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Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

16 Septiembre 2006

Dos de piratas, de Xavier Bru de Sala en La Vanguardia

Ahí va la primera, protagonizada por Pompeyo Magno, también recordado como Pompeyo el Grande, de quien el común de los mortales sabe que, teniéndolo todo a favor, perdió ante César, no tan grande pero victorioso, en la decisiva batalla de Farsalia.

Pues bueno, la piratería se había adueñado de tal modo del Mediterráneo, infligía tanto daño al comercio naval, que incluso escaseaba el aprovisionamiento de Roma. Para que se hagan una idea, algunas cifras: las naves piratas pasaban de mil; el número de ciudades tomadas al asalto era ya superior a cuatrocientas; los más renombrados santuarios, que por ser inviolables guardaban enormes riquezas, habían sido saqueados sin piedad; en el colmo de la ostentación, llevaban la arboladura de sus naves recubierta de oro, los remos plateados; lo peor, se burlaban de Roma y sus autoridades hasta tal punto que el prestigio de la capital de la antigüedad decaía a ojos vistas. Intolerable.

Pero una cosa era que los precios de los víveres, así como no pocos productos, básicos y de lujo, se dispararan por la carestía, y otra mucho más insoportable la grave merma del temor que inspiraba la ya casi dueña del mundo conocido.

Llamado Pompeyo, fue investido con grandes poderes, armado con quinientas naves, ciento veinte mil hombres de infantería y cinco mil caballos. Baste decir que en sólo tres meses cumplió el encargo de limpiar por completo el mar de tan dañina actividad. Culminó su empresa con tanta celeridad porque no la llevó a cabo en exclusiva yendo por concienzudas partes - primero Córcega y Cerdeña, luego Sicilia y Libia, etcétera-, sino usando de la clemencia con quienes, no mereciéndola, se entregaban sin luchar. De este modo, consiguió que unos veinte mil abandonaran por las buenas sus inexpugnables fortificaciones. Incluso llegó, en una ocasión, a combatir a su lado a fin de salvarles de una muerte segura. Gracias a tanto perdón y magnanimidad, los que aún se resistían fueron aniquilados con presteza. Luego, y ahí está lección de perspicacia, dio tierras de cultivo y ciudades, lejanas al mar, eso sí, a los perdonados, y les proporcionó un modo honrado de prosperar. Así cambió su naturaleza de animales feroces, salvajes, depravados, en personas de bien, civilizadas y sociables (lo que no fue comprendido por todos pero que sin duda habrían aplaudido, de haber sido coetáneos de Pompeyo, tanto Rousseau como Gianbattista Vico).

Pasan los siglos. Sobrevolamos la piratería mediterránea de Barbanegra y compañía, mal llamada piratería porque de hecho la mayoría eran corsarios, para posarnos a principios del XVII, hace solamente doscientos años, momento en el que el rey Jorge I, a la vista de que la navegación comercial se hacía de nuevo insostenible, publicó un muy eficaz edicto de perdón a los que se entregaran y persecución de los recalcitrantes. Para hacerse una idea de lo despiadados que llegaron a ser los piratas, de esta época pero también de las demás, a fin de constatar el horror, el sufrimiento, la cruel tortura gratuita en las que se regocijaban, la abyección absoluta, basta repasar la Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas que, después de reunir una abundantísima documentación, publicó Daniel Defoe, el autor del Robinson Crusoe.Su prólogo no tiene desperdicio. En él, Defoe se pregunta por la causa de tanta piratería británica en contraste con la total ausencia de ella entre los holandeses, siendo entonces Holanda la segunda potencia naval. La explicación es tan sencilla como atinada: "La razón, a mi parecer, está - sostiene- en que después de una guerra, cuando los holandeses desarman sus barcos, tienen una pesca en la que los marineros encuentran un trabajo y un pan tan buenos como los que tenían antes". GALLARDO Los ingleses, en cambio, no procuraban el menor trabajo a sus marineros licenciados, así que se dedicaban a lo único que habían aprendido a hacer, capturar barcos en el mar. La única alternativa era vagar y mendigar por todo el reino. Pero es que, además, la diferencia entre un corsario, armado y protegido por su majestad, y un pirata consistía en la falta absoluta de aprovisionamiento del pirata, por lo que estaba obligado, para subsistir, a agudizar al máximo su ingenio depredador, así como su audacia. ¿De qué manera daban con ellas, siendo tan enorme el océano? Apostándose en las rutas comerciales más concurridas (lo que no hacían los buques de guerra encargados de darles caza, pues al sobrevivir tanto si encontraban un buque pirata como si no, no sentían las mismas acuciantes necesidades). No es de extrañar pues que un único pirata, el temible Roberts y su tripulación, apresara cuatrocientas naves, que no son pocas, antes de que acabaran con él.La lección o moraleja es la misma en ambos casos (y en otros que podríamos aducir). Por lo general, quienes disfrutan de un modo seguro y estable de ganarse la vida no se la juegan aunque jugándosela pudieran ganar mucho más.

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