Domingueros de sábado.
Si me quedo boca arriba el sol me escuece demasiado en la pupila y el sudor se desliza como si fuera un manantial que nace en la escarpada y desierta frontera que existe entre mi rostro y el nacimiento de mi pelo, negro y endurecido como un futuro sin amor. Si me pongo de lado un ejército de hormigas desfila como un batallón de soldados del Ejército Rojo, con las panzas encarnadas y miradas voraces, sanguinarias e ininteligibles. Opto por recostarme boca abajo, y tumbarme y dormirme son un solo gesto, la toalla separa mi cuerpo del campestre suelo, con sus palitos, sus piedras, sus juncos agostados y sus recovecos que suelen ser madrigueras, propios de un terreno abrupto del que emergen robles robustos y de ramas nudosas como los nudillos de Matusalén.
Me duermo y sueño con un verano tórrido, en el que el clima es un actor secundario y cincuentón, que lo mismo un día interpreta el papel de su vida, como otro te hace pensar que traspasada la barrera de los sesenta años uno ya está para sopitas y buen vino. Impredecible y tormentoso, con manías que sólo un agujero en la capa de ozono -me la imagino de raso negro con forro rojo como al capa de un nazareno o un tuno- puede modificar. Las del clima, las del actor y las de cualquiera, porque cuando estás frito -del verbo freír- no tienes manías conocidas. El planeta se calienta y los que estamos dentro nos quemamos un poco más, especialmente los científicos impotentes, y los impotentes a secas.
Un verano con su solsticio, que coloca al sol sobre el Trópico de Cáncer. Es un término que a mí siempre me ha parecido un nombre propio "ha venido mi tío Solsticio el del pueblo". En mi sueño, tres deportistas, corredores de fondo, hablan entre ellos. Son dos hombres y una mujer. La mujer mira los ojos oscuros de uno de los hombres y sonrié, han compartido muchas horas de entrenamiento, algunos viajes y han sudado en compañía más de una camiseta. Cuando entrenaban juntos no lograron subirse a ningún pódium ni llevarse a casa ningún trofeo, pero lo llevaban con mucha deportividad, que es como se deben llevar las cosas en el amor. El otro deportista, corredor mucho más veterano, se acerca y se coloca al lado de la mujer. Ella se mueve dos pasos hacia él y mira sus ojos azules. En el deporte y en el amor unos milimetros de distancia son decisivos. Es imposible escuchar qué le dice él corredor de ojos oscuros a ella, pero debe de ser algo así como "me alegro mucho".
Me desperté lenta y desubicada, como una abuela demente y me quedé escuchando la charleta desenfadada de dos robles próximos, de voz ronca y con resonancia cóncava. Comenzaron hablando sobre la crisis económica del país, le dieron vueltas al vomitivo encuentro de los más poderosos del mundo, agitando sus copas en señal de protesta, discutieron sobre si debería decirse árbol y árbola y al final deduje que eran pareja, porque empezaron a astillarse y se escupían hojas vociferando en su idioma arbóreo. La que debía de ser la chica lloró resina en silencio.
El olor de la tortilla de patata me hizo olvidarme de cualquier crisis. Había mesas colocadas en fila de a uno, manteles de hilo deshilachados, niños creciendo ante mis ojos y dando la coña, neveras albergando en sus entrañas manjares empanados o en conserva, lazos sanguíneos estrechándose entre risas y birras, una matriarca despeinada y sonriente, vegetación sin medida y un pantano rebosante.
La puesta de sol fue colosal, como era predecible y el domingo amaneció con el aire lleno de feromonas alocadas, así que regresé contemplando el hipnótico y relajante giro de las aspas de los molinos de viento.



Fernando dijo
!apareces ...:o)
Ten buen Jueves.....Dia de globos...O asi se decia cuando en Bilbao los regalaban en la zapateria....
10 Julio 2008 | 12:55 PM