El fantástico zapatero, de M. Martín Ferrand en ABC
ES necesario recurrir a las «Charlas de Antoñita y don Antonio» -Antoñita la Fantástica y Antonio Calderón- para encontrar argumentos tan engañosos y lejanos de la realidad como los que suele manejar el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, especialmente en lo que respecta al orden público, la seguridad y la lucha contra ETA. La diferencia estriba en que Antoñita la Fantástica -hija literaria y radiofónica de Borita Casas- solo pretendía, con una sonrisa, aliviar las penas y las necesidades ciudadanas de los años cuarenta y cincuenta y sus continuadores gubernamentales de hoy lo que quieren es confundirnos. Pretenden que veamos blanco lo que evidentemente es negro. Algo mucho más burdo y rechazable.
Sostiene el Gobierno, sin que a Zapatero se le borre la sonrisa o Alfredo Pérez Rubalcaba mueva uno solo de sus músculos faciales, que ETA no intenta rearmarse. Incluso es capaz de afirmar que el último zulo encontrado por la policía en Amorebieta no fue construido con intenciones asesinas, a pesar de su contenido en materias explosivas, sino con el propósito de ser descubierto. Algo así como un gesto de fuerza para demostrar que la organización está viva y sus asesinos ni aflojan el pulso ni pierden fuerza como consecuencia de la «tregua» en curso. Un zulo no logístico hecho para la propaganda.
Negar lo evidente es, en las personas, una de las primeras etapas del deterioro intelectual. Supongo que puede establecerse el paralelismo con los grupos y, en esa dirección, el deterioro gubernamental es grande. Incapaz para la autocrítica, el Gobierno se obstina en «tener razón» y eso no tiene más salida que el ridículo. Es el fundamento del humor del absurdo. Joan Mesquida, el polivalente director de la Policía y de la Guardia Civil, se supone que el hombre mejor informado sobre la cuestión, dice que no hay datos que permitan pensar que los etarras acumulen material para una eventual vuelta a las andadas terroristas. No admite que sea leche el líquido que, blanco y en botella -o en tetrabrik- nos ofrecen las vacas. Ni tan siquiera después de contar las trescientas cincuenta pistolas que la banda consiguió en suelo francés.
Antoñita la Fantástica era una mitómana divertida y Zapatero es un mentiroso empedernido. No es lo mismo. Los dos personajes, prácticamente igual de irreales, viven separados por la diferencia de sus intenciones y por la distinta condición ética de su imaginación. El fantástico Zapatero no fabula gratuitamente. Esa es su táctica, a falta de estrategia, para perpetuarse en el poder y, lo que más parece obsesionarle, anular al PP. Como si el partido de Mariano Rajoy fuera, como el infierno del padre Astete, la conjunción de todos los males sin presencia de bien alguno. Antoñita tendría sitio entre los Santos Inocentes; Zapatero, no. No es inocente.
