Viva la vida.
Hacía mucho que no incluía una canción. Pero esta vez va a ser diferente, lo sé. Esta siendo.
1 Julio 2008
Hacía mucho que no incluía una canción. Pero esta vez va a ser diferente, lo sé. Esta siendo.
30 Junio 2008
No hace falta ser futbolero para que te diviertas viendo un partido de la Eurocopa. Tampoco hace falta ser patriota para alegrarte infinitamente por la victoria de España, al fin y al cabo son tus congéneres. No es necesario ser español para sumarte a la alegría colectiva y salir a las calles a celebrarlo. Pero hace falta ser un salvaje descerebrado para arruinar la celebración multitudinaria o al menos enturbiarla haciendo uso de la violencia como si fuera un modo más de divertimento. En la Glorieta de Bilbao había ayer cientos de personas, con sus banderas de España y sus vítores, chapoteando en la fuente como si fuera una bañera comunitaria, algunos bailaban, otros como yo se acercaban sólo a mirar, sin involucrarse mucho, las familias se mantenían en un segundo plano y pequeños grupos de jóvenes se divertían cortando el tráfico de los vehículos que circulaban y coreando al unísono estrofas de homenaje al gran equipo.
Al principio la muchachada alocada simplemente balanceaba los coches, o se subía en el capó de manera temeraria aunque aparantemente inofensiva, o todo lo inofensivo que pueda resultar algo así. Pero rápidamente el bulto amorfo e incontenido de la violencia comenzó a extenderse, parecía que podías sentirlo colándose entre la multitud, en sentido envolvente, como una serpiente que va avanzando en zigzag y entonces en manadas cada vez mayores y demenciadas comenzaron a sacudir con fuerza a los coches, emitiendo sonidos guturales que ya nada tenían que ver con las sanas ovaciones iniciales. Se quitaban las empapadas camisetas y sacudían a bocajarro en las lunas, el capó, las puertas o donde atinasen en su alucinamiento litúrgico. El asfalto estaba mojado y refrescaba los pies en medio del axfisiante calor del centro de la urbe, ya pasada la medianoche. El calor perturbador y pegajoso del aglutinamiento.
Sentí miedo, un temor controlado y subliminal, a medio camino entre la sonrisa estúpida y la carcajada nerviosa, pero podía notar la mecha encendida del salvajismo, veía con claridad la delgada línea que separa la celebración desenfrenada de la violencia gratuita, animal e injustificada y sentía cierto estremecimiento en mis estructuras internas. Imaginé cómo me sentiría si fuera dentro de uno de esos coches y de pronto me viera rodeado de un grupo de tarados sudorosos enfervorecidos sacudiendo o pegándole patadas a mi auto sin motivo aparente. ¿Qué coño tiene que ver eso con el sano triunfo de nuestro equipo?
En esos momentos no puedo evitar sentirme ajena y asqueada a esa masa ignorante y asilvestrada que merecerían estar atados de pies y manos con cinta aislante en la boca. Así, los demás podríamos celebrar a nuestras anchas la victoria sin que ningún niñato perturbado nos jodiera la fiesta. Y hoy me ha molestado leer en la prensa, junto a las crónicas del triunfo, las noticias de las hordas aberradas. Producto español.
En fin, yo soy después de esta Eurocopa un poco más futbolera -el amor mueve montañas-, y también más entusiasta con el deporte y con nuestra selección. El orgullo patrio se quedó en la calle flotando en un charco en el suelo, cerca de la fuente. Esta mañana ya se había evaporado en forma de polución.
24 Junio 2008
“En el futuro, todos seremos mundialmente famosos durante 15 minutos”.
Andy Warhol.
Un blog es un reducto de egocentrismo globalizado, el sonrojo de la discreción, un diario sin candado, una mesa de operaciones emocional, una memoria externa o la copia de seguridad de nuestros recuerdos relevantes. La diferencia con respecto al disco duro interno que alberga nuestro cráneo es que aquí seleccionamos aquello acerca de lo que queremos tener la mayor cantidad de detalles. No lo contamos todo. Yo no, al menos. Me reservo algunas piezas para que nadie pueda terminar el puzzle de Ciberia. Un puzzle terminado ya no tiene sentido alguno. Lo de ponerle pegamento y enmarcarlo es sencillamente ridículo.
Sin embargo, algunas anécdotas se insinúan todo el tiempo, intentan convencerte de ser contadas, para retroalimentar la naturaleza ególatra de ésta mi memoria virtual. Aunque en el fondo me despierte sentimientos vergonzantes, como si estuviera mendigando admiración. Nada más cerca.
Era jueves, alrededor de las 15 h. Alfa, Beta y yo buscábamos un sitio donde comer cercano al Palais des Festivals donde se celebra el anhelado certamen de publicidad. La mañana había sido interesante, la presentación de nuevos directores creativos de la agencia Saatchi& Saatchi de Londres fue brillante. Ver tanto talento provoca una punzada en la boca del estómago y te obliga a abrir la boca, lo que te da un aspecto lamentable, que se disimula aplaudiendo con ritmo y sonoridad de grupo y moviendo la cabeza en todas las direcciones. Esas cosas distraen.
Nos decidimos por un restaurante a pie de playa, informal y cómodo pero también elegante y sofisticado. En perfecto equilibrio con nuestras personalidades. Pertenecía a un hotel lujoso, hecho que ignoramos por completo hasta que nos sentamos en la mesa. Afortunadamente, ninguna teníamos que preocuparnos por la cuenta. Alfa y beta leían el menú de la entrada, yo juguetaba con la cámara de fotos. Un chico y una chica se acercaron sin que me diera cuenta. La chica me abordó directamente, preguntándome si sabía hablar inglés, a lo cual respondí con una sonrisa forzada y un "just a little". Se llamaba Mariana y era una brasileña impetuosa, que gesticulaba muy deprisa. El chico era japonés, discreto y con cierto halo friki (o quizá ser japonés lo lleva implícito).
Representaban a Brasil en el concurso Young Lions, aspiraban a obtener un león en la categoría de TV, tenían 48 horas para llevarlo a cabo y yo encajaba perfectamente -me adularon con insistencia- para el papel protagonista de su spot. No tendría que cambiar nada de mi estética, ni siquiera maquillarme. La propuesta consistía en irme con ellos y el resto de personas que actuaban como extras. Se rodaba en "La Casa Burbuja" de Pierre Cardin -jamás hasta entonces había oído hablar de ella- y apenas me robarían dos horas -en realidad fueron más de cuatro-. Para recompensarme -no me podían pagar obviamente- me invitaban esa misma noche a una fiesta VIP, celebrada en ese mismo espacio, con actuación privada de Morcheeba. Alfa y Beta me animaban excitadísimas, yo trataba de entender la conversación y estaba algo desconcertada, así que les pedí diez minutos, que me fueron concedidos sin cesar de insistirme con halagos en que yo era la persona que buscaban. Más tarde entendí el porqué.
Llamé por teléfono a Gamma para contárselo; hubiera llamado hasta al rey, pero como el teléfono sí lo pago yo, me decidí por él, sus ojos azules y su sonrisa ocupan estos días la mayoría de mis creativos pensamientos. Mi comida fue frugal, el nudo de nervios me había llenado el estómago como si tuviera una reunión de ejecutivos vociferando dentro y además tenía prisa. Mariana me llamó enseguida y aún si verla imaginé vívidamente el movimiento nervioso de sus muñecas, y detrás de ellas su brazos alocados apuntando en todas direcciones, al confirmarle mi participación. Quedamos a la entrada del Palais en apenas media hora. Alfa y Beta me despidieron contentísimas, estaban más alteradas que yo, me animaban y deseaban suerte. Saben que soy una carpe diem sin remedio.
Acudí presurosa, Mariana me explicó agitadamente lo que tenía que hacer. Mi inglés fluía minuto a minuto como el chorro de un grifo abierto totalmente pero con las tuberías atrampadas: a trompicones y con cierta resonancia gutural. Se trataba de promover la idea de la importancia que tiene no derrochar las fuentes de energía naturales, sino utilizarlas de manera sensata. Transmitir un concepto amigable y cool de un modo de vida ecológico, dirigido a un target joven e insensato. El concepto de los brasileños -a mi juicio enrevesado- consistía en mostrar cómo las personas que acudían a bailar a un club nocturno generaban, a través de su baile, la energía necesaria para mantener la fiesta activa. El mensaje de cierre lo ignoro, aún no he visto el anuncio terminado. Pero imagino que algo así como "lo que mueve el mundo eres tú" o "conservar la energía es cool" o similares.
Yo era la clubber que estaba en la puerta del garito contándole ese rollo a cuantos acudían a bailar. Sí amigos, con mi bagaje cultural y mi vocabulario redicho, mis quince minutos de fama, esos que Andy Warhol magnánimamente nos concedió, los viví como icono de la modernez noctámbula. No me pesa, la realidad es que mi estética no llama precisamente a interpretar a una maestra de provincias.
Apenas conocí a todos los participantes, en su mayoría brasileños, hombres y simpáticos, nos dividimos en dos coches. Me dormí como un tronco durante el trayecto, viajando con cuatro desconocidos y con mi primera -y probablemente última- experiencia como actriz como futuro inmediato. Ha sido la prueba evidente de mi capacidad de adaptación a cualquier circunstancia y de mi ausencia de pánico escénico. Y también de mi preocupante confianza en la especie humana. Los pocos minutos que no daba cabezadas mis ojos contemplaban un paisaje de villas construidas sobre el verdor frondoso de las montañas, a pie de costa, con el mar azul cobalto salpicado de barquitos blancos como si fueran trocitos de nubes extraviadas. La maldita cámara encendió la señal de batería baja para fastidiarme.
A pesar de que Julie, una encantadora francesa que se ocupaba del making off me avisó, no podía imaginarme el lugar increíble donde íbamos a rodar. "La Casa Burbuja" es una construcción retro futurista alucinante, que rompe con el paisaje límpido y sosegado de la apacible costa francesa. Construida por el diseñador Antti Lovag en los años setenta, parte de la idea de la agresividad de los ángulos, sus formas son sinuosas, apenas tiene habitaciones y las estancias se separan por puertas ovaladas. La luz penetra a través de fantásticos ventanales y si de mi dependiera, me hubiera quedado a vivir allí para siempre.





Mariana nos organizó rápidamente, intercambiando miradas con el japo, que asentía de manera sumisa. A mí me colocaron en la puerta de una de las habitaciones, como si fuera la entrada de un club nocturno y el resto de los chicos iban pasando de uno en uno, como si quisieran acceder al local imaginado. Yo tenía que ir parándoles y preguntarles "Are you dancing tonight?" Ante su extrañeza yo soltaba el rollo energético, les pedía una demostración de baile y finalmente les dejaba pasar. Repetimos varias veces, nos fuimos relajando, yo me sentía cada vez más clubber y mi sentido del ridículo se ahogó en el Mediterráno. Después rodamos un par de escenas más en una amplia sala, que hizo las veces de pista de baile. Afortunadamente no tuve que bailar. Hubiera sido tirar de la cuerda demasiado. Fue divertido y a esas alturas y tras reconciliarme con la cámara, que me permitió dejar una aceptable prueba fehaciente de que aquello no era un delirio publicitario, estaba pletórica y sujetándome las ganas de llamar al mundo entero para contárselo. Tiré de sms, tecleado a ritmo de música progresiva.
Además de nosotros, un equipo de montaje pululaba con los preparativos de la fiesta. Los montadores parecían afables, nos sonreían y yo me sentía, con razón, en una burbuja. Cuando terminamos aún tardamos un rato en irnos, así que me paseé a mis anchas por todas partes, parpadeando a ritmo de disparo fotográfico. Mi memoria lo registró todo en modo automático. No necesité flash con ese derroche de luz natural.
Me dejaron en el Palais de nuevo y caminé paseando hasta el hotel. Me sentía extrañamente relajada y ajena a mi vida, y en cierta manera orgullosa de mí misma. También muy afortunada, la vida me sonríe con frecuencia y me enseña una dentadura impecable, donde puedo verme reflejada, sonriendo también. A pesar de lo tentador de la invitación a la fiesta, decidí no ir. No conseguí que apuntaran a Alfa y Beta también. Y además al día siguiente me esperaba la short list. Y más tarde ya en mi Madriz me esperaba Gamma. Ya nada es lo mismo y eso me gusta. Me alivió enterarme de que Morcheeba en directo no mola tanto. Y las cinco horas seguidas de spot que visualicé el viernes me terminaron de convencer de que la decisión fue más que acertada.
Todavía no tengo en mi poder el spot, del que hicimos una versión extra en español. Lo que sé es que no ha obtenido ningún premio. Aunque lo tuviera no lo pondría lógicamente. Y en realidad no sé si quiero verlo, prefiero quedarme con el recuerdo fluorescente de que una vez en Cannes, sin pisar la alfombra roja, me sentí como una auténtica estrella.
18 Junio 2008
La gata ha ronroneado al tiempo que el café borboteaba impetuoso. Para no ser menos he bostezado. El Festival de Publicidad de Cannes arranca esta semana, queridos contertulios y la arriba firmante estará presente allí, en plena Riviera Francesa. Cannes está hermanada (Wikipedia dixit) con las siguientes ciudades: Madrid, (España), Royal Borough of Kensington and Chelsea (Reino Unido), Beverly Hills (Estados Unidos), Shizuoka (Japón), Acapulco (México), Sanya (China), Bogota (Colombia). No sé a qué prebendas se obtendrán por el hecho de hermanar a dos ciudades. ¿Y el padre quién es? Ja.
Viajar es fantástico, colosal, lo mejor que un humano puede hacer en su corta y anodina existencia como minúsculo punto en medio de la inmensidad del universo. Dicho esto, ya puedo explayarme sin ser vilipendiada y decir que me estoy cansando de viajar con tanta frecuencia últimamente. Extraño las cosas pequeñas como mis raídas zapatillas de andar por casa, mi aburrimiento dominguero que precede a ataques de actividad incensantes, los paseos matutinos, mis aperitivos caseros, a saber: botellín de Mahou, una tostadita de salmorejo, un poco de queso de oveja en pan, mi suplemento en mi sofá incómodo. Mis libros, mis pelis, hasta las que nunca visualizaré. Un poco de amor por aquí y otro poco de risas por allá. Y al final mi felina y yo en silencio. O los tres.
El derroche de horas, comida, bebida y conversación, excesos inherentes a las vacaciones a los que jamás supe enfrentarme, me abruman un poco. Aún no he terminado de sacudir la arena de la playa de mis querencias, todavía tengo el marisco vigués centrifugándose y ahora me esperan tres días de boato publicitario que es, creedme, algo espeluznante.
El lado bueno es innegable y lo aprovecharé como hago siempre. Soy lo bastante inteligente como para languidecer por los rincones del glamour.
Pero no me dejo deslumbrar fácilmente, que quede claro.
12 Junio 2008
Esta tarde, mientras compraba en el súper, han sorprendido a un hombre robando. Era un tipo insignificante, bajito, vestido con un chándal de ese tejido ignominioso, el táctel, con una calva a lo Jesús Puente. Por un momento pensé que quizá había robado unas latas de atún Calvo en pack. En escabeche, seguro. El dependiente, un veinteañero simpaticote que tiene una entrega vocacional al oficio que da un poco de miedo, le ha increpado con muy malos modos. Me he puesto roja sin querer. Ha sido porque a veces yo también robo cosas pequeñas, pero claro, nunca en el supermercado donde me abstezco, no sea que me vayan a sorprender con una minucia y me prohíban la entrada. Los ladrones profesionales nunca roban en su barrio, para no disgustar a su madre y para no "dar que hablar". Lo cierto es que no tengo ningún conflicto ético, porque siempre llevo a cabo mis hurtos en gigantes del comercio. Y ya se sabe que "quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón".
Es emocionante la verdad, te proporciona una sensación efímera de poder y placer, como un polvo rápido en en el baño de un garito con un desconocido. Y encima no te despeinas. Cada uno tiene su "modus operandi", yo suelo llevar una bolsa cuadrada en una mano, o bien unas bermudas anchas de grandes y profundos bolsillos. Y casi siempre compro algo pequeño, para despertar menos sospechas. No es que sea estrictamente necesario, pero como disto mucho de ser "Marnie la ladrona" me hace sentir más segura en mi choricez intrínseca.
Cuando estás en otra ciudad te crees que es mucho más fácil, a pesar de ser una estupidez, parece que es más difícil que te pesquen, y si lo hacen tu conciencia seguirá sin mácula, porque lo archivarás como un hecho aislado, alejado de tu rutina y además es casi imposible que vuelvas a visitar el mismo sitio, si puedes evitarlo.
Me acuerdo de la peli de Woddy Allen, "Toma el dinero y corre". La hilarante confusión caligráfica mientras está robando en un banco, o cuando empieza a llover mientras empuñaba una pistola de jabón. Y sus padres avergonzados, prestando declaración con unas gafas y un bigote postizos. Genial.
Ahora heme aquí, liando un canuto mientras tecleo esto, y me doy cuenta de que no tengo mechero. Lástima de estanco abierto, con la buena noche que hace para salir por patas.
11 Junio 2008
Una recomendación. Esta exposición en el Caixa Fórum. La belleza tangible. Sólo hubiera cambiado mi generación por haber nacido en la fascinante época en la que el Art Noveau irrumpió en la cotidianidad.
Bueno, o cualquier etapa de ebullición de vanguardias artísticas.
¿Se puede encontrar un pelo más impresionante que este? Dudolo.
3 Junio 2008
"El quedarse en el mismo lugar durante demasiado tiempo puede producir una acumulación de pésimos sedimentos, fermentos, mohos, podredumbres. Una señal inequívoca de que ha llegado la hora de ponerse en camino, emprender un viaje, sentir el viento en la cara y respirar aire puro".
1 Junio 2008
Llovía en Madrid el día de mi regreso, cuando salimos del aeropuerto, alrededor de las 13 h de un miércoles, situado en el epicentro de la semana. Los miércoles son días simpáticos porque uno siente que ha traspasado el umbral del comienzo laboral y porque si te sitúas en su extremo inferior -alrededor de las 20 h-, atisbas el fin de semana en la lejanía, como se intuye la costa africana desde las Canarias; puede que no se vea nítidamente, pero se sabe que su perfil es incipiente.
Desde la ventana del piso en el que nos alojamos en Las Palmas se veía el mar, situado a tan sólo unos escasos 50 m de nosotras. Por la mañana me despertaba la primera -todos conocemos mi naturaleza insomne- y bajaba a comprar bollería fresca para desayunar. Antes de llegar a la cafetería desviaba mi camino para decirle buenos días al océano, contemplar cómo se desperezaban las olas chocando contra la orilla vomitando espuma con olor a salitre, que a mí me parece que huele a red de pescar y a barba rala. A esas horas el mar es de color azul oscuro, lapislázuli, moteado de brillos espumosos, como si fuera un reflejo de la noche estrellada. A esas horas del alba sólo algunas personas pululaban por la playa, entre ellas yo. Me caían simpáticas a priori, probablemente porque los presumía insomnes y sensibles como yo. Quizá también porque no crucé palabra con ellas, evitándome así irritabilidades matutinas.
Uno de los mayores placeres/ órdenes que incluyo en mi lista de "Consignas para hedonistas vulnerables" es la de remangarte los bajos de los pantalones y caminar -mejor solo- por la orilla del mar, dejando una coreografía de huellas a tu paso, arbitraria o creativa, eso depende del tiempo y del sentido del ridículo. Yo caminaba en línea recta unos metros y después zigzagueaba para sacar locas a las olas que desperezándose lamían la impronta de mi pies, como un amante ansioso y torpe. Al poco me los secaba en la arena, me calzaba las chanclas y caminaba presurosa, pensando ahora en otro olor irresistible, que es el de un croissant recién horneado. Sólo el olor a sexo, también recién horneado, me faltaba algunas de esas mañanas.

Han sido días canallas -me ahorro el juego de palabras facilón con las islas-, intensos, sensuales, divertidos, reveladores y febriles. Días en tecnicolor y a ratos en sepia, días derrochadores, lascivos algunas veces y otras ávidos de contemplar la puesta de sol apoyando mis ojos en otros ojos y mi mano danzando sobre otra piel.
La escasez de horas de sueño propició que al tercer día ya albergara una memoria histórica importante, ahora que está tan de moda, un back-up emocional repleto y muchas agujetas, algunos moratones y ganas de más. Está bien eso de tirarse a la piscina sin que sea metafórico. Y me encanta la arena volcánica, mucho más que la arena blanca, la convencional, como me gusta más el presente que me rodea que el presente que pudo ser a un océano de distancia, aunque a veces gire la cabeza hacia atrás en un ejercicio que en el fondo es puro vicio, vicio sentimental. Soy lo que soy.
El regreso afortunadamente ha sido más que grato, porque sigo contemplando el mar en otros ojos.
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