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Categoría: Reseñas de Paul Kersey

29 Noviembre 2006

CASINO ROYALE: la extremaunción de un mito

No hace ni media hora, y movido por la visión de ‘Casino Royale’, me he despachado muy a gusto con un díptico donde ‘Panorama para matar’ y ‘Licencia para matar’ quedaban como dos consistentes obras del cine de acción en general y del bondiano en concreto. Ahora mismo me encuentro reseñándoos ‘Casino Royale’ con una mala leche difícil de apaciguar.

Podría zanjar el asunto con algo que ‘Goldeneye’ ya dejó bien claro: se ha perdido la ausencia de sentido del ridículo, que era el único engranaje capaz de sostener el interés hacia argumentos planteados en torno a, por ejemplo:

-Un hombre con tres pezones, una pistola de oro y un mini Felipe González como fiel lacayo

-Christopher Walken teñido de rubio, con una guardaespaldas ambigua y cachonda llamada Grace Jones

-Louis Jordan avanzándose a ‘Indiana Jones y el Templo Maldito’, sirviendo cenas chungas en un palacete asiático mientras Roger Moore se disfraza de payaso en busca de un huevo Fabergé

-Sean Connery,una mujer gorila y un puñado de diamantes

-Un tipo de dos metros con dentadura metálica, una estación espacial y mucha coña

¿Sigo?

Se ha perdido el norte. Se ha pretendido una seriedad que el propio Bond siempre ha asegurado con su flema británica y sus maneras de millonario. Las tramas siempre fueron descabelladas, puro pulp y swinging London, y no había que hurgar más en ese aspecto.

El disgusto ya me viene de la primera película de Brosnan, el cual resultó un Bond demasiado correcto, tanto que no tenía ni un ápice de atractivo. Y qué casualidad que el negado de Martin Campbell se encontrara tras la cámara... Eso sí, al menos Famke Janssen salvó el engendro con sus piernas y su perverso gesto.

Se confirman mis sospechas, y lo único salvable de ‘Casino Royale’ es el chulazo de Daniel Craig, quien tira (a ratos) por tierra la elegante ironía de 007 poniéndose chistoso y soez en mitad de un interrogatorio, por poner un buen ejemplo de ello. Bueno, Craig y el prólogo Bond, esos cortometrajes tan ingeniosos y entretenidos con los que se abre cada película. Si me apuran diré que la primera media hora está al nivel de la introducción (los créditos de apertura han caído en picado, grave error). Luego llega la interminable y soporífera partida de póker y ahí ya todo pierde fuelle. Los guionistas debieron darse por vencidos y remataron la faena como pudieron, con la consiguiente e inaguantable prolongación del metraje, que se extiende hasta las dos horas y pico ¿Por qué no retomaron el hilo de la época Moore?

Al final lo único genial de esta película es fusionar la despreocupada y paródica esencia de Roger Moore con el tenso dramatismo y frialdad de la era Timothy Dalton. Ya lo he dicho, Bond es la estrella y único aliciente, pero el resto no hay por dónde cogerlo. Ni siquiera la prometida y tan comentada adición de un romance trágico se aguanta. Se plantea demasiado sin desarrollar nada en absoluto.

Ya lo he dicho, este mal empezó con la renovación de la serie. Brosnan, Campbell y unos argumentos que se pretenden fieles a la realidad política del momento y sólo resultan más descabellados que sus alocados predecesores. Añadamos al saco el desaprovechar a un actor como Jonathan Pryce o un director como Lee Tamahori y más cosas que no me apetece recordar.

No sé cómo, el nombre de Paul Haggis, que a raíz de su guión para ‘Million Dollar Baby’ parece vivir de rentas a costa de tito Clint, aparece firmando el guíón (junto a un par de sudados y desconocidos operarios/mercenarios del oficio). Nada, no hay nada que hacer.

Faltan Q y sus gadgets, mientras que a cambio se amplía el M de Judi Dench y no resulta tan pretendidamente deslumbrante como antes.

Si después de 20 títulos la saga todavía coleaba con cierto brío, era por algo. Por respetar y repetir un esquema infalible. Los delirios de grandeza creativa no casan bien con Bond, un personaje totémico que no necesita de ningún añadido extraordinario para funcionar.

Y ya lo he dicho, este film no da para mucho análisis, tal es su insustancialidad y falta de sentido del espectáculo. Pero lo peor y preocupante es que estamos ante un film Bond que carece de ritmo tras su enérgico primer cuarto, algo imperdonable.

El revuelo en torno a ‘Casino Royale’ sólo me ha recordado lo patético que resulta reivindicar a Sean Connery como el mejor Bond, cuando en realidad se hace por puro mimetismo y porque fue el primero. Por pedantería clasicoide y por ceguera. Connery tenía de Bond el físico, por lo demás siempre ha sido un actor impersonal y muy limitado que le debe a la creación de Ian Fleming el haberse hecho una carrera en el cine. Negarlo sólo confirma una vagante subjetividad. La ecuación la componen Dalton, Moore y Craig. Porque sin carisma no hay Bond y sin Bond no hay diversión. Hagan sus cuentas. Para ampliar este apartado les remito al artículo donde se despiezan los actores de la saga.

NOTA: 2/10, aplicable a toda la saga desde ‘Goldeneye’

LO MEJOR: Daniel Craig, la parcial vulgarización de Bond, ampliar el M de Judi Dench, las dos frases de Jeffrey Wright (‘Basquiat’ hay que verla más), el tema de Chris Cornell y la etérea belleza de Eva Green

LO PEOR: Demasiado y demasiado malo como para molestarse en apuntarlo

(Ver ficha)

Fdo: Paul Kersey

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21 Noviembre 2006

BORAT: No apto para hipócritas

Habrán notado los más avispados que no soy muy amigo de las salas de cine, y que lo mío es paladear con un margen de calma y espacio el cine. Y claro está, poder disfrutar de la versión original. Ya apunté en el avance de la presente que el doblaje sólo hace que llevarse por delante el factor lingüístico, cebándose en el énfasis y los matices léxicos. Y si hablamos de algo tan rico en significados y lecturas como es el humor, pues se corre el riesgo de convertir una comedia cáustica en una comedia simpática.

Algo así ocurrió con el primer film de Sacha Baron Cohen, la alocada ‘Ali G anda suelto’. La doblaron los discutiblemente graciosos Gomaespuma y la mayoría de chistes culturales se perdieron por el camino. Vamos, lo que se hacía por aquí con las aventuras de Cheech y Chong...

Debo decir que en el caso de ‘Borat’ la tragedia ha sido amortiguada por una (en la medida de lo posible) fiel traducción. Así uno puede disfrutar de gran parte del humor contenido en la original.

Como en el caso de Ali G, se parte de nuevo de la figura del ‘misfit’ o inadaptado social, jugando la carta de las minorías étnicas para alegría de muchos (yo el primero), hartos ya de la censura encubierta que campa a sus anchas en estos días que nos ha tocado vivir. La tiranía del buen rollete, del socialismo de boquilla y del mantener las buenas y filantrópicas formas, no se vaya a ofender a alguien. Las feministas, los machistas, los racistas, los homófobos, los terroristas... todos reciben lo suyo. Basta decir que muchos abandonaron la sala a media proyección, cuando seguramente no sabían qué les había desagradado.

Y qué mejor forma de tirar por tierra toda la pantomima con un documental (el género predilecto de los salvapatrias). Bueno, semidocumental, pero ahí está la gracia del invento, pues el aparente objetivismo sirve para ilustrar mejor lo poco evolucionado que está el planeta, concretamente la zombificada sociedad norteamericana (en su mayoría, ojo).

El garrulismo sureño y la incultura de mucho yanqui (sea cual sea su extracción social) queda patente en más de un tronchante momento. La escena del rodeo en Texas acaba provocando puro terror al ver a tanto ultraderechista mascatabaco y comemazorcas, convencidísimos todos de su noble y cristiana causa, mostrando una esforzada deferencia al bueno de Borat. Porque el protagonista de este singular análisis social es un pobre hombre que poco sabe más allá de su propio país, y ahí está el chiste. La contraposición hombre de costumbres-mundo moderno, como en el cine de Jacques Tati, lo de siempre en el psicotrónico y moralista universo de Paco Martínez Soria.

Pero los mejores momentos se dan alrededor de los judíos, quienes son tratados como auténticos demonios; un salto al vacío, teniendo en cuenta que el propio Baron Cohen lo es y práctica una rama de humor judío de intenciones subversivas, al igual que el célebre Lenny Bruce. La escena del bed & breakfast es antológica, parodiando El Proyecto de la Bruja de Blair con resultados de una hilaridad que casi me cuesta la vida.

Se acierta al no abusar del chiste sangrante, alternándolo con momentos tiernos o incluso reflexivos, donde brilla el aturdimiento de Borat frente a los extraños norteamericanos. La dirección de Larry Charles es puramente funcional, aunque cabe decir que ‘El Show de Larry Charles’ estaba planteado de manera muy similar a este film. El mismo Charles se codeaba con gentes del espectáculo, era invitado a fiestas y les insultaba o provocaba accidentes sólo para sacarles de sus casillas, todo en tono documentalista.

Será muy relativa la gracia del film, también la necesidad de su existencia, pero no se puede negar que es un tipo de comedia que brotó con fuerza a mediados de los 90 para luego desaparecer, y es precisamente su aparición ahora la que ya le otorga su mucho de relevancia.

Con un muy buen ritmo, que sólo decae hacia el final, la película no deja de ofrecer momentos de un atrevimiento elogiable y una mala leche muy necesaria, lo que lleva a cuestionar el estado de salud actual de la comedia. Claro que la mayoría del público que me encontré en la sala no tenía ni puñetera idea de qué es lo que había ido a ver. Supongo que un tipo con bigote y cara de besugo en el cartel siempre es resultón, lo que no deja de ser ilustrativo en cuanto a que nos dice que muchos van al cine por el simple hecho de ir.

Una comedia más sólida y profunda de lo que puede parecer en primera instancia, que ofrece múltiples lecturas sin perder su delirante comicidad.

NOTA: 8/10

LO MEJOR: Su frescura y descaro, su doble naturaleza, el gag del bed & breakfast

LO PEOR: Que se la despache como una comedia de temporada, algún bajón considerable en su último tramo

(Ver ficha)

Fdo: Paul Kersey

Crítica de Chico Viejo sobre Borat en BlogdeCine aquí.

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23 Octubre 2006

GATTACA ~ reseña de Paul Kersey

Tres de las obras de Andrew Niccol tienen un claro vínculo en común: La Identidad. Tanto en The Truman Show (guión) como en Sim0ne y la presente Gattaca (ambas guión y dirección), somos instalados en el microcosmos de unos personajes (Truman/Sim0ne/Vincent) inmersos en tres mundos en transición hacia un incierto futuro. Y en estos tres films sus protagonistas viven en paralelo a sus creadores. Christof afirma haber creado a Truman, Victor Taransky fabrica a Sim0ne, y Jerome Eugene Morrow es, de algún modo, el artífice del nuevo Vincent Freeman, pues le cede sus fibras y fluidos para que éste pueda acceder a Gattaca. La tele-realidad, la imagen digital y la ingeniería genética, definitivamente insertadas en nuestra sociedad. Los protagonistas de Niccol viven en pos de una identidad que les ha sido sustraída, para finalmente encontrarla y evidenciar que son los demás los que carecen de ella.

Gattaca nos narra la historia de Vincent Freeman (nótese lo irónico de su apellido, hombre libre), un chico concebido de forma natural y aquejado desde su nacimiento de una condición cardíaca. Sus padres, ante la posibilidad que supone la concepción de un embrión perfecto gracias a los avances genéticos, deciden tener un segundo hijo. Nace Anton Freeman, que hereda el nombre de su padre, y automáticamente Vincent es desplazado. Primero por su familia, más tarde por, nos advierte un significativo subtítulo un futuro no tan lejano. Con el sueño de la astronáutica como única meta, y ante el desaliento que le es infundido desde su hogar y la nueva sociedad, Vincent parte hacia Gattaca, donde deberá resignarse a trabajar como celador dada su condición de no-válido (aquel que no es perfecto). Pero cierto día contacta con German (genial, como siempre, Tony Shalhoub), un prestamista de escalones (sociales, se entiende) como bien dice la versión original, que le pone en contacto con Jerome Eugene Morrow (elegantísimo y soberbio Jude Law), un válido impedido tras un accidente que le cederá su orina, sangre, fibras y cabellos con tal de que Vincent pueda sortear los controles de Gattaca, convertido así en Jerome a los ojos del nuevo mundo.Todo marcha bien hasta que una pestaña de Vincent cae en el escenario del crimen del director de la misión espacial, poniendo en peligro la nueva identidad de Vincent y la posibilidad de saltar al espacio...

Andrew Niccol aborda este argumento sin encerrarlo en los parámetros del vulgar thriller contemporáneo, dando lugar a una obra sobria y vigorosa al mismo tiempo. Es refrescante el modo en que es visualizado el futuro, que huye de postales apocalípticas o híper-tecnológicas, esas tantas veces vistas en el género de la ciencia-ficción distópica. Entre el art-decó y el minimalismo más aséptico, con una límpida y majestuosa arquitectura que amplifica todas y cada una de las escenas, que se benefician de una radiante fotografía conjugada a base de hipnóticos cromatismos. La bellísima partitura de Michael Nyman, -muy superior al hype que supuso The Piano-, de movimientos clásicos que contrastan con el futuro mostrado, es responsable también de embellecer cada plano, cada línea de diálogo. Diálogos que en ocasiones se declaman con total frialdad, una estrategia seguramente nada caprichosa y ciertamente efectiva en más de un pasaje.

Sobre las reflexiones a las que nos conduce, es inquietante el panorama que nos muestra, donde la genocracia se revela como el nuevo orden. Aparentemente no racista, no clasista, pero en el fondo la terrible suma de las dos cosas. Eso nos remite al subtítulo con el que se abre la película: “Un futuro no tan lejano”. Una ejemplo muy admirable de cómo hacer cine social o de denuncia sin recurrir a pataletas panfletarias, ciñéndose estrictamente a las emociones de sus personajes y a una, claro está, original vuelta de tuerca al tan manido tema de las sociedades futuristas. Cine de autor y no industrial, pese a su impecable vestimenta.

Gattaca es un film atemporal, visionario, profundamente emocional y ante todo humano. Un film de literal ciencia-ficción; como casi siempre, es por medio de este género que el arte ha conseguido plasmar con mayor acierto las ensoñaciones y miedos de nuestro mundo. Andrew Niccol, sin prisa pero sin pausa, ha ido construyendo una impronta personal que, aunque sutil y difuminada, se caracteriza por su aproximación, aparente amable, a los males y/o avances del planeta. Un título éste que se ha convertido por derecho en un clásico, a pesar de que en su día se quiso ver como un film menor obra de un guionista competente; la clásica memez surgida de la vagancia intelectual de los de siempre, un nuevo cliché mediante el cual despachar injustamente trabajos tan redondos como Gattaca.

Sobre el reparto, destacar el irónico rol del gran escritor y provocador (“Myra Breckinridge”, una deliciosa locura que Hollywood prefiere no recordar) Gore Vidal y la breve pero agradable presencia de Elias Koteas como Antonio Freeman. No olvidar al muy eficaz secundario Xander Berkeley y sí al siempre soso Loren Dean (le salva “Mumford”). Uma Thurman cumple sin más y vemos al errático Alan Arkin como agente del FBI, en un insustancial papel. Dejo para el final la acertadísima y contenida interpretación de Ethan Hawke, mal que les pese a muchos, un muy buen actor.

Calificación: 10/10

Lo mejor: Absolutamente todo, en especial la banda sonora

Lo peor: Que su influencia no se haya extendido sobre los modos del cine contemporáneo

(Ver ficha)

Fdo: Paul Kersey

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10 Octubre 2006

RAMBO III: Cuenta atrás hacia los 90

Hay que ver cómo son las cosas, o dicho sin eufemismos, cómo son los condenados Estados Unidos de América (como si sólo existiera la del Norte, fíjate tú). Y digo esto porque en este otro monumento de la saga Rambo los afganos más conservadores y ultraclasicistas (y no en lo referente al arte) figuran como pueblo noble, valiente y oprimido por los malditos ruskies (esos con aliento a vodka que siempre ganan en gimnasia rítmica y potros y anillas). Vamos, que los talibanes son muy buenos y los rusos, si ya eran malos malosos, ahora son de lo peor del mundo civilizado. Ya sabéis que el cine, con su magia y su irresistible encanto, es capaz de narcotizarnos y remover pérfidamente todo aquello que nos liga al mundo real y que inevitablemente nos recuerda que pertenecemos a él. Esta última y pretenciosa frase podéis aplicarla al resto de mi revisión de la saga, porque no podré esconderlo por mucho más tiempo: Rambo me pone, nos pone a muchos, y el tema político no es más que una molesta cortinilla que poco tiene de relevante en el discurrir de las aventuras de nuestro Johnny.

Aquí dirige Peter McDonald, un hombre de curiosa carrera, más que nada porque ha figurado como técnico de segunda unidad en titulazos de lo más taquilleros, alternando estos quehaceres con una mediocre e irregular ficha como director. Digo yo que algo habrá aprendido dedicado a estas labores. Para quien lo desconozca, los chicos de la segunda unidad son quienes se encargan de los primeros planos, filmar mucho grueso que suele acabar muerto en la sala de montaje... pero también quienes se fijan en cosas que el director estrella suele pasar por alto. Y ya veréis que aquí McDonald nos ofrece escenitas de un detallismo exquisito que salvan a este Rambo III, el que menos amo y el más risible, de la quema.

Concepción "Rambiana" de las Fallas de
Valencia.

El argumento... Pues si me quejaba de que Trautman era un artilugio, casi un mcguffin, durante los dos primeros fims, aquí no puedo hacerlo. Porque en este film es donde Richard Crenna se mueve, habla como un ser humano y no como el presi del club de fans de Rambo, e incluso aparece en escena más de un minuto. Recordemos que Trautman se encargaba a lo largo de la saga de dejarle clarito a los mortales que Rambo es mucho Rambo. O sea, que a lo que tú llamas infierno él lo llama hogar, que ha venido a protegerte de Johnny, etc. Y hasta aquí alcanzaba la influencia de tan entrañable personaje. Me guardo en la recámara un pedazo de frase apocalíptico-mítica inolvidable para más tarde. No olvidar la escena de apertura, puro cine hong-kong del bueno, con Rambo liándose a palos (literalmente) en una exótica lucha tailandesa.

Pues el argumento consiste en que el bueno de Trautman acaba secuestrado por los rusos malos en su base de Afganistán y alguien va a avisar a Rambo de lo ocurrido, que finalmente ha hallado su tan preciada paz, construyendo pagodas en Tailandia y luchando por dinero que luego destina a los monjes. Esto propiciará una complicidad paterno-filial que convierte a Rambo III en algo así como una charla entre padre e hijo aderezada con balas y helicópteros de la muerte rusos, de esos con alas y una ristra de misiles mortíferos.


Y ya está,la trama es ésta, aquí ni siquiera hay coartada social ni nada, a excepción del toque étnico a cargo de los talibanes, con los que por cierto Johnny se pega una partida de un juego donde se coge un cabrito muerto y se usa como balón de fútbol mientras se cabalga o rejonea con el objetivo de cogerlo y meterlo en la meta contraria. Juego que interrumpirán los rusos con su pedazo helicóptero, pero que serán frenados cuando Rambo corra como un atleta griego hasta el nido de ametralladoras afgano (cortesía del tío Sam) y los reviente, porque el deporte es el deporte.

En este film Johnny sufre serias heridas, hasta le vemos cerrándose una con pólvora y fuego, demostrándonos que Gregory House es un mierda. Los talibancitos le ayudan a infiltrarse en la base rusa y demás, luego Trautman y él se ponen codo con codo a repartir leña.... y a día de hoy ya se prepara Rambo IV, aunque bien podría ser un farol-estratagema comercial. Espero equivocarme. Con esto quiero dejar claro que como siempre los buenos ganan y se la dan con queso a los malos.

"¡No existe el dolor! ¡No existe el dolor! Ah, no...
coño, que me equivoco de peli."

En fin, que la sinopsis ya apunta hacia los modos de los noventa, cosa que me disgusta personalmente, aunque el contador de víctimas no desmerece frente a la aventura vietnamita. De hecho hay una escena en particular donde Johnny, pese a las escenas que le dibujan como a un vulgar mortal con su pupa y su dolor, aparece tras el pico de una montaña y dispara una flecha explosiva a un helicóptero ruso. Flecha que dibuja una poética elipsis mientras se dirige hacia nosotros. Rambo vuelve como mito titánico/titán mítico. Aquí es donde la experiencia de McDonald se nota, recogiendo un momento ciertamente 90´s pero que de algún modo sigue ligado al toque Cosmatos, recordándonos que Rambo está vivo más allá del celuloide. Otro momento, este asquerosamente 90´s, es cuando Trautman y Rambo conforman una pareja de action heroes graciosetes, al estilo buddy movie, y sueltan la inevitable chulería de turno. Los dos rodeados por camiones, tanques y tropas soviéticas, una situación que pinta chunga. Entonces uno de ellos, no recuerdo ahora quién, dice: "¿Los rodeamos?"

- "Coronel Trautman, ¿usted cree que algún día me
darán el Oscar?"
- "No lo sé, hijo, no lo sé. Pero ahora atiende a esos putos malos que
vienen de frente y déjate de tonterías..."

Pues ya lo tienen, señores. Sí, es gracioso, es chulesco, pero empieza a apuntar maneras de producción finisecular. Y eso me disgusta tremendamente. Tenemos aquí un Rambo de saldo, flojo, calculado y poco rabioso. De modo que tenemos entre manos un mero producto, de hechuras muy manidas (novedosas entonces, no lo negaremos) visto desde el momento presente. Ni siquiera contamos con el precioso y artesanal trabajo de fotografía de Andrew Laszlo o Jack Cardiff, elemento decisivo en cuanto a que nos sumergía de pleno en el paisaje donde transcurrían las anteriores correrías de Johnny. En cambio Jerry Goldsmith no se apeó de la saga y nos volvió a ofrecer, como siempre, en su carrera en general y en la saga en concreto, un trabajo dinámico y vibrante, de escucha disfrutable más allá de su función como score cinematográfico.Pues ya lo tienen señores, sin más dilación, la frase de la película:

Pero no quisiera alejaros de Rambo III (en número romanos, que si no pierde épica). Esta sigue siendo una gran aventura, con sus heroicidades y sus tensiones, esas que tanto se añoran hoy en día. Lo mejor, con diferencia, es contar con Richard Crenna metido a artillero, cosa que algunos seguramente ya desearon cuando asistían a sus enigmáticas apariciones.

Así que no os dejéis guiar por mi relativa decepción; Rambo sigue en forma, aunque ya nos avisa de que el cine de acción sufrirá un cambio drástico del que, por el momento, no ha conseguido resarcirse. Tal vez esa cuarta entrega con la que ya muchos babean venga a limpiar el actual panorama del cine de acción, así que no desesperéis, siempre nos quedará Rambo.

PD: It´s a looooooong roooooaaaaaaad....

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NOTA: 7´5 / 10

LO MEJOR: El Coronel Trautman entra en acción, la flecha a cámara lenta contra el helicóptero, una vez más Jerry Goldsmith y su status de película de transición, que nos anticipaba el próximo y lamentable cine de acción.

LO PEOR: Un pro-americanismo ya vergonzoso y sonrojante, la aridez del paisaje y de algunas escenas, pero por encima de todo un acusado comedimiento en cuanto a la acción se refiere.

(Ver ficha)

Fdo:Paul Kersey

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Reseñas anteriores de la saga Rambo:

-'ACORRALADO',la construcción de un mito

-'RAMBO',la soledad de la máquina de matar

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16 Septiembre 2006

'RAMBO', la soledad de la máquina de matar

Aquí tenemos el film, según dicen, predilecto del difunto Ronald Reagan. Yo creo que eso es porque a Ronnie le habría encantado protagonizar un peliculón de estas características, en lugar de aquellos westerns rancios que jalonaron su carrera.

Rambo es una película perfecta dentro de su género, la acción es prácticamente constante (en especial su intenso tramo final), una virtud de la que pocos films contemporáneos pueden presumir, donde las escenas supuestamente emocionantes se administran con cuentagotas a lo largo de un guión plano y muchas veces pretenciosillo.
En Rambo se mantiene aquel cierto tono de denuncia con el que se abría First Blood, por mucho que todavía hoy en día se le acuse de ser un film propagandista. Es obvio que el gobierno norteamericano no sale muy bien parado, se hinca el diente en su vergonzosa política exterior y megalomaníaca administración militar. Pero ya llegará el momento de ahondar en este aspecto, que la mayoría no ha sabido o no ha querido tratar con justicia.

El guión cuenta con la mano de James Cameron (y de Sly, amigos míos, un pedazo de hombre renacentista), que por aquel entonces disfrutaba del éxito recibido con Terminator y ya preparaba la seminal y electrizante Aliens. Y creo que la participación de Cameron fue de lo más positiva. El director George Pan Cosmatos también se lució en la dirección; un artesano de los de verdad, que cuenta también con mi querida Tombstone en su haber. De haberse producido Rambo en los últimos 90 nos encontraríamos con un engendro rocoso y aburrido, pero en los 80 todavía se empleaban muchos recursos tradicionales. Quizá por ello Rambo haya envejecido tan bien. Uno la ve y lo nota, lo sabe, está ante un clásico indiscutible.

Hospitalidad comunista.

El argumento, lo más discutido siempre en la saga, es algo estúpido en un principio, pero a medida que transcurre la película se vuelve más oscuro, trufado de traiciones, de pasión, de venganza y muy mala uva.
El coronel Trautman (Hombre Trauma, como yo solía llamarle de pequeño en uno de mis absurdos chistes privados) visita a Rambo al penal donde se haya cumpliendo sentencia por el pollo que montó en la primera parte. Johnny está sudado y anda un poco cojo, por lo que uno intuye que las duchas no son una de sus dependencias favoritas. El coronel le propone un trato: volver a Vietnam y conseguir evidencias sobre la existencia de prisioneros de guerra norteamericanos. Eso sí: nada de matar, sólo hacer fotos. Rambo se lo piensa y dice que vale. La operación no empieza demasiado bien. Cuando se dispone a saltar en paracaídas se le enreda el arnés en el helicóptero y para salvar su vida debe cortar la mochila con el equipo, que acaba desperdigado por la jungla. Conoce al contacto, una vietnamita muy guapa con la que se desnudará en uno de los momentos más bellos (sí, bellos) del film, cuando Stallone nos arrebata diciendo “soy prescindible”. Yo es que me emociono mucho. Pues sigue la operación y sí, hay prisioneros. Pero el helicótero de rescate al ver a Rambo con uno de ellos, tan anoréxico y desaliñado, pues da media vuelta y se larga.

Capturan a nuestro hombre y luego llega otra escena genial, donde le torturan hasta que decide hablar por radio con su equipo. Entonces la mano de Rambo estrangula el micrófono y le dice al jefe de la misión, con una voz fría como el hielo: “Murdock...voy a por ti”. Se escapa con ayuda de la chica, la chica muere y él se enfada mucho por todo lo ocurrido. Se va a buscar el equipo y entonces, entonces, entonces todo estalla y tenemos los 40 minutos más intensos que se recuerdan en un film de acción. Rambo ya no es un soldado, es un superhombre, un titán, la conciencia de ese país que tanto le ha utilizado. En una escena se reboza de barro y empieza a masacrar a sus enemigos (vietnamitas aliados con rusos, sí, algo reaccionaria la combinación, pero en fin....) como si de un monstruo se tratara. Cuando consigue rescatar a todos los prisioneros y volver a la base se encarga de destrozar las oficinas y se acerca al tal Murdock para helarle la sangre. Un duelo de caras pétreas inolvidable, Charles Napier vs. Sylvester Stallone.

Y qué más se puede decir de Rambo. Hay que verla más, es un espectáculo como pocos quedan, y otra vez más, como en First Blood, uno se contagia de la rabia que siente Johnny. Y de nuevo la música de Jerry Goldsmith, más épica que antes, el complemento perfecto a este festival de balas, bazookas y flechas.

Te vas a enterar...

Querrán seguirla contemplando como una anomalía, como un producto infecto fruto de una época donde los USA ampliaron su oscura garra política. Pero si se mira bien y se obvian los detalles sacados de la Guerra Fría es posible ver más allá. Y recordad que Firefox es otro peliculón donde los rusos también eran los malos. Aunque claro, Clint Eastwood tiene Oscars y es un señor cineasta. No seamos hipócritas, Rambo es la película definitiva de acción, insuperable en su conjunción de aventura, humanidad y violencia (creo que) sí justificada. Moraleja: todos estamos solos en este mundo, así que es mejor aprender algo sobre arcos, metralletas, cuchillos y lanzacohetes.

PD: Qué buena estaba la china

Calificación: 9/10

LO MEJOR: Su ritmo, su banda sonora, el frenesí que no cesa, el momento en que Rambo se pone triste y nos cuenta como se siente

LO PEOR: Que también lo mejor; algunos diálogos chulescos e hilarantes

-Ver Ficha-

Fdo: Paul Kersey

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28 Agosto 2006

'ACORRALADO', la construcción de un mito

Este es el único film de la saga Rambo que nadie teme valorar positivamente, mientras que suele maltratarse el resto de la serie sin piedad alguna; siempre esgrimiendo la patética excusa de que First Blood está inspirada en una novela. Los apuntes sociales y el dramatismo de First Blood también aparecen en Rambo II y III, sólo que muy pocos han sido capaces de verlos. Claro, como no se basaron en un libro...
Sí es cierto que este Acorralado (un título de lo más explícito) dista mucho a todos los niveles de sus compañeras de saga, pues el tono empleado poco tiene que ver con la acción sin descanso que ofrecerían las aventuras de Rambo en Nam y Afganistán, donde el público más sensible, si así puede llamársele, acusó un propagandismo que yo todavía insisto en defender. First Blood tiene más de drama rural que de chute de adrenalina, y por ello esta reseña no entrará mucho en los detalles inintencionadamente cómicos que sí abundarían en las siguientes películas. Me atrevo a decir que la historia narrada podría encajar perfectamente en uno de esos retratos de la España profunda que tanto gustan a Manuel Gutiérrez Aragón, por citar a uno de mis más detestados directores patrios. Cambiamos al veterano de guerra por un ex-COE local y tendremos un remedo de lo que aquí se cuenta. Y en vez se un pueblo rocoso yanqui ponemos una sierra extremeña...

Ya la escena inicial está pintada con un barniz clásico, con el tema de Jerry Goldsmith, épico y nostálgico, mientras John Rambo vaga con su petate buscando a un compañero de pelotón. Estos momentos destilan una belleza de lo más sincera que pronto desaparecerá, justamente cuando el sheriff del pueblo (uno de esos papeles que tan bien le sientan a Brian Dennehy) se cebe en el pobre Johnny. Aquí se hinca el diente en lo hipócrita de muchos norteamericanos, que apoyaban el conflicto vietnamita pero que después marginaban a aquellos que habían ¿luchado por su país? Estos apuntes de crítica social, aunque escasos, sean seguramente los que hicieron que se ponderara tan bien este film. A mí no deja de asombrarme la miopía cultural de muchos. En fin...
Una vez al sheriff gordo y reaccionario (no podía ser de otro modo) se le empieza a atravesar nuestro amigo Johnny, empieza lo bueno; le encierran, le torturan, le insultan... mientras que él revive malos rollos no tan pasados. Por ahí sale David Caruso, actor soso donde los haya, que muestra cierta compasión hacia el soldado. Genial la frase donde con cierto tufillo gay se refiere a las cicatrices de Rambo... Lo bueno es que Caruso me sigue pareciendo un poquito sarasón en el CSI Miami. Digo yo que algo de cierto debe de haber en ello.
Los policías se recrean en sus vejaciones hasta que, y aquí uno empieza a sentirse tan cabreado como el propio Rambo, empiezan a recibir hostias de lujo y a callarse la boca. Esta es seguramente mi escena favorita, la huída del calabozo, y uno se siente aliviado al ver a tanto poli estúpido recibiendo lo suyo.

Tras la fuga, Rambo se refugia en las montañas, donde sera perseguido por nuestros simpáticos agentes de la ley para cazarlo como si de un lobo se tratara. Afortunadamente nuestra máquina de matar favorita es un hombre de recursos (tiene un Aitor Jungle II con cerillas y cable de pesca en la base del mango) y saldrá del paso, mientras que la demencia comienza a aflorar en su psique, tales son el horror y el sufrimiento con los que carga. La aparición de su mentor el Coronel Trautman (Richard Crenna, en un papel mcguffin a lo largo de la saga, aunque capaz además de soltar las mejores frases) hará recapacitar a su chico, casi un hijo.
El segmento de las montañas es pura aventura de la de toda la vida, aunque aderezada con sus gotitas de crudeza. Porque sí, First Blood es amarga como un pomelo, y esa es la virtud que la ennoblece. No sé yo si porque había un libro antes... donde por cierto Rambo se suicidaba al final tras perder definitivamente la chaveta rememorando los horrores amarillos. Pero el show debía continuar, y gracias a Stallone que lo hizo. Porque lo creáis o no, Sly es el motor y alma de la saga, y por muy limitados que sean sus recursos actorales, sabe muy bien como emocionarte cuando en medio de la sangría se desnuda y se nos muestra como un ser humano, utilizado en beneficio de un conflicto que jamás debería haber tenido lugar. Eso y el hecho irrefutable de que en la serie de Rambo la acción es prácticamente continua, algo que los nuevos guionistas de cine palomitero parecen haber olvidado, hacen que hablemos de una institución en toda regla.

Un último apunte: Me saca de mis casillas ver como la parodia de Sly sobre no sentir las piernas se haga siempre tomando la imagen del segundo Rambo. Esa frase aparece en la escena final de la película aquí reseñada, cuando Johnny se derrumba y habla sobre una amigo de Nam y un niño con una caja de limpiar zapatos... Que si hay que parodiar pues se hace bien, leches

Lamento el batiburrillo de títulos que de nuevo se formó aquí en nuestro país. Intentaré aclararlo: 'First Blood'= 'Acorralado'; 'Rambo/First Blood Part II'= 'Rambo 2'; 'Rambo 3'= pues 'Rambo 3', que todavía no me ha quedado muy claro porqué. Nos vemos próximamente con mi preferida de la saga.

Calificación: 8 /10

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Fdo: Paul Kersey

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