2006: Falta de consenso, de Germán Yanke en Estrella Digital
El mensaje de Navidad del Rey refleja bien la cuestión política más llamativa del año: el disenso entre los dos grandes partidos y la crispación que lleva aparejado. La paradoja de este enfrentamiento está, asimismo, en las reacciones al discurso: los dos parecen estar de acuerdo con su contenido y los dos se reprochan mutuamente que no se cumpla.
Vayamos por partes. En primer lugar, se ha abusado del “consenso” como concepto teórico hasta convertirlo en un arma arrojadiza contra el adversario. Los acuerdos del Gobierno con los grupos minoritarios de la Cámara se han utilizado como disculpa —serían muestra de que existe el consenso— para la marginación del PP. Si se llama “consenso” a las contraprestaciones que se dan a los grupos minoritarios y nacionalistas por el apoyo parlamentario en determinados proyectos (muchas veces sin que tengan nada que ver unas y otros), no es necesario llegar a acuerdos con la oposición conservadora: ya se ve que, a diferencia de los demás, son ellos los que se autoexcluyen.
Se convierte así la discrepancia con el Gobierno —propia de una democracia, que se basa en la confrontación de ideas y proyectos— en falta de consenso. Si la oposición, en este caso la del PP (pero ocasionalmente la de cualquier otro grupo), hace su papel, se opone al “consenso”, dificulta la acción de Gobierno, coloca palos en la rueda que mueve los proyectos progresistas que se quieren llevar a cabo, muestra su inmovilismo… Este tipo de argumentación ha sido habitual a lo largo del año y de toda esta legislatura. Por ello tantos requerimientos al silencio, al desistimiento, a la confianza en el Ejecutivo, a la maldad de la discrepancia. La oposición, en esta particular visión de la política, no defiende sus posiciones en un escenario plural, sino, perversamente, se opone al consenso y niega la acción gubernamental.
Esta distorsión de las relaciones entre el Gobierno y la oposición tiene como complemento el disenso sobre uno de los más graves retos de la política y de la sociedad española en este momento: la lucha contra el terrorismo. Desde la perspectiva del sentido común, la necesidad de confrontación democrática tiene como límite el acuerdo, que debe ser lo más amplio posible, sobre cómo comportarse ante los enemigos mismos de la democracia, entre ellos —y principalmente— el terrorismo. El Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, propuesto por el PSOE en la oposición, tenía precisamente esa virtualidad: todos sabíamos —y los terroristas en especial— que la defensa de la libertad y del Estado de Derecho mantendría una línea coherente gobernase quien gobernase, es decir, PP o PSOE, que son, por el momento, los únicos que pueden hacerlo. La batalla contra los enemigos de la democracia, por tanto, no estaba sometida a los avatares electorales y a la consecuente alternancia.
El consenso, como concepto y como realidad política, está tan distorsionado que no resulta extraño que afecte a esta cuestión fundamental. A la oposición se le pide, usando este procedimiento, que sencillamente se pliegue al Gobierno, aunque el Gobierno modifique en mucho o en poco sus planteamientos. Nunca antes, en materia antiterrorista, ha habido menos comunicación entre PSOE y PP y menos información del Gobierno, pública o reservada. La oposición, marginada por este peculiar uso del consenso, se repliega en sus posiciones. En vez de proponer acuerdos —lo que debería hacer denodadamente— se sirve de la estrafalaria situación para subrayar las discrepancias.
La resultante no es, por tanto, la confrontación política, que es más conveniente de lo que el Gobierno piensa, sino la falta del consenso que realmente debe exigirse: la identificación de los enemigos de la democracia y el modo de enfrentarse a ellos. La gravedad de la situación, además, aumenta si consideramos que ese objetivo no es algo inalcanzable, sino que existía hasta hace bien poco y se ha roto. ETA lo sabe y, por ello, demanda pasos al Gobierno reclamándole que se separa del PP. El PSOE parece querer ocultarlo cuando responde a la violencia existente diciendo que “no son gestos para conseguir la paz”, es decir, no reparando (o no queriendo hacerlo) en que el objetivo de la banda —y de ahí las dificultades que encuentra el “proceso”— no es ni ha sido nunca la paz, sino el logro de sus propósitos totalitarios, los que exigen el consenso de los demócratas.
Y no hay síntomas de que en el 2007 cambien las cosas…
