El profeta miope, de Ignacio Camacho en ABC
DIJO el pitoniso, con esa hueca solemnidad tan suya, mirando con ojos miopes su bola de cristal opaco: «Estamos mejor que hace un año, y tengo la convicción de que dentro de un año estaremos mejor que ahora». Y se fue a dormir a Doñana, arrullado por el mecer de los juncos del Coto, dulcemente desavisado de la oportunidad que acababa de perder para no hacer el ridículo. A esas horas, quizá, alguien había aparcado ya en Barajas una furgoneta cargada de explosivos. Joder con el profeta; cuando abandone la Presidencia del Gobierno, más vale que no se dedique a futurólogo.
Lo malo del optimismo patológico, perdón, antropológico, no es que carezca de la información necesaria, sino que provoca una cierta enajenación de la prudencia y termina confundiendo el análisis en una sobrada y autosuficiente arrogancia. La realidad envía avisos, enciende luces de alarma, y el optimista despreocupado, fiado de sus convicciones inmutables, las ignora haciendo la vista gorda y las envuelve en camuflajes semánticos o retóricos para minimizarlas a favor de su inspirado designio. Las amenazas eran «para consumo interno»; las cartas de extorsión llevaban matasellos atrasados; el zulo era «un sitio para meter cosas», los atentados eran simples «accidentes mortales». La kale borroka o el robo de las pistolas, como ofrecían poco margen interpretativo, simplemente quedaban relegados a los márgenes de la evidencia. Y el responsable de la lucha antiterrorista, el director de la Policía y la Guardia Civil, podía proclamar ufano que no había ningún comando operativo en España, perdiendo él también una excelente ocasión de administrar su silencio. El país alegre y confiado caminaba con paso decidido hacia un futuro de pazzzzz.
Cuando ese futuro salta en pedazos, y los escombros aplastan a dos pobres inmigrantes que estaban en el lugar más inadecuado en el momento menos oportuno, el optimista aún se resiste a aceptar el desmoronamiento completo de sus certezas. Y apela de nuevo a la semántica: en vez de romper, suspende. En vez de cancelar, interrumpe. En vez de suprimir, aplaza. Rebusca matices, atrapa casuismos, escruta tonalidades, modula conceptos para persistir en la conclusión de su particular silogismo aunque se le estén deshaciendo las premisas. Y posa gestualmente con semblante de enfado, con aire de dolida firmeza, con el desilusionado rictus de decepción y contrariedad de quien se siente incomprendido en su buena fe.
Eso sí, había en su rostro una expresión de rabiosa amargura, un gesto de disgustado trastorno, de autoestima mermada cuando, forzado por la impía terquedad de los periodistas, tuvo que admitir, casi mordiéndose los labios, que «desgraciadamente hoy estamos peor que ayer». Viniendo de un arúspice tan categórico, de un augur tan iluminado, de un visionario tan persistente, esa constatación elemental resulta casi un atisbo de esperanza.
Igual se cae del guindo antes de que sea demasiado tarde.
