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Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

13 Diciembre 2006

Lectura de Gustavo Bueno (I), de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Acompañando a ese fenómeno químico que fue la reforma del franquismo (o sea, la transmutación de la democracia orgánica en liberal , cuyo proceso de fermentación pasó a la historia con el nombre de Transición), se produjo un enorme revuelo de ideologías agitándose, como si fueran murciélagos sorprendidos por la súbita luz vespertina, alrededor de las cabezas de los españoles y dando lugar al capítulo de la confusión de lenguajes políticos: falangistas que hablaban como si siempre hubieran sido liberales demócratas; conservadores que se pronunciaban como si jamás lo hubieran sido, sino tiernos socialdemócratas; progres que se expresaban como si hubieran mamado la ideología marxista desde la cuna.

Aquella tremenda confusión de las ideologías -mejor dicho, aquella turbulencia metapolítica-, recién liberadas de la presión que las reprimía, era el colofón del fenómeno químico que, por lo visto, había controlado y dirigido Torcuato Fernández-Miranda con tanto tino jurídico a pesar de las neblinas y de "las trampas saduceas"

Avanzada la década de los setenta, se produjo otro barullo metapolítico coincidiendo con el final del acelerón revolucionario que habían experimentado los jóvenes españoles fascinados por el terremoto progresista del mayo francés de 1968, que hizo saltar por los aires los adoquines de las calles de París. Recuerdo que entre 1968 y 1973 -el quinquenio apoteósico del "progresismo" revolucionario en este país-, de cada tres de aquellos jóvenes anticasitodo, dos habían estado en París participando en aquella famosa melé ideológica de la primavera.

Cuando se fueron sosegando los espíritus progres, cada uno empezó a buscarse el sitio que mejor le convenía. Acabó imponiéndose el sentido práctico de la militancia sobre el sentimiento utópico. El romanticismo ideológico le cedió el paso a la habilidad y la destreza en el arte de hacer uso de la política. Empezaron a interesar más las cosas que las ideas. Estábamos en las vísperas de acatar un nuevo régimen: el consumismo, la Internacional del capitalismo. Una Consecuencia, dicen, de las gozosas libertades democráticas, que son las que al parecer proporcionan los beneficios materiales que garantizan el bienestar social. Ese paraíso ya no es una promesa política, sino una restallante realidad. El neoliberalismo (política más economía) nunca falla.

En aquel barullo metapolítico, se extravió la izquierda histórica. La democracia liberal perdió uno de los agentes que más necesitaba para racionalizar su posterior institucionalización. Pero daba lo mismo, porque nos quedaba el mercado; el cual, según dicen, es el único sistema de libertades naturales que proporciona al individuo felicidad y prosperidad (sospecho que a unos más que a otros). Al finasl de las utopías le llamaros globalización.

Había iniciado la lectura del capítulo 10 (Sobre la democracia) de la polémica obra de Gustavo Bueno (Zapatero y el pensamiento Alicia. Un presidente en el país delas maravillas. Temas de hoy. Planeta, Noviembre, 2006), cuando me quedé sumido en ese sopor metafísico que usted me acaba de soportar, como lector, gracias a su generosa paciencia. Concretamente, acababa de leer: "Solo con la democracia cada hombre podrá relacionarse de mil maneras con los demás, cambiando de discursos y de pases cuando haga falta. No olvidemos nunca que la esencia de la democracia es la cultura". Se supone que estas son reflexiones de Zapatero. El autor lo aclara: fue el presidente quien dijo en el Parlamento el pasado mes de mayo, que "la esencia de la Democracia es la cintura" (pag. 272).

Para leer a este lúcido y fogoso filósofo -el filóso marxista de la Universidad de Oviedo desde 1960 hasta que se consumó la fermentación química de la Transición mediados los años setenta- hay que tener, además de mucha "cintura intelectual", buena memoria política. Confieso que a pesar de que mi cintura es bastante más torpe que mi memoria, puedo leer a este veterano filósofo sin perder los estribos. Es evidente que Gustavo Bueno ha experimentado, como otros muchos intelectuales y progresistas de la época de la pretransición, la correspondiente y natural evolución política -se supone que impuesta por las "circunstancias", entre otras razones- porque goza de una espléndida cintura política y tiene una envidiable agilidad dialéctica, gracias a las cuales el maestro de filósofos goza de una notoria fama como polemista y como impetuoso retórico.

A mi me parece que el autor del cierre categorial siempre ha dejado abierta la puerta de su talento para que sus compromisos políticos entren y salgan cuando sientan la necesidad o la conveniencia de hacerlo. Esta es una decisión objetivamente intelectual, y, quizá, subjetivamente interesada. En este aspecto el filósofo no está solo. Hay un montón de gente que en política tiene sus puertas abiertas de par en par siempre.

Uno de los temas que caracterizan el pensamiento Bueno es su teoría sobre la "vuelta del calcetín". Hace veintitantos años que le escuché, por primera vez, manifestar que al marxismo había que darle la vuelta como si fuera un calcetín. Creo que es la misma propuesta que había hecho Marx refiriéndose al pensamiento de Hegel. En cierta manera, la evolución política del filósofo quizá sea la consecuencia visible de haberle dado él mismo la vuelta a su propio calcetín político.

NOTA: En este artículo de Cordero, la versión digital del mismo, no corresponde ni a la cuarta parte de su versión en papel, tuve que teclear el resto, dado su interés

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