El vuelo del 'Paloma', de Álvaro Ruiz de la Peña en La Voz de Asturias
Su vida parece sacada de aquellos relatos que mostraban las contradicciones de la España imperial.
Lo que nos faltaba. Un promotor alicantino, al que cariñosamente se le conoce --me imagino que el mote se lo pusieron sus amigos de la infancia, viéndolo tan ingenuo e inocente-- por El Paloma , ha decidido sobrevolar sobre el equipo de la ciudad, en vuelo rasante, directo y al grano, que el tiempo es oro para los coleccionistas de dinero fácil, y uno no puede andar con sutilezas administrativas y sentimentales. El Paloma es un hombre de esta España del siglo XXI, pero su vida hunde las raíces en la España de los siglos de oro, sobre todo en la literatura de ese largo período, sobre todo en el ciclo de la novela picaresca, que supo enseñarnos la cara menos complaciente de aquella sociedad barroca, ultrarreligiosa y heterodoxa a un tiempo.
La verdad es que las noticias que nos llegan sobre su vida son similares a las de cualquier personaje de aquellos relatos sociales --Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache, Estebadillo González-- que mostraron, mejor que nada ni nadie, las contradicciones profundas de la España imperial. Nacido en la pedanía de Los Desamparados, de Alicante (menudo nombre para el inicio de un relato), trabajó como encofrador en la Vega Baja de Toledo (apropiada ciudad para la continuación del mismo relato), hasta que compró unos terrenos rústicos por cuatro perras (sus ahorrillos de currante) y vio cómo se recalificaban (verbo mágico que conjugan diariamente los promotores y constructores) los dichos terrenos, con unos pingües y copiosos beneficios, que multiplicaron su valor por diez al convertirse en suelo urbanizable. O sea, lo de siempre. La historia interminable.
Ladrillo a ladrillo --como rezaba aquella tenaz campaña del padre Ferrero--, nuestro Paloma empezó a ser, desde entonces, el empresario de la construcción don Francisco Gómez Hernández. Y a partir de ahí nos dedicamos a engrandecer el patrimonio, a base de comprar todo lo que se mueva en el ancho espacio de la España rural, de Levante, de Castilla, o del virginal territorio en el que un día los cántabros machacaron las legiones romanas.
Pero a don Paco no le basta con liderar el segundo grupo empresarial más importante de España en desarrollo de suelo, no le basta con facturar más de 600 millones de euros al año, no le basta con tener en Villena un coto de caza donde no se pone el sol, no le basta con su bodega con capacidad para producir un millón de botellas al años. Todas esas cosas le vienen a uno por añadidura, y por tanto hay que dedicarse a otras inversiones más mediáticas, más populares, que incluyan el morbo del riesgo. Por ejemplo, comprar equipos de fútbol en estado de convalecencia. Y así, desde el año 2003, don Paco es presidente del Cartagena, es el principal patrocinador del Eldense, y tiene, o ha tenido vinculaciones con los equipos de fútbol de Toledo, Lorca, Ibiza y Orihuela.
Pero, claro, estamos hablando de equipos con una historia deportiva más bien modesta. Equipos (para que el lector no introducido se haga una idea) que jamás han militado en la primera división del fútbol nacional. Como lo ha hecho durante muchísimas temporadas nuestro desgraciado Real Oviedo. Así que voy, aterrizo en esa ciudad, pongo los millones necesarios encima de la mesa y compro el equipo, con jugadores, técnicos, aficionados, utilleros, instalaciones (si se tercia) y, sobre todo, compró una historia, un legado y unos colores (también llamados sentimientos), y a verlas venir. Y si me va mal, o la gente se pone pesada, cojo el equipo y me lo llevo a otra ciudad, hago un campo donde antes había extensiones estúpidas de pinares (como en Las Navas del Marqués), y aquí paz y después campos de golf.
Yo, como socio del Oviedo, desde tiempos que se pierden en las medias caídas de Sánchez Lage, me he puesto a temblar al leer la noticia en los medios de comunicación. Existen precedentes estremecedores de lo que, hasta ahora mismo, parece una amenaza sin confirmación real. Ahí está ese empresario apátrida, de apellido alemán, origen ruso y nacionalidad norteamericana, un tal Pitermann, que se dedica a enterrar equipos con problemas de salud económica y deportiva.
Primero fue el Racing de Santander, luego está siendo el Deportivo Alavés, donde este personaje de película de James Bond ha conseguido la increíble unanimidad de tener enfrente a jugadores, técnicos, medios de comunicación, ayuntamiento, diputación foral y aficionados. Y no se va, porque no le sale de sus cosmopolitas pelotas. Y ahora viene la pregunta: es posible que en esta ciudad no haya diez empresarios --constructores incluidos-- dispuestos a impedir que este Paloma con uñas de gavilán, acabe de consumar el drama del Oviedo? Dónde están todos los que un día sí y otro también pregonan su amor a la ciudad, a la historia del club, a los colores, a la delantera eléctrica y al Tartiere? En una de estas, el Paloma, dueño del equipo, convierte las gradas del campo en un montón de adosados.
Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de Literatura de la Universidad de Oviedo.
