Categoría: Reseñas de invitados
15 Abril 2006

Mucho morbo y expectativas había despertado en este mísero cinéfilo la secuela de Instinto Básico. Tras una espera bastante larga nos llega esta “Adicción al riesgo”, cuyo rodaje he seguido noticia tras noticia, albergando la esperanza de que tanto retardo (para tratarse de un éxito) supusiera una digna continuación de las sangrientas andanzas de Catherine Tramell. Lástima que el resultado sea el que todos ahora podemos comprobar.
A inicios de los noventa, un erotómano de la talla de Paul Verhoeven dirigía Instinto Básico, película que se convirtió en un rotundo éxito y catapultó a la fama a Sharon Stone. Su trama negra, violenta y descaradamente ambigua en cuanto a moralidad se refiere (algo poco habitual en los EE.UU.) recogía la esencia del mejor thriller, logrando algo bastante difícil: asentar un modelo y dejar más de un fotograma para la historia. ¿Hace falta decir cuál? Supongo que no. Se dice que la protagonista no podía creerse lo que estaba viendo y acabó abofeteando a Verhoeven. En fin, muchos disfrutaron y unos pocos se forraron. La inevitable secuela ha estado siempre envuelta en numerosas complicaciones, casi todas por arte y maña de la señora Stone que, viendo lo mal que le han sentado los años a Michael Douglas, jugó bien el poder que le otorgaba su inexcusable presencia en la segunda parte. Cuando todo cuajó a su gusto, se inició el rodaje.
Bueno, ya que estamos en antecedentes, vayamos con el argumento. En esta ocasión nos trasladamos a Londres, donde Catherine Tramell pronto se verá involucrada en un accidente de coche en el que muere el copiloto, un famoso deportista. Tras la autopsia se detectan en el cuerpo restos de estupefacientes por lo que Scotland Yard encarga investigar al detective Washburn (David Thewlis) que pronto siente una profunda aversión por nuestra pobre chica. Al no haber pruebas concluyentes de asesinato, se dictamina que la sospechosa pase un examen psicológico realizado por el prestigioso doctor Glass (David Morrissey), que concluye que Tramell padece “adicción al riesgo”. Tras ser absuelta, Tramell se convierte en paciente del psicólogo, y entre ellos surgen los secretos, los deseos y, como no, los cadáveres.
El continuo tira y afloja del psiquiatra con la escritora y la pulsión sexual creciente entre ellos marcan el tono de una película que deja mucho que desear. La trama criminal es una excusa para sustentar la doble cara del personaje de Stone, sin nada más que ofrecer. Una suerte de muertes que están relacionadas con todos los protagonistas. Nada nuevo para los que hayan visto la primera parte, pero, sin embargo, existe una diferencia importante. En Instinto Básico el protagonista era policía, y sabíamos, pese a su comportamiento, que los datos que manejaba eran fiables. En la secuela, las distintas pistas para descubrir al asesino provienen de personajes que podrían estar mintiendo siempre. Todo ello nos conduce a un final tan tramposo como la trama que nos han montado. Como consecuencia, cuando ves la película te encuentras como en los libros de “elige tu propia aventura”. Y eso, al menos a mí, no me gusta. Una cosa es ser maléficamente ambiguo, y otra, muy distinta, no saber resolver (o no querer, no sé que sería peor) tu propia historia. Y es que, por no caer en lo predecible y mil veces visto, se cae en el ridículo.
Por lo que respecta al sexo (que sé que os interesa pillines), decir que en esta peli hay menos que en un congreso de la COPE. Bueno, ya sé que es exagerar, con ello quiero referirme que esta es un Instinto Básico de la era light, del recato y el estúpido temor norteamericano por el sexo. Escenas de portada de Quo para una película de (supuestamente) alto contenido sexual. Sharon Stone ha estado más atrevida en muchas otras cintas y ahora, por no ser clasificada como NC – 17 o por lo que sea, se conforma con soltar frases más bien bruscas (se me viene a la cabeza la de ¿Quieres correrte en mi boca?) y con mostrar un desnudo integral de visto y no visto (no, no hay cruce de piernas). En cualquier caso ya se habla por ahí de la supuesta versión íntegra, mucho más fuerte, imagino. Veremos.
El nuevo director es Michael Caton-Jones, responsable de The Jackal o Rob Roy, por citar sus dos películas más destacables (lo que no es decir mucho); se ve que los productores querían un profesional moldeable que no cobrara demasiado ni les diera quebraderos de cabeza con sus ideas artísticas. El papel principal es, como no podría ser de otro modo, para Sharon Stone, que en esta ocasión se ve rodeada por David Morrissey, David Thewlis y Charlotte Rampling. Un reparto, en mi opinión, demasiado flojo. Lo digo en el sentido de que, aunque Stone me parece una excelente actriz, el conjunto cojea por Morrissey y Thewlis, dos actores que no me gustan nada. Los veo sin personalidad, a mi al menos no me llevan al cine. En cuanto a Rampling, pone el toque de calidad con sus breves apariciones. A Morrissey le toca el papel de psicólogo más caliente que el cenicero de un bingo, un buen chico a punto de estallar. No sé si es cosa mía, pero ¿no os parece que a Morrissey le han vestido, pelado y doblado como si fuera Liam Neeson?

¿Parecidos razonables?
La impresión que me dio es que buscaban a un joven Neeson para este papel y, como no lo encontraron, pues se quedaron con el actual. Ni que decir tiene que el genial actor de La lista de Schindler lo hubiera hecho mil veces mejor, además de cuadrar más por edad con Sharon Stone. De todos modos, Morrissey hace lo que puede, aunque sospecho que el doblaje español le ha beneficiado bastante.
Lo mejor: Sharon Stone.
Lo peor: que no está al nivel de las expectativas y se olvida en cuanto se ve.
Calificación: 4 /10
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Fdo: Stan (artista invitado)
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9 Abril 2006

Tras ver la película tres veces hay algo que cada vez me sorprende y me fascina más. Como se puede rodar tal obra maestra alrededor de un guión pseudopoliciaco que no se sustenta en nada. Es decir, apenas hay trama, no hay secuestro no hay nada, tan solo una meada en una alfombra que daba cohesión a la habitación. Es simplemente genial, cada vez admiro más a los Coen.
Sin duda alguna "El gran lebowski" es una de las películas con las que más me he reído en mi vida, con permiso de los Monty Python, su humor surrealista, pero nunca buscando el chiste fácil, su factura técnica, las interpretaciones, todas geniales, pero sobretodo sobresale un impresionante John Goodman, y la no menos genial banda sonora (con temas de Dylan, Eagles, etc…) conforman esta obra maestra y una de las mejores comedias de los 90.
Creo que merecen una mención destacada las actuaciones de este film que conforman unos personajes entrañables e incluso cercanos. Por un lado el genial Jeff Bridges como "El Nota" uno de esos personajes únicos y carismáticos que aparecen de muy vez en cuando por la pantalla. Walter Sobchak, al que da vida John Goodman, es sin duda el mejor personaje del film, un veterano del Vietnam que siempre intenta arreglarlo todo sin tener ni pajolera idea de nada, y que, como no, siempre saca el tema del Vietnam a la mínima oportunidad que tiene("-Goodman: !No vi morir a mis compañeros en Vietnam, para que esa zorra se autosecuestre y cobre el rescate... -Bridges: ¿Qué coño dices?, no guarda relación. -Goodman: Guarda una relación directa..."). Luego tenemos al personaje de Steve Buscemi (Donny), el típico que no se entera de nada y que nunca sabe de que va la cosa y al que Walter siempre manda callar, supone un contrapunto con su personaje de Fargo que no paraba de hablar continuamente, mientras que aquí apenas abre la boca y cuando la abre se la cierran. Debo destacar la genial aparición de John Turturro como Jesús con la versión de "Hotel California" de los Gipsy Kings de fondo, genial.
Es complicado destacar o quedarse con alguna escena en particular porque la película esta plagada de escenas memorables, desde en la que Walter saca la pistola en medio de la bolera ("Esto no es Vietnam, ¡en los bolos hay reglas!") hasta en la que "El Nota" garabatea el papel en el que supuestamente ha escrito algo el magnate del cine porno cuando ha recibido la llamada (una divertida referencia a "Con la muerte en los talones"). O, como no, la memorable escena del pago del rescate, o cuando el Nota y Walter van a echar las cenizas al mar…. Y así podría seguir con cientos de escenas, situaciones, diálogos que te arrancan la carcajada.
En fin, maravillosa y desternillante película, una vez más, de los siempre geniales hermanos Coen, en la que con cada revisionado te sigues riendo igual o más que la primera vez que la viste. Y que sin duda alguna no deja indiferente a nadie.
Calificación: 9 /10
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Fdo: VSancha (artista invitado)
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31 Marzo 2006
La última película de Harrison Ford se encuadra dentro de un género que ha brindado memorables obras al cine: el de robos perfectos de bancos. Lamentablemente éste no es el caso.

Richard Loncraine, un director que nos ha ofrecido pelis muy interesantes, como Ricardo III y auténticos truños, como Wimbledon, se decanta por acomodarse en su butaca y dejar que el viejo Ford arrastre al respetable al cine, sin preocuparse mucho de lo que registraba su cámara...
¿La historia? Un grupo de ladrones bastante expeditivos liderados por Bill Cox (Paul Bettany) secuestra y amenaza de muerte a los Stanfield, cuyo cabeza de familia, Jack (Ford), es el experto en seguridad informática de un gran banco. El objetivo es que éste les ayude a inutilizar las barreras de seguridad anti piratas (de ahí el título) y así birlar cien millones de dólares. En este juego del gato y el ratón, los ladrones lo han planeado todo al detalle: saben todas las intimidades del pasado de sus víctimas y despliegan toda clase de artilugios tecnológicos para que nada se les escape del presente, de manera que Jack lo tiene difícil para escabullirse y, además, salvar su vida y la de los suyos.
A partir de esta premisa, la historia se convierte en un despliegue de tópicos del thriller: malos sin escrúpulos, héroe sin tacha, mujer sufriente, banco infranqueable, etc. Puede que estés pensando: “oye, pues no pinta tan mal”, porque es lo que yo hice, y así me fue. Más de hora y media en la que la originalidad brilla por su ausencia. En resumen, la cadencia de la película es: el malo amenaza – tío Ford intenta jugársela – el malo le pilla y se carga a uno o hace una maldad; y así hasta un final que es de los peores que he visto en mucho tiempo, y veo mucho cine.
A ver, señores de Hollywood, sabemos que debéis estrenar algo cada fin de semana, pero no nos toméis por tontos. Hay que tener una gran predisposición positiva para asimilar crédulamente cosas como que un informático de 64 años (que ya se notan) puede encararse físicamente con un ex militar de 35; o que con una pieza de fax y un Ipod se puede acceder a una red informática... En fin, que te tienes que reír y la película no es una comedia, así que algo falla. Para colmo, Bettany suela perlas sobre Firewall como que “es un thriller muy bueno, diferente a otros demasiado estandarizados”. ¡Ay! Se nota que hay que vender la moto como sea.
En otro orden de cosas, resulta penoso, salvo contadas excepciones (Bond, por ejemplo) que se inserte tantísima publicidad en una película. Los productores manejan tan bien el subconsciente humano que al salir de la sala me vi, sin saber cómo, metiendo mi nuevo ordenador Dell en el maletero de mi flamante Chrysler mientras bebía una Coca Cola y escuchaba mi Ipod. Lástima que no sean tan buenos cineastas como publicistas.
Por lo que lo que se refiere al reparto, sólo puedo decir que da verdadera pena ver tanto talento desaprovechado. Harrison Ford, un actor que ha vivido tiempos inmensamente mejores, hace un papel que se conoce al dedillo, el de buen hombre y padre de familia; Paul Bettany (¿Qué hace aquí?), se limita a poner mirada gélida y sacar lo mejor de un papel más plano que el folio donde se escribió; y Virginia Madsen... sale un par de veces, que es lo mejor que puedo decir de ella. En cuanto a Loncraine, se ajusta al cine de acción con escenas de supuesta tecnología en plan Enemigo Público, y se vale de recursos estéticos tan manidos como una perenne lluvia para crear una ansiedad que el guión por sí mismo no sabe ofrecer.
Lo mejor: ver de nuevo en primera fila a Robert Patrick, aunque sea en un papelín.
Lo peor: que a estos actores les dé igual tanto actuar en Blade Runner, Entre copas o Master and Commander, como en Firewall.
Calificación: 3 /10
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Fdo: Stan (artista invitado)
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22 Marzo 2006

En las cuatro primeras páginas de Una historia violenta una pareja de autoestopistas es brutalmente asesinada por dos hombres. El motivo principal del crimen es conseguir dinero, pero la mezcla de frialdad y sadismo (uno de los asesinos se ensaña con el cadáver del chico, disparándole varias veces por no llevar dinero encima) con la que los dos asesinos ejecutan a la joven pareja delatan tanto una profesionalidad cono un modo de vida en el acto de matar. El comienzo de la adaptación cinematográfica de la novela gráfica escrita por John Wagner e ilustrada por Vince Locke nos presenta también a los dos asesinos que, impremeditadamente, ponen en marcha los acontecimientos narrados en Una historia de violencia, pero el tono es distinto. Si en las páginas del cómic se hacía hincapié en la nocturnidad y alevosía que rodeaba un asesinato, los fotogramas planificados por Cronenbreg nos presentan a dos asesinos cansados, para quienes el matar es un acto natural que se ha vuelto monótono: el apretar el gatillo de una pistola requiere la misma meditación que el colocar una silla en su posición correcta. Es decir, se ha vuelto un acto intrínsicamente humano, inseparable, como el respirar o el beber agua.
El último plano de ese comienzo nos muestra una pistola. El estruendo de su detonación da paso al siguiente plano: una niña que se despierta de una pesadilla. Sus gritos alertará al resto de la familia (sus padres y su hermano mayor) que acudirán a calmarle. La niña ha soñado con monstruos que se escondían en las sombras. Jack (Ashton Holmes), el hermano, le aconseja que encienda la luz, pues su brillo espantará a los monstruos. Sobre esa idílica estampa familiar parece planear, todavía, el rugido del cañonazo, impregnando a las imágenes, como si el destino de estas ya estuviera decidido. En Una historia de violencia los monstruos (esto es, el instinto asesino) se esconde bajo la luz (es decir, se enmascara bajo el semblante de ciudadanos pacíficos). Así, no es extraño que cuando el pasado vuelve a la vida del protagonista (trayendo consigo recuerdos teñidos de rabia y sangre) éste lo haga llevando puestas gafas de sol ni que el baño de sangre con el que concluye el film suceda de noche.
En el film de Cronenberg la violencia es un asunto generacional que se transmite de padres a hijos, se comparte entre hermanos y se propaga a través de la familia. Para Tom Stall (Vigo Mortensen) lo peor de las consecuencias de su acto "heróico" no es el regreso de ese oscuro pasado para llevárselo consigo, tampoco el que al mirarse al espejo reconozca un rostro del que creía que se había deshecho. Lo peor es que ese pasado (y que es una parte de sí mismo que mantiene oculta pero que no ha desaparecido) contagie a aquellos a quienes ama. Desde ese punto de no retorno que es el enfrentamiento en el pequeño establecimiento de Tom, éste verá como, por primera vez, su hijo se enfrenta a los chicos que le pegan en el colegio. Ese sentimiento, casi un virus, de ira, de venganza, esa sed de sangre que él ha conseguido mitigar (y que a su hijo ha heredado genéticamente) se ha incubado en Jack y, ahora, florece. El miedo de Tom no proviene del hecho de enfrentarse a un lado de sí mismo que creía aniquilado, sino de ver ese lado en el rostro de su hijo.
Si en Terciopelo azul David Lynch tenía que internarse en lo más profundo de la tierra para destapar el caos y la oscuridad que sostenían la ídilica y luminoa Lumbertos, David Cronenberg sólo tiene que seguir con su cámara el día a día de su protagonista. No es necesario un hecho extraordinario como que éste se tope con una oreja cortada, sino un hecho tan cotidiano de nuestros tiempos como un fortuito atraco puede hacer añicos la máscaras que nos hemos creado y que, casi, se había convertido ya en nuestra propia piel. En cada movimiento, en cada gesto del protagonista se adivina un volcánico interior, dispuesto a entrar en erupción en cualquier instante. La puesta en escena de Cronenberg sigue ese mismo patrón. Así, cada movimiento de cámara, cada elección del encuadre, nos dice algo de los protagonistas, añade información y destapa secretos que el guión mantiene ocultos. Los arrebatos violentos del protagonistas son retratados con la misma frontalidad con la que planifica una escena de sexo o una charla entre padre e hijo. Y es que, en Una historia de violencia, Cronenberg no está tan interesado en las acciones físicas de sus personajes como en su espíritu, en su interior. El retratar ese cúmulo de contrariedades que forman el ser humano, la atracción del lado oscuro y el temor a no poder salir de él, de quedar engullidos para siempre.
Calificación: 9 /10
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Fdo: Intelectualgore (artista invitado)
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