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Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

1 Enero 2007

La sonrisa de un mundo nuevo, de Xuan Bello en El Comercio

El hombre que se agazapaba hace unas horas entre las sombras heridas por la maleza, que desconfiaba mirando a un lado y a otro del reflejo chivato de la luna en los charcos y sentía el frío como una puñalada

en su espalda, no recuerda que mañana será, si no se desmanda el mundo, 1 de enero de 1953. Ahora ya está en una casa, en medio del monte, y ha puesto su fusil ametrallador en una esquina de la sala donde, en épocas mejores, harían el San Martín del cerdo. A golpes, sin cuidado del ruido, ha destrozado una mesa de madera y en un rincón ha encendido con ella un fuego que alimenta, de vez en cuando, con tablas húmedas que arranca del dudoso suelo. No sabe de quién pudo haber sido aquella casa abandonada que le ofrece, decide el hombre que en su última noche, calor y abrigo. Mañana bajará a Turón y se entregará en el cuartel de la Guardia Civil. Es posible, razona, que la fuerza que consiguió burlar al oscurecer en la collada de Nandiel.lo esté ahí afuera, esperando, viendo tras las ventanas desvencijadas el resplandor de las llamas y oliendo el humo blanco de la hoguera. «Que se jodan», piensa, mientras imagina la mano blanca de la helada posándose en sus tricornios, las órdenes musitadas del teniente y el estrépito de la puerta al abrirse de un golpe. Dispararán con miedo, casi sin mirarle, y él se dormirá para siempre en aquella esquina cosido a balazos. Eso es todo.

Mañana, si esta noche no sucede nada, bajará a Turón y se entregará en el cuartelillo. Está cansado de estar cansado. Hace catorce años, siguiendo las órdenes del partido, se tiró al monte con nueve compañeros. Tres cayeron bajo el fuego enemigo; a uno hubo que matarlo porque se descubrió que los había delatado; todos los otros, menos él que se quedó en el camino, habían conseguido embarcarse en una bonitera que los llevó, o eso espera el hombre, a Francia. El guerrillero que atiza la hoguera en la sala, y que ya no ausculta el silencio de la noche buscando el latido sordo del miedo, se ha quedado solo. Es su destino. Catorce años son muchos, demasiados, y sabe lo que le espera: la tortura primero y después un tiro en la nuca. Podría matarse él mismo, en aquella casa, junto a aquel fuego improvisado, pero descubre que no tiene valor para ello; o sí lo tiene y lo que quiere es mirar cara a cara, y que vea que mata a un hombre, a su verdugo.

El hombre que atiza una hoguera en una casa abandonada la noche del 31 de diciembre de 1952 ha decido olvidar su miedo. Lee. En una alacena, comida alguna de sus páginas por los ratones, ha encontrado un libro antiguo, las 'Advertencias a la historia del padre Juan de Mariana', por Gaspar Ibáñez de Segovia, Peralta y Mendoza, Marqués de Mondéjar, impreso con licencia en la imprenta real de Madrid en 1795. Lee y se pierde en las razones prolijas como si otro mundo, en el fondo de la conciencia, existiese más real que el que le rodea. Primero pensó en echar al fuego el libro, que le olía a sacristía, pero en los relatos del Marqués de Mondéjar encuentra los caminos secretos que llevan al sosiego del olvido. Los dedos de sus manos y de sus pies recobran, poco a poco, la vida: un bienestar dulce, como de siesta veraniega junto al río, lo inunda mientras se concentra en la lectura; disfruta en cada paso viendo que aquel marqués sacude de lo lindo a un jesuita mientras se entera que siempre sucede lo mismo: «Tenían los Navarros tomados los puertos y estrechuras de los Pyrineos. Dieron sobre el fardage y sobre los tesoros de Francia: saqueáronlo todo con que Carlo Magno sin poder tomar enmienda del daño, fue forzado de volver á Alemania con poco contento y honra». También había visto él a los requetés navarros, con sus boinas rojas, entrar en Xixón y desfilando por la Calle Corrida; los había visto, meses antes, en la batalla del Mazucu; también él, con poco contento y honra, se había tirado al monte catorce años atrás.

El hombre que atiza el fuego y lee sin tener ya cuidado de su vida, con el fusil ametrallador en una esquina y una granada de mano sobre la mesa, mañana bajará a Turón, por los senderos de su infancia, a entregarse en el cuartelillo. Se esconderá para que nadie lo vea dándose y no por miedo ni por vergüenza: sabe que no faltará quien le quiera ayudar y no quiere comprometer a nadie. El hombre que lee mira de vez en cuando el fuego e imagina que la historia del mundo es así y no hay más vueltas que darle: una danza de llamas que nadie puede mirar sin ver un Dios enloquecido dentro de ellas.

Las historias, además de la aparente, siempre tienen una resolución distinta que muchas veces se nos escapa por falta quien sabe si de atención, de fe o de cuidado. Aquella noche, ya llevaba una hora andada el enero de 1953, once guardias civiles y el delator entraron, por puertas y ventanas, en una casa abandonada en medio del monte donde se guardaba en su última noche Ángel Gamallo Quintana. Consta en el atestado, con letra que no condesciende al temblor, que opuso feroz resistencia; lo cierto es que estaba dormido con un librote entre las manos junto al fuego. También es cierto que soñaba en ese momento que las horas habían pasado lentamente, leyendo y releyendo, y que cuando el fuego ya estaba casi consumido había amanecido. Se puso el capote, cogió sus armas y salió de la casa dispuesto a su muerte. Conocía muy bien los caminos. Escondiéndose, para no comprometer a nadie, llegó hasta el Cuartel de la Guardia Civil. Se extrañó de que no hubiese nadie de guardia vigilando. El guardia de puertas, medio dormido, no se fijó que había dejado el fusil y la granada sobre un banco.

-¿Qué desea usted?- preguntó.

-Vengo a entregarme- contestó el hombre-. Soy Ángel Gamallo Quintana, miembro del Partido Comunista y soldado de la República Española.

-Ande, váyase a dormir la mona. ¿A usted le parece bien empezar el año dando la lata?- dijo el guardia bostezando.

-¿Morrió'l gochu?- preguntó para corregirse inmediatamente-: ¿Franco ha muerto?

-Ande, váyase usted a dormir la mona -repitió el guardia sonriendo.

El guerrillero que se venía a dar vio, en la pared, un calendario con una fecha imposible: 2007. Vio los ojos interrogantes y divertidos del guardia de puertas. No sintió el estrépito de los guardias entrando en la casa, ni los gritos, ni el silbido de las bombas lacrimógenas en medio de la noche helada.

Cuando se acercaron, y golpearon con sus botas heladas el cuerpo muerto, no lograron explicarse aquella sonrisa que se dibujaba en el rostro de Ángel Gamallo Quintana. La sonrisa -la luz desnuda tanteando con su pie los peldaños de la alegría- de un mundo nuevo.

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Lector de artículos de opinión, sobre política y economía, que cree que este mundo podría tener arreglo si dialogásemos más

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