Un mandato de la Corona, de Fernando Ónega en La Voz de Galicia
«SOSEGUEMOS la vida política». Es uno de los mandatos del Rey en su mensaje de Navidad. Una vez más, don Juan Carlos recogió en sus palabras un sentimiento general de la sociedad española. Y añadió en el mismo párrafo: «Y trabajemos con espíritu integrador». Es, probablemente, el mejor resumen de la inquietud de la Corona en este tenso momento de la vida pública. Fue la voz del jefe del Estado en medio de un barullo político y mediático y unas tensiones de poder perfectamente localizadas, que no se corresponden con el estado general de la nación.
Al ver los proyectos del Gobierno, las reacciones de la oposición y el clima de crispación, mucha gente se pregunta qué piensa don Juan Carlos. Otras voces le piden que intervenga con la prudencia y capacidad de arbitrio que le otorgan las leyes. Dicho de otra forma: contemplada España desde el palacio de la Zarzuela, ¿cómo se ve? ¿Con esa luz de alarma que enciende Aznar cuando duda de que en cinco años haya Estado? ¿O con la serenidad de quien piensa que ha llegado el momento de hacer reformas que saldrán bien y fortalecerán el país?
No tenemos otra medida de la inquietud real que este mensaje anual. En él, Su Majestad ha tratado de describir, más que de echar broncas. Ha tratado de empujar, más que de recrearse en los problemas. No quiso hacer un catálogo de dificultades y por eso los primeros analistas, como Gaspar Llamazares, anotaron la falta de referencias críticas a la corrupción. A fecha de hoy, cuando se han cerrado los primeros 31 años de monarquía, me pareció ver a un hombre satisfecho con su balance: «Una modernización sin precedentes en nuestra historia». Pero también con cierta nostalgia de «la reconciliación, la concordia, la generosidad y la voluntad común».
El hecho de que el Rey haya recordado estos conceptos significa que quiere ponerlos por delante, como norma de actuación, cuando parece que todo quiere ser revisado. Sus frecuentes invocaciones a la Constitución indican cuál es el marco en que todo es posible, sin renunciar a las convicciones. Y, en cuanto a las vías para terminar con el terrorismo -«objetivo irrenunciable»-, no hay rechazo, sino exclusivamente una apelación a la primacía de la ley.
La pregunta, como todos los años, es: ¿encontrará eco en sus clarísimos destinatarios? ¿O, por el contrario, la alocución real será recibida como un mero trámite? Los tiempos, marcados por la tensión electoral, no ayudan precisamente ni a la concordia ni al consenso pedido. Yo me conformaría con que, al menos, se respetara el espíritu que la Corona quiere transmitir: el diálogo «sincero y responsable». Y de estos dos calificativos, me quedo con el último: el que apela a la responsabilidad.
