Otra mirada cristiana sobre la reconciliación, de Guillermo Waksman en Brecha
Opinión: Con perdón del arzobispo
El arzobispo de Montevideo, Nicolás Cotugno, en su mensaje de Navidad, ubicó en el perdón la clave para la reconciliación nacional.
¿Cuál perdón? Aparentemente el que los militares y otras autoridades de la dictadura deberían pedir y el que las víctimas, o sus familiares, deberían otorgar. La propuesta no es digna de quien ocupa, desde hace ya ocho años, tan alto cargo y que por añadidura presidió la Comisión para la Paz. Parece más bien un planteo formulado hace dos décadas, cuando recién comenzaba la discusión sobre las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura, porque muestra un verdadero desconocimiento de la historia uruguaya reciente. Cotugno prescinde de que en Uruguay los violadores de los derechos humanos siempre sostuvieron que no tienen motivos para pedir perdón, que no hicieron otra cosa que cumplir con su deber y que están, hasta el presente, muy orgullosos de haber actuado de ese modo. A su vez, para los familiares de los asesinados y desaparecidos el otorgamiento del perdón es, como dice el senador José Mujica, una cuestión del fuero íntimo de cada uno de ellos. Cotugno invoca una expresión del papa Juan Pablo II: “No hay paz sin justicia; no hay justicia sin perdón”. Es así, por supuesto, pero hay, además del perdón, otros elementos indispensables para llegar a la justicia y a la paz. Para perdonar hace falta saber qué se perdona y a quién se perdona, de modo que se requiere conocer la verdad y, para lograrlo, es necesario investigar. Para pedir perdón y ser perdonado, hay también otro requisito que en el caso uruguayo ha brillado por su ausencia: el arrepentimiento.
Cotugno, en su premura por cerrar este proceso a toda costa, prefiere ignorar otras voces que ha tenido la Iglesia Católica, como la de los sacerdotes Luis Pérez Aguirre e Ismael Rivas, ambos fallecidos en 2001. Decía Rivas hace 20 años, en una entrevista que concedió a BRECHA el 7 de junio de 1986, seis meses antes de que se aprobara la ley de impunidad: “Se está hablando de ‘no tener los ojos en la nuca’, de perdón, de reconciliación, y se está sosteniendo que esas actitudes se fundan en la caridad cristiana. Hace falta aclarar que la caridad cristiana se basa precisamente en la justicia. De ninguna manera se puede tolerar que queden impunes las injusticias que se hayan cometido. (...) Sólo se vería afectada una institución (N de R: las Fuerzas Armadas) si optase por encubrir a los miembros que hubiesen delinquido. Incluso, después de que haya un juicio, podrá discutirse una amnistía. Habrá que ver entonces cuál es el consenso de la sociedad. Pero primero tiene que saberse la verdad. Por algo Cristo siempre dice: ‘No tengan miedo: yo soy la verdad y la verdad los va hacer libres’. (Tener los ojos en la nuca) sería no llamar a las cosas por su nombre. Negarse a ver la realidad tal cual es. Sostener que se puede construir un nuevo Uruguay sólo con la gente que está de acuerdo en que los problemas no existen. O reconocer esos problemas cuando son demasiado evidentes, pero decir que los hay en todo el mundo y que por eso no debemos preocuparnos. Esta es una forma tremenda de falsear la verdad”.
El arzobispo de Montevideo no debería prescindir de la experiencia acumulada en el área de los derechos humanos por gente de la talla de Pérez Aguirre y Rivas, cuya memoria honra a su propia Iglesia.
