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La Casita Del Mar

Entre dos enormes peñascos de lava negra y sobre un lecho de fina arena volcánica, se alzaba firmemente la casita del mar.

Categoría: Mensaje en una botella

5 Mayo 2008

A veces pasa...

Ella había sido siempre la estrella de la clase. Desde lejos la miraban con envidia y disimulada admiración las que nunca recibieron un piropo. A su alrededor se colaban siempre las que morían por brillar de aquel modo con una sonrisa.

Él siempre fue el favorito de las maestras, el admirado entre los compañeros y el sueño de todas las niñas. A su alrededor se forjó el compañerismo nacido de grandes charlas y mejores fiestas.

Los años los convirtieron en los protagonistas de aquella película de joven rebeldía. Y la poesía de sus libretas se hizo música entre los dedos de él. Y la música los puso en el brete de las sonrisas y los sueños.

En primera fila del escenario siempre estaba ella, junto a un séquito de fieles aspirantes a especiales. Tras el micro del escenario estaba toda la fuerza que desprendían las ansias de él.

Y los años los hizo uno. Y al destino llamaron suerte. Y las mañanas llegaron con magdalenas y mapas que siempre les mostraron el camino por el que andar.

Ayer volví a verles. Ella seguía siendo igual de bella bajo aquellos escasos kilos de más. Él, que parecía haber encogido tras aquel carrito rojo de bebé, se dio la vuelta, y me mostró el rostro de la serenidad que sólo regalan los retos conseguidos.

Y su alrededor se llenó de gente en un instante. Y llovieron besos y sonrisas.

Y yo en silencio, desde una esquina, tuve suspirar y admitir sorprendida que a veces pasa.

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15 Marzo 2008

Un final

Trató de darse la vuelta para volver a conciliar el incomodo sueño entre los tres pequeños asientos de turista que había logrado ocupar al final del avión. Apoyó la espalda contra la pared del aparato y cerró los ojos con las piernas estiradas bajo la fina manta azul que le había dado la azafata.

Entonces, un respingo. Y luego otro. Y el mundo comenzó a bailar bajo su cuerpo. La señal de alerta para abrocharse los cinturones hizo saltar a más de mitad del pasaje, ya asustado por el vaivén del aparato. Pero ella seguía en calma. Bajó los pies al suelo y abrochó su cinturón mientras las mascarillas de oxígeno saltaban desde el techo aumentando el bullicio y los gritos que comenzaban a convertirse en un eco repetitivo.

Otro salto. Un empujón. Las maletas rodando por el pasillo tras salir despedidas de los compartimentos. Un tirón. Otro salto. Y la velocidad agigantándose por segundos. Su cuerpo, colgando del cinturón recién abrochado, se había quedado tan manso como el de un muñeco de trapo.

Para ella ya no había avión. Ya no había vuelo, ni maletas, ni pasaje, ni cinturón. Ella ya sólo podía ver el rostro dorado y terso de él. Su sonrisa deslumbrante llenando cada rincón de su visión. Sus brazos abiertos ante ella. Cerró los ojos y suspiró profundamente. Al fin, sería libre. Al fin le volvería a ver.

Y mientras el avión se hundía con ella y su futuro en las profundidades del océano, su alma se aferraba con fuerza a aquel abrazo que la recibía manso y cálido en el infinito. Abrió los ojos y allí estaba él. Al fin. Más vivo que nunca, suyo en la muerte que sí dura para siempre. Suyo en las profundidades de la eternidad.

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25 Febrero 2008

¡Qué pena!

En el fondo me das pena. No debería decirlo ni reconocerlo, pero lo cierto es que, en lo más profundo de mí misma, es la pena la que se conmueve con ese gesto de falsa soberbia ocultando bajo el rencor tu sentimiento de culpa.

Es quizás eso lo que diferencia una mente lúcida de otra mancillada por las incoherencias y los traumas. Es quizás por eso que yo ya camino en otro rumbo tan lejano al tuyo. Un rumbo en el que no caben las miradas socarradas, los ocultamientos, el orgullo, la falsa autosuficiencia…

Un rumbo en el que soy capaz de reconocer la debilidad como parte de la naturaleza humana y no como símbolo de inferioridad en la raza. Un rumbo en el que tú no podrás verte jamás andando porque no sabes siquiera de su existencia y menos aún de la posibilidad de llegar a él.

Por eso siento pena, porque en el fondo este tipo de amor no se borra ni con los peores golpes… Tan sólo se supera, se entiende, se asimila y se queda dormitando en las cavernas del recuerdo fortuito. Y desde esas cavernas regresa en instantes como éste, en estos momentos en que me miras con suficiencia y pedantería, con la media sonrisa cruzada por la amargura, en estos momentos en que me odias pero no puedes parar de mirarme porque en el fondo tampoco puedes evitar quererme. Y la amargura de dicha certeza nubla tu mirada convirtiéndola en rencor.

¡Qué duro ha de ser vivir con esos sentimientos entrecortándose en la garganta! ¡Qué duro ha de ser mirarme y hundirte en la batalla de quererme y odiarme al mismo tiempo! ¡Qué duro ha de ser sentir que tu odio ha levantado un muro infranqueable frente a ti y que jamás podrás seguir los impulsos de tu corazón y abrazar con fuerza a quien al fin y al cabo es sangre de tu sangre! ¡Qué soledad más grande debe sufrir en ese instante tu corazón! ¡Qué pena ser el único culpable de la propia desdicha!

¡Qué pena, padre, qué pena!

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3 Enero 2008

Nuevo año, nuevo sueño

Un nuevo año, un nuevo amanecer y el alma siente como se renueva y muta, y cambia y canta una nueva melodía.

El mar amaneció este año mucho más azul, más lleno de vida y también de temores. Amaneció embravecido, inquieto, anunciando que no serán fáciles los próximos 366 días que durará este año bisiesto.

Pero hay fuerza. Oculta, perezosa, sin ganas de moverse mucho, pero hay fuerza. Fuerza para asumir el mañana y mirar este mar bravío con ánimo de nuevos retos.

Días llevo conjurando. Conjurando un nuevo sueño que naciera renovado junto a la espuma salada de este nuevo año. Y ya está listo. Un sueño de lujuria y desenfreno, un sueño de sensualidad y pasión para colmar de erotismo a las almas hambrientas de amor y sedientas de sexo.

Así que, como regalo para este nuevo año, aquí os dejo su senda, la senda que conduce al reino de Serena Freya, la senda para que os dejéis embrujar por sus suspiros... SShh, ¿los oyes?


Feliz año y hasta pronto, exploradores!

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31 Octubre 2007

Bienvenido seas, otoño de esperanzas

Llega el otoño… ¡qué buena época!

Así cambian la perspectiva de la vida en tan sólo un año.

Sí, debería decir que parece que fue ayer, mas sin embargo
resulta una eternidad. Hoy hace un año de eternidad desde que construí esta casita junto a la playa y decidí retirarme a ella a ejercer mi condición de bruja de los mares.

Y han pasado tantas cosas en este año. Vosotros, los exploradores de estas costas, los que curioseáis con asiduidad mis epístolas marinas, sabéis mejor que nadie como puede el mundo girar y hacernos dar la vuelta sobre nosotros mismos.

Vosotros habéis visto como ha ido mutando esta bruja que se negaba a dejar a que Selene despertara a los duendes de su alma, que rogaba para que Zz permaneciera encerrada con sus cadenas en el fondo de su alma, que lanzaba conjuros desesperados para permanecer en su castillo de cristal, y que finalmente se rindió y gritó a los cuatro vientos que había despertado del coma profundo.

Vosotros habéis escuchado sus canciones tristes sobre las aguas, habéis asistido a sus conjuros, viendo como su magia convertía en hombre al barro de la playa, para de nuevo destruir de un pisotón, cual castillo de arena, su obra imperfecta.

Habéis asistido a tormentas, tempestades, huracanes y tsunamis. Y comprobáis que aquí sigo, en pie, escuchando los gritos de las olas y más segura que nunca de que mi lugar estuvo siempre en esta costa solitaria.

La vida no es perfecta, ni siquiera para una bruja. Pero, nada como echar un vistazo a las huellas del camino para entender que siempre merece la pena seguir caminando.

Aquí terminan por hoy las pisadas de un año de andadura. Un año lleno de cambios, de emociones, de sueños y de esperanzas. Un año que finaliza con el inicio de un nuevo otoño, pero distinto. Un otoño que entonces era gris, húmedo, pesadumbroso, y que, sin embargo, hoy amanece iluminado por el brillo del sol sobre las olas.

Hoy termina la historia de una bruja, hoy acaba un año de ensoñaciones saladas. Mañana comenzará otro.

¿Ha sido fructífero este año realmente? Yo siento que así ha sido. Si tan sólo he logrado arrancar una gota de emoción al alma de alguno de vosotros, mis queridos exploradores, habré cumplido con creces mi función de bruja iniciática en los artes de la magia marina.

¡Feliz otoño para todos!

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18 Octubre 2007

Foto fija

Dicen que toda vida tiene su propia banda sonora, esas melodías que nos han acompañado a lo largo de nuestros días y que se quedan grabadas en nuestra memoria de un modo tan perdurable que conseguimos escucharlas dentro de nuestra cabeza pase el tiempo que pase. Es así porque llevan emparejadas emociones y sentimientos que jamás podrán borrarse de nuestro corazón.

Del mismo modo, existe el álbum de fotos fijas de nuestra vida, imágenes que han quedado dibujadas a fuego en nuestra cabeza aunque jamás hayan pasado por obturador alguno.

Son las fotos fijas de nuestros momentos inolvidables, las imágenes que nos acompañarán hasta la tumba, probablemente las últimas que veamos antes de morir.

Unas manos pequeñas alzadas al aire ante una puertecita de madera como las de las películas de vaqueros. Y detrás, unos pasos de hombre, un silbido, un pelo rubio y rizado, unos brazos fuertes. Y dentro, muy dentro, una alegría inmensa. Esa fue la primera.

Después, un mar azul oscuro frente a un bunquer de piedras volcánicas, un lecho de arena negra y una lágrima cayendo sobre ella, mientras un deportivo rojo se aleja por la carretera en la dirección opuesta. Y el ansia de querer morirse. Y la soledad.

Más tarde, un puerto de mar en un pueblo costero, un banco de piedras de basalto y, sobre él, una muchacha acurrucando su cabeza sobre unas piernas vestidas con pantalones vaqueros. Una mano acariciando su cabello y un beso.

Luego, fija, muy fija, una camiseta verde cubriendo una espalda esculpida y firme, la suavidad de un cabello negro y liso cayendo levemente sobre una nuca, morena y tersa como la aceituna. Un brazo de mujer enamorada asiendo aquella cintura y un ruego: "que el mundo se pare en este instante".

En grande, paredes vestidas con cuadros de Van Gogh, Matisse y Renoir, bajo un techo de vigas de madera, el sofá de la costumbre y la seguridad esperando el abrazo diario, una sonrisa de confianza, un regazo de eterna sinceridad y cariño, y un beso húmedo llamado "bienvenida".

La última: dos manos tan suaves como varoniles abrazando otra de largas uñas sobre una mesa de madera oscura en un restaurante emblemático, unos ojos color miel pidiendo a gritos que los amen mientras sus labios decían otra cosa, una melena dorada y ondulada enredándose en un tacto de seda sobre otra mano de largas uñas. Y en el alma un "¿cómo lograré decirte adiós?". La última, por ahora...

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2 Octubre 2007

Ingenua

Tú no lo entiendes. No entiendes que hay días que necesito salir corriendo y olvidar que el mundo sigue girando sobre su eje. No entiendes que me ahogo en este mar de sentimientos enfrentados que se apodera de mi razón. No entiendes que cuando suspiro tu nombre resuena en el aire como un grito ahogado por la verdad.

No, no lo entiendes. No entiendes que mis actos a menudo poco tienen que ver con mi mente. No comprendes que hay palabras que se ahogan de pena y se hunden tras los impulsos que dicta la desazón. No lo entiendes porque no puedes mirar dentro del pozo turbulento que es mi alma.

Eras tú. Dos veces tú. Una y otra repetida. Y me escuchaste, una vez y la otra con dos rostros diferentes pero un mismo corazón. Y no entendiste. Ni una ni otra. Ni como ella ni como él. Y lo comprendo: es difícil entender a alguien que no se entiende a sí mismo. A mí también me cuesta comprenderte. Me cuesta desentrañar lo que se oculta tras tu retórica bien estructurada. Me resulta imposible armar el rompecabezas que se forma entre tus palabras y tus hechos.

Y, sin embargo, aún así te asumo, te admito, te acepto y lleno con el brillo de tus ojos todas las dudas que me producen tus silencios. Porque yo sí confío en que hay más, porque yo sí creo que la pasión ardiente sabe más del amor sincero que mil tiernos afectos tranquilos. Porque yo sí creo que es posible que el fuego de nuestro interior caliente las noches de más de un millón de días.

¿Soy ingenua, joven, inmadura? Supongo que así es. Hay que ser verdaderamente ingenua para creer en nuestro amor.

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24 Septiembre 2007

A ti, señora

Debería pedirte perdón, arrodillarme a tus pies y bajar la cabeza ante ti, avergonzada por lo que te estoy haciendo. Debería esconderme en un agujero y no volver a salir jamás para pagar la culpa de estar bebiendo del cáliz de tu vida.

Debería sentirme la mujer más rastrera y despiadada del mundo por estar alimentándome de tu pan, por estar respirando un aire que sólo a ti pertenece.

Mas, sin embargo, no puedo. No puedo más que sentir que el licor que bebo procede de las gotas que caen derramadas de la comisura de tus labios y que yo, cual perro sediento, lamo del suelo a tus pies. No puedo evitar verme recogiendo tras de ti las migajas del pan que tu degustas cada mañana y cada noche como maná del paraíso.

Y en vez de culpabilidad, no siento más que pena. Pena de mí misma por saber que jamás tendré la dicha de sentarme como tú en el confortable sofá del cariño eterno. Envidia de ver como la luz que anhelo para mis noches ilumina tu cuerpo a diario como el aura de la gracia divina.

Y sé que si algún día supieras que yo existí, sentirías que te arrancan el alma. Lo sé y me aterra pensar que ocurriese. Sin embargo, mi existencia es tan insignificante que ni aún despertándose ante ti lograría llenarse de brillo alguno.

No soy nadie. Tú no me conoces y aunque lo hicieras, yo seguiría sin ser nadie. Porque las mujeres como yo no existimos. Porque no hay futuro más allá de la sonrisa de una noche. Porque las caricias se agotan cuando llega el alba y, entonces, tu mirada brilla más que mil estrellas. Y yo desaparezco, como el simple cristal roído por las olas que no centellea más que un segundo cuando al atardecer el sol le presta sus destellos.

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La Casita Del Mar

EL PARAÍSO, España
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Sus paredes estaban hechas de fuertes rocas oscuras, en las que se abrían tres pequeños ventanucos y una puerta de madera. El techo, también de piedra, estaba recubierto por millones de conchas de lapas, mejillones y burgados, entre los que, a duras penas, se abría paso una pequeña y humeante chimenea. De noche, sólo el brillo en los cristales de una hoguera parpadeante hacía imaginar la vida en aquella cala solitaria. De día, el sol se reflejaba sobre las conchas del tejado, haciéndolo brillar tan deslumbrantemente que desde lejos parecía estar hecho de oro. En su interior, a la luz de una vela, se refleja en las paredes una silueta borrosa encorvada sobre una mesa de madera de pino. Un cabello largo y ondulado baila en el aire al son de la brisa marina, mientras una lágrima sacrílega hace un borrón de tinta sobre el papel envejecido que descubre sus sueños.

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