza trágica produce pasmo, horror–, Goya hizo una serie de grabados a los que llamó Los desastres de la guerra. Son escenas también desgarradoras. Esos grabados se han hecho contra las guerras, contra sus vejaciones, aunque su autor sabe que no habrán de impedirlas. Luego de una enfermedad que contrajo en Cádiz, en 1792, Goya había emergido casi sordo de esa desgracia y ella, como suele ocurrir, agrió su carácter, su visión de la vida, la cual se vio confirmada por los horrores de los ejércitos napoleónicos en su tierra española. Habría entonces de escribir una frase que atravesó las décadas: “El sueño de la razón engendra monstruos”. Qué duda cabe: el sueño de la razón que soñó la Revolución Francesa y la liberación de los hombres, la igualdad, la fraternidad, había producido los monstruosos soldados que fusilaban a los despavoridos españoles. Goya había hecho su aporte a toda una corriente de la filosofía que ve en la razón el extravío de la historia humana. Algo así se cree cuando se comprueba que la historia humana podrá ser cualquier cosa, pero no es racional. Algo así se cree cuando las guerras no dejan de sucederse y llevan, por fin, hacia los horrores del siglo XX, los campos de exterminio (racionalmente organizados), la tortura (racionalmente aplicada) y la desaparición de personas (racionalmente planeada).

En 1936, Picasso, a quien se suele considerar el más grande creador artístico del siglo XX, pintó otro cuadro sobre la guerra, basándose en Goya. No habrá, en rigor, ningún artista que, luego de Goya, no recurra a él al elegir la guerra y sus horrores como tema de su pintura. Desde el expresionismo hasta el pop, la guerra, en arte, remite a Goya. Picasso se basa en el bombardeo a una ciudad abierta, la de Guernica, por la Legión Cóndor, de la Luthwaffe alemana. Picasso pintó su cuadro con figuras deformes, bocas que se abren clamando, ojos que miran al cielo, manos que se elevan posiblemente pidiendo clemencia, lo que siempre piden las víctimas antes del sacrificio. Hay una historia sobre el pintor y su cuadro. Habrían ido a arrestarlo soldados franquistas y le habrían preguntado si él había hecho eso: el Guernica. “Lo hicieron ustedes”, respondió Picasso. Fue miembro del Partido Comunista francés circa 1958. Y le dieron el Premio Lenin de la Paz en 1962. El más grande creador plástico del siglo XX fue stalinista. ¿Sabemos por qué hizo suyas esas opciones? Conjeturo que la vieja Unión Soviética, mal, pero muy mal, era, al menos, una resistencia contra la voracidad del libre mercado de Milton Friedman, transparente héroe de las democracias occidentales, recientemente fallecido. Tema que, aquí, queda tal como está, es decir, sólo enunciado, ya que será otra la oportunidad de abordarlo.

Supongo (no quiero ser pesimista) que surgirán talentos de la estatura de Goya y Picasso. Aunque acaso lo dude. De lo que no dudo es que las guerras no cesarán. Seguirán incluso hasta el día en que no quede nadie, ni siquiera un mediocre retratista de familias al sol en día domingo, para pintarlas. ¿Quién pintará la guerra de Irak? ¿Quién pintará los espantos de la prisión de Abu Ghraib. ¿Quién pintará a los sunnitas que se dirigían a su Dios en una mezquita, en Irak, y llegaron milicianos chiítas y los arrastraron afuera y los quemaron vivos? ¿Quién pintará las caras entre crispadas y hartas de los que leen esas noticias o notas como ésta y dicen o piensan por qué no la terminan con estos temas, no tienen otras cosas de qué hablar? ¿Quién pintará –porque alguien tiene que hacerlo– al “asesino de escritorio” (el concepto es de Theodor Adorno) Donald Rumsfeld cuando ordenó las torturas en Irak? ¿Quién pintará a ese hombre desnudo, en Abu Ghraib, encogido, con las piernas apretadas, los brazos tras la nuca, gritando, pidiendo, otra vez y porque está en el bando perdedor y sin retorno de las víctimas, clemencia?

Sigo dudando acerca de lo que estos hechos podrían generar en el campo del arte. Todo se ha deteriorado. El fusilado de la pintura de Goya abría sus ojos, alzaba sus brazos, de su boca brotaba un grito o una palabra final. Ayer o pocos días atrás, vi, por la TV, a un periodista decirle a un marine que quería tomar la foto de un muerto. El marine señaló hacia el piso, un asfalto caliente, sucio. El periodista estaba casi parado sobre su muerto, que era una mancha en ese piso inmundo. Una mancha negra, roja y líquida. De los muertos de estas guerras cada vez resta menos. No quedan sus cuerpos ni quien pueda recordarlos, llorarlos. El hombre sigue siendo el lobo del hombre. Pero con más medios de destrucción. Freud decía que el hombre es un “dios con prótesis”. Un dios que se construye todo tipo de apéndices para prolongar sus poderes. De esos apéndices, los más costosos y los más letales son los destinados a la guerra, al estridente arte de asesinar. Esos apéndices, a su vez, se han transformado en un negocio formidable, en una industria incesante. De aquí que las guerras continúen. Si el petróleo no existiera, la industria de armamentos lo inventaría. Frase que tomé de un ensayo de Sartre: “Si el judío no existiera, el antisemita lo inventaría”. Es cierto. Y si el judío y el árabe no existieran, el judío inventaría al árabe y el árabe al judío. El porvenir de la humanidad sigue siendo la guerra. Pero sin Goya. Sin Picasso.

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24 Noviembre 2006

Al borde, de Juan Gelman en Página 12

La victoria en Irak es imposible, soltó Henry Kissinger por la BBC de Londres. Dijo algo obvio para muchos, pero no todos entienden hasta qué punto la invasión y ocupación de ese país ha roto el equilibrio estratégico que imperaba en la región y ha creado una pendiente por la que declina el poderío estadounidense en el plano mundial. Todo lo que puede imaginar la Casa Blanca para enderezarla es una fuga hacia adelante: la guerra contra Irán.

Ese conflicto a la vista se complicó para los neoconservadores la semana pasada, cuando el muy informado periodista estadounidense Seymour M. Hersh dio a conocer en The New Yorker que, según un alto funcionario de la CIA, no hay evidencias de que Teherán esté enriqueciendo uranio para obtener armamento nuclear, la afirmación que W. Bush reitera para justificar otro ataque “preventivo”. La fuente reveló a Hersh que, según la evaluación del servicio de inteligencia, “la CIA no encontró hasta ahora pruebas concluyentes de un programa secreto iraní de producción de armas nucleares, paralelo a las operaciones de naturaleza civil que Irán ha declarado al Organismo Internacional de Energía Atómica”. Para el vicepresidente Dick Cheney la falta de pruebas indica exactamente lo contrario: que ese programa existe y que Teherán ha sabido cómo esconderlo al espionaje aéreo y/o terrestre. Esta lógica no será kantiana, pero es voluntariosa.

La situación de EE.UU. en Irak es verdaderamente paradójica. Juega al aniquilamiento de la insurgencia sunnita que llevan a cabo las milicias chiítas iraquíes con el apoyo tácito de Teherán, y al parecer no entiende que está apoyando al sector más integrista y hostil a los intereses de Washington. En tanto, Irán asiste con beneplácito a la matanza de sus ex enemigos, los seguidores de Saddam Hussein, las tropas norteamericanas guardan las espaldas de las milicias pro-iraníes y miembros del gobierno de Irak piden ahora que la ocupación continúe hasta terminar la tarea. Si W. Bush envía 20.000 efectivos más, como le pide el senador demócrata Joseph Lieberman, ayudará a proteger esas milicias. Se ignora si el mandatario estadounidense comprende que este matrimonio por conveniencia terminará si se acaba la resistencia sunnita.

Hersh señala que el reemplazo del renunciado Donald Rumsfeld por el ex director de la CIA Robert Gates sólo consiste en un toque de credibilidad para una política que éste no podrá diseñar ni impedir, pese a que es el jefe del Pentágono. “Los neoconservadores siguen trabajando duro e insisten en que el único camino para salvar a Irak es castigar a Irán... También preconizan que esto es algo que Bush tendrá que hacer antes de dejar la presidencia.” Pero el factor más agudo tal vez sea la postura de Tel Aviv que, desde luego, el poderoso lobby estadounidense pro-israelí sostiene y propagandiza por todos los medios: la consigna es que Irán prepara un nuevo holocausto con su programa nuclear. El primer ministro israelí Ehud Olmert “es atacado por no haber sido capaz de terminar con los cohetes (palestinos) Qassam, sufre presiones y se aleja del bajo perfil que mantuvo”, explica Aluf Benn en el diario israelí Ha’aretz (19-11-06).

W. Bush no descarta que Israel bombardee las instalaciones nucleares iraníes y hasta ha dado su permiso: él comprendería –dijo– que lo hiciera. Este vicariato ya costó sangre israelí en la aventura del Líbano y es posible que los dos aliados subestimen la capacidad de respuesta de Teherán. Si el ataque se produce, en el mejor de los casos sólo retrasaría en un par de años la culminación del programa nuclear de Teherán y sería “un desastre total” para todos, aseveró un miembro del gobierno francés que participó en las conversaciones Bush-Chirac (Ha’aretz, 20-11-06). En efecto: la represalia iraní sería más vigorosa que la de Irak cuando Israel bombardeó sus instalaciones nucleares en 1981 y eso sin duda obligaría a la participación de EE.UU., hecho que unificaría al mundo árabe por primera vez en siglos. Las consecuencias: ardería el Medio Oriente y Asia Central y el mundo entero –EE.UU. e Israel incluidos– pagaría la factura.

Irán, con la mitad de su territorio en llamas, aún tendría la capacidad de impedir el paso de los buques-tanque petroleros por el estrecho de Ormuz, disminuir la producción de sus yacimientos y cesar las exportaciones de hidrocarburos, cortar los oleoductos de toda la región del Golfo. Los precios del petróleo se irían a nubes más altas todavía y se precipitaría una crisis económica mundial. Hay conservadores llamados “realistas” que pujan por negociaciones con Irán y Siria a fin de apaciguar el volcán iraquí y entrecerrar la caja de Pandora que abrió Bush. La pregunta es si esto se podrá lograr o si quemantes lavas volcánicas han de cubrir la región entera.

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24 Noviembre 2006

El mayordomo lo hizo, de Robert Fisk en Página 12

En la casa velatoria, un viejo hogar libanés de piedra, no expusieron el cuerpo de Pierre Gemayel. Habían sellado la tapa –tan terriblemente destrozado estaba su rostro por las balas que lo habían matado– como si las pesadillas del Líbano pudieran mantenerse en la oscuridad de la tumba. Pero los maronitas y los griegos ortodoxos y los drusos y –sí– los musulmanes que vinieron a dar sus condolencias a Patricia, la mujer de Gemayel y a su padre Amin, lloraban copiosamente al lado del cajón cubierto por la bandera. Entendían los horrores que podrían suceder en los días por venir y su dignidad era una negativa a aceptar esa posibilidad.

En Beirut había estado observando a los detectives libaneses –aquellos que nunca resolvieron ni uno solo de los muchos asesinatos políticos del Líbano– mientras fotografiaban los agujeros de bala en el automóvil Kia que Gemayel había estado conduciendo, 13 impactos a través de la ventanilla del conductor, seis de las cuales habían traspasado la puerta del acompañante después de pasar por la cabeza del ministro de industria libanés y la de su guardaespalda. Pero en el pueblo de Bikfaya, con el frío de la montaña con abetos y nuevas banderas falangistas de cedros triangulares, el grupo vestido de luto hablaba de castigo legal en lugar de venganza para los asesinos de Gemayel.

Era un momento alentador. ¿Quién hubiera imaginado –allá durante la guerra civil que nos obsesiona nuevamente– que los drusos pudieran entrar a este sanctasanctorum, con tranquilidad y en amistad para expresar su dolor por la muerte de un hombre cuyo tío Bashir era el más feroz y brutal enemigo de los drusos? El mejor amigo de Bashir, Massoud Ashkar, un oficial de la milicia en aquellos días oscuros y terribles, habló emocionadamente de la necesidad de justicia y de unidad libanesa. “Sabemos que los sirios mataron gente durante la guerra”, me dijo. “Estamos esperando saber quién mató a Sheik Pierre. Esta gente quería recomenzar una guerra civil. Debemos saber quiénes son.”

Con la tristeza de aquellos que todavía esperan la recuperación cuando la posibilidad no existe, algunos de los cristianos locales se reunieron en el suburbio de Beirut de Jdeideh, donde los tres asesinos le dispararon a su miembro del Parlamento el martes por la tarde. Su automóvil con el capot aplastado, donde había sido embestido por los hombres armados del Honda CRV a las 3.35 pm, y su parte trasera todavía incrustada en una camioneta cuando Gemayel murió al volante fueron fotografiados cientos de veces por los policías. Los miraban los hombres y las mujeres que menos de 24 horas antes no habían escuchado las pistolas con silenciadores que lo mataron y pensaron en un principio que el ministro había tenido un accidente en la ruta. Nadie quería dar el nombre, por supuesto. No se hace eso en el Líbano hoy.

Apenas unas horas antes, Pierre Gemayel había estado en Bikfaya, a sólo 200 metros de donde yacía ayer, honrando la estatua de su abuelo –también Pierre– que fundó el partido falangista que su nieto representaba en el Parlamento. Nadie mencionó, por supuesto, que ese mismo abuelo Gemayel, un humilde entrenador de fútbol, había formado a los falangistas como una organización paramilitar después de haberse inspirado –así me contó antes de morir en 1984– durante su visita a las Olimpíadas nazis de 1936, en la Alemania de Hitler. Esos detalles incómodos habían sido borrados hace tiempo de la narrativa de la historia libanesa –y de nuestros relatos periodísticos sobre la muerte de su nieto esta semana–.

Ese pequeño asunto de la narrativa –y quien la escribe– era un problema ayer, cuando las potencias occidentales señalaban a Siria. Sí, todos los importantes hombres libaneses asesinados en los últimos 20 meses eran anti-sirios. Es un poco como decir “lo hizo el mayordomo”. Una vengativa Siria ¿no atacaría la independencia del Líbano asesinando a un ministro? Sí. Pero entonces, ¿cuál sería la mejor manera de socavar el nuevo poder del prosirio Hezbolá, el ejército de la guerrilla chiíta que pidió la renuncia del gabinete de Siniora? ¿Matando a un ministro del gobierno, sabiendo que muchos libaneses culparían a Hezbolá, aliados de Siria?

Viviendo en el Líbano, uno aprende estas trampas semánticas a través de una especie de espejo. Nada sucede aquí por casualidad. Pero suceda lo que suceda, nunca es lo que uno pensó en un primer momento. Así lo entendieron los libaneses en Bikfaya cuando se reunieron y hablaron de unidad. Si sólo los libaneses dejaran de poner su fe en los extranjeros –los estadounidenses, los israelíes, los británicos, los iraníes, los franceses, las Naciones Unidas– y en cambio confiaran en ellos mismos, harían desaparecer las pesadillas de la guerra civil sellada dentro del ataúd de Pierre.

De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Traducción: Celita Doyhambéhère.

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24 Noviembre 2006

Gracias y desgracias, de Rodrigo Fresán en Página 12

UNO La muerte de un grande suele, inevitablemente, afectar la vida de los pequeños. Su onda expansiva, su efecto residual, pueden permanecer o extenderse con más o menos tiempo con una mayor o menor intensidad. Pero difícil mantenerse indiferente ante la luz que se apaga y la puerta que se cierra y, de pronto, la espontánea presencia de ese súbito ausente que parece modificarlo todo. Es como si una de las virtudes y privilegios de ese último aliento fuera la de soplar sobre todas las cosas de este mundo y, de algún modo, hacerlas suyas.

Pensaba en esto el pasado martes por la noche cuando –bailando el zapping– me encontré con la noticia del fallecimiento del director de cine norteamericano Robert Altman. De golpe y sin aviso, sentí que todo a mi alrededor se altmanizaba, se volvía multitudinario y coral, se disgregaba para unirse en un nuevo orden. El resto de las buenas y malas nuevas en los noticieros parecían protagonizadas por sus elencos de mil cabezas donde nadie destaca pero todos tienen su instante de gloria o infamia. El libro de O. J. Simpson retirado por la editorial y titulado Si lo hubiera cometido, así es como sucedió, el presidente alternativo y mexicano López Obrador, el ex agente ruso envenenado en Londres, todas eran posibles pantallas sobre las que proyectar tramas altmanianas que contuvieran multitudes. Y uno ahí, en el medio, esperando sus quince minutos no de fama pero sí de protagonismo. Porque ésa era una de las muchas grandes cosas del cine de Altman: todos gozaban de su momento, a cada perro le llegaba su día, la estrella de Hollywood no dudaba en rebajarse a esas pocas escenas que intuía más trascendentes que varias películas juntas y el actor de reparto sabía que, inevitablemente, aquí recibiría primeros planos y parlamentos de primera. Y todos –se nota en cualquier título de su filmografía– parecían muy felices y estar pasándosela muy bien y rogando porque se demorara lo más posible el cortante grito de “¡Corten!”.

Me acordé entonces de mi primera conciencia del raro genio de Altman, a los 12 años, viendo Nashville en un cine casi vacío de Caracas y, sin esperarlo, no sólo sintiendo que el cine podía ser otra cosa sino que, además, la vida podía ser otra cosa y, al mismo tiempo, ser exactamente igual a como yo la conocía. Esta vida que acaba de dejar Robert Altman no sin antes habernos dejado su muy particular forma de ver –y de filmar– la vida. Y me gustaría pensar que en sus funerales (Meryl Streep y Lily Tomlin se burlaron y homenajearon el síntoma en la última ceremonia de los Oscar, cuando Altman experimentó la honorable injusticia de recibir recién entonces una primera estatuilla a toda su carrera) los muchos oradores que allí serán convocados hablarán todos al mismo tiempo.

DOS Tiene su gracia, también, que Robert Altman –un “artista problema”, percibirlo en el desconcierto de varias de las necrológicas que le han dedicado, alguien difícil de sintetizar por la lápida– haya muerto casi en vísperas de ese feriado tan raro y tan norteamericano: el Día de Acción de Gracias. Una ocasión inequívocamente altmaniana que –tal vez me equivoque– no aparece retratada o atrapada en ninguna de sus películas. Hay, sí, película de Jodie Foster sobre la cuestión. Y está esa otra con Steve Martin. Y aquella con la flamante Mrs. Cruise. Y The Last Waltz de The Band suena su adiós un Día de Acción de Gracias. Y esa gran canción, “Thanksgiving Day”, en el último disco de Ray Davies cantándole al inalterable continuum de un rito privado y a la vez público donde todos se juntan, como en el Mondo Altman, sin saber muy bien por y para qué.

En cualquier caso, la festividad que los norteamericanos celebran el 23 de noviembre y que conmemora la leyenda colona (y no aún urbana) de una comida en 1621 (institucionalizada a partir de 1623), en Massachusetts, entre peregrinos separatistas de la Iglesia de Inglaterra y nativos americanos de la tribu Wampanoag, quienes les ayudaron a pasar el invierno del año anterior en Massachusetts y todo eso. Obsesivos del asunto postulan fechas anteriores como originales Días de Acción de Gracias: el festejo organizado por Francisco Vázquez de Coronado junto a los indios Tejas el 23 de mayo de 1541 en Palo Duro, Texas; o la juerga Don Juan de Oñate con los indios Manso del 30 de abril de 1598; o la farra que montó Pedro Menéndez Avilés junto a los originales habitantes de Florida el 8 de septiembre de 1565. Pero, aquí y ahora, la que vale –legitimada por el presidente Roosevelt en 1939 para aumentar las ventas de los melancólicos comerciantes de la Depresión– es la que viene con las primeras nevadas y se traduce en masacre de pavos a rellenar con oscuras y celosamente guardadas recetas familiares.

TRES Y hace pocos días terminé de leer The Lay of the Land, flamante novela de Richard Ford y última parte de la trilogía que tiene como protagonista al agente inmobiliario –y alguna vez escritor deportivo– Frank Bascombe. Esta novela –así como las anteriores, El periodista deportivo y El día de la independencia– podría haber sido una gran película de Robert Altman y gira siguiendo las inescapables órbitas del feriado nacional en la que transcurre. Y así habla Frank Bascombre en The Lay of the Land: “Mientras uno puede argumentar que este feriado conmemora ritos antiguos de fecundidad y honra a la Gran-Madre-Que-Está-En-La-Tierra, en realidad lo que siempre ha festejado ha sido la idea de vaciar vidrieras con productos en liquidación. A menos, claro, que uno sea un indio de la tribu de los Wampanoag y sepa que lo que en verdad se celebra es el engaño, el genocidio y la indiferencia del hombre en cuanto a quién es el verdadero dueño de estas tierras. El Día de Acción de Gracias, por supuesto, también marca el comienzo de la lóbrega temporada navideña, ese valle de corazones dolidos y esperanzas irreales contenedor del mayor número de suicidios exitosos, abandonos, infidelidades, robos de autos, disparos de armas de fuego y cirugías de emergencia, sólo superados por lo que sucede al día siguiente de la Super-Bowl. Los días se vuelven efímeros. Nadie se acostumbra a la súbita ausencia de la luz. Son muchas las almas que compran pasajes a cualquier destino con tal de mantenerse en movimiento. Las preocupaciones y una súbita conciencia de uno mismo enrarecen el aire”. Y a pesar de todo, el Día de Acción de Gracias no puede ser ignorado. Los norteamericanos están conectados a la idea de sentirse agradecidos por algo. Nuestro ser nacional se alimenta de la gratitud inventada.

Desde aquí, y en lo que a mí respecta, vaya mi gratitud verdadera: gracias a Robert Altman y gracias por Robert Altman. Lo demás lo discutimos después del entierro.

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