31 Diciembre 2006
Salvados los osos, cada vez más abundantes, ahora lo que urge es un plan contra la extinción de los asturianos. Los urogallos lo tienen crudo en Asturias, pero peor lo tenemos los humanos, que vamos desapareciendo poco a poco, como demuestran año a año los deprimentes datos demográficos.
Asturias lleva muchos años con la natalidad más baja de España y la mortalidad más alta, sin que el problema preocupe lo más mínimo a su clase dirigente y a su misma población, cada vez más escasa y envejecida. Es objetivamente el problema más grave que afronta la sociedad asturiana, pero en los debates políticos, en los análisis científicos, en los medios de comunicación y en la misma calle, las preocupaciones parecen otras. El paro, las infraestructuras, la industria o las rentas son aquí más importantes que la misma existencia. Estamos tan alienados, como decían los marxistas, por el dinero y el consumismo, que en Asturias nos olvidamos de vivir, como en aquella canción cursi de Julio Iglesias.
El materialismo histórico de Marx ya tiene muy pocos seguidores, pero este otro materialismo grosero que padecemos sí que ha triunfado y hecho estragos en las masas. El otro día, con el premio de la lotería, la euforia inundaba un centro comercial de Oviedo, donde muchas jóvenes dependientas de tiendas habían resultado agraciadas. La mayoría consiguieron premios insuficientes para abandonar sus trabajos, de salarios tan bajos, que no las convierten siquiera en mileuristas. Pero la felicidad era tan desbordante como la expectativa de los vendedores de coches, tan agraciados como ellas. Verse con un volante nuevo era la primera ilusión de las premiadas, en muchos casos la única que podrán hacer realidad con el dinero que cobrarán.
Como el dinero y el consumo que permite son el centro de las vidas de la gente, todo se mide en euros y hasta los hijos son una inversión. Y desde luego jamás una prioridad, por delante del coche, del piso y hasta de las vacaciones. José Antonio Marina lo expresa con toda crudeza:
-Con demasiada frecuencia consideramos que un embarazo es el «efecto colateral» de un buen rato, y un recién nacido un problema.
Pero el mundo ya no está en manos de los filósofos, como el humanista José Antonio Marina, sino de los economistas, que son los grandes gurús de la modernidad y el poscapitalismo.
En Asturias no hay ningún problema económico ni lo ha habido en las últimas generaciones, aunque se desplomaron todos los sectores tradicionales a la vez. Uno de cada cuatro asturianos tiene más de una vivienda, los parados conducen su coche y los atascos de la opulencia ya son habituales casi a diario en carreteras y centros comerciales. Los peor parados son los mileuristas explotados con enormes jornadas y escasos salarios, los universitarios condenados a la emigración y los desempleados de larga duración, pero el estado del bienestar les garantiza gozarlo también a todos ellos. Pero en general se vive tan bien que sigue totalmente vigente aquel genial diagnóstico de Jerónimo Granda, que le espetó al entonces presidente Pedro de Silva esta respuesta, a una pregunta sobre la situación de Asturias:
-Ta todo mal, pero ta todo lleno.
Sin embargo, el diagnóstico oficial, el del pensamiento único economicista, insiste en todo lo contrario, con la aburrida cantinela del IPC, la renta per cápita, el I más D más I o el PIB.
El problema de Asturias es cultural, no económico. Es el hombre (y la mujer, pero no la cito para ahorrar palabras, que para eso sí que tiene sentido la economía) el que explica los números y no los números los que explican al hombre. Si en Asturias no se genera riqueza, ni aparecen ideas ni emprendedores, ni hay la actividad que en otros lugares, no es porque falte capacidad, sino autoestima y confianza en nosotros mismos. El asturiano es un excelente empresario en la emigración porque fuera de su tierra no encuentra el recelo y el ambiente hostil que aquí nos convierte en verdaderos enemigos de nosotros mismos. ¿ Es nuestra geografía con nuestros valles angostos lo que provoca la exaltación del localismo y la imposibilidad de encontrar metas comunes? ¿O es simplemente complejo de inferioridad?
De estas frustraciones viene nuestro ancestral pesimismo, esa enfermedad paralizante, sobre todo para la economía.
Pero no hay razones importantes para ese pesimismo, ni siquiera con la demografía desastrosa, que no quieren ver ni atajar los gobernantes, que en la Junta General acaban de rechazar de nuevo las sensatas propuestas fiscales de la oposición a favor de los nacimientos, en vigor en casi toda España. Tanto hacer cuentas y les falta la más elemental: la falta de partos ya es un problema económico que amenaza a las jubilaciones y a la financiación autonómica.
Desapareceremos los asturianos, pero Asturias será poblada por extranjeros y nacionales que aprovecharán nuestros recursos y nuestro paraíso natural, donde salvamos a los animales pero perdemos a los humanos. Ya empiezan a llegar los norteamericanos ricos; esos sí que triunfan en economía, porque de confianza propia andan tan sobrados como de armamento y de espíritu invasor. Aquí, pacíficamente, ocupando las tierras que dejan los últimos aborígenes, han comenzado la colonización en Los Oscos. Santa Eulalia tenía hace 50 años 3.000 vecinos y ahora no llegan a 1.000. El alcalde Marcos Niño, que tiene un nombre paradójico para un concejo donde apenas hay nacimientos, está entusiasmado con un proyecto de una empresa de Estados Unidos que repoblará el concejo, rehabilitando las casas abandonadas, con 1.200 residentes en diez años.
En este periódico, con mucho ingenio, ya llaman al proyecto The Oscos. El primer concejo de The Asturias.
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31 Diciembre 2006
SE acabó. Se pueden buscar todos los matices: suspensión, ruptura, espera de condiciones, pero el proceso de paz ya no existe. El atentado de ayer no fue un episodio de kale borroka. No fue una algarada de mozalbetes exaltados. Ha sido un hecho criminal. Rompió el discurso de «más de tres años sin víctimas». Mató la esperanza de un final pactado del terrorismo. Fue «gravísimo», en palabras de Zapatero. Ha escrito la palabra fin a nueve meses de alto el fuego.
Y además, sin atenuante. Si ETA puso el coche bomba como respuesta al optimismo («dentro de un año estaremos mejor»), es que tiene gran capacidad de respuesta. Si es una acción preparada desde hace tiempo, es que no está tan controlada como nos venían diciendo. Se mueve con facilidad y puede acceder a un lugar de gran seguridad. Y, en cualquiera de los casos, se ha burlado de la buena intención de un Gobierno que le ofrecía una salida y de una sociedad que soñaba con no tener una pistola en la nuca.
El presidente, que tuvo que sentir una enorme sensación de ridículo, ha reaccionado con la dignidad mínima: suspendió todas las iniciativas para desarrollar el diálogo. Su esperanzada sonrisa se ha helado 20 horas después. Ha dejado una puerta abierta, por si desaparece la violencia, pero ETA nos ha instalado a todos en la desconfianza. Tras el atentado, el diálogo ha perdido legitimidad y crédito social.
A partir de aquí, cambia todo el escenario político. Hay que rehacer la lucha antiterrorista. Y hay que hacerlo, probablemente, en la línea que ha señalado Mariano Rajoy: con el apoyo al Gobierno, que es víctima, y no autor. Al Gobierno se lo podrá acusar de ingenuo, de torpe, de haberse fiado de un grupo de asesinos y de haber calculado mal la capacidad de maldad de esa banda mafiosa y criminal; pero no es el responsable. Los responsables son únicamente quienes fabricaron y pusieron la bomba.
Digo esto porque el ciudadano Otegi ha responsabilizado, como hace siempre, al Gobierno por no haber dado no sé qué pasos. Pues sepa ese señor que ETA también atentó ayer contra Batasuna. Le ha cerrado las puertas que Zapatero le había abierto. Con violencia terrorista, si queda algo de dignidad, se acaba la tolerancia con ellos y se les retira cualquier pasaporte para estar en las elecciones de mayo sin haber abrazado previamente la legalidad. O se está con la democracia o con los asesinos. Que quizá no sea la cárcel; pero es la exclusión política y la marginación social.
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31 Diciembre 2006
EL PRESIDENTE del Gobierno proclamaba anteayer solemnemente, hablando del fin de ETA, que «dentro de un año estaremos mejor que hoy». Rodríguez Zapatero no sabía entonces, como es obvio, que menos de veinticuatro horas después de trasladar a la opinión pública esa animosa previsión ETA iba a hacer estallar una furgoneta bomba potentísima en el aparcamiento del aeropuerto de Barajas.
El optimismo del presidente procedía, probablemente, de la información que le habían trasladado los representantes que en su nombre se habían entrevistado el 15 y 16 de diciembre con Josu Ternera y otros miembros de la cúpula de ETA: que la tregua seguía, pese a las reiteradas amenazas de los terroristas de romperla. Aunque el ministro del Interior no desmintió ni confirmó la celebración de la reunión, las informaciones publicadas al respecto, con todo lujo de detalles, en medios muy cercanos al Gobierno no dejaban lugar a dudas sobre el hecho de que aquélla tuvo lugar en los términos que posteriormente hemos podido conocer.
Así las cosas, para explicar el gravísimo atentado de Barajas -que lo sería más aún si se confirmase la muerte de las personas que se dan por desaparecidas cuando escribo- sólo caben dos opciones: o bien que estamos ante otra tregua trampa, utilizada por ETA para recolocar sus efectivos tras el acoso que la puso al borde de la desaparición; o bien que los terroristas consideran que las bombas no afectan a la tregua y que es posible, pese a ellas, que el Gobierno siga conversando con ETA y Batasuna.
En la primera hipótesis, el Gobierno hará lo único que cabe: tomar nota y actuar en consecuencia. Es la segunda hipótesis la que plantea más problemas, pues la tentación que Rodríguez Zapatero ha de superar es la de considerar, de hecho, y más allá de lo que ayer por la tarde proclamó, que puede seguir buscándose una solución dialogada al terrorismo sin exigir a los terroristas que, de verdad, abandonen previamente la violencia de un modo definitivo e irreversible.
Por más que ese fuese teóricamente el planteamiento de partida del Gobierno, plasmado en la resolución de mayo de 2005 del Congreso, lo cierto es que en la práctica se ha mantenido abierta durante meses la negociación con ETA-Batasuna pese a las cartas de extorsión, el atentado de Barañáin, la creciente violencia callejera, los disparos al aire en Oyarzun, el robo de pistolas en Francia y la preparación de zulos en España. Algunos dijimos, desde el principio, que seguir hablando en esas condiciones era enviar a ETA el peor mensaje imaginable. Los terroristas lo confirmaron, de un modo dramático, ayer por la mañana.
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31 Diciembre 2006
FRACASARON las esperanzas. Se salieron con la suya los pesimistas. No hubo tregua que soportara la presión de quienes precisan de las páginas negras del terror para dar carta de naturaleza a sus pretensiones.
Poco tiempo pudo ganar la última iniciativa de los negociadores. Hasta es posible que Ternera el general haya pasado a la reserva en un golpe asambleario de una organización en la que los duros siempre se han impuesto al resto.
Y puede que la bomba de Barajas haya sido un mensaje con tres receptores. El Gobierno, que había empeñado esfuerzo y riesgo en un proceso complicado. Batasuna, que pudo tener la tentación de desmarcarse y de esta manera ETA la coloca a la orden del jefe militar. Los presos y sus familias, que ven que sigue presente la utopía de la victoria a costa del sufrimiento.
Perdemos todos. Algunos más. Los que vivimos en Euskadi volvemos a sentir la inseguridad del día a día. Volverán las escoltas. Volverán los comunicados de condena. Volverán las manifestaciones contra la violencia que no hace efecto en quien sostiene la subcultura de su uso con fines políticos.
Hemos vuelto a fracasar como generación. Hemos vuelto a dar rienda suelta a los más bárbaros, que volverán a convencer a la juventud vasca de que ser patriota vasco es hacer la mili con el MLNV.
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31 Diciembre 2006
LA PENA de muerte no es, bajo ningún concepto, una forma aceptable de hacer justicia. Más grave aún es que la pena capital se aplique a un reo que no dispone de las garantías legales suficientes para una defensa adecuada, o que la sentencia sea dictada por un tribunal que a todas luces carece de la imprescindible independencia e imparcialidad.
Por eso la comunidad internacional, de forma prácticamente unánime, ha condenado la ejecución de Sadam Huseín. Desde la Unión Europea al Vaticano, pasando por organizaciones como la ONU o Amnistía Internacional, las críticas con la ejecución arrecian en todo el mundo. Naturalmente, esta masiva denuncia no se debe sólo a preocupaciones legales y humanitarias -referentes siempre irrenunciables-, sino también a la necesidad de aclarar la dimensión política y moral del conflicto iraquí.
La ejecución de Sadam deja sin efecto la persecución penal de los hechos protagonizados por el dictador en los años ochenta y noventa. Y es evidente que en un proceso público y transparente sobre dichos acontecimientos, Sadam, además de responder por sus innumerables crímenes, podría haber sacado los colores a la Administración norteamericana al revelar datos sobre las estrechas y oscuras relaciones mantenidas entre ambos países en el pasado. El déspota iraquí podría haber aportado pruebas irrefutables que hubiesen demostrado, sin lugar a dudas, que la política exterior de Estados Unidos, contrariamente a lo que se proclama, no tiene relación alguna con la defensa de la democracia y los derechos humanos, sino con la persecución de sus exclusivos intereses económicos y estratégicos.
Por eso un juicio de esas características, presidido por un Tribunal Internacional y con todas las garantías para la defensa del procesado, no se ha podido celebrar. Sin embargo, con la ejecución de Sadam se incrementarán las presiones, interiores y exteriores, con el fin de restablecer la plena soberanía del pueblo iraquí. Algo que dista mucho de las intenciones de Washington, cuyo objetivo prioritario consiste en garantizar durante muchos años el control estadounidense de la célebre elipse estratégica de la energía, el área que se extiende desde la península Arábiga a Asia central.
Si en Irak se instala algún día un Gobierno representativo y éste es fuerte y eficaz, no tolerará la presencia extranjera. Si, como pretende Estados Unidos, es débil, impopular y corrompido, aceptará el apoyo extranjero; pero entonces no será tolerado por su propio pueblo.
Por eso la muerte de Sadam no resuelve ninguno de los grandes problemas políticos y militares a los que se enfrentan Estados Unidos y sus aliados en la antigua Mesopotamia. Porque la resistencia iraquí no es el producto de una conjura entre los nostálgicos del viejo régimen renuentes a perder sus privilegios, sino el resultado de la lógica y creciente respuesta de un amplio sector de la población a la ocupación colonial de su país.
Por eso la ejecución de Sadam, además de chocar con la conciencia de nuestro tiempo, es inútil.
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31 Diciembre 2006
LLEGÓ a casa mucho antes de la hora habitual. Tenía el rostro demudado. Era incapaz de hablar, y mi madre, preocupada ante la posibilidad de que estuviera enfermo, lo miraba entre impotente y consternada. Al final llegaron las lágrimas y con ellas el alivio a la rabia, al dolor y al miedo que había sentido esa mañana. Mi padre logró sobreponerse con el tiempo pero nunca olvidar. Algo se había roto dentro de él y nunca volvería a ser el mismo.
Nada recuerdo de aquel aciago día, tenía poco más de un año, pero mi madre lo relata, de cuando en cuando, para que no me olvide de esa parte de la historia «con letra pequeña» que no viene en los libros de consulta. Me cuenta lo que mi padre jamás se atrevió a contarme.
Poco tiempo después de la revolución de julio de 1968, los funcionarios de los principales ministerios de Bagdad fueron conminados a abandonar sus puestos y dirigirse a Sahat Tahrir o plaza de la Libertad, popularmente conocida como Bab al Sharq o Puerta de Oriente. Se congregaron allí esperando que pasara cualquier cosa menos lo que fueron obligados a presenciar: la ejecución en la horca de un grupo de personas, algunos de ellos amigos y compañeros. Potenciales enemigos del nuevo régimen habían sido falsamente acusados y condenados por delitos comunes. Por si la ejecución hubiera sido poco ejemplarizante, sus cadáveres permanecieron colgados durante días como macabra advertencia. Entre los testigos estaba mi padre. Fue el primer aviso de lo que el golpe de estado del partido Baaz iba a hacer en Irak, el anticipo de todas las víctimas que se iba a cobrar.
Treinta y ocho años después y tras la ratificación de la condena por un Tribunal iraquí, Sadam Huseín ha sido colgado en la horca hasta morir. Ha muerto de la misma forma que ordenó asesinar a muchos. Si bien no cabe duda de que el mundo será un lugar mejor sin él, su muerte tiene el regusto amargo de la venganza que llega demasiado tarde. No devolverá la vida a los muertos ni la dignidad a las víctimas; impedirá que se lo juzgue por todos los crímenes cometidos y que muchos horrores salgan a la luz, y, lo que es más grave, no ayudará a pacificar el país porque dará más argumentos a los insurgentes. Será una muerte tan inútil como las que él ocasionó, salvo por el hecho de que ante sus seguidores lo elevará a la categoría de mártir.
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31 Diciembre 2006
SADAM tenía que morir. ¿Por qué? Porque quienes tienen capacidad de decidir sentían la necesidad imperiosa de tener que tranquilizar sus agitadas conciencias. Y con Sadam ahorcado lo han conseguido. Ahora sí que pueden decirle al mundo que el dictador fue el culpable de todas las catástrofes ocurridas en Irak, en Oriente Medio y hasta en el norte de Saturno. Y lo dirán, los mismos que abrazan y besan a otros dictadores no menos asesinos, que reverencian a reyes y príncipes odiosos e infames y que evitaron que se procesara al matarife chileno.
Sadam tenía que morir. ¿Por qué? Porque quienes no tenemos la capacidad de decidir, que somos los mismos que nos oponemos a la pena de muerte y a la barbarie de la guerra, confirmamos, por si nos quedaba alguna duda, que con esta decisión se han querido tapar todas las miserias y atrocidades cometidas por el mundo civilizado en los últimos años. Ahora sí, quienes criticamos el horror, tenemos la ratificación de que era necesaria la desaparición del tirano iraquí para que nos creamos que todo ha sido una locura y una pesadilla.
Este mundo tan civilizado, tan avanzado, tan solidario y de gustos tan refinados que nos ha tocado vivir, se acaba de llevar por delante a un asesino asqueroso, haciendo lo mismo que él haría y a imagen de como lo harían los primeros pobladores del planeta. Con la fórmula más cruel que no es otra que matar. Y tras un juicio-espectáculo cuestionado por organizaciones internacionales de derechos humanos, religiosas y de todo tipo y condición. Pero había que recuperar aquel prehistórico principio de que «quien a hierro mata, a hierro muere» que algunos parecen llevar grabado en el cerebro. Y lo recuperaron.
Así que consumado el delirio y lamentando que el Carnicero de Tikrit no acabara sus días entre barrotes, sólo queda aguardar a que alguien nos explique en qué se diferencia el asesino de Sadam de los asesinos que animaron y decidieron colgarlo de una soga.
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31 Diciembre 2006
ALGO QUE DECLARAR
Los restos del año
La ejecución de Sadam Husein es un atentado contra el único valor universal por el que deberíamos seguir actuando, la defensa de la dignidad humana. Hay que reconocerlo: el mundo no marcha bien. Basta comprobar el desastre de los conflictos fallidos, la política de confrontación con el mundo islámico o la exclusión de millones de personas para saber que caminamos por avenidas inciertas en un mundo menos seguro. Ahora que acaba el año, podemos extraer algunas conclusiones, entre ellas, que conviene apartar la deformación entre Oriente y Occidente, simplemente porque tiende a deshumanizar al otro, a convertirlo en el mal y a crear temores donde deberíamos crear esperanzas. Lo más desalentador del año que termina es que esta división del mundo, al margen de las innumerables víctimas que genera, ha impedido frenar otras amenazas. La proliferación nuclear ha avanzado, el cambio climático se confirma, el abandono de África se agrava y el auge del fanatismo nacionalista y religioso expande la división del mundo en civilizaciones enfrentadas. Y, sin embargo, no todo es negativo. Si somos capaces de proponer soluciones que lo hagan más aceptable, el mundo que viene no tiene por qué ser terrible.
Una agenda nueva
El futuro, ¿cómo alcanzarlo? En primer lugar la búsqueda de nuevas ideas que nos saquen del enfrentamiento actual. Un mundo enfrentado tiende a relegar matices y dibujarlo todo en blanco y negro. Se interesa por la confrontación, pero olvida, en cambio, que existen áreas donde trabajar decididamente para reducir el sufrimiento inútil y dar cierta estabilidad a un mundo en crisis, que excluye a la mayor parte de su población.
Es probable que debamos abandonar también algunos tópicos. No hace falta destruir el mercado ni cerrarse a la globalización. Lo que hay que hacer es poner estas armas del siglo XXI al servicio de las prioridades sociales. Porque es precisamente en el espacio global donde se está consolidando una sociedad civil cada vez más fuerte, capaz de defender los valores universales que sus gobiernos, con frecuencia, olvidan. Hemos vivido innumerables ejemplos de iniciativas y organizaciones que proliferan a uno y otro lado, abriendo nuevos espacios de libertad. Anna Politkovskaya --libre incluso en lugares donde la libertad ni siquiera es promesa de futuro-- ha cambiado el estado de opinión sobre Chechenia, de la misma manera que el documental de Al Gore, y el trabajo de tantos activistas, han forjado una mayoría que pensamos que efectivamente el mundo se calienta y que es irresponsable no actuar ya.
Guerra contra el terror
La guerra contra el terror ha dominado la escena internacional, pero hoy ¿hay alguien que siga creyendo en ella? El debate global ha sido capaz de ridiculizar no solo las ideas que la sustentaron sino también a los líderes que la iniciaron. A diferencia de los atentados contra la dignidad humana, como el de ayer en el aeropuerto de Madrid, la acción de esta sociedad crítica quizá no se perciba, en el día a día, de manera tan espectacular. Pero en el inventario del año que acaba, sin duda ha generado un estado de opinión que reclama cambios profundos. Estaría bien empezar a construir la agenda del año que empieza con los fragmentos de reflexión que quedan en días como hoy.
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