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Bitácora de Charly

Un caminante incansable en busca de la verdad y un trabajador por la felicidad colectiva

Categoría: Emociones

El artista abre un blog en que podremos conocer parte de su obra en Internet

Carlos Grippo, es un destacado pintor uruguayo, nacido en el departamento de Durazno, que se encuentra radicado desde hace varios años en la ciudad de Venecia, en Italia, en donde realiza su fecunda actividad creativa.

Actualmente está preparando un blog personal, en el que tendremos posibilidad de conocer parte de su obra más reciente y, seguramente, algunas obras de su trayectoria anterior.

Las exposiciones realizadas por Grippo por toda Europa han sido múltiples, pero extrañamente todavía no ha tenido la oportunidad de mostrar sus trabajos en nuestro país, donde los entendidos lo conocen y admiran, pero donde no se han organizado los instrumentos apropiados para posibilitar una muestra.

Aquí va una de sus últimas obras. Grippo está integrado a un sector de creadores del viejo mundo que se agrupan bajo el “mote” de “metropolistas”.

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  • La decisión del Ministerio de Salud Pública se opone a la norma constitucional


    Insólita y absurda aparece la prohibición del Ministerio de Salud Pública, que pretende impedir la circulación de publicaciones extranjeras que contengan en sus páginas publicidad sobre cigarrillos. Insólita, porque a esta altura de los acontecimientos que aparezca en el ámbito público una decisión de este calibre, creando un foco de atención nuevo, pero que pone al país dentro de las zonas del mundo donde – por una razón u otra – se cercena la libertad de expresión.

    Pero además la prohibición se basa en una norma legal aprobada por el Parlamento, que prohíbe la publicidad de los cigarrillos, destinada a evitar la difusión del tabaquismo, la que reglamenta el decreto anterior del Poder Ejecutivo de prohibir fumar en lugares cerrados de uso público. Por ello es absurda, porque la decisión del Departamento Jurídico del Ministerio de Salud Pública está pisoteando una norma constitucional que establece que la libertad de expresión y la circulación de las ideas estarán garantizadas en el país. Cómo puede oponérsele una norma legal a la propia Constitución de la República sin, además, tener en cuenta que la prohibición afecta a todo tipo de publicación con que muchos uruguayos están al día de lo que ocurre en el continente.
    Por lo tanto, además de insólita y absurda, la resolución ministerial es burda, gravísima en su contenido y en su esencia oscurantista. No solo viola la Constitución de la República, sino que cercena la circulación libre de la información y de las ideas en base a la decisión de una Ley cuya efectividad es dudosa. ¿El Ministerio de Salud Pública tiene idea, acaso, de lo que ha descendido el vicio del tabaquismo con la aplicación de las antedichas prohibiciones? Seguramente no tiene en cuenta que, según las empresas tabacaleras, estas no han sentido en sus ventas una caída sensible que coincida con el hecho de que la ley antedicha defienda el derecho de quienes no fuman lo hagan en un ambiente libre de humo.
    Sin duda, una buena medida sanitaria, que circunscribe a los adictos al tabaco a ámbitos específicos, alejándolos de los lugares de utilización común, como bares y restaurantes, además de edificios públicos, oficinas, etc. Eso, sin duda es positivo, pero lo que no lo es la aparición del “sectarismo fundamentalista” de algunos funcionarios que enceguecidos por hacer “méritos” arremeten en contra libertades esenciales, que están vinculadas al funcionamiento mismo de nuestra democracia.
    No sea cosa, que luego de la anunciada Ley que se aprobaría regulando la venta de alcohol, algún funcionario adoptara medidas similares en contra los medios de comunicación que, más allá de tener de clientes entre los vendedores y productores de estos productos, son un vehículo informativo de primera necesidad.

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  • En Uruguay se lo recibió a Daniel Ortega como a un héroe. La izquierda compatriota en general y la Intendencia de Montevideo en particular, le hicieron reverencias cuando condecorara a algunos políticos y al propio Intendente de Montevideo. Quizás no estaban al tanto de quién es este éste seudo revolucionario, “líder” del sandinismo, que se alió con la derecha más recalcitrante en Nicaragua, para conseguir ser urgido de nuevo presidente de uno de los países más pobres del continente. La Corte Interamericana de Derechos Humanos admitió la denuncia en que la hijastra de Daniel Ortega le acusa de abusos sexuales durante 20 años. En Nicaragua el caso había sido rechazado. Con la indulgencia del diario español “El País”, dueño de los derechos exclusivos de los trabajos del escritor peruano, Mario Vargas Llosa, nos atrevemos a publicar esta denuncia que desenmascara a este personaje siniestro que todavía sigue siendo halagado en este continente, aunque su popularidad ha descendido en su propio país a niveles invalidantes. El alto tribunal de la OEA es renuente en condenar a este triste personaje por ser un jefe de Estado en ejercicio.

    por MARIO VARGAS LLOSA (*)

    El miércoles 16 de julio, decenas de miles de nicaragüenses se manifestaron en las calles de Managua para pedir la renuncia del presidente Daniel Ortega, a quien acusan de estar convirtiendo la frágil e imperfecta democracia que vive su país en una dictadura tan corrompida y autoritaria como la que padeció Nicaragua bajo Somoza. La manifestación fue convocada por la Coordinadora Civil, que reúne a unas 600 organizaciones cívicas, partidos y movimientos de todo el espectro político, muchos independientes, asociaciones feministas e intelectuales.
    Es la primera buena noticia que nos llega desde ese desventurado país -el segundo más pobre de América Latina, después de Haití- desde que, en un acto de verdadero desvarío colectivo, los electores eligieron el año pasado a Daniel Ortega para ocupar la primera magistratura de la nación, olvidando su catastrófica primera gestión (1985-1990) y legitimando su pacto mafioso con el ex presidente "liberal" Arnoldo Alemán, condenado a 20 años de cárcel en el año 2003 por haber entrado a saco en las arcas del Estado despilfarrando y robando la vertiginosa suma de 250 millones de dólares. El supuesto reo multimillonario cumple ahora su sentencia en una finca particular, viviendo a cuerpo de rey, recibiendo todas las visitas que le place y viajando a Managua cuando le da la gana a dar consignas a su bancada parlamentaria que, unida a la sandinista, detenta la mayoría del Congreso. Esta alianza mafiosa y antinatura de una supuesta izquierda y otra supuesta derecha -en verdad, dos bandas gansteriles disfrazadas de partidos políticos- ha permitido la desnaturalización de la justicia, sentado las bases de una nueva dictadura, y abierto la puerta para que Daniel Ortega y Arnoldo Alemán se salgan con la suya y se libren de pagar por los delitos que se les imputan. Los electores que, por ingenuidad, ignorancia o fanatismo, sacramentaron este contubernio están ya arrepentidos de su error, pues, según las últimas encuestas, la popularidad del presidente Ortega ha caído en picada desde que asumió el poder en enero de 2007. Ahora sólo lo respalda un 21% de los nicaragüenses.
    Todavía es muchísimo si se tiene en cuenta el prontuario del "comandante" Ortega. Resumo la historia de su hijastra Zoilamérica Narváez, tal como aparece en dos publicaciones que me merecen absoluta credibilidad (EL PAÍS, de Madrid, 29-06-08, y Búsqueda, de Montevideo, 5-06-08), pero quien tenga estómago para ello puede leer en Internet el testimonio completo de esta peripecia que parece extraída de una novela del Marqués de Sade.
    Zoilamérica es hija de Rosario Murillo, esposa de Ortega, Coordinadora de los Consejos del Poder Ciudadano y, según algunos, el verdadero poder detrás del trono nicaragüense. El 22 de mayo de 1998, Zoilamérica, militante del Frente Sandinista de Liberación Nacional, hizo público su testimonio contra su padre adoptivo, revelando que, desde la edad de 11 años, "fui acosada y abusada sexualmente por Daniel Ortega Saavedra, manteniéndose estas acciones por casi 20 años de mi vida". Las precisiones, detalles y circunstancias del relato de Zoilamérica son escalofriantes y revelan en su verdugo, acosador y violador, un cinismo y una crueldad poco menos que patológicas. El vía crucis de la niña comenzó en 1979, cuando el revolucionario andaba en la clandestinidad, en Costa Rica. Cada vez que se ausentaba la madre, aquel aprovechaba para "manosearme y tocar mis partes genitales. Hasta hace poco recordé que también ponía su pene en mi boca".
    El terror y la vergüenza hacían que la niña soportara todo aquello sin denunciarlo a la madre, quien, por lo visto, entregada en cuerpo y alma a la política, andaba en la luna sobre las malandanzas que protagonizaba su marido a sus espaldas. El "comandante" se metía al baño cuando Zoilamérica estaba duchándose y se masturbaba mirándola y acariciando sus ropas. En las noches, se introducía en el cuarto que la niña compartía con su hermano Rafael, "procedía a separarme parte de la cobija de mi cuerpo, continuaba con manoseos y luego concluía masturbándose. Me decía que no hiciera bulla para no despertar a Rafael... y me decía: '¡Ya verás que con el tiempo esto te va a gustar!".
    Cuando los sandinistas derrocaron a Anastasio Somoza en 1979, la familia Ortega Murillo se trasladó a Managua. Allá le asignaron a Zoilamérica un cuarto para ella sola. Fue, dice, una pesadilla todavía peor. En las noches, el comandante se deslizaba en la cama de la niña de 12 años y se refocilaba a su gusto. Ella comenzó a padecer "escalofríos, náuseas y temblores de quijada". Vivía con una sensación de pánico constante, por los abusos de que era objeto, y por la perspectiva de que todo aquello se supiera y se convirtiera en el centro de un gran escándalo. Robándole tiempo a sus responsabilidades de gobierno, el "comandante" aparecía de pronto en la casa a las horas que sabía que Zoilamérica estaba sola y le exigía que participara en sus juegos sexuales: "Me indicaba que me moviera, que así sentiría rico. 'Te gusta, ¿verdad?', me decía, mientras yo permanecía en absoluto silencio sin tener fuerzas para gritar ni llamar a mi mamá. El miedo no me dejaba. Sentía en la garganta resequedad, atorada y con temblores. Su contacto me transmitía intensos fríos y malestares, me provocaba asco y me creía sucia, muy sucia, pues sentía que un hombre al que rechazaba me ensuciaba toda. Comencé a bañarme muchas veces durante el día, para lavarme la suciedad".
    Las audacias del "comandante" se incrementaron con el tiempo. Obligaba a su hijastra a que viera con él películas pornográficas y le mostraba revistas eróticas, como Playboy. Un día se apareció en la casa con un vibrador que pretendió que Zoilamérica usara, pero el aparato no funcionó. El año 1982, la violó, tirada en la alfombra de su cuarto. "Lloré y sentí náuseas. Él eyaculó sobre mi cuerpo para no correr riesgos de embarazos y así continuó haciéndolo repetidas veces: mi boca, mis piernas y mis pechos fueron las zonas donde más acostumbraba echar su semen, pese a mi asco y repugnancia. Desde entonces, para mí la vida tuvo un significado doloroso. Las noches fueron mucho más temerarias, sus pasos los escuchaba en el pasillo con su uniforme militar; recuerdo clarito el verde olivo y los laureles bordados en su uniforme".
    El testimonio sigue así, muchas páginas más, con infinidad de pormenores en los que es difícil determinar si es peor la cobardía del todopoderoso mandatario "revolucionario" que mantuvo por 20 años de su vida a su hijastra convertida en su esclava sexual o la villanía del aparato militar y político a su servicio que amparaba aquellos abusos impidiendo que la joven denunciara a su verdugo.
    Cuando el escándalo estalló, la señora Rosario Murillo tomó la defensa de su marido y acusó a su hija de complotar con los enemigos del sandinismo. Hace algunos años, en 2004 -urgencias de la política-, la esposa del "comandante" representó en una radio una reconciliación con su hija, la cual, sin embargo, mantuvo todas las acusaciones contra su padre adoptivo. Pero éste ya había tomado todas las providencias debidas para burlar a la justicia. El Juzgado Primero del Crimen de Managua, a cargo de la guerrillera Juana Méndez, fiel militante sandinista, sobreseyó el caso. Ante la recusación de la denunciante, la titular del Juzgado Segundo del Distrito del Crimen de Managua, Ileana Pérez, otra probada sandinista, necesitó sólo un día para rechazar el expediente. Pero la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha admitido el caso contra el Estado de Nicaragua por "denegación de justicia". ¿Prosperará allí la acusación contra el "comandante" violador, incestuoso y pedófilo? A juzgar por la lentitud geológica con la que los jueces examinan el caso, se diría que el alto tribunal de la OEA es más que renuente a condenar a un jefe de Estado en ejercicio, y, además, progresista y revolucionario.
    Eso es también América Latina todavía, por desgracia. No sólo eso, felizmente. Hay otra realidad latinoamericana que va dejando atrás estos extremos de brutalidad y de barbarie, donde la justicia ya comienza a ser digna de ese nombre y donde una mujer no puede ser atropellada y abusada a lo largo de dos décadas por un matón con pistolas y uniforme verde olivo sin que los jueces actúen en defensa de la víctima. En la propia Nicaragua, muchos sandinistas decentes, como los hermanos Mejía Godoy -que han prohibido a Ortega utilizar sus canciones revolucionarias-, han pasado a militar contra el nuevo déspota y sus desafueros, a la vez que muchas agrupaciones feministas tomaban la defensa de Zoilamérica. Pero que alguien capaz de haber cometido semejantes iniquidades se halle de nuevo en el poder, ungido por los votos de sus conciudadanos, en vez de estar pudriéndose en una cárcel, dice leguas sobre lo mucho que le falta aún a la tierra de Rubén Darío y de Sandino para salir de ese pozo de horror y vergüenza que llamamos subdesarrollo.

    (*) Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario EL PAÍS, SL, 2008.

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  • Martín Buscaglia, hijo de la creadora de Canciones para No Dormir la Siesta, se unió a su madre para formar el grupo infantil más exitoso del otro lado del Río de la Plata. Ahora están en el MALBA.

    Si los padres uruguayos tuvieron que soportar sistemáticamente más de un producto argentino en cada receso escolar, era hora de que la venganza oriental se hiciera un lugar en la abultada grilla porteña de actividades para chicos. Desde ayer y hasta el sábado, a las 15, los Cantacuentos presentarán su quinto disco, Pura maravilla. Es un grupo que existe hace diez años, pero que en esta oportunidad se presenta por primera vez en vivo de este lado del charco. Y lo harán de manera bien arty, entre los cuadros del MALBA.

    “Cantacuentos nació hace diez años como un ramal de Canciones para No Dormir la Siesta, el grupo que fundó mi mamá en el 75”, explica Martín Buscaglia, compositor e intérprete del grupo. Y sigue: “Mi mamá, Nancy Guguich, es como la María Elena Walsh uruguaya y, cuando se disolvió su grupo, obviamente quiso seguir trabajando con los chicos. Probablemente por su gran influencia, en mis primeros tiempos de músico y hasta mi segundo disco trabajé mucho con los niños, haciendo talleres de música en jardín de infantes y canciones para ellos. Tener un proyecto con mi mamá, entonces, fue como muy natural, algo que se tenía que dar en algún momento. Ahí empezó Cantacuentos. Todos, exceptuándola a ella, que es la cabeza de todo esto, tenemos nuestras carreras paralelas, es decir: hacemos también música para grandes”.

    “Lo mejor de hacer música de adultos a la par de este proyecto”, piensa Buscaglia, “es que los resultados de Cantacuentos no se terminan pareciendo a la música que generalmente se hace para los más chicos: ni son melodías hipersimples ni los subestimamos. Las canciones están compuestas, en su gran mayoría, por Nancy o por mí; muchas veces en coautoría. Pero también tomamos temas de otros compositores uruguayos amigos”. Con su tercer trabajo, la banda eligió ir directo a las raíces y se encargó de homenajear a su predecesor, Canciones para No Dormir la Siesta, con un disco de versiones “absolutamente aggiornadas de las canciones más míticas del grupo”, explicará Buscaglia.

    Hacer música para grandes y para chicos también tiene sus diferencias, claro: “Cuando hago música para adultos, no me preocupa tanto lo que pueda pensar el que me escuche: las letras surgen más de una necesidad íntima, algo que necesito expresar. Con la música para niños, en cambio, se me hace más claro que estoy cumpliendo un rol. Me importa mucho lo que vaya a pensar el chiquilín y cómo puedo incidir en la mirada que el loquito pueda llegar a tener del mundo y del arte. Es una responsabilidad más grande”.

    Los compromisos con la calidad no dejan de hacer divertida la experiencia, asegura: “En que, en muchas ocasiones, tiene más rocanrol tocar con Cantacuentos que en un bar, primero, porque agitamos mucho más y, segundo, porque los chiquilines te generan una adrenalina mucho mayor: si no les gusta, se van a querer ir. Hay que hacer un esfuerzo muy grande por atraparlos todo el tiempo”.

    El abecé de Buscaglia

    Hijo de músicos, Martín Buscaglia nació y creció en la casa en la que, desde mediados de los 70, se dieron cita Urbano Moraes, Eduardo Mateo, Rubén Rada y varios artistas charrúas más. En sus canciones –que le valieron miles de elogios y lo llevaron a compartir escenario con Charly García, Caetano Veloso y Luis Alberto Spinetta– fusiona candombe, bossa nova, afro y pop.

    Vuelve a los escenarios porteños recién en septiembre, junto a su banda. Se lo puede escuchar en www.myspace.com/martinbuscagliamusic.

    Canciones para No Dormir la Siesta

    El mítico grupo fue fundado –entre otros músicos uruguayos– por Nancy Guguich y Jaime Roos. Se formó en 1975 y perduró, con algunos cambios de formación, hasta los primeros años de la década del noventa. Y, aunque inicialmente fue concebido como una agrupación que tocaba música para los más chicos, tuvo inmediata repercusión entre los adultos por denunciar, con humor y de forma alegórica, las crueldades del golpe de Estado uruguayo, encabezado por Juan María Bordaberry.

    (Crítica Digital, diario argentino)

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  • El ruido de un trueno


    por Ray Bradbury

    El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:

    SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA.

    Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.

    -¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?

    -No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios. -Se volvió-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.

    Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.

    -¡Infierno y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.

    -Sí -dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...

    Eckels terminó la frase:

    -Matar mi dinosaurio.

    -Un Tyrannosaurus rex. El lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.

    Eckels enrojeció, enojado.

    -¿Trata de asustarme?

    -Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.

    El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.

    -Buena suerte -dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está a su disposición.

    Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.

    Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.

    -¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? -se oyó decir a Eckels.

    -Si da usted en el sitio preciso -dijo Travis por la radio del casco-. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.

    La máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.

    -Dios santo -dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.

    El sol se detuvo en el cielo.

    La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.

    -Cristo no ha nacido aún -dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler... no han existido.

    Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.

    -Eso -señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.

    Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.

    -Y eso -dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.

    -¿Por qué? -preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.

    -No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.

    -No me parece muy claro -dijo Eckels.

    -Muy bien -continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?

    -Entiendo.

    -¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!

    -Bueno, ¿y eso qué? -inquirió Eckels.

    -¿Eso qué? -gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!

    -Ya veo -dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.

    -Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.

    -¿Cómo sabemos qué animales podemos matar?

    -Están marcados con pintura roja -dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.

    -¿Para estudiarlos?

    -Exactamente -dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?

    -Pero si ustedes vinieron esta mañana -dijo Eckels ansiosamente-, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos... vivos?

    Travis y Lesperance se miraron.

    -Eso hubiese sido una paradoja -habló Lesperance-. El tiempo no permite esas confusiones..., un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.

    Eckels sonrió débilmente.

    -Dejemos esto -dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie! Se prepararon a dejar la Máquina. La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.

    -¡No haga eso! -dijo Travis.- ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma...

    Eckels enrojeció.

    - ¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?

    - Lesperance miró su reloj de pulsera.

    -Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!

    Se adelantaron en el viento de la mañana.

    -Qué raro -murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.

    -¡Levanten el seguro, todos! -ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.

    -He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza -comentó Eckels -. Tiemblo como un niño.

    - Ah -dijo Travis.

    -Todos se detuvieron.

    Travis alzó una mano.

    -Ahí adelante -susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.

    La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros. De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.

    Silencio.

    El ruido de un trueno.

    De la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.

    -Jesucristo -murmuró Eckels.

    -¡Chist!

    Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo, En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.

    -¡Dios mío! -Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.

    -¡Chist! -Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.

    -No es posible matarlo. -Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.

    -¡Cállese! -siseó Travis.

    -Una pesadilla.

    -Dé media vuelta -ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.

    -No imaginé que sería tan grande -dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.

    -¡Nos vio!

    -¡Ahí está la pintura roja en el pecho!

    El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.

    -Sáquenme de aquí -pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.

    -No corra -dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina. -Sí.

    Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.

    -¡Eckels!

    Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies. -¡Por ahí no!

    El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.

    Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.

    Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.

    Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.

    El trueno se apagó.

    La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.

    Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.

    En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina. Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.

    -Límpiense.

    Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.

    Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.

    -Ahí está- Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.

    Miró a los dos cazadores: ¿Quieren la fotografía trofeo?

    -¿Qué?

    -No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.

    Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza. Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.

    Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.

    -Lo siento -dijo al fin.

    -¡Levántese! -gritó Travis.

    Eckels se levantó.

    -¡Vaya por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!

    Lesperance tomó a Travis por el brazo. -Espera...

    -¡No te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!

    -Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.

    -¿Cómo podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!

    Eckels buscó en su chaqueta.

    -Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!

    Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.

    -Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.

    -¡Eso no tiene sentido!

    -El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!

    La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.

    Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.

    -No había por qué obligarlo a eso - dijo Lesperance.

    -¿No? Es demasiado pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil.

    -Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa. 1492. 1776. 1812.

    Se limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.

    -No me mire -gritó Eckels-. No hice nada.

    -¿Quién puede decirlo?

    -Salí del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?

    -Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.

    -Soy inocente. ¡No he hecho nada!

    1999, 2000, 2055.

    La máquina se detuvo.

    -Afuera -dijo Travis.

    El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.

    Travis miró alrededor con rapidez.

    -¿Todo bien aquí? -estalló.

    -Muy bien. ¡Bienvenidos!

    Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.

    -Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.

    Eckels no se movió.

    -¿No me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?

    Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran... eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio..., se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco...

    Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.

    De algún modo el anuncio había cambiado.

    SEFARI EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA.

    Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.

    -No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!

    Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.

    -¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.

    Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?

    Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:

    - ¿Quién... quién ganó la elección presidencial ayer?

    El hombre detrás del mostrador se rió.

    -¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?

    Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.

    -¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina,- no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos...?

    No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.

    El ruido de un trueno.

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  • El placer de los etruscos (*)

    1)

    “Varios siglos antes de Cristo, los etruscos enterraban a sus muertos entre paredes que cantaban júbilo de vivir.
    En el 66 bajamos a las tumbas etruscas y vimos las pinturas. Había amantes disfrutándose en todas las formas, gente comiendo y bebiendo, escenas de música y celebración.
    Los que como yo habíamos sido católicamente preparados para el dolor, se quedaban bizcos ante este cementerio, que era un placer” (**)

    2)
    Comprar la vieja tapera que en la inmobiliaria de Punta del Este ofrecían tan barata, con tres hectáreas de terreno y junto a la chacra de un amigo de Carlitos, era para mí más que una operación, el inicio de una aventura lisa y llana. El vicio edificio, junto a un camino de tierra, rodeado de añosos árboles, había sido construido con piedra y ladrillo, dejándose un gran patio interior sobre el que tenían sus puertas la mayoría de las habitaciones. Se decía que allí había funcionado un almacén que luego se convirtió en un lugar de baile adonde concurrían muchos habitúes de los extramuros de la zona balnearia.
    Lo lamentable era que yo, un viejo jubilado, con los hijos desperdigados por el mundo, iba a usar ese lugar para recordar el pasado, para renovar a mis padres enterrados en una historia también de campo, en donde el trabajo de sol a sol era la constante.
    Por eso la decisión fue clara y terminante, sin los contrastes remolones de otras actitudes mías, en donde la costumbre o el miedo a lo desconocido me hacían ser mucho más lento en adoptar una posición.
    Esa tarde corrí hacia la península, arreglé el pago con la inmobiliaria, firmamos el respectivo boleto y comencé a ser el propietario de la vieja tapera, en donde nunca imaginé que tendría compañía.

    3)
    “¿Cuántas veces hemos confundido la bravura con las ganas de morir? La histeria no es la historia. La muerte, que un par de veces me tomó y pie soltó, a menudo me llama todavía y yo la mando a la... (**)

    4)
    Entrar en la tapera fue toda una aventura en la que intervenía también el coraje. Empujé la puerta de la principal habitación y con la luz de una linterna batiré todos los rincones haciendo escapar a una serie de habitantes propios de las casas de campo largamente abandonadas. Sin embargo, algo raro observé en la puerta de enfrente, en un agujero que la misma tenía en su parte inferior, entre el listón de madera que la cruzaba y el piso. Era una forma difícil de definir, repugnante a primera instancia, pero lógica y adecuada.
    El intruso era yo y aquella víbora, comía el sapo sin haberlo tragado todavía porque el pobre bicho era muy grande para la crucera, saliendo de la boca del ofidio, extrañamente hinchada, parte de su alimento, especialmente las patas, todavía se movían.

    Mi primera impresión fue de repugnancia. La crucera no podía, por el sapo que tenía en su boca, escapar del cepo que le significaba el agujero de la puerta y pareció que sus ojos me miraban sin miedo, como comprendiendo que yo tenía mis derechos en el lugar y que el único camino que le quedaba era dejármelo libre.
    Luego de una limpieza superficial que trate de hacer, barriendo las piezas y sacando las telas de araña, advertí que la víbora había desaparecido, por lo que, en un momento, pensé en las virtudes alimenticias del sapo.
    Cansado, sudoroso, encendí un farol que había llevado conmigo para alumbrarme hasta lograr que conectaran la corriente eléctrica.
    El círculo amarillento se extendió, bañando la habitación por los cuatro costados. Miré a mi alrededor y advertí que la crucera se había arrollado en un rincón, seguramente bien alimentada.
    Era una compañía repugnante, tal vez, pero lo era al fin. Creo que Felipa, como la bauticé, también lo
    entendió dándome la bienvenida a su reducto con esa quietud que me tranquilizó.

    5)
    Infinitamente, le di las gracias, sabiendo de verdad que no tenía con quién estar. Aquella noche, traté de rehacer el mundo, cada lugar que me habían dado, cada fábula. Dejé de recordar cuando hubo algo de luz en la ventana.

    6)
    Lentamente me desperecé, tenía una larga jornada: proyectar mi reducto en ese lugar de las sierras de Piriápolis. Lentamente salí del saco de dormir sin recordar a Felipa, la compañera nocturna, mi intrascendente compañera, que sin duda podía vivir en un mundo menos cruel que el de los humanos. Sin embargo, cuando di un paso, ella se hizo sentir con un leve crujido de su piel escamosa y un deslizarse lento.
    Al agacharme y tratar de tornar una de las botas sentí la mordida en una mano.
    Felipa me estaba haciendo lo que yo nunca pensaría hacerle: quería matarme, usando su terrible veneno, incrustando sus colmillos en mi carne.
    Mi primera reacción fue lanzar lejos a la víbora, y luego, violento, con una pala que había traído para los trabajos, le corté la cabeza de un solo golpe.

    7)
    Caminando a los tropezones, encendí la lámpara del cuarto. En el reloj, eran las ocho y media de la noche. Abrí de par en par la puerta. La luna llena excitaba a los perros que ladraban a la distancia. No podía dormir, no por los ladridos, sino por esperar a la muerte.
    Estar parado me mareaba. Me recosté sobre el saco de dormir, que parecía hervir. Soplaba una brisa caliente que dejaba caer a mis pies, hojas de los eucaliptos.
    Aquel había sido un día importante para mí. En la vieja tapera estaba muriendo y nadie, absolutamente nadie, podría darme un certificado de resurrección.
    Tal vez ahora viviría en otro mundo, tan pletórico de placeres, como el de los etruscos.

    (*) Cuento de Carlos Santiago publicado en el libro “Contornos imprecisos y otros cuentos”, Libros del Astillero (1983)

    (**) Textos de Eduardo Galeano


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