El gato dormía plácidamente frente al mar, de pronto un rayo de luz lo despertó y maulló con la gracia de un bebé. Miró a su alrededor y en una ola estaba el viejo Mike surfeando en su vetusta tabla y parecía danzando entre las olas de la nada infinita con su gran sonrisa de marciano y cabello cano.
El calor era insoportable y se acercó a la escasa sombra de un árbol casi difunto y a lo lejos vio un barco que se acercaba majestuoso por el horizonte y pensó que tal vez vendría algún jugoso ratón en aquel bergantín. Se lamió los bigotes y se recostó nuevamente.
Mike despertó al gatito que soñaba que corría detrás de alguna gorda rata, y maulló amargadamente porque casi la atrapa.
Se montaron en el viejo y destartalado carro y fueron a casa, para encontrar en ella, una silla de tres patas y un pequeño parque con un columpio hecho añicos por el tiempo, el sol y el agua.
Mike prendió medio cigarrillo que aun le quedaba de la noche anterior y fumó pausadamente, después de unos segundos de meditación, destapó un vino amargo y lo cató cuidadosamente en un vaso de madera astillado.
El gato sentía un hambre mortal y miró a Mike con sus grandes ojos.
- Lo siento Pelos, hoy no tengo comida para ti- dijo el viejo Mike con una sonrisa triste.
El gato salió de casa a buscar su cena, tal vez algún ratón o restos de algún pescado, pero la vida le había enseñado que por allí, muy de vez en cuando, aparecía un roedor raquítico, y no algo que satisficiera su hambre.
Las luciérnagas aparecieron a la luz de la pronta luna y jugó con ellas para distraer las tripas. Pronto se cansó y regresó a casa mientras maullaba con hambre, y en la entrada vio a una cucaracha y pensó que con ella distraería el hambre, al menos hasta mañana, y de un tajo, se la tragó.
Entró por la ventana corroída y vio al viejo Mike sentado en el suelo, con esa gran sonrisa de marciano y pelo cano, se acercó a él y se enroscó entre sus piernas.
A pesar de la pobreza, el gato amaba estas noches tranquilas de tierna paz, silencios tristes y sueños de Saturno. Durmió y soñó con algún pequeño ratón.
CÉSAR AUGUSTO BETANCOURT RESTREPO
servido por canterville
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Luis Ángel sabía que la carta estaba ahí y por más que la quisiera ignorar, de ahí no se iba a mover. Sus ojos lo engañaban dándole una mirada extraviada a la epístola que estaba sobre el mueble del comedor. Todo lo que hacía era en vano pues aunque no lo quisiera, estaba concentrado en la carta, ni la radio, ni la tele funcionaban, estaba absorto y casi envenado, pero sabía lo que contenía y a decir verdad tenía pánico de lo que estaba ya escrito.
Se encontraba desesperado pero no se podía rendir a la curiosidad, se retaba así mismo diciendo que era más poderoso mentalmente y tendría dominio sobre su carne. Pero era la mente lo que le traía de nuevo y cada vez con más ahínco el recuerdo de esa carta sobre el mueble del comedor. Caminó por toda la casa sin sentido alguno, daba vueltas y cada que pasaba por aquél mueble se quedaba atónito y se imaginaba abriendo la carta. ¡No! No podía darse el lujo de aquello, tenía que ser fuerte. Sin pensarlo mucho cogió un abrigo y salió a la calle. Pasó por un café-bar, entró, pidió un capuchino irlandés y se sentó a esperar.
La tarde era fría y en las nubes se veía un afán de llover. Tomó el capuchino muy despacio absorto de nuevo en sus pensamientos hasta que sonó el celular.
- Hola mi amor.
- Hola ¿dónde estás? Te he llamado a la casa.
- Estoy en un café-bar, no aguantaba la casa.
- ¿Y por qué no me llamaste?
- No sé, estoy un poco distraído hoy.
- Te veo por la noche en tu casa.
- Ok, chao.
- Un beso.
Siguió tomando el capuchino y en su cabeza sólo existía aquella endemoniada carta.
Luís Ángel tenía 21 años y hace 6 meses vivía solo, era algo reservado con aquellos que no le caían bien, pero era muy extravagante entre sus amistades. Acostumbraba a emborracharse con facilidad siempre que estuviera con un amigo o con una cara conocida. En medio de su extravagancia, Luis Ángel, decía cosas irreverentes y una de ellas era que se iba a morir a los 21 años porque no valía la pena vivir más. Que vivir más era absurdo.
Desde los 16 años empezó a sufrir fuertes jaquecas y siempre creyó que iba a morir de un tumor en la cabeza. Eso era para él tan cierto como que el agua moja y el universo es basto. Hace unas semanas había sufrido un desmayo y por obligación fue donde el médico y los resultados los habían llevado hasta su casa.
Parece que aquella profecía dicha en medio de su extravagancia y entre copas se volvía cierta, y el miedo que le producía abrir aquella carta superaba todos sus temores hasta ahora experimentados, aunque vivir más de 21 años era absurdo.
Pidió otro capuchino irlandés y prendió un cigarrillo. De su cabeza no salía la idea de una pronta muerte por él pronosticada. El desespero lo inundó de pronto, atacando como una bestia salvaje, era un delirio que le acuñaba el alma, no encontraba sosiego en su alma, estaba perturbado.
Una vez despertó de una horrible pesadilla de la que no recordaba nada, sólo el hecho de que era horrible. El temblor en sus manos y el sudor frío que lo enjuagaba delataban el terror que aun sentía y fue cuando dijo casi inconscientemente, sin pensarlo ni meditarlo, que moriría a los 21 años. Desde ese día lo creyó firmemente. Sus amigos incluyeron esta nueva locura a su espíritu sarcástico y a su bohemia forma de vida. Nunca vieron algún broto de seriedad en aquellas palabras, pero Luis Ángel lo sabía perfectamente, y ahora agonizaba pues su miedo era tal que ya se sentía cerca del umbral y padeciendo la decadencia de su cuerpo. Sentía que dentro de sí había un vacío muy hondo que le creaba una sensación de malestar, de mareo y de náuseas. Su cabeza no se ocupaba de otra cosa que no fuera la carta encima del mueble del comedor y su cuerpo convulsionaba ante la sola idea de abrirla.
Sin caer en cuenta, Luis Ángel temblaba cada vez que extraviaba su mirada para sus adentros donde sólo encontraba un objeto que le corroía la vida. Prendió nuevamente un cigarrillo, tomó de un sorbo el capuchino y salió del café-bar.
Cuando llegó a la puerta de la casa dudó en abrirla. Se quedó en un silencio mortal que en nada mejoraría su estado de ánimo. La carta seguía ahí con el membrete de la clínica y reposando sobre el mueble del comedor, casi podía verla sonreír irónicamente como si no le preocupara el hecho de ser abierta, no le importaba su existencia y seguía sonriendo. Se sentó en el piso, afuera de la casa, las fuerzas simplemente no le salían.
Se quedó un rato ensimismado pensando en qué hacer cuando abriera la puerta, lo veía todo como en una película. Llegaré y miraré la carta de lejos, luego la ignoraré y… y… y me iré al baño y tomaré una ducha, me afeitaré y nuevamente pasaré por el comedor y miraré la carta por el rabillo del ojo y seguiré de largo. Desde ahora deberé actuar como si no existiera esa carta. Sí, sí… eso haré, de ahora en adelante la carta no existe… pues sí existe pero la ignoraré, es lo mismo. Sí, sí, eso es, luego me iré a la cama y veré la televisión o leeré un libro para distraerme y pronto me olvidaré de que esa carta existe y de mi ingeniosa videncia ¡oh diablos, que sarcástico soy y luego… ya, todo arreglado. Lo interrumpió María Clara que lo veía un poco consternado.
- Hola –dijo ella- ¿qué haces mi amor?
- Nada, nada, sólo pensaba un rato, cómo estás, me has tomado por sorpresa.
- Pero te llamé.
- Sí, sí, sólo que… sólo que pensé que llegarías más tarde.
- Entremos.
- Sí.
Luis Ángel olvidó que su novia María Clara vendría a visitarle, había olvidado por completo la llamada que sostuvo con ella, estaba demasiado distraído como para pensar claramente, sólo existía él y su pequeño universo que se encontraba en el sobre de una carta. Estaba tan angustiado que apenas se daba cuenta que respiraba.
Cuando entraron se dirigieron a la habitación y prendieron el televisor. María Clara vio que él no miraba realmente la tele, estaba perdido en otro mundo más allá de lo tangible y lo real. Lo miró largamente y le dio un beso en la mejilla, él se volteó hacia donde había sentido un leve contacto, se topó con la cara sonriente de María Clara. La veía extraña, mas sin embargo sabía que era ella.
María Clara sacó un papel que ya estaba muy gastado y se observaba la marca de unos labios. Comenzó a leer.
“Nacen las palabras, las suyas, las de ella, como bestezuelas buscándose, un encuentro que se demora en caricias, un olor a siesta, a casa sola, a escalera esperando con la bola de vidrio en el nacimiento del pasamanos. –miró largamente a Luis Ángel- Pierre quisiera alzar en vilo a Michèle, subir a la carrera, tiene la llave en el bolsillo, entrará en el dormitorio se tenderá contra ella, la sentirá estremecerse, empezará torpemente a buscar cintas, botones, pero no hay una bola de vidrio en el nacimiento del pasamanos, todo es lejano y horrible, Michèle ahí a su lado está tan lejos y llorando, su cara llorando entre los dedos mojados, su cuerpo que respira y tiene miedo y lo rechaza.
Arrodillándose, apoya la cabeza en el regazo de Michèle. Pasan horas, pasa un minuto o dos, el tiempo es algo lleno de látigos y baba. Los dedos de Michèle acarician el pelo de Pierre y él le ve otra vez a la cara, un asomo de sonrisa, Michèle lo peina con los dedos, lo lastima casi a fuerza de echarle el pelo hacia atrás, y entonces se inclina, lo besa y le sonríe”.
Luis Ángel se acercó a María Clara y la besó profundamente como si con aquel beso escarbara en el alma de esa mujer y le declarara que la amaba profundamente, que volvía a hacer parte de su universo, que la locura se había desvanecido. Hicieron el amor, juntos y entrelazados, escuchando los jadeos del otro y oliendo el cuerpo del otro, y mirando los ojos del otro, hurgando en sus almas, en sus corazones y en sus lágrimas, sintiendo la felicidad del otro, respirando al unísono y acariciando la ilusión de ese amor.
Cuando María Clara conoció a Luis Ángel, él le leyó el fragmento de un cuento de Julio Cortázar que le parecía hermoso y desde entonces guardaba aquel fragmento con ella. Estaba feo y arrugado, pero destruirlo era bellaquería, no era sólo un pedazo de papel, era un símbolo, era un pedacito de ella misma. Leía esto siempre que se sentía feliz o que se sentía triste, lo leía para sí y para su amante. Cuando quería llorar o sonreír. Ahora estaba muy feliz y dormía placidamente.
Luis Ángel se levantó por una taza de café y un cigarrillo, un temor muy profundo no le dejaba conciliar el sueño. Temblaba más visiblemente de pensar que allá no estaría María Clara. Mientras meditaba miraba de reojo la carta. Estaba aun ahí, impasible, inmóvil, con esa sonrisa… no podía ignorar la verdad, muy pronto moriría pero preferiría no saberlo nunca. No saber qué tiene, no, era demasiado. Dio grandes bocanadas a su cigarrillo y sorbió el café.
Corría por una calle angosta muy oscura y con un olor pútrido. Sentía que el corazón se le salía y corría cada vez con más desespero como si estuviese siendo perseguido por el mismo Belial. Las calles tenían poca iluminación. Daba grandes zancadas evitando pisar a las ratas muertas que había sobre aquella calle. Se le salían las lágrimas sin saber por qué, ni siquiera sabía por qué corría, sólo estaba seguro de algo. El miedo. El aire era pesado y una tímida niebla empezó a cubrirlo todo, la calle parecía más angosta y el cielo púrpura. El fuerte olor le dio náuseas, el sudor lo empapaba y jadeaba cada vez más. Paró frente a un mural con el que la calle terminaba, era un callejón sin salida. Y unas palabras que había en ese mural tomaron cada vez más forma. No lograba descifrar qué decía. Mu… Mu… muerte.
Se despertó muy sobresaltado. Se había quedado dormido mientras meditaba y tomaba su café. Y de pronto las lágrimas empezaron a brotar desaforadamente sin que pudieran ser contenidas. Comprimía su cara contra sus manos y las lágrimas salían entre los dedos y pronto los gemidos sollozantes se hicieron audibles. El terror hizo que su cuerpo temblara como el de un epiléptico y pronto la angustia y la melancolía estaban enfrascadas en esa alma ya condenada.
Luis Ángel 1: No seas idiota, a todos nos llega la hora imbécil. Abra esa endemoniada carta y salga de la duda de una vez por todas.
Luis Ángel 2: Ignóralo, para qué saber si te vas a morir o no, es mejor no saber. El que sabe sufre más. La vida sólo vale vivirla hasta los 21 años.
Luis Ángel 3: Cállense idiotas, no sean estúpidos. No es la carta, es saber que me voy a morir.
Luis Ángel 2: Se va a morir él no tú.
Luis Ángel 3: Y por ende todos. Nos vamos a morir, a morir… a morir. Vamos a dejar todo acá –empezó a llorar-
Luis Ángel 1: Fue un estúpido sueño. Quién sabe si es o no una premonición. Puede ser simplemente un invento del subconsciente. Nos creímos nuestro propio invento.
Luis Ángel: Silencio, cállense. No me los aguanto. No quiero oírlos… no quiero oírlos, no más, ¡ya!
Luis Ángel 1: ¡que abras la hijueputa carta! –dijo gritando y notablemente nervioso- ya no aguanto esta incertidumbre.
Luis Ángel 3: No más… -seguía llorando- no más… me voy a morir –empezó a convulsionar violentamente- ¡me muero! –Se agarró la cabeza- la migraña, vuelve la migraña, me muero, ayuda.
Luis Ángel: No más –se le caían las lágrimas- silencio.
Silencio.
Miró sus manos, estaban llenas de llanto. Él temblaba y tenía un hilo de voz. Sentía sobre sí el título de Muerto. El dolor de cabeza era insoportable y sabía que cualquier medicamento sería inútil. Miró la carta. Se acercó a ella y las manos le temblaron, su respiración disminuía, su corazón latía con más fuerza, un breve mareo lo inundó y un hilillo de sudor recorría el rostro de Luis Ángel.
Trató de coger la carta pero un espasmo violento lo detuvo. Veía sobre sí a la muerte con su traje negro y su hoz dispuesta a arrebatarle la vida. Se desmayó.
- Amor, despiértate.
- … qué… ¿qué me ha pasado?
- Te has desmayado. ¿Estás bien?
- Yo… no sé… creo que sí… estoy cansado.
- Pero no puedes descansar.
- ¿Qué… qué dices?
- Que no puedes descansar –miró a Luís Ángel a los ojos- Es tiempo de morir.
Se despertó exaltado. Estaba en un estado delirante, ya no distinguía la realidad de la fantasía, ¿había realmente soñado aquello? ¿Había visto a la muerte esperando a que la llama se extinguiera? Empezó a oír murmullos que venían de todas partes, ¿Fue real el capuchino irlandés en el café-bar? ¿Era verdad que había hecho el amor con María Clara esa misma noche? No lo soportaba más. Los murmullos iban en aumento, retumbaban en su cabeza y se expandían por el universo haciendo eco en las entrañas de Luis Ángel. Un mareo lo invadió y luego oscuridad, soledad, quietud. Paz.
María Clara al no encontrar a Luis Ángel a su lado entendió que algo raro pasaba. Salió rápidamente de la cama y lo encontró muerto frente al mueble del comedor.
La autopsia reveló que el corazón de Luis Ángel quedó fulminado y que en su cabeza se almacenaba los comienzos de un tumor perfectamente tratable.
El día que lo enterraron, María Clara leería por última vez ese fragmento tan hermoso que le leyó la última noche que estuvo con vida. Lloraba amargamente sin entender por qué el corazón de Luis Ángel se rindió ese día, sin entender por qué Dios le arrebataba lo más hermoso que le había dado la vida, extrañamente pensó en ese momento que su vida sería como un camino estrecho que daría fin a un mural que le cortaría el camino. Reprimió una lágrima y destrozó el fragmento matando algo de ella. Murió Pierre y Michèle lloraba, mientras en el mueble del comedor estaba con esa sonrisa cínica la carta aún sin abrir.
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